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ESTE ES EL ÚLTIMO ‘HOW NOT TO BECOME SUBHUMAN’ DE ESTE DOMINGO.
La entrevista de Pablo Yagüe a Hernán Vanoli publicada en la revista Panama permite ver algo más que la trayectoria de un escritor. Expone, sin proponérselo, el funcionamiento interno del progresismo cultural argentino: el modo en que se legitiman voces, cómo se administra la crítica, qué sensibilidades se integran sin conflicto y cuáles deben ser traducidas a categorías para no desestabilizar el aparato simbólico. El contraste entre lo que Yagüe proyecta sobre Vanoli y lo que escribió sobre mi—en especial en su texto crítico sobre mi Historia a contrapelo— ilumina un sistema de relaciones, expectativas y temores que estructura el campo cultural argentino más de lo que sus actores suelen admitir.
La entrevista de Pablo Yagüe a Hernán Vanoli publicada en la revista Panama permite ver algo más que la trayectoria de un escritor. Expone, sin proponérselo, el funcionamiento interno del progresismo cultural argentino.
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El primer gesto significativo de la entrevista aparece desde el inicio. Yagüe abre con una pregunta destinada a confirmar una pertenencia: “Vos venís de la carrera de Sociología de la UBA, ¿el interés por la literatura apareció de golpe o estuvo siempre ahí?”. No es una pregunta literaria, sino una verificación de legitimidad. La sociabilidad progresista se ordena en base a procedencias institucionales y afectivas. La UBA —y en particular Sociales— funciona como un capital simbólico previo al contenido. Vanoli, sin confrontar, desarma la operación: “A mí me interesaba la literatura desde antes de anotarme… Ingeniería no me servía, Letras tampoco; lo que quería era escribir”. En esa frase hay un desplazamiento: sociología como pasaje, no como origen; institución como estación de paso, no como matriz intelectual. Esa distancia es la primera señal de que Vanoli no acepta del todo la narrativa identitaria que se le ofrece.
La UBA —y en particular Sociales— funciona como un capital simbólico previo al contenido para Yague. Vanoli, sin confrontar, desarma la operación: “A mí me interesaba la literatura desde antes de anotarme…”
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Cuando la conversación gira hacia 2001 y 2003, la operación se intensifica. Yagüe afirma: “En tu generación están los que fueron marcados por el 2001 y los que fueron marcados por el 2003”. Es una fórmula repetida hasta el agotamiento en el progresismo argentino: dos hitos, dos sensibilidades, dos destinos. Vanoli responde sin oponerse: “Soy totalmente 2001… la facultad en esa época fue espectacular, fue mi despertar a la política”. Pero inmediatamente introduce una diferencia que el marco no prevé: “Siempre tuve una distancia con el kirchnerismo. Nunca compré los boletos de la vuelta del Estado”. Esta frase, aparentemente menor, desarma el binomio. Ser “2001” no implica ser “2003”. La crítica de Vanoli no se articula en la épica estatal ni en la mística del retorno del Estado. Su distancia no es reaccionaria; es analítica. Ve la maquinaria, pero no abraza la retórica. Se forma en el progresismo, pero no queda atrapado en su sentimentalidad institucional.
La crítica de Vanoli no se articula en la épica estatal ni en la mística del retorno del Estado. Su distancia no es reaccionaria; es analítica. Ve la maquinaria, pero no abraza la retórica. Se forma en el progresismo, pero no queda atrapado en su sentimentalidad institucional.
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El núcleo conceptual de la entrevista aparece cuando se habla de la humillación. Yagüe comenta que Cataratas trabaja la humillación como clave de las relaciones del mundo académico. Espera, previsiblemente, una descripción sociológica: precarización, becas, jerarquías. En cambio recibe una definición que excede el marco: “No lo pensé en términos de humillación sino de soberanía. Me preguntaba cómo producir soberanía en una institución cuando la burocracia es el mecanismo que tiene para humillarte.” Esta frase quiebra la sensibilidad progresista más establecida. La burocracia no aparece como desvío ni como exceso del Estado, sino como método. La humillación no es falla: es lógica. La institución funciona humillando. Y la soberanía no es un atributo del sujeto, sino una interrupción pasajera de esa lógica.
