Scroll Down for the English Vesion
Ari Lijalad: Blanco Perfecto
Ari Lijalad es un blanco perfecto. En primer lugar es blanco; y, hoy en día un periodista influyente, joven, con proyección y un discurso eticista que desplaza al institutionalismo monolítico de la ex La Nación. En segundo lugar, tiene una trayectoria profundamente entrelazada con los medios más cercanos al kirchnerismo. Como politólogo y periodista, Lijalad se destacó desde temprano en proyectos que buscaban confrontar al poder económico y político tradicional, definido en términos del Kirchnerismo mas ortodoxo. Fue coordinador del equipo de investigación de Radio Nacional durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y colaborador cercano de María Seoane, una de las voces más reconocidas del periodismo oficialista. Actualmente es uno de los referentes de El Destape, el medio fundado por Roberto Navarro que se consolidó como bastión del periodismo militante durante la era Macri y que sigue siendo uno de los principales críticos de Javier Milei. Esta vinculación directa con las estructuras narrativas del kirchnerismo lo convierte en un blanco ideal para un presidente que ha construido su poder sobre la demonización de “la casta” y de los medios alineados con la izquierda peronista. Lijalad es, para Milei, no solo un adversario político, sino un símbolo del orden que busca destruir.
Ari Lijalad es un blanco presidencial perfecto. En primer lugar es blanco; y, hoy en día un periodista influyente, joven, con proyección y un discurso eticista que desplaza al institutionalismo monolítico de la ex La Nación.
Tweet

En segundo lugar, tiene una trayectoria profundamente entrelazada con los medios más cercanos a cuando la oposición era oficialista. Como politólogo y periodista, Lijalad se destacó desde temprano en proyectos propagandísticos en términos del Kirchnerismo mas ortodoxo.
Tweet
Milei, cada vez mas cerca de la guillotina?
Pero atacar a un periodista no es solo una cuestión de discursos encendidos. Cuando un presidente en ejercicio lanza acciones penales contra sus críticos, se produce un abuso claro de la investidura presidencial. El poder conferido a un jefe de Estado conlleva la responsabilidad de tolerar la crítica y proteger la libertad de expresión, incluso cuando las opiniones sean duras o injustas. Milei, al utilizar los recursos del Estado para presentar una denuncia penal contra un crítico, distorsiona el equilibrio de poder y pone a prueba los límites del sistema democrático. Esta estrategia recuerda a las antiguas prácticas de los monarcas absolutos europeos, como Carlos I de Inglaterra o Luis XV de Francia, que utilizaban su autoridad para silenciar a los críticos y proteger su imagen pública a cualquier costo. En esos regímenes, cuestionar al rey era equivalente a traición, una lógica que parece reencarnar en el discurso de Milei cuando presenta cualquier crítica como un ataque personal a su honor.
Cuando un presidente en ejercicio lanza acciones penales contra sus críticos, se produce un abuso claro de la investidura presidencial, como Carlos I de Inglaterra o Luis XV de Francia, que utilizaban su autoridad para silenciar a los críticos y proteger su ‘reputacion’.
Tweet
Los monarcas como Carlos I, que intentó gobernar sin Parlamento durante once años y acabó decapitado tras perder una guerra civil, comprendían bien los riesgos de permitir que sus súbditos cuestionaran su autoridad. Luis XV, nieto del Rey Sol, enfrentó a su manera las crecientes críticas de los filósofos ilustrados que minaban los fundamentos del derecho divino de los reyes. Para estos monarcas, cualquier murmullo de disenso era una amenaza existencial, una grieta en la fachada de poder absoluto que debía ser sellada con fuerza. La historia de estos soberanos es un recordatorio de que el poder sin límites no solo destruye a sus adversarios, sino que eventualmente se consume a sí mismo.
La historia de Julio Cesar, Carlos I Estuardo y Louis XVI de Francia es un recordatorio de que el poder sin límites no solo destruye a sus adversarios, sino que eventualmente se consume a sí mismo.
Tweet

