Gatekeeper Castrense

Alicia de Arteaga nunca fue una voz de autoridad estética. Fue algo más preciso y mucho más brutal: la mujer encargada de custodiar, con tono disciplinante y vocabulario castrense, el relato de un aparato cultural violento. No tenía que tener estilo; su rol era que el estilo de otros no fuera cuestionado. No tenía que construir una mirada; su tarea era sostener, una nota tras otra, la ilusión de que la cultura visual argentