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Mientras el cortejo fúnebre de Francisco avanzaba lentamente, algo inusual se apoderó de Roma: una paz silenciosa, algo raro. No era el ruido de los grandes funerales de Estado, ni la algarabía de las multitudes aplaudiendo. Era un silencio compacto, hecho de respeto, de melancolía, de un recogimiento que parecía brotar de las propias piedras de la ciudad. Las calles, habitualmente ruidosas, se aquietaron como si Roma entera hubiera suspendido su respiración para acompañar a su pastor. No había gritos, ni banderas, ni consignas: solo la vibración contenida de un pueblo que reconoce algo difícil de definir y que, hace mucho o nunca vi, es algo que trasciende clases sociales, naciones. Creo que esto trasciende la figura del Papa sino que remite a una necesidad universal de algo indefinible.
Mientras el cortejo fúnebre de Francisco avanzaba lentamente, algo inusual se apoderó de Roma: una paz silenciosa, algo raro.
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Esa tranquilidad no era apatía: era un homenaje silencioso, una paz profunda que sellaba el último tramo del camino de Francisco hacia el regazo de la Madre. Desde el primer momento de su pontificado, Francisco rompió moldes. Eligió el nombre de un santo pobre, vivió en la Casa Santa Marta en lugar de los palacios apostólicos, renunció a muchos signos de poder. Su decisión final —no ser enterrado en la basílica de San Pedro junto a la mayoría de sus predecesores— fue coherente con esa trayectoria.
San Pedro representa, en muchos sentidos, el corazón del poder eclesiástico: el lugar de los grandes funerales, de los monumentos, de las tumbas papales que glorifican la historia de la Iglesia como institución.Pero Francisco eligió otro camino: quiso ser enterrado en Santa María Maggiore, una basílica más antigua, más íntima, más cercana al pueblo de Roma y a la figura de María, madre de todos, especialmente de los humildes.

Su elección no fue un gesto contra San Pedro, sino un gesto a favor de una idea distinta de Iglesia: una Iglesia menos imperial y más doméstica, menos preocupada por la grandeza visible y más por el consuelo de los pequeños. La procesión que llevó su cuerpo desde San Pedro hasta Santa María Maggiore no fue entonces un simple traslado logístico: fue un acto final de predicación silenciosa, una última homilía vivida, donde el Papa-pastor quiso caminar una vez más entre su pueblo.
La procesión que llevó su cuerpo desde San Pedro hasta Santa María Maggiore no fue un traslado logístico: fue un acto final de predicación silenciosa y pastoral.
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El ataúd de Francisco, sencillo, de madera clara, abandonó la Plaza de San Pedro cruzando la Via della Conciliazione, esa gran arteria urbanística que Mussolini abrió en los años treinta para domesticar la relación entre la Iglesia y el Estado fascista. Cruzar esa avenida no era un gesto neutro: era también atravesar el pacto histórico entre poder religioso y poder político que Francisco siempre cuestionó, buscando una Iglesia menos aliada al dominio y más cerca de los humildes. Luego el cortejo avanzó hacia el Tíber, pasó frente al Castel Sant’Angelo —originalmente un mausoleo imperial, símbolo de la gloria terrena convertida en fortaleza defensiva—, y cruzó el río hacia el corazón popular de Roma.
El ataúd de Francisco cruzó la Via della Conciliazione de Mussolini que se proponía domesticar a la Iglesia desde el pasado Romano como Trump, hoy.
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Desde allí, el féretro subió lentamente por calles más humildes, entre viejas trattorias, bares de inmigrantes y edificios deslucidos, hasta la colina Esquilina, la más humana de las siete colinas de Roma. Santa María Maggiore, destino final, no es sólo una basílica mariana: es la primera iglesia de Occidente consagrada a una figura femenina, un lugar de refugio para madres, viajeros, marginados. Este recorrido no era simplemente geográfico: era el trazado simbólico de una vida que eligió siempre el margen sobre el centro, la fragilidad sobre el esplendor, el camino compartido sobre la grandeza aislada.
Santa María Maggiore, destino final, no es sólo una basílica mariana: es la primera iglesia de Occidente consagrada a una figura femenina
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Francisco, más que Papa, quiso ser pastor. Lo dijo desde el primer momento, cuando renunció a usar la cruz de oro y pidió la de hierro. Ser pastor significa caminar entre las ovejas, no sobre ellas; significa oler a tierra, a vida, a dolor. Por eso sus gestos más recordados no serán encíclicas o tratados, sino acciones sencillas y radicales: lavarle los pies a mujeres musulmanas presas, abrazar a enfermos rechazados, llorar con refugiados en Lampedusa. La procesión de su ataúd, expuesto a la mirada, a los rezos, al dolor de la gente común que llenaba las calles, fue el último acto pastoral de Francisco: no una ceremonia para la admiración de los poderosos, sino un paso humilde entre los suyos.

Como el buen pastor del Evangelio, Francisco en su muerte siguió saliendo a buscar a las ovejas, no desde el trono central, sino desde la condición de un servidor. Desde la fragilidad. La elección de Santa María Maggiore como lugar de reposo también resonaba con otra marca de su pontificado: la atención, aunque limitada, a los heridos históricos que la Iglesia había marginado. Francisco comprendió, más que muchos de sus predecesores, que el pueblo de Dios no es un cuerpo uniforme sino un mosaico de dolores y esperanzas.

Respecto de las mujeres, pidió reiteradamente que se reconociera su lugar vital en la vida eclesial, denunció los mecanismos de exclusión que las mantenían como ciudadanas de segunda clase dentro de la institución, y aunque no avanzó en reformas estructurales como el diaconado femenino, dejó abierta una herida, un espacio de reclamo y posibilidad. Dio un primer paso y dejo un ochenta por ciento del cónclave listo para dar el siguiente paso.
Con la comunidad homosexual, su gesto fue todavía más elocuente: cuando dijo “¿Quién soy yo para juzgar?”, no abolió doctrinas, pero sí quebró el tono condenatorio. Habló del derecho a una familia, pidió perdón por los rechazos y las humillaciones, y recibió en audiencias privadas a parejas del mismo sexo y activistas trans, desafiando discretamente las resistencias internas. La vergüenza eterna de Javier Milei por decir lo que dijo en Davos. No hará falta ni siquiera recordarlo. La historia y el tiempo van a hacer de Milei algo, cada vez, más vergonzante.
Con la comunidad homosexual, su gesto fue todavía más elocuente: cuando dijo “¿Quién soy yo para juzgar?”, no abolió doctrinas, pero sí quebró el tono condenatorio. Milei, en el infierno.
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Francisco no fue un revolucionario o como diría el Trump Mileismo Gordon Danista, un ‘comunista’ como si estuviéramos en medio de la Guerra Fría sino que fue un pastor herido, consciente de que muchas veces la Iglesia, en nombre de la pureza, había olvidado no el amor que es algo tan abstracto e indefinible sino la compasión y la empatía. El poder ponerse en el lugar del otro entendiendo sus traumas y sus imposibilidades. Es fácil dar, lo que es difícil es entender. Es fácil simular ser mas que los otros éticamente, moralizándolos. Lo difícil es no tentarse en hacerlo.
La figura de Francisco, pequeña y frágil en su ataúd de madera, evocaba esa paradoja última: no la perfección lograda, sino la ternura de quien caminó hasta el final junto a los caídos. Cuando el ataúd llegó finalmente a la explanada de Santa María Maggiore, no hubo fanfarrias, ni coronas imperiales, ni rituales de Estado. Solo un pueblo fatigado y doliente, flores humildes en las manos, madres alzando a sus hijos, inmigrantes, ancianos, rostros anónimos.