El núcleo conceptual de la entrevista aparece cuando se habla de la humillación. Yagüe comenta que Cataratas trabaja la humillación como clave de las relaciones del mundo académico. Pero Vanoli la concibe como una irrupción pasajera de la lógica constitutiva del sujeto.
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Esta definición resuena con precisión en el texto que Yagüe escribió sobre mi, aunque con desplazamientos. Allí, al analizar Historia a contrapelo, Yagüe define mi método como una escritura que “rompe pactos de silencio”, que “desnuda la burocracia de la obediencia” y que opera como una “crítica que interviene y que ofende”. También afirma que yo “expongo todo aquello que la cultura argentina preferiría mantener oculto”, desde el dinero hasta los dispositivos de legitimación moral. Pero en esa misma escritura, Yagüe busca un marco neutralizante: me clasifica como “materialista oscuro”, como “materialista queer”, como heredero de Viñas, Fogwill o Rozitchner. El elogio existe, pero también la necesidad de encasillar. La crítica aparece como fenómeno. El autor, como categoría.

Con Vanoli no hay encasillamiento: hay conversación. Conmigo solo hubo clasificación: yo fui convertido en método. Esa diferencia revela más sobre la lógica progresista que sobre los autores en cuestión. Vanoli produce crítica desde un lugar que el progresismo puede tolerar: la crítica desde adentro, expresada con lucidez pero sin comprometer la arquitectura del sistema. Yo produzo crítica desde afuera, desarmando los mismos mecanismos que el progresismo necesita conservar para seguir definiéndose. Vanoli es autor. Yo soy estructura. Esa asimetría es el corazón oculto de la entrevista.
Con Vanoli no hay encasillamiento: hay conversación. Conmigo solo hubo clasificación. Esa diferencia revela más sobre la lógica progresista que sobre los autores en cuestión. Vanoli produce crítica desde adentro, sin comprometer la arquitectura del sistema. Yo produzo crítica desde afuera apuntando a lo estructural. Esa asimetría es el corazón oculto de la entrevista.
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Otra intervención significativa de Vanoli aparece cuando habla de la dificultad de formalizar la sociabilidad progresista. Afirma: “Siempre me obsesionó la teoría como discurso, y todavía leo a la teoría como literatura”, y agrega: “La sociabilidad es algo difícil de contar, difícil de formalizar… los mejores análisis los encontraba en la literatura”. Aquí Vanoli dice algo que pocas veces se admite: la sociabilidad —y no la teoría, no el programa político, no la institución— es el núcleo del progresismo argentino. Allí están las alianzas, las deudas, las jerarquías, las humillaciones microscópicas, los pactos temporales, los silencios estratégicos. La literatura permite ver lo que la sociología no puede atrapar. Por eso su interés por Simmel, por las formas de sociabilidad, por las pequeñas escenas donde se juega todo. La teoría progresista suele tratar la sociabilidad como un tema menor o decorativo. Vanoli la ubica en el centro.
La teoría progresista suele tratar la sociabilidad como un tema menor o decorativo. Vanoli la ubica en el centro. No es menor.
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Este reconocimiento contrasta con el gesto clasificatorio del texto de Yagüe sobre mi libro. Allí, Yagüe afirma que yo construyo un “punto de vista monstruoso” y que mi método “es una forma de explícitez que bordea lo pornográfico”, en el sentido de exponer lo que todos saben pero nadie admite. Pero inmediatamente traduce ese gesto radical a categorías administrativas: “materialismo oscuro”, “materialismo queer”, “tradición argentina crítica”. Es decir: captura lo insoportable en un marco exportable. Vanoli, en cambio, evita por completo ese dispositivo. Cuando dice, con naturalidad, “somos todos de la mafia de la sociología”, no está estetizando nada. Está describiendo relaciones de poder, no categorías intelectuales.
Yagüe afirma que yo expongo lo que todos saben pero nadie admite. Pero inmediatamente traduce ese gesto radical en categorías administrativas: “materialismo oscuro”, “materialismo queer”, “tradición argentina crítica”. Es decir: captura lo insoportable como exportable. Vanoli, en cambio, evita por completo ese dispositivo. Cuando dice, con naturalidad, “somos todos de la mafia de la sociología”
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Cuando la conversación se desplaza a internet, la lectura de Vanoli se vuelve aún más precisa: “Viví una etapa de internet más anónima… los blogs eran un semillero.” Y luego, la frase decisiva: “No se puede entender el clima moral de Twitter sin entender que los pioneros vienen de los blogs.” El progresismo académico nunca procesó esta genealogía. Nunca entendió que la crítica cultural argentina contemporánea no salió de suplementos culturales, ni de centros de estudios, ni de cátedras, sino de blogs anónimos, feroces, intensos y sin reglas. Allí se formaron sensibilidades, se rompieron jerarquías y se expusieron los pactos afectivos del arte argentino. Esa cultura crítica —que Yagüe intenta traducir en mi caso a marcos teóricos tranquilos— es la misma que Vanoli reconoce sin necesidad de volverla categoría.
Cuando la conversación se desplaza a internet, la lectura de Vanoli se vuelve aún más precisa: “Viví una etapa de internet más anónima… los blogs eran un semillero.” El progresismo académico nunca procesó esta genealogía. Nunca entendió que la crítica cultural argentina contemporánea no salió de suplementos culturales…por eso Yague melancólicamente piensa en moral.
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La diferencia entre ambos modos de lectura revela algo más profundo: el progresismo argentino admite la crítica que sabe contener y clasifica la crítica que no puede controlar. Vanoli es contenido; yo soy, clasificado. Vanoli aporta lucidez desde un lugar que la sociabilidad progresista reconoce como propio; yo intervendría desde un lugar que exige ser domesticado para no desestabilizar al conjunto. La entrevista muestra cómo esa domesticación empieza en el lenguaje mismo: preguntas que acreditan, categorías que ordenan, genealogías que disciplinan.
Para Yague, Vanoli es contenido; yo debo ser clasificado. Vanoli aporta lucidez desde un lugar que la sociabilidad progresista reconoce como propio; yo intervendría desde un lugar que exige ser domesticado para no desestabilizar al conjunto. La entrevista de Panama muestra cómo esa domesticación empieza en el lenguaje mismo: preguntas que acreditan, categorías que ordenan, genealogías que disciplinan.
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Cuando la entrevista se acerca al final, Yagüe pregunta por utopías. Vanoli responde con calma: “Me interesan las ruinas del progresismo porque en una ruina hay una promesa.” La frase es Benjaminiana pero en tiempos Mileistas es más dura de lo que parece. No habla de restauración, ni de futuro, ni de programa. Habla de ruina como condición. Habla de una época en la que el progresismo perdió su vitalidad y se convirtió en dispositivo administrativo. En esa ruina, dice Vanoli, queda algo vivo. Pero la promesa no está en el Estado, ni en la identidad, ni en la academia. Está en la lectura. En las pequeñas soberanías posibles. En la conversación sin mandatos..
Cuando la entrevista se acerca al final, Yagüe pregunta por utopías. Vanoli responde con calma: “Me interesan las ruinas del progresismo porque en una ruina hay una promesa.” La frase es Benjaminiana pero en tiempos Mileistas es más dura de lo que parece. Si la promesa no está en el Estado, ni en la identidad, ni en la academia. Está en la lectura. En la conversación sin mandatos.
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Leída junto al texto de Yagüe sobre mi, esta escena final ilumina la diferencia entre dos modos de estar en la crítica: el que puede ser leído y el que debe ser traducido; el que puede circular y el que debe ser encapsulado; el que proviene de instituciones y el que proviene de experiencias que exceden cualquier encuadre. La entrevista a Vanoli, sin proponérselo, muestra con claridad que el progresismo argentino no es tanto una tradición intelectual como una sociabilidad defensiva. Y que la manera en que reparte legitimidad revela sus miedos más que sus ideas.
La entrevista a Vanoli, sin proponérselo, muestra con claridad que el progresismo argentino no es tanto una tradición intelectual como una sociabilidad defensiva. Y que la manera en que reparte legitimidad revela sus miedos más que sus ideas.
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En ese sentido, la conversación Yagüe–Vanoli funciona como síntoma: Vanoli habla desde una lucidez que no necesita institucionalizarse; Yagüe pregunta desde un campo que necesita clasificar para no perder forma. El contraste entre ambos —y el contraste con el modo en que Yagüe me trató— permite ver lo que la cultura progresista argentina rara vez admite: que su principal problema no es la falta de teoría ni de instituciones, sino la imposibilidad de soportar la crítica que no puede absorber.
Minimal Sovereignty in an Elite Culture: Vanoli as Read by Yagüe, and the Progressismo as Read by Both (ENG)
Pablo Yagüe’s interview with Hernán Vanoli reveals much more than the trajectory of a writer. It inadvertently exposes the internal mechanics of Argentine cultural progressivism: how voices are legitimized, how criticism is managed, which sensibilities can be integrated without conflict, and which ones must be translated into safe categories so as not to destabilize the symbolic apparatus. The contrast between what Yagüe projects onto Vanoli and what he wrote about me—especially in his critical text on Historia a contrapelo—illuminates a system of relations, expectations, and anxieties that structures the Argentine cultural field far more than its actors usually admit.
The first meaningful gesture of the interview appears immediately. Yagüe opens with a question designed to confirm belonging: “You come from Sociology at the University of Buenos Aires; did your interest in literature appear suddenly, or was it always there?” It is not a literary question but a verification of legitimacy. Progressive sociability is organized around institutional and affective origins. The UBA—particularly the Faculty of Social Sciences—functions as a form of symbolic capital prior to content. Without openly confronting him, Vanoli dismantles the operation: “I was interested in literature before enrolling… Engineering was useless, Literature too; what I wanted was to write.” In that sentence there is a displacement: sociology as a passage rather than an origin; the institution as a stopover rather than an intellectual matrix. This distance is the first signal that Vanoli does not fully accept the identity script being offered to him.
When the conversation turns to 2001 and 2003, the operation intensifies. Yagüe states: “In your generation there are those marked by 2001 and those marked by 2003.” It is a formula repeated ad nauseam in Argentine progressivism: two events, two sensibilities, two destinies. Vanoli responds without opposing it: “I’m completely 2001… the Faculty at that time was spectacular; it was my political awakening.” But he immediately introduces an unexpected difference: “I’ve always kept a distance from Kirchnerism. I never bought the tickets for the ‘return of the State’.” This seemingly minor sentence dismantles the binomial. Being “2001” does not imply being “2003.” Vanoli’s critique does not articulate itself through state-centered epic or the mystique of the State’s moral return. His distance is not reactionary; it is analytical. He sees the machinery but does not embrace the rhetoric. He is formed within progressivism but not trapped in its institutional sentimentalism.
The conceptual core of the interview emerges when they speak of humiliation. Yagüe notes that Cataratas takes humiliation as a key to academic relations. He expects, predictably, a sociological description—precarity, fellowships, hierarchies. Instead he receives a definition that exceeds the frame: “I didn’t think of it in terms of humiliation but of sovereignty. I wondered how to produce sovereignty inside an institution when bureaucracy is the mechanism it uses to humiliate you.” This sentence fractures the most established progressive sensibility. Bureaucracy is not presented as a deviation or excess of the State, but as its method. Humiliation is not a flaw: it is logic. The institution functions by humiliating. And sovereignty is not an attribute of the subject but a brief interruption of that logic.
This definition resonates precisely in the text Yagüe wrote about me, though with distortions. There, when analyzing Historia a contrapelo, Yagüe defines my method as a form of writing that “breaks pacts of silence,” that “undresses the bureaucracy of obedience,” and that operates as “a criticism that intervenes and offends.” He also claims that I “expose everything Argentine culture prefers to keep hidden,” from money to moral legitimizing devices. But in the same movement, Yagüe seeks a neutralizing frame: he classifies me as a “dark materialist,” a “queer materialist,” an heir to Viñas, Fogwill, or Rozitchner. The praise exists, but so does the need to categorize. The criticism appears as phenomenon; the author, as category.
With Vanoli there is no categorization—there is conversation. With me there was only classification: I was turned into method. This difference reveals more about progressive logic than about either author. Vanoli produces criticism from a place progressivism can tolerate: critique from within, lucidly expressed but without dismantling the system’s underlying architecture. I produce criticism from the outside, dismantling the very mechanisms progressivism needs to preserve in order to define itself. Vanoli is an author. I am a structure. That asymmetry is the hidden core of the interview.
Another significant intervention from Vanoli appears when he discusses the difficulty of formalizing progressive sociability. He claims: “I’ve always been obsessed with theory as discourse, and I still read theory as literature,” and then adds: “Sociability is hard to narrate, hard to formalize… the best analyses I found were in literature.” Here Vanoli states something rarely admitted: sociability—not theory, not political program, not the institution—is the nucleus of Argentine progressivism. There lie alliances, debts, hierarchies, microscopic humiliations, temporary pacts, strategic silences. Literature allows one to see what sociology fails to grasp. Hence his interest in Simmel, in forms of sociability, in the small scenes where everything is at stake. Progressive theory tends to treat sociability as a minor or decorative topic. Vanoli places it at the center.
This recognition contrasts with the classificatory gesture in Yagüe’s text on my book. There, he asserts that I construct a “monstrous point of view” and that my method “is a form of explicitness bordering on the pornographic,” in the sense of exposing what everyone knows but no one admits. But he immediately translates that radical gesture into administrative categories: “dark materialism,” “queer materialism,” “Argentine critical tradition.” In other words: he captures the intolerable inside an exportable framework. Vanoli, instead, avoids this device altogether. When he casually says “we’re all part of sociology’s mafia,” he is not aestheticizing anything. He is describing power relations, not intellectual categories.
When the conversation shifts to the internet, Vanoli’s reading becomes even sharper: “I lived through a more anonymous stage of the internet… the blogs were a seedbed.” And then, the decisive line: “You can’t understand Twitter’s moral climate without understanding that the pioneers came from the blogs.” Progressive academia never processed this genealogy. It never understood that contemporary Argentine cultural criticism did not emerge from cultural supplements, research centers, or university departments, but from anonymous, ferocious, unregulated blogs. There, sensibilities were formed, hierarchies broken, and the affective pacts of Argentine art exposed. That critical culture—which in my case Yagüe tries to translate into calm theoretical frameworks—is the same one Vanoli recognizes without needing to turn it into a category.
The difference between the two modes of reading reveals something deeper: Argentine progressivism accepts the criticism it can contain and classifies the criticism it cannot control. Vanoli is containable; I am classified. Vanoli contributes lucidity from a position progressive sociability recognizes as its own; I would intervene from a place that demands domestication so as not to destabilize the whole. The interview shows that this domestication begins with language itself: questions that accredit, categories that order, genealogies that discipline.
When the interview approaches its end, Yagüe asks about utopias. Vanoli responds calmly: “I’m interested in the ruins of progressivism because in a ruin there is a promise.” The sentence is Benjaminian but, in Milei-era Argentina, harsher than it seems. He is not talking about restoration, future, or program. He is speaking of ruin as condition. He is speaking of a time in which progressivism lost its vitality and turned into an administrative device. In that ruin, Vanoli says, something remains alive. But the promise is not in the State, nor in identity, nor in academia. It is in reading. In small possible sovereignties. In conversation without mandates.
Read alongside Yagüe’s text on me, this final scene clarifies the difference between two modes of inhabiting criticism: the one that can be read and the one that must be translated; the one that can circulate and the one that must be encapsulated; the one that emerges from institutions and the one that comes from experiences that exceed any frame. The interview with Vanoli, unintentionally, shows with clarity that Argentine progressivism is not so much an intellectual tradition as it is a defensive sociability. And the way it distributes legitimacy reveals its fears more than its ideas.
In that sense, the Yagüe–Vanoli exchange operates as a symptom: Vanoli speaks from a lucidity that does not require institutionalization; Yagüe asks from within a field that needs to classify in order not to lose its shape. The contrast between the two—along with the contrast with how Yagüe dealt with me—exposes what Argentine progressive culture rarely admits: that its main problem is not a lack of theory or institutions, but the impossibility of enduring the criticism it cannot absorb.
The HOW NOT TO BECOME SUBHUMAN of this Sunday is here:





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