Milei, cobarde
En este sentido, Milei parece confundir el papel del presidente democrático con el de un monarca absoluto, donde cualquier cuestionamiento se interpreta como una ofensa personal contra la figura del soberano. Esto tiene claras implicancias para la calidad democrática de Argentina, porque el uso de la justicia para perseguir a periodistas críticos erosiona las garantías básicas del sistema republicano. Es una forma de restaurar, en clave moderna, el viejo concepto de “lesa majestad”, donde el líder no tolera ser cuestionado y utiliza todo el aparato del Estado para sofocar la disidencia. En lugar de responder a las críticas con argumentos o refutaciones, Milei opta por el camino más autoritario: usar el poder judicial para amedrentar a sus críticos, creando un clima de miedo que debilita el tejido democrático.
Milei opta por el camino más autoritario: usar el poder judicial para amedrentar a sus críticos, creando un clima de miedo que debilita el tejido democrático.
Tweet
La violencia simbólica en este contexto no es solo una cuestión de palabras. Cuando Milei llama a los periodistas “prostitutos políticos” o los acusa de ser enemigos del pueblo, está creando un clima de hostilidad que puede tener consecuencias físicas muy reales. El ataque físico a Roberto Navarro, golpeado por dos hombres que gritaban consignas similares a las que el presidente difunde en sus discursos, ilustra cómo la violencia simbólica puede transformarse en agresión concreta. Este tipo de retórica deshumanizante, donde los críticos son presentados como traidores o enemigos internos, es típicamente populista y tiene una larga historia de preceder a episodios de violencia política. En este sentido, las palabras de Milei no son meros insultos, sino actos performativos que legitiman una agresión física potencial contra sus oponentes.
Las palabras de Milei no son meros insultos, sino actos performativos que legitiman una agresión física potencial contra sus oponentes.
Tweet

Pero Milei no solo ataca a los periodistas de manera simbólica; también busca redefinir su rol en la esfera pública. Al cuestionar su legitimidad como intermediarios entre el poder y la ciudadanía, intenta establecer un monopolio de la narrativa, donde solo su versión de los hechos es válida. Esta estrategia es central para el populismo digital, donde las redes sociales permiten a los líderes comunicarse directamente con sus seguidores sin pasar por los filtros de los medios tradicionales. Al presentar a los periodistas como enemigos de la verdad, Milei se posiciona como la única fuente confiable de información para su base, reforzando su control sobre el discurso público y deslegitimando cualquier crítica futura.
Al presentar a los periodistas como enemigos de la verdad, Milei se posiciona como la única fuente confiable de información para su base con quien habla durante toda la noche.
Tweet

Interés Público versus Libra (El Presidente y sus Perros Jugando)
Legalmente, la ofensiva de Milei contra Lijalad (y otros periodistas) plantea serias preocupaciones para la protección de la prensa consagrada en el orden democrático. Las figuras penales de calumnias e injurias invocadas por el presidente tienen una historia problemática en Latinoamérica: a menudo fueron usadas para acallar voces incómodas, por lo que muchos países –siguiendo estándares internacionales– las han despenalizado o limitado cuando se trata de debates de interés público. La abogada de Lijalad subrayó que los dichos del periodista estaban relacionados con asuntos de interés público y por tanto “amparados por la libertad de expresión”, no pudiendo ser penados vía Código Penal . Esto significa que, jurídicamente, la denuncia de Milei carece de sustento y probablemente sea rechazada en sede judicial; es inviable porque choca con la doctrina de protección reforzada a la expresión sobre funcionarios gubernamentales. Documentos como la Declaración de Principios de la CIDH sobre Libertad de Expresión estipulan que los funcionarios públicos deben estar sujetos a mayor escrutinio y crítica por parte de la sociedad, y que las leyes de difamación no deben emplearse para silenciar críticas legítimas. Al emprender acciones legales contra periodistas, Milei ignora estos principios y envía una señal regresiva en materia de derechos. Las implicancias son alarmantes: de prosperar su postura, se sentaría un precedente que permitiría a cualquier figura poderosa coartar investigaciones periodísticas bajo la amenaza de la cárcel o multas, dañando severamente el ecosistema informativo libre. Incluso si las denuncias no prosperan, el solo hecho de iniciarlas ya constituye una forma de castigo (el periodista debe gastar tiempo y dinero en defenderse legalmente) y un mecanismo de censura indirecta. Por eso, organismos locales como el CELS y el ya mencionado FOPEA han repudiado la maniobra, entendiendo que afecta la discusión pública sin temor que exige la democracia . La protección de la prensa no es un privilegio corporativo de los periodistas, sino una garantía para toda la ciudadanía de que podrá recibir información plural y críticas al poder. En última instancia, la batalla legal que Milei plantea es también simbólica: ¿prevalecerá la visión autoritaria de acallar al mensajero o el principio liberal de que “la única cura para las malas ideas es más discurso, no la censura”? El desenlace marcará un hito sobre cómo Argentina equilibra libertad de expresión y reputación en la era de líderes
Documentos como la Declaración de Principios de la CIDH sobre Libertad de Expresión estipulan que los funcionarios públicos deben estar sujetos a mayor escrutinio y crítica por parte de la sociedad,
Tweet
Este tipo de gestos son fundamentales para mantener movilizada a la base populista, que encuentra en la confrontación constante con los medios una fuente de identidad y cohesión. Al enmarcarse como víctima de un ataque mediático injusto, Milei refuerza su identidad de outsider antisistema, incluso mientras ocupa el cargo más alto del país. Este oxymoron presidencial tiene que acabarse ya y la ciudadanía parece no entenderlo. Desde este punto de vista, creo que lo que hace Milei con Lijalad es un error de estrategia del Presidente porque genera miedo, debilitándose. Hasta ahora, la actitud de la Presidencia respecto de El Destape era de cierta permisividad y respeto. Pero, de pronto, el apuntar con Lijalad tiene otro tipo de implicancias que tiene que ver con cierto propagandismo que, si hilamos fino, termina llevando agua al molino del Mileismo populista, en tanto Lijalad representa el momento del abrazo estatal de la Madres de Plaza de Mayo (que estuvo mal) y el periodismo pautado (tienen publicidad de la provincia de Buenos Aires). Pero Milei se muestra autoritario en un país que solo confía en el si lo ve como minusválido y no como autócrata, y mucho menos, teócrata. Es como si Milei estuviera entrando en su propia grieta fantasmatica: la de su proyección para sus propios seguidores a través del Gordo Dan, por ejemplo; y de una porción importante de la ciudadanía (mas de un sesenta por ciento) que todavía reclama institucionalidad.
Lijalad representa el momento del abrazo propagandístico del Estado Kirchnerista a las de Plaza de Mayo y el periodismo pautado (tienen publicidad de la provincia de Buenos Aires). Pero Milei se muestra autoritario en un país que solo confía en el si lo ve como minusválido y no como autócrata
Tweet

La denuncia de Milei contra Lijalad no puede entenderse solo como un acto legal aislado. Es parte de una estrategia más amplia que combina elementos de populismo digital, violencia simbólica y abuso de poder institucional para reconfigurar el espacio público en su favor. Al presentar a los periodistas como enemigos del pueblo y utilizar la investidura presidencial para perseguirlos legalmente, Milei busca redefinir los límites de lo decible y lo tolerable en la política argentina. Esta táctica, aunque efectiva en el corto plazo para movilizar a su base, representa una amenaza seria para la libertad de prensa y, en última instancia, para el propio cuello de Milei.
Milei busca redefinir los límites de lo decible y lo tolerable en la política argentina. Esta táctica, aunque efectiva en el corto plazo para movilizar a su base, representa una amenaza seria para la libertad de prensa y, en última instancia, para la calidad democrática del país.
Tweet
Digital Lèse-Majesté: Milei, Lijalad, and the New Populist Absolutism
A Journalist Sued By the President for Doing his Job
Ari Lijalad is one of the most influential journalists in contemporary Argentina, with a career deeply intertwined with media outlets closely aligned with Kirchnerism. As a political scientist and journalist, Lijalad distinguished himself early on in projects aimed at confronting traditional economic and political power. He served as the coordinator of the investigative team at Radio Nacional during the governments of Cristina Fernández de Kirchner and was a close collaborator of María Seoane, one of the most prominent voices in officialist journalism. Today, he is one of the leading figures at El Destape, the outlet founded by Roberto Navarro that established itself as a bastion of militant journalism during the Macri era and remains one of the main critics of Javier Milei. This direct connection to the narrative structures of Kirchnerism makes him an ideal target for a president who has built his power on the demonization of the “political caste” and media aligned with the leftist Peronist movement. For Milei, Lijalad is not just a political adversary, but a symbol of the old order he seeks to dismantle.
Ari Lijalad is one of the most influential journalists in contemporary Argentina. For Milei, Lijalad is not just a political adversary, but a symbol of the old order he seeks to dismantle.
Tweet

Closing to the Guillotine?
But attacking a journalist is not just a matter of fiery speeches. When a sitting president takes legal action against his critics, it represents a clear abuse of presidential power. The authority granted to a head of state carries the responsibility to tolerate criticism and protect freedom of expression, even when opinions are harsh or unfair. By using state resources to file a criminal complaint against a critic, Milei distorts the balance of power and tests the limits of the democratic system. This strategy echoes the practices of absolute monarchs like Charles I of England or Louis XV of France, who used their authority to silence critics and protect their public image at any cost. In those regimes, questioning the king was equivalent to treason—a logic that seems to resurface in Milei’s discourse when he frames any criticism as a personal attack on his honor.
By using state resources to file a criminal complaint against a critic, Milei distorts the balance of power and tests the limits of the democratic system. This strategy echoes the practices of absolute monarchs like Charles I of England or Louis XV of France,
Tweet
Monarchs like Charles I, who tried to rule without Parliament for eleven years and was eventually beheaded after losing a civil war, understood well the dangers of allowing their subjects to question their authority. Louis XV, the grandson of the Sun King, faced the growing criticism of Enlightenment philosophers who undermined the foundations of divine right monarchy. For these monarchs, even the faintest murmur of dissent was an existential threat, a crack in the facade of absolute power that had to be sealed with force. The history of these sovereigns is a stark reminder that unchecked power not only destroys its adversaries but eventually consumes itself.
In this sense, Milei seems to confuse the role of a democratic president with that of an absolute monarch, where any questioning is interpreted as a personal offense against the figure of the sovereign. This has clear implications for the quality of Argentina’s democracy, because using the judiciary to persecute critical journalists erodes the fundamental guarantees of a republican system. It is a form of restoring, in a modern key, the old concept of “lese-majesty,” where the leader cannot tolerate being questioned and uses the entire machinery of the state to suppress dissent. Instead of responding to criticism with arguments or rebuttals, Milei opts for the more authoritarian path: using the judiciary to intimidate his critics, creating a climate of fear that weakens the democratic fabric.
Milei seems to confuse the role of a democratic president with that of an absolute monarch, where any questioning is interpreted as a personal offense against the figure of the sovereign. Sueing Lijalad is a warning to all of us.
Tweet
Jumping from Symbolic to Actual Violence
The symbolic violence in this context is not just a matter of words. When Milei calls journalists “political prostitutes” or accuses them of being enemies of the people, he is creating a climate of hostility that can have very real physical consequences. The physical attack on Roberto Navarro, beaten by two men shouting slogans similar to those the president repeats in his speeches, illustrates how symbolic violence can escalate into concrete aggression. This kind of dehumanizing rhetoric, where critics are portrayed as traitors or internal enemies, is typically populist and has a long history of preceding episodes of political violence. In this sense, Milei’s words are not mere insults, but performative acts that legitimize potential physical aggression against his opponents.
Trump acts and Milei remains acting out. His cowardly words are not mere insults, but performative acts that legitimize potential physical aggression against his opponents.
Tweet

But Milei does not only attack journalists symbolically; he also seeks to redefine their role in the public sphere. By questioning their legitimacy as intermediaries between power and the citizenry, he attempts to establish a monopoly over the narrative, where only his version of events is valid. This strategy is central to digital populism, where social media allows leaders to communicate directly with their followers without passing through the filters of traditional media. By presenting journalists as enemies of the truth, Milei positions himself as the only reliable source of information for his base, reinforcing his control over public discourse and delegitimizing any future criticism.
Legally, Milei’s offensive against Lijalad (and other journalists) raises serious concerns for the protection of the press enshrined in the democratic order. The criminal figures of defamation and slander invoked by the president have a problematic history in Latin America: they have often been used to silence inconvenient voices, which is why many countries—following international standards—have decriminalized or limited their application when it comes to matters of public interest. Lijalad’s lawyer noted that the journalist’s statements were related to matters of public interest and were therefore “protected by freedom of expression,” making them ineligible for criminal prosecution. This means that, legally, Milei’s complaint lacks merit and will likely be dismissed in court; it is unviable because it clashes with the doctrine of reinforced protection for speech about government officials. Documents like the Inter-American Declaration of Principles on Freedom of Expression stipulate that public officials must be subject to greater scrutiny and criticism by society, and that defamation laws should not be used to silence legitimate criticism. By taking legal action against journalists, Milei ignores these principles and sends a regressive signal on rights. The implications are alarming: if his position prevails, it would set a precedent allowing any powerful figure to curtail journalistic investigations under the threat of prison or fines, severely damaging the free information ecosystem. Even if the lawsuits do not prosper, the mere fact of initiating them already constitutes a form of punishment (forcing the journalist to spend time and money on legal defense) and an indirect censorship mechanism.
These kinds of gestures are fundamental for maintaining a mobilized populist base, which finds in constant confrontation with the media a source of identity and cohesion. By framing himself as the victim of an unjust media attack, Milei reinforces his identity as an anti-establishment outsider, even while occupying the highest office in the country. This presidential oxymoron needs to end, and the public seems slow to grasp this contradiction. From this point of view, Milei’s move against Lijalad may be a strategic mistake, as it generates fear, weakening his position. Until now, the presidency’s stance toward El Destape had been one of relative permissiveness and respect. But by targeting Lijalad directly, Milei risks alienating a segment of the public that still demands institutional stability and rejects overtly authoritarian gestures.
By framing himself as the victim of an unjust media attack, Milei reinforces his identity as an anti-establishment outsider, even while occupying the highest office in the country.
Tweet
In conclusion, Milei’s complaint against Lijalad cannot be understood as a mere isolated legal act. It is part of a broader strategy that combines elements of digital populism, symbolic violence, and institutional abuse of power to reshape the public sphere in his favor. By framing journalists as enemies of the people and using the presidential office to legally pursue them, Milei seeks to redefine the boundaries of what is sayable and tolerable in Argentine politics. This tactic, while effective in the short term for mobilizing his base, represents a serious threat to press freedom and, ultimately, to the democratic quality of the country.






Deja una respuesta