Bajo el cielo gris de Roma, el cuerpo de Francisco fue recibido como uno más entre los suyos, como un pastor cansado que regresa al abrigo de la Madre. La gran imagen de la Virgen Salus Populi Romani, a la que había confiado tantas veces sus viajes y sus desvelos, lo esperaba en el altar mayor. En ese encuentro silencioso entre el madero del ataúd y la ternura de María se selló la verdadera memoria de su pontificado: no la de un monarca sagrado, sino la de un hombre que prefirió siempre el camino al trono, la caricia a la ley, el pueblo a los palacios.
Va a ser muy difícil ser Trump o Milei después de esta semana y no lo digo por lo que digan en las redes sociales sino que les va a ser muy difícil vivir con ellos mismos.
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Así, en el corazón antiguo de Roma, lejos de la pompa de San Pedro, Francisco encontró su descanso final: no en la magnificencia, sino en el abrazo de la humanidad doliente que siempre quiso acompañar. Lo mas importante, mandó un mensaje al mundo con su muerte en el momento en el que mas lo necesitaba. Va a ser muy difícil ser Trump o Milei después de esta semana y no lo digo por lo que digan en las redes sociales sino que les va a ser muy difícil vivir con ellos mismos.
The Pope’s Final Gesture to the People — and to Trump and Milei
As Francis’ funeral procession slowly made its way through Rome, something unusual settled over the city: a deep, rare silence. It was not the noise of grand state funerals, nor the jubilant applause of cheering crowds. It was a dense, compact silence, made of respect, melancholy, and a stillness that seemed to rise from the very stones of the city itself. The streets, usually bustling and chaotic, quieted down as if Rome itself had suspended its breath to accompany its shepherd. There were no shouts, no flags, no slogans—only the held breath of a people sensing something almost indefinable, something that transcended social classes and nations.
As Francis’ funeral procession slowly made its way through Rome, something unusual settled over the city: a deep, rare silence. It was a dense, compact silence, made of respect,
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I believe it went beyond the figure of the Pope himself; it spoke to a universal need, something deeply human and difficult to name.That tranquility was not apathy: it was a silent tribute, a profound peace that sealed the final stretch of Francis’ path toward the embrace of the Mother.
From the very beginning of his pontificate, Francis broke the molds. He chose the name of a poor saint, lived in the Casa Santa Marta instead of the apostolic palaces, and renounced many signs of power. His final decision—to not be buried in Saint Peter’s Basilica alongside most of his predecessors—was fully coherent with that trajectory. Saint Peter’s stands, in many ways, as the heart of ecclesiastical power: the site of grand funerals, monumental tombs, and the glorification of the Church as institution. But Francis chose a different way: he wished to rest in Santa Maria Maggiore, a much older, more intimate basilica, closer to the people of Rome and to Mary, mother of all, especially of the humble.
His decision was not a rejection of Saint Peter’s, but an affirmation of a different vision of the Church: a less imperial, more domestic Church, less concerned with visible grandeur and more with comforting the small and the wounded.The procession that carried his body from Saint Peter’s to Santa Maria Maggiore was not a mere logistical transfer; it was a final act of silent preaching, a last lived homily, where the Pope-Shepherd chose once more to walk among his people.
The procession that carried his body from Saint Peter’s to Santa Maria Maggiore was not logistical; it was a final act of silent preaching, where the Pope-Shepherd chose to walk among his people.
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Francis’ coffin, plain, light-colored wood without ornaments, left Saint Peter’s Square and crossed the Via della Conciliazione—the grand urban artery Mussolini had opened in the 1930s to tame the relationship between Church and Fascist State. Crossing that avenue was not a neutral act: it symbolically traversed a historic pact between religious and political power that Francis consistently questioned, advocating for a Church less allied with dominance and closer to the humble.
Francis’ coffin crossed the Via della Conciliazione—the grand urban artery Mussolini had opened in the 1930s to tame the relationship between Church and Fascist State. From the death, Francis undid that.
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The procession then moved toward the Tiber, passed in front of Castel Sant’Angelo—originally an imperial mausoleum turned fortress—and crossed the river into the popular heart of Rome.From there, the coffin slowly climbed through more modest streets, past old trattorias, immigrant bars, and worn-down buildings, until reaching the Esquiline Hill—the most human of Rome’s seven hills.
