Hay productos que cuentan un país mejor que cualquier economista, periodista o poeta. Productos que funcionan como alegorías. El café torrado Cabrales es uno de ellos. No por el gusto —áspero, quemado, plano— sino porque condensa una cultura industrial que eligió disimular el lugar precario que eligió tener en lugar de transformarse. Este video de la Cabrala hace que se le caiga su careta, no demasiado trabajada, por cierto. En el mismo, Cabrales se embarca en una defensa del café torrado y deviene un símbolo de la Argentina de hoy.

Este video de la Cabrala hace que se le caiga su careta, no demasiado trabajada, por cierto. En el mismo, Cabrales se embarca en una defensa del café torrado y deviene un símbolo de la Argentina de hoy.

En el Clóset y Torrando

El café torrado no es un alimento: es un síntoma. Es la máscara perfecta para un modelo de negocios que nunca salió del siglo XX, un modelo que necesitó azúcar quemada para tapar defectos del grano, igual que la Argentina necesitó fotos, cada vez más patéticas, para tapar su angurria e ignorancia. Y en este teatro del ridículo repetido como puesta en abismo aparece Martín Cabrales, figura pública de una industria que opera en su propia economía del closet. Este post analiza, por primera vez, a la Cabrala no como sujeto sexual sino como dispositivo de poder: un sistema organizado para ocultar todo lo que no puede admitir. Su rol en la UIA no se entiende si no se entiende antes el fenómeno del café torrado. Y su figura pública no se entiende sin leerla como parte de un entramado de silencios, disimulos y performances masculinas clownescas que ya se olvidaron de cómo lograr proyectar respetabilidad. En el video de Instagram, la Cabrala, literalmente, se ahora y se hunde. Es un suicidio.

Este post analiza, por primera vez, a la Cabrala no como sujeto sexual sino como dispositivo de poder: un sistema organizado para ocultar todo lo que no puede admitir. Su rol en la UIA no se entiende si no se entiende antes el fenómeno del café torrado. Es un suicidio

Empecemos por lo que vende y promociona. El café torrado es café adulterado con azúcar caramelizada. En Argentina se vende como tradición, pero el mundo lo conoce como lo que es: un mecanismo histórico para esconder granos malos bajo una capa quemada que uniforma el sabor y aumenta el peso. Es decir, más dinero por menos calidad. En casi todos los países no está prohibido, pero tampoco es considerado café: es un preparado. En la Unión Europea, por ejemplo, no podría venderse como “tostado” porque, sencillamente, no lo es. Es café con aditivos. Y ese aditivo —azúcar quemada, carbonizada, vuelta costra negra— cumple la función de una máscara: oculta lo que no se quiere ver. Oculta defectos, neutraliza diferencias, disipa trazas de origen. Es la negación de la especificidad. El café torrado es café sin identidad, café que no dice nada de sí mismo. Es el producto perfecto para un país que no quiere definirse en el mercado internacional sino protegerse del mismo.

El café torrado es café sin identidad, café que no dice nada de sí mismo. Es el producto perfecto para un país que no quiere definirse en el mercado internacional sino protegerse del mismo

Cabrales no inventó el torrado, pero vive de él. Su empresa funciona en un mercado protegido que ni siquiera el gobierno de Milei quiso abrir del todo. Porque Milei grita libertad, pero la libertad nunca llega a los sectores donde la protección es rentable, donde la estructura impositiva es funcional a los actores históricos y donde cualquier apertura revelaría lo que muchos prefieren no ver: que gran parte de la industria argentina no está en condiciones de competir a estándares globales. El café barato y adulterado sólo existe porque Argentina es un país abierto y cerrado, al mismo tiempo. No se necesita más prueba que esa. Y si alguien lo duda, que compare un paquete de Cabrales con uno de Lavazza que se consigue en cualquier supermercado europeo. No hay comparación posible. Y sin embargo, el relato local opera como si la comparación no hiciera falta.

El café barato y adulterado sólo existe porque Argentina es un país abierto y cerrado, al mismo tiempo. No se necesita más prueba que esa. Y si alguien lo duda, que compare un paquete de Cabrales con uno de Lavazza que se consigue en cualquier supermercado europeo. No hay comparación posible.

El Bufón de la UIA

Ahora bien: ¿qué hace entonces un empresario del café torrado ocupando un lugar casi de vocero en la UIA? ¿Qué representa? ¿Qué significa su presencia en la escena económica, mediática y social que parece él mismo sostener con una constancia y esfuerzo difícil de entender? La respuesta es simple: Cabrales no es poder económico, es función política pero de baja calidad. No es un actor central, es una pieza de corte a la que se deja entrar a la corte cuando el bufón es el que tiene que decir lo que el resto no puede. No define negociaciones, no controla sectores estratégicos, no condiciona al gobierno, no tiene peso sindical, no maneja importaciones críticas, no incide en la balanza comercial. El corazón de la UIA hoy es Techint, las automotrices, la energía, los químicos pesados. Cabrales no es más que un borde, un participante ornamental. Y sin embargo aparece, siempre, en todas partes, hablando como si representara “al empresariado”. Ese es precisamente su rol: ser la voz públicamente aceptable de un poder que no quiere exponerse. El verdadero poder industrial argentino no habla en televisión. Habla en despachos, en negociaciones cerradas, en acuerdos de presión, en despachos de funcionarios. El que habla en televisión es siempre alguien que no puede comprometer a nadie. Cabrales habla porque no tiene nada que perder.

Esta es la clave. Cabrales funciona como un “empresario gordito bueno”, pero, no nos engañemos, su amabilidad es un dispositivo político y si tenemos en cuenta el cafe que vende, ese dispositivo es violento. Es el encargado de decir lo que Techint no puede decir, lo que las automotrices no quieren decir, lo que las energéticas no deben decir. Él puede proclamarse libertario sin consecuencias. Así como se proclamó del PRO en el pasado. Puede pedir desregulación total sin que nadie lo mire como amenaza cuando su supervivencia depende de un peso carísimo y un dolar regalado. Por paradójico que parezca, su rol es decorporizado ya que opera en el terreno de la retórica, no en el de la economía. Es el perfecto vocero blando: disponible, aparentemente educado, supuestamente “presentable”, siempre dispuesto a repetir el mantra de la competitividad, la libertad, la apertura y el progreso Sarmientino como si su propia empresa habitara ese mundo. Pero su empresa no habita ese mundo y esa es una gran mentira. La ironía del caso es que ninguna entrevista televisiva le cobra: el empresario del producto menos competitivo del mercado argentino es el que habla como si fuera Jeff Bezos y sus fotos en eventos sociales no son el producto de que sea relevante sino de que le pasa un sobre a Infobae para que las publique.

Cabrales funciona como un “empresario gordito bueno”, pero, no nos engañemos, su amabilidad es un dispositivo político y si tenemos en cuenta el cafe que vende, ese dispositivo es violento. Es el encargado de decir lo que Techint no puede decir, lo que las automotrices no quieren decir, lo que las energéticas no deben decir.

Su maquillaje funciona como maquillaje “nice”. Hasta creo que se maquilla. Es contenido contenido (contained content). No disruptivo. Un significante flotante que nunca desborda ni amenaza. Y ahí aparece la segunda alegoría que organiza su figura: el closet.

Enclosetado Industrial

En este post no hablamos del closet desde un punto de vista sexual sino en el sentido que le da Eve Kosofsky Sedgwick: un régimen de silencios que administra información, apariencias y legitimidad. El closet no es el lugar donde alguien esconde su identidad: es el dispositivo social que decide qué se puede decir y qué no. Es un sistema de control del habla. Una arquitectura de lo indecible. Y cuando uno mira al empresariado argentino bajo esa luz, Cabrales aparece como su figura ejemplar.

En este post no hablamos del closet desde un punto de vista sexual sino en el sentido que le da Eve Kosofsky Sedgwick: un régimen de silencios que administra información, apariencias y legitimidad. El closet no es el lugar donde alguien esconde su identidad: es el dispositivo social que decide qué se puede decir y qué no. Cabrales lleva esta lógica al paroxismo.

Su “corrección” estética, que, nobleza obliga, es un horror constante es parte de ese sistema. No es glamour —porque no lo es— pero sí es una forma de presentabilidad obsesiva. Modales suaves. Opiniones redondas. Trajes que imitan una mezcla de nobleza inglesa cazadora, jubilado holandés paseando el perro y empresario Peruano. Su masculinidad está administrada para que siempre esté “en su lugar” y para esto, no debe permitir preguntas. Cabrales encarna esa versión argentina del argentino aspiracional con vocación universal porque el producto que vende, sencillamente, no la tiene. No importa si él es o no es gay: lo que importa es que aplica la lógica del closet como estructura. Sedgwick diría que el closet es una economía de sustituciones: se muestra una cosa para ocultar otra. Cabrales muestra presencia social para ocultar ausencia de poder. Muestra modernidad discursiva para ocultar atraso industrial. Muestra supuesta elegancia social para ocultar una empresa que se sostiene en base a un producto, literalmente, “tumbero”.

Si hay algo que caracteriza su presentación publica es que todo es superficie y no permite ir a fondo en nada. Como vemos en el video, ni siquiera en la cuestión que le compete que es el café. Pero no nos engañemos, su superficialidad puede ser natural pero también es un pacto. “No preguntes por la calidad del café, no preguntes por el mercado protegido, no preguntes por la UIA real. Quedate con mi aspiracionalismo superficial y si no te da, como creo que no te da, cree lo que digo.” Esa operación estética —el empresario amable como cortocircuito del empresario poderoso— es parte del closet industrial argentino: un sistema donde se habla de libertad para ocultar protección, donde se habla de competitividad para evitar hablar de monopolios, donde se habla de modernidad para evitar mencionar cafés de baja calidad que sobrevivirían cinco minutos en un mercado abierto.

Tanto en la UIA como en Infobae, Cabrales pone el cuerpo y ese es un acto politico. De baja intensidad pero politico al fin. Por irónico que parezca, cuando habla públicamente, su función es la de hacer visible al closet. Lo hace como síntoma de una industria que, como el café torrado, necesita una costra quemada para sostenerse. La UIA necesita un rostro amable para ocultar su verdadero funcionamiento. El país necesitó durante décadas un producto adulterado para llamarlo café. Y están los salames que dicen que el cafe argentino es rico.

Si el café torrado fue históricamente el disfraz de un producto pobre, Cabrales es el disfraz de una élite industrial que no puede, no quiere, no sabe y ya se olvidó de competir en el mundo real. Su discurso libertario es la versión empresarial del “yo no tengo nada que ocultar” que Sedgwick analizó tantas veces: cuanto más se proclama la transparencia, más opaco es el sistema que la sostiene. Cabrales representa esa opacidad. No es el dueño del poder: es el guardián estético del silencio. Mientras se hace el entendido en economía industrial, su empresa vende un café de los años 70. Y mientras actúa como símbolo del empresariado argentino, lo único que realmente simboliza es la distancia entre lo que el país dice ser y lo que efectivamente es. La Cabrala es solipsista: un modelo de empresario argentino encerrado en sí mismo. Un closet económico. Y mientras ese closet siga intacto, siempre habrá un Cabrales dispuesto a sonreír para la foto.

Si no viste ‘how not to become subhuman’ lo podes hacer aca. Es subtitulado al español

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2 respuestas a “Martin cabrales y la economia del closet “torrado””

  1. Gran hallazgo el del café torrado como metáfora aglutinante de esta Argentina reventada como un sapo. Hasta podría pensarse en otro ‘producto’ con el cual contrapuntear, al estilo Fenando Ortiz con el tabaco y el azúcar.

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  2. El video muestra un nivel de atrevimiento increíble. La Cabrala hablando de enología cafetera mientras vende mierda. El cinismo, verdad?

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