
Hay momentos en la historia del arte en los que un género aparentemente modesto se convierte en un laboratorio político. El paisaje es uno de ellos. Lo que empieza como una forma de mirar termina transformándose en un modo de ordenar el mundo: decidir qué merece ser visto, qué debe permanecer oculto y cómo la sensibilidad colectiva modela la relación entre territorio, lenguaje y poder.
En el nuevo episodio del Curso de Paisajes analizo cómo el paisaje holandés nace de la tierra y el inglés del lenguaje: uno es práctica material, el otro es ideología. Craig vs.Gilpin, ingeniería vs. retórica, territorio vs. mirada. Disponible para miembros pagos en mi canal de YouTube @caneteuk.
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Esto es especialmente visible cuando comparamos dos tradiciones que, en principio, no podrían ser más distintas: la Holanda del siglo XVII y la Inglaterra de fines del XVIII. Una trabaja la tierra como materia; la otra trabaja la mirada como discurso. Una construye paisaje drenando pantanos y levantando diques; la otra construye paisaje elaborando categorías estéticas, reglas del gusto y gramáticas del dibujo.

Y es justo en ese contraste donde surge el problema central de esta clase: ¿qué pasa cuando el paisaje deja de ser territorio y se convierte en ideología?

Lo interesante es que la tensión entre Craig y Gilpin, que parece estrictamente inglesa y tardía, solo se entiende plenamente cuando la situamos frente al modelo holandés que trabajamos en la clase anterior. Porque en los Países Bajos del siglo XVII, el paisaje no era una convención estética, ni un repertorio de fórmulas, ni un juego del gusto: era territorio real, drenado, medido, administrado y puesto en circulación económica. El paisaje holandés surgía de una relación física con la tierra. Era un espacio conquistado por ingeniería y un espacio compartido por comercio. Su representación visual respondía a esa misma cultura material: vistas de Haarlem, panoramas de canales, escenas de trabajo, rutas fluviales, mapas. Allí, el paisaje funcionaba como registro de una sociedad que conocía su suelo a través de la práctica diaria y del cálculo técnico.
En Inglaterra, en cambio, el paisaje no nace de un vínculo físico con el territorio, sino de un vínculo mediado: primero por la literatura, luego por la teoría estética y finalmente por la política. Es un paisaje de la mirada, no de la tierra.

Por eso el conflicto entre Craig y Gilpin es tan revelador. Gilpin convierte el paisaje en un idioma estilizado, casi un dialecto de la sensibilidad, donde los árboles y las ruinas funcionan como marcadores retóricos. En términos holandeses, sería como si los canales no fueran canales sino signos pintorescos; como si las dunas no fueran terrenos ganados al mar sino meras oportunidades compositivas. El picturesque borra la materialidad del territorio.
La clase de hoy muestra algo incómodo: cuando el paisaje deja de ser suelo y se vuelve estilo, el Estado empieza a vigilar la mirada. Holanda registra; Inglaterra interpreta. Y en 1795, interpretar ya es un acto político. Episodio completo → solo para miembros en YouTube @caneteuk.
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Craig, en cambio, sin volver al modelo holandés, recupera algo de su ethos: la idea de que el signo visual debe estar anclado en la realidad. Sus estudios naturalistas —árboles, troncos, formas particulares— producen una versión inglesa y tardía de la misma obsesión holandesa: que la representación solo funciona cuando mantiene la correspondencia entre lo que se ve y lo que se nombra.
Lo que cambia es el motivo. Para los holandeses, esa correspondencia nace de la práctica cotidiana y comercial. Para Craig, nace del temor político: si los signos se vuelven arbitrarios, si las formas dejan de referir al mundo, entonces el lenguaje —visual o verbal— puede ser capturado por el desorden revolucionario.
Así, el contraste es doble:
- Holanda: el paisaje como extensión material de la vida económica y de la administración colectiva.
- Inglaterra 1795: el paisaje como extensión simbólica de la estabilidad constitucional.
Y esta diferencia se refleja incluso en la manera en que ambos países organizan el acto de “mirar”. El holandés mira para registrar; el inglés mira para interpretar. El holandés representa lo que está ahí; el inglés organiza lo que ve a través de teorías del gusto o reglas del dibujo. Pero ese mismo gesto interpretativo, que había sido estético con Gilpin, se vuelve político con Craig.
En ese sentido, la comparación revela algo esencial para la historia del paisaje europeo: cuando el paisaje deja de ser un producto social y se convierte en un lenguaje, el Estado empieza a interesarse por cómo se dibuja. Ahí es donde Craig deja de ser un simple pedagogo de la línea y se convierte en un guardián —casi un centinela— de la relación entre signo y realidad.
Ese es el punto exacto donde podemos cerrar Holanda e ingresar de lleno en la Inglaterra de fines del XVIII: el momento en que el paisaje deja de ser territorio y se convierte en ideología.
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