Santa Maria Maggiore, the final destination, is not just any Marian basilica: it is the first church in the West dedicated to a female figure, a place of refuge for mothers, travelers, and the marginalized. This path was not merely geographic; it was a symbolic map of a life that always chose the margins over the center, fragility over splendor, shared journey over isolated greatness.
More than a Pope, Francis wanted to be a shepherd. He said so from the beginning, when he refused the golden cross and asked for an iron one. To be a shepherd means to walk among the sheep, not above them; to smell of earth, of life, of pain. Thus, his most enduring gestures will not be encyclicals or theological treatises, but simple and radical actions: washing the feet of Muslim women prisoners, embracing the disfigured, weeping with refugees in Lampedusa.
The procession of his coffin, exposed to the eyes, prayers, and grief of ordinary people filling the streets, was Francis’ final pastoral act—not a ceremony for the admiration of the powerful, but a humble step among his own. Like the Good Shepherd of the Gospel, Francis in death kept seeking his sheep, not from the central throne but from the fragility of a servant’s condition.
Choosing Santa Maria Maggiore as his final resting place also echoed another hallmark of his pontificate: his attention—limited but real—to the wounded that the Church had long marginalized. Francis understood, more than many of his predecessors, that God’s people are not a uniform body but a mosaic of suffering and hope.
Regarding women, he repeatedly demanded that their vital role in the Church be recognized. He denounced the mechanisms that kept them second-class citizens within the institution, and although he did not advance major structural reforms like female deacons, he opened a wound—a space for protest, for future possibility. He took a first step, and left eighty percent of the next conclave prepared to take the next one. With the homosexual community, his gestures were even more eloquent. When he said, “Who am I to judge?”, he did not overturn doctrine, but he shattered the old condemnatory tone. He spoke about the right to a family, asked forgiveness for rejection and humiliation, and privately met with same-sex couples and trans activists, quietly defying internal resistance.
With the homosexual community, his gestures were even more eloquent. When he said, “Who am I to judge?”, he did not overturn doctrine, but he shattered the old condemnatory tone.
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The eternal shame of Javier Milei for what he said at Davos needs no further remembrance; history and time will only make Milei’s words more disgraceful with each passing day. Francis was not a revolutionary—or, as the Trump-Milei echo chambers would smear him, a “communist,” as if we were back in the Cold War. He was a wounded pastor, deeply aware that the Church, in the name of purity, had often forgotten not love—too abstract and indefinable—but compassion and empathy: the ability to step into the shoes of another, to understand their traumas and limitations. It is easy to give; it is harder to understand. It is easy to simulate moral superiority over others by judging them; it is much harder to resist the temptation to do so.
Francis’ small, fragile figure inside a simple wooden coffin embodied that ultimate paradox: not achieved perfection, but the tenderness of one who walked to the end alongside the fallen. When the coffin finally arrived at the square before Santa Maria Maggiore, there were no fanfares, no imperial crowns, no state rituals. Only a tired and grieving people: humble flowers in their hands, mothers lifting their children, immigrants, elderly men and women, anonymous faces.
Beneath Rome’s gray sky, Francis’ body was received as one among his own, like a weary shepherd returning to the shelter of the Mother. The great image of the Salus Populi Romani—the icon of Mary he had entrusted with so many of his travels and cares—waited for him at the main altar. In that silent meeting between the wood of the coffin and Mary’s tenderness, the true memory of his pontificate was sealed: not that of a sacred monarch, but of a man who always chose the path over the throne, tenderness over law, the people over the palaces.
Thus, in the ancient heart of Rome, far from the pomp of Saint Peter’s, Francis found his final rest: not in magnificence, but in the embrace of the suffering humanity he always sought to accompany. And perhaps most importantly, he sent a message to the world at a time when it needed it most.
It will be very difficult to be Trump or Milei after this week—not because of social media backlash, but because living with themselves will grow harder. And that is a far deeper defeat.






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