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Hay fotografías que no documentan un evento: revelan una estructura de poder. Las fotos del cumpleaños oficial de Carlos III en Buenos Aires no muestran solo una gala diplomática; muestran un reacomodamiento casi silencioso del poder argentino alrededor de un nuevo centro: un sistema judicial federal que dejó de responder a la lógica republicana para convertirse en un actor autónomo, un ente supranacional que opera más allá del Estado Nación y utiliza la diplomacia y los eventos protocolares como espacios de legitimación y expansión simbólica. Lo que en la superficie parece un cóctel de embajadores, funcionarios, empresarios y celebridades, en el fondo es el teatro visible de un poder que prefiere aparecer como elegante, cosmopolita, “institucional”, antes que admitir lo que realmente es: un régimen sin control democrático funcionando bajo la máscara de la diplomacia cultural.
Las fotos del cumpleaños oficial de Carlos III en Buenos Aires no muestran solo una gala diplomática; muestran un reacomodamiento casi silencioso del poder argentino alrededor de un nuevo centro: un sistema judicial federal que dejó de responder a la lógica republicana para convertirse en un actor autónomo
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Si algo deja claro la presencia simultánea del presidente de la Cámara Federal de Casación Penal, Daniel Petrone; los jueces Diego Barroetaveña y Carlos Mahiques; el juez federal Julián Ercolini; el juez federal Santiago Ramos; el juez del Tribunal Superior Santiago Otamendi; y la vicepresidenta del Consejo de la Magistratura, Agustina Díaz Cordero, es que el poder judicial argentino encontró en estas ceremonias diplomáticas una nueva zona franca. Un espacio donde puede exhibirse sin rendir cuentas. Un ecosistema donde lo judicial deja de verse como parte del Estado y comienza a funcionar como algo distinto: un actor autónomo insertado en redes globales de poder, protegido por una diplomacia que no regula, sino que adorna.

Lo sorprendente no es que los jueces estén ahí. Lo sorprendente es que estén todos juntos, relajados, fotografiándose sin pudor en un evento que no les corresponde institucionalmente y que, sin embargo, parece diseñado especialmente para ellos. Como si la embajada británica les ofreciera una escena perfecta para recordarle al país quién manda realmente.
Lo sorprendente no es que los jueces estén ahí. Lo sorprendente es que estén todos juntos, relajados, fotografiándose sin pudor en un evento que no les corresponde institucionalmente y que, sin embargo, parece diseñado especialmente para ellos.
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La diplomacia, en su versión clásica, era un dispositivo de equilibrio entre Estados. Su lógica era bilateral: cada país enviaba representantes para mantener relaciones, evitar conflictos, negociar intereses. Pero en la Argentina contemporánea, la diplomacia dejó de ser un sistema de vínculos entre naciones para convertirse en un sistema de vínculos entre élites. Un espacio donde la soberanía se diluye y donde la política interna se entrelaza con intereses empresariales, judiciales, corporativos y geopolíticos sin filtros ni controles.
Pero en la Argentina contemporánea, la diplomacia dejó de ser un sistema de vínculos entre naciones para convertirse en un sistema de vínculos entre élites. Un espacio donde la soberanía se diluye y donde la política interna se entrelaza con intereses empresariales, judiciales, y corporativos
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El “cumpleaños del Rey” ofrece el escenario perfecto para observar ese cambio. En lugar de ministros de relaciones exteriores o figuras de política internacional, quienes ocupan el centro de la escena son jueces federales, magistrados penales, operadores judiciales, miembros del Consejo de la Magistratura y funcionarios de seguridad. La presencia diplomática es un decorado. El verdadero contenido del evento es la recomposición de una élite estatal que se autopercibe como garante del orden, más allá de los avatares democráticos.

Es este desplazamiento —del Estado al aparato judicial como núcleo del poder— lo que vuelve tan inquietante la escena. La diplomacia británica, siempre pragmática, entiende perfectamente cómo leer a los países donde opera. En la Argentina, el poder real no está en el Congreso, ni en la presidencia, ni siquiera en las embajadas. Está en los tribunales federales, especialmente en Casación. Casación es, de hecho, el núcleo duro del sistema penal que controla causas de corrupción, economía, inteligencia y política, y que puede desestabilizar o salvar gobiernos a voluntad. Es el poder permanente del Estado, el que no se somete a elecciones ni al escrutinio público.
En la Argentina, el poder real no está en el Congreso, ni en la presidencia, ni siquiera en las embajadas. Está en los tribunales federales, especialmente en Casación.
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La imagen de Petrone, Mahiques y Barroetaveña juntos en la gala no es casualidad: es una declaración. No son invitados: son protagonistas. El mensaje es claro: la justicia federal argentina está alineada con los intereses supranacionales que hoy definen el orden global. No opera como un poder del Estado argentino, sino como un nodo dentro de una red mayor, donde la diplomacia funciona como lubricante institucional, como legitimación simbólica y como lenguaje compartido.
El mensaje es claro: la justicia federal argentina está alineada con los intereses supranacionales que hoy definen el orden global. No opera como un poder del Estado argentino, sino como un nodo dentro de una red mayor.
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La embajada del Reino Unido no necesita intervenir directamente en la política local; le basta con invitar a quienes realmente toman decisiones. Y ellos van, sonríen, posan y sellan la alianza tácita que sostiene el nuevo orden: una alianza entre tribunales, seguridad, élites económicas y diplomacia global. Pero este fenómeno no es exclusivo del Reino Unido. Lo confirma la presencia del embajador chino, Wei Wang, en un evento donde el soft power se negocia con vino blanco y canapés. China no va a estos cócteles por cortesía: va para observar, para medir tensiones, para registrar lealtades. Wei Wang no es un diplomático ornamental: es un estratega que sabe que la política argentina ya no se juega en el Parlamento sino en los tribunales y las redes de inteligencia informal. La presencia simultánea de China y el Reino Unido frente a los mismos actores judiciales exhibe algo más profundo: la Argentina es un espacio de disputa entre potencias donde el referee —o el botín— es el Poder Judicial.

En este sentido, el Centro Wiesenthal cumple otra función simbólica: funciona como legitimador moral de esta alianza entre diplomacia y tribunalismo. Su presencia opera como un recordatorio de que toda autoridad necesita una narrativa ética para sostenerse. El antisemitismo es hoy una de las principales banderas de legitimidad global. Su uso, cuando es instrumentalizado, permite cubrir de moralidad cualquier red de poder, incluso las más opacas. Para un embajador británico, aparecer en una foto con Gelblung o con dirigentes de la DAIA exige equilibrio, especialmente después del trauma del laborismo británico y sus guerras internas por antisemitismo. Pero la diplomacia no evita el riesgo: lo administra. Y en Argentina, el “peligro” es también un recurso de poder.

La DAIA, con sus internas y su peso histórico, se transforma en actor de esta red supranacional: no solo representa intereses comunitarios, sino intereses geopolíticos. Su liderazgo —tras los escándalos de la gestión anterior— se reconfigura en esta gala como una pieza dentro del tablero global donde lo judicial, lo diplomático y lo mediático convergen. La presencia de funcionarios como Fabián Perechodnik, experto en gestión y comunicación política, completa el ecosistema. Perechodnik fue secretario general de la Provincia de Buenos Aires bajo María Eugenia Vidal, rol que, desde una mirada crítica, implica administrar la articulación entre gobierno, medios y aparato judicial. Que hoy aparezca abrazado a jueces de Casación no sorprende: es un operador. Y en la nueva diplomacia del poder, los operadores son indispensables.
El diputado Eduardo Amadeo, siempre presente donde la derecha necesita respetabilidad, encaja en esta red como mediador civil. Y la presencia de Santiago Otamendi —ex viceministro de Justicia, hoy juez del Tribunal Superior— aporta la pata institucional del PRO. Lo mismo ocurre con Ercolini, constructor obsesivo de causas que estructuraron la política argentina de la última década. Todos ellos celebrando la longevidad de un monarca inglés ofrece una metáfora involuntaria: la Argentina tiene su propia monarquía, y está compuesta por estos hombres.

Lo más inquietante es que este poder judicial se comporta como una diplomacia paralela: asiste a eventos, construye alianzas, negocia con embajadas, se deja ver, opera como representante no electo de los “intereses permanentes” de la Argentina. Pero esos intereses no están claros ni son democráticos. Son intereses corporativos, jurídicos, policiales y geopolíticos mezclados en una coctelera de relaciones personales, favores mutuos y reciprocidades discretas.
La diplomacia, en este sistema, deja de ser un puente entre países y se convierte en un puente entre castas. Y la justicia federal argentina hace años que dejó de ser un poder del Estado para transformarse en una casta.
La fotografía colectiva —Petrone, Barroetaveña, Mahiques, Ercolini, Otamendi, Ramos, Díaz Cordero— es la foto más importante del año. No porque aparezcan en ella: porque se muestran sin miedo. Porque ya no necesitan disimular. Porque descubrieron que la diplomacia es el mejor espacio de impunidad simbólica. Allí nadie pregunta: todos saludan. Allí no se discute la independencia judicial: se da por supuesta. Allí nadie recuerda que estos jueces deciden sobre libertad, sobre persecución penal, sobre espionaje, sobre la vida política del país. Allí son “personalidades destacadas” y no funcionarios con poder desproporcionado. Allí son cortes reales, príncipes del subsuelo institucional argentino.
La diplomacia, en este sistema, deja de ser un puente entre países y se convierte en un puente entre castas. Y la justicia federal argentina hace años que dejó de ser un poder del Estado para transformarse en una casta.
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¿Qué significa que Casación Penal se fotografíe en bloque, sonriente, junto a embajadores, diplomáticos, empresarios, comunicadores, influencers, lobbistas y funcionarios del PRO y La Libertad Avanza? Significa que se sienten parte de esa élite global, no de la República. Significa que no tienen miedo de parecer lo que son: un poder supranacional que ya no responde a la Constitución sino a una red de intereses que la trasciende. Significa que la Argentina está gobernada por un complejo jurídico-diplomático que opera sin control democrático y que solo se exhibe en estos eventos porque sabe que ahí nadie lo desafiará.
La foto de la gala del Rey no es una foto social: es una radiografía del país. Lo que revela es que el Estado argentino se ha desplazado hacia un nuevo eje de poder donde el derecho penal, la diplomacia global y las élites económicas funcionan como un solo organismo. Y que ese organismo no es nacional: es postnacional. Y que quienes lo integran ya no lo ocultan: lo celebran.
Este es el nuevo poder argentino. No vive en la Casa Rosada ni en el Congreso. Vive en estas fiestas.





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