gracias aptra por la invitación…

La alfombra roja de los Martín Fierro Radio 2024 no fue una gala: fue una exposición institucional de la decadencia. Los cuerpos que desfilaron ni estuvieron presentes ni desfilaron, se defendieron: del olvido, del anonimato, del paso del tiempo. Cada vestido mal cortado, cada smoking mal entallado, cada peinado resuelto con desesperación o spray berreta, hablaba no sólo del gusto individual sino de la desintegración de la idea misma de evento como gesto de prestigio colectivo. En lugar de glamour, lo que se vio, esta vez, fue una ansiedad amarga. En lugar de estilo, hubo remanentes de una estética televisiva de los 2000 aplicada sobre cuerpos que ya no saben si están en una industria o en su simulacro en tiempos de mega-recesión. Como en un velorio donde nadie sabe quién murió, la alfombra funcionó como pasarela de autoafirmaciones y lo mas impresionante es que estamos hablando de ellos pero ninguno de nosotros somos audiencia.
En ese sentido, lo que quedó al desnudo no fue sólo el cuerpo de los asistentes, sino el cuerpo deteriorado de la radio como medio cultural. Lo que alguna vez fue el espacio del pensamiento que no necesita imagen, ahora se representa en una gala fotogénica donde la imagen es eso que pueden ver en mi post de X. El contenido es nulo. Las figuras convocadas —con sus transparencias innecesarias, sus moños exagerados o sus ubres— revelan que el prestigio ya no se gana por lo que se dice, sino por demostrar obediencia debida. A quien? A APTRA? La radio, en la Argentina, aun no murió, pero ha sido vaciada: convertida en soporte de autopromoción, nostalgia institucional y estéticas recicladas de otros medios. En esa tensión entre lo sonoro y lo visual, entre lo invisible y lo histriónico, la gala mostró una radio que ya no habla, sino que posa.
Y en el centro de ese teatro fósil, APTRA oficia como curaduría del derrumbe. Lejos de ser una academia que consagre lo mejor del medio, funciona como una logia de auto/celebración donde los premios circulan como medallas sin batalla. Las fotos lo dejan claro: quienes premian y quienes son premiados comparten la misma estética de encierro simbólico, una mezcla de gerontocracia y oportunismo mediático envuelto en lentejuelas y escotes mal contextualizados. No hay riesgo. Sólo figuras embalsamadas de sí mismas, en si mismas, sobre si mismas… intentando recuperar con telas berretas lo que ya no pueden sostener con trayectoria y lo que el medio ya no puede consagrar por si mismo. Lo que vimos no fue una fiesta: fue simulacro en estado de desesperación por no ser olvidado. Eso es el simulacro queriendo transformarse en fantasma que es puro recuerdo pero fracasando. Es ahi donde lo único que queda es la selfie y ese dildo socio que llaman Martin Fierro.





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