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la red carpet del hospital austral bajo la rigida lupa de la señora mazza de gravier. En x…
Valeria Mazza no es simplemente una modelo consagrada: es un dispositivo cultural. Representa el tipo de feminidad que la derecha católica ama promover porque condensa orden, obediencia estética y éxito sin conflicto. Su imagen pública jamás fue disruptiva. Nunca incomodó. Nunca militó nada que no fuese compatible con la moral de clase media alta, la familia tradicional y el consumo aspiracional. Esa pureza programada la convierte en un símbolo perfecto para un hospital universitario ligado a sectores del Opus Dei y a un empresariado que necesita envolver tecnología de alta complejidad en una narrativa de bondad apolítica.

Valeria Mazza no es simplemente una modelo consagrada: es un dispositivo cultural. Representa el tipo de feminidad que la derecha católica ama promover porque condensa orden, obediencia estética y éxito sin conflicto.
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Lo que Valeria encarna es un ideal: una blancura sostenible, un glamour sin erotismo explícito, un cuerpo perfecto pero no amenazante, una belleza que nunca se politiza. Su carrera nunca estuvo asociada a discursos de autonomía corporal, emancipación femenina o crítica institucional. Su capital simbólico siempre fue la normalidad dorada. Esa normalidad, en contextos conservadores, es poder puro. Es la promesa de que el mundo puede mantenerse en orden si se siguen las reglas correctas: familia, caridad, silencio moral, sonrisa diplomática.
Lo que Valeria encarna es un ideal: una blancura sostenible. La promesa de que el mundo puede mantenerse en orden si se siguen las reglas correctas: familia, caridad, silencio moral, sonrisa diplomática.
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Su reputación de tener posiciones conservadoras —incluyendo comentarios homofóbicos o alineamientos religiosos explícitos— lejos de perjudicarla dentro de ese ecosistema, la legítima. Para el público del Hospital Austral, Mazza aparece como alguien confiable. No desafía la estructura patriarcal ni la jerarquía religiosa: la confirma. Es la “madre bella”, la “esposa elegante”, la “mujer que no discute a la Iglesia”, una especie de alegato viviente de que la tradición puede ser glamorosa. Desde el punto de vista de la comunicación institucional, tenerla al frente de una gala genera un efecto inmediato: traslada su aura de orden moral al evento. Lo legitima. Hace que todo parezca más blanco, más pulcro, más respetable. Evita la contaminación. Ella funciona como una pantalla estética donde los empresarios pueden proyectar una “caridad” que no cuestiona sus prácticas, su acumulación, ni su relación con la desigualdad estructural.

Mazza evita la contaminación. Ella funciona como una pantalla estética donde los empresarios pueden proyectar una “caridad” que no cuestiona sus prácticas, su acumulación, ni su relación con la desigualdad estructural.
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En sociedades fracturadas, la derecha siempre necesita íconos que permitan suavizar su imagen. Mazza cumple esa función a la perfección. Es apacible, pseudo-internacional, aspiracional, maternal, sensual pero no sexual, exitosa pero no peligrosa, religiosa sin fanatismo explícito, disciplinada sin rigidez. Es el modelo de feminidad que el neoliberalismo católico necesita: impecable, obediente, y rentable. Por eso la gala del Austral encuentra en ella una anfitriona ideal. No sólo decora el evento: lo ordena simbólicamente. Le da la narrativa que necesita: tecnología de alta complejidad, financiamiento privado, y una estética de pureza moral envolviendo todo. Mazza es el producto perfecto para esa alianza entre medicina premium, filantropía de élite y un catolicismo corporativo que necesita una cara amable para justificar su poder.
Mazza y de Pineda son modelos de feminidad que el neoliberalismo católico necesita: impecable, obediente, y rentable. Por eso la gala del Austral encuentra en ella una anfitriona ideal. No sólo decora el evento: lo ordena simbólicamente.
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Valeria Mazza vs. Rosalía: dos subjetividades y dos teologías opuestas
La subjetividad que representa Valeria Mazza es una subjetividad cerrada, lisa, sin fracturas visibles. Está construida para no mostrar conflicto, para no producir pregunta. Es la espiritualidad “ordenada”: la que se sostiene en la estética de lo correcto, de lo que nunca se quiebra. Mazza encarna la continuidad entre cuerpo, moral y apariencia como un dogma. Su imagen no busca redención, porque ya se muestra “redimida”. Es una espiritualidad sin herida, una religiosidad sin grieta, una feminidad sin contradicción. Su subjetividad funciona como un santuario sin fisuras donde nada se pierde y nada se transforma.
La suya es la espiritualidad “ordenada”: la que se sostiene en la estética de lo correcto, de lo que nunca se quiebra. Mazza encarna la continuidad entre cuerpo, moral y apariencia como un dogma. Su imagen no busca redención, porque ya se muestra “redimida”.
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Rosalía, en Reliquia, propone lo contrario: una subjetividad espiritual que nace del desgarro, del sacrificio y de la pérdida. Su mapa emocional es un altar roto donde cada ciudad le arranca un órgano —los ojos en Roma, la lengua en París, la sonrisa en el Reino Unido—. Esa subjetividad no es lisa, sino estriada; no es ornamental, sino ritual. Rosalía no ofrece pureza: ofrece restos. No promete continuidad: promete metamorfosis. Su espiritualidad es una teología del daño y, al mismo tiempo, del deseo de seguir existiendo después del daño. Si Mazza encarna la salvación por obediencia, Rosalía encarna la salvación por supervivencia. Una es una estatua; la otra, una reliquia.

Si Mazza encarna la salvación por obediencia, Rosalía encarna la salvación por supervivencia. Una es una estatua; la otra, una reliquia. Entre ambas se abre el verdadero eje de época: la elección entre una espiritualidad que anestesia y una espiritualidad que transforma.
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Y mientras Mazza se sostiene en la suspensión del conflicto, Rosalía trabaja con la exposición del conflicto. En Reliquia, la espiritualidad surge del duelo, de la intemperie, del cuerpo que se sabe sacrificado por la historia y aun así reclama sentido. Es una subjetividad que incomoda porque anuncia que la belleza nace donde algo muere. La de Mazza, en cambio, tranquiliza: promete que nada tiene por qué morir si uno se mantiene fiel al guión de la imagen perfecta. Entre ambas se abre el verdadero eje de época: la elección entre una espiritualidad que anestesia y una espiritualidad que transforma; entre el simulacro de pureza y la verdad cruda de lo que queda cuando ya no tenemos nada más que los fragmentos.
Valeria Mazza y su vida anti-Ovidiana: La Anti-Dafne.
La metamorfosis, de Ovidio, no es un truco estético ni un gesto ornamental: es una verdad ontológica. En Las Metamorfosis, los cuerpos cambian porque están vivos, porque el deseo los desborda, porque el dolor los desgarra, porque los dioses intervienen o porque la historia los atraviesa. La metamorfosis ovidiana es siempre consecuencia de un exceso: exceso de pasión, de violencia, de angustia, de belleza. Dafne no se vuelve árbol para mejorar su branding, sino porque escapar es su única forma de seguir siendo. Aracne no deviene araña para vender más obras, sino porque el conocimiento que posee la destruye. Narciso no queda atrapado en el agua como un gesto de autoafirmación, sino porque su deseo es imposible. La metamorfosis es destino, no estrategia; herida, no estilización.
La metamorfosis ovidiana es siempre consecuencia de un exceso: exceso de pasión, de violencia, de angustia, de belleza. Dafne no se vuelve árbol para mejorar su branding, sino porque escapar es su única forma de seguir siendo. La metamorfosis es destino, no estilización. Ahí es donde la distancia con Valeria Mazza se vuelve absoluta. Mazza no muda: conserva.
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Es un cuerpo que cambia porque no puede seguir siendo el mismo. Ahí es donde la distancia con Valeria Mazza se vuelve absoluta. Mazza no muda: conserva. No se transforma: se administra. No se fractura: se pule. Su subjetividad no es ovidiana sino corporativa. La metamorfosis, para ella, sería una amenaza: el fin del modelo. Lo que Ovidio entiende como ley natural —que el cuerpo cambia porque la vida cambia— es precisamente lo que Mazza evita. Su estética está fundada en la no-metamorfosis, en la eternidad del mismo rostro, el mismo peinado, el mismo gesto, la misma santidad higiénica.
. Lo que Ovidio entiende como ley natural —que el cuerpo cambia porque la vida cambia— es precisamente lo que Mazza evita. Su estética está fundada en la no-metamorfosis, en la misma santidad higiénica.
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Si Rosalía en Reliquia encarna la metamorfosis ovidiana —el yo que se deja afectar, que se quiebra, que pierde lengua, ojos y sonrisa en el camino— Mazza encarna su opuesto: la permanencia. La petrificación. La continuidad sin historia. Es la anti-Dafne: una mujer que nunca necesitará convertirse en árbol porque el mundo ya la resguarda. La anti-Aracne: alguien para quien el conocimiento nunca será castigo. La anti-Narciso: alguien cuya imagen no la condena, sino que la sostiene.
Si Rosalía en Reliquia encarna la metamorfosis ovidiana —el yo que se deja afectar, que se quiebra, que pierde lengua, ojos y sonrisa en el camino— Mazza encarna su opuesto: la permanencia. La petrificación.
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La metamorfosis ovidiana es riesgo; la de Mazza es marketing. Una altera la materia; la otra la fija. Una está hecha de dolor y deseo; la otra de cuidado y control. Una produce relato; la otra lo evita. Ovidio nos recuerda que nadie se salva sin cambiar. Mazza nos enseña que, en la Argentina aspiracional, cambiar es perder.
Y al final, esa es la diferencia más profunda: Ovidio pensó que el cuerpo era destino; Mazza cree que el cuerpo es management. Por eso ella triunfa donde otros arden: porque no se mueve. Porque siempre es la misma. Porque en un país sin estabilidad, Valeria Mazza ofrece —como mito, como marca, como promesa— la fantasía más codiciada por todos: la imposibilidad de la metamorfosis.
Valeria Mazza is the wet dream of an Argentine integralist right wing that abhors Metamorphosis and makes us more reactionary every year.
Valeria Mazza is not simply an established model: she is a cultural device. She represents the kind of femininity the Catholic right loves to promote because it condenses order, aesthetic obedience, and conflict-free success. Her public image has never been disruptive. It has never made anyone uncomfortable. She has never advocated for anything that wasn’t fully compatible with upper-middle-class morality, the traditional family, and aspirational consumption. That programmed purity makes her the perfect symbol for a university hospital tied to Opus Dei circles and to an entrepreneurial class that needs to wrap high-complexity medical technology in a narrative of apolitical goodness.
What Valeria embodies is an ideal: a sustainable whiteness, glamour without explicit eroticism, a perfect but non-threatening body, a beauty that never becomes political. Her career has never been associated with discourses of bodily autonomy, female emancipation, or institutional critique. Her symbolic capital has always been golden normality. And normality, in conservative contexts, is pure power. It is the promise that the world can remain in order if the correct rules are followed: family, charity, moral silence, diplomatic smile.
Her reputation for holding conservative views —including homophobic remarks or explicit religious alignments— does not harm her within that ecosystem. It legitimizes her. For the Austral public, Mazza appears as someone trustworthy. She does not challenge the patriarchal structure or the religious hierarchy: she confirms it. She is the “beautiful mother,” the “elegant wife,” the “woman who does not question the Church,” a living argument that tradition can be glamorous. From an institutional-communication standpoint, having her host a gala has an immediate effect: it transfers her aura of moral order onto the event. It legitimizes it. It makes everything seem whiter, cleaner, more respectable. It avoids contamination. She functions as an aesthetic screen onto which businessmen can project a “charity” that never questions their practices, their accumulation, or their relationship to structural inequality.
In fractured societies, the right always needs icons that soften its image. Mazza fulfills that function perfectly. She is soothing, pseudo-international, aspirational, maternal, sensual but not sexual, successful but not dangerous, religious without explicit fanaticism, disciplined without severity. She is the model of femininity that Catholic neoliberalism wants to export: impeccable, obedient, and profitable. That is why Austral’s gala finds in her an ideal host. She doesn’t just decorate the event: she orders it symbolically. She supplies the narrative it needs: high-complexity technology, private funding, and an aesthetic of moral purity wrapping everything. Mazza is the perfect product for that alliance between premium medicine, elite philanthropy, and corporate Catholicism that needs a friendly face to justify its power.
Valeria Mazza vs. Rosalía: two subjectivities and two opposing theologies
The subjectivity Valeria Mazza represents is closed, smooth, without visible fractures. It is constructed to show no conflict, to produce no question. It is an “ordered” spirituality: the one sustained by the aesthetics of correctness, of what does not overflow, of what never cracks. Mazza embodies the continuity between body, morality, and appearance as a dogma. Her image does not seek redemption because it already presents itself as “redeemed.” It is a spirituality without wounds, a religiosity without fissures, a femininity without contradiction. Her subjectivity functions like a seamless sanctuary where nothing is lost and nothing transforms.
Rosalía, in Reliquia, proposes the opposite: a spiritual subjectivity born from rupture, sacrifice, and loss. Her emotional map is a broken altar where each city tears out an organ —the eyes in Rome, the tongue in Paris, the smile in the United Kingdom. That subjectivity is not smooth but striated; not ornamental but ritual. Rosalía offers no purity: she offers remnants. She promises no continuity: she promises metamorphosis. Her spirituality is a theology of damage and, at the same time, the desire to keep existing after the damage. If Mazza embodies salvation through obedience, Rosalía embodies salvation through survival. One is a statue; the other, a relic.
And while Mazza relies on suppressing conflict, Rosalía works with the exposure of conflict. In Reliquia, spirituality emerges from mourning, from exposure, from a body that knows itself sacrificed by history and still insists on meaning. It is a subjectivity that unsettles because it announces that beauty is born where something dies. Mazza’s subjectivity, on the other hand, reassures: it promises that nothing has to die if one remains faithful to the script of the perfect image. Between them lies the true axis of our era: the choice between a spirituality that anesthetizes and one that transforms; between the simulacrum of purity and the raw truth of what remains when all we have left are fragments.
Valeria Mazza and her Anti-Ovidian life: The Anti-Daphne
Metamorphosis, for Ovid, is not an aesthetic trick nor an ornamental gesture: it is an ontological truth. In The Metamorphoses, bodies change because they are alive, because desire overflows them, because pain tears them apart, because the gods intervene, or because history pierces through them. Ovidian metamorphosis is always the consequence of an excess: excess passion, excess violence, excess anguish, excess beauty. Daphne does not become a tree to improve her branding, but because escape is her only way of still being herself. Arachne does not become a spider to sell more works, but because the knowledge she possesses destroys her. Narcissus is not trapped in the water as a gesture of self-affirmation, but because his desire is impossible. Metamorphosis is destiny, not strategy; wound, not stylization.
It is a body that changes because it cannot remain the same. And this is where the distance from Valeria Mazza becomes absolute. Mazza does not shed: she preserves. She does not transform: she manages. She does not fracture: she polishes. Her subjectivity is not Ovidian but corporate. For her, metamorphosis would be a threat: the end of the model. What Ovid understands as natural law —that the body changes because life changes— is precisely what Mazza avoids. Her aesthetic is built on non-metamorphosis, on the eternity of the same face, the same hairstyle, the same gesture, the same hygienic sanctity.
If Rosalía in Reliquia embodies Ovidian metamorphosis —the self that lets itself be affected, that breaks, that loses tongue, eyes, and smile along the way— Mazza embodies its opposite: permanence. Petrification. Continuity without history. She is the anti-Daphne: a woman who will never need to become a tree because the world already protects her. The anti-Arachne: someone for whom knowledge will never be punishment. The anti-Narcissus: someone whose image does not condemn her, but sustains her.
Ovidian metamorphosis is risk; Mazza’s is marketing. One alters matter; the other fixes it. One is made of pain and desire; the other of care and control. One produces narrative; the other avoids it. Ovid reminds us that no one is saved without changing. Mazza teaches us that, in aspirational Argentina, to change is to lose. And in the end, that is the deepest difference: Ovid believed the body was destiny; Mazza believes the body is management. This is why she triumphs where others burn: because she does not move. Because she is always the same. Because in a country without stability, Valeria Mazza offers —as myth, as brand, as promise— the most coveted fantasy of all: the impossibility of metamorphosis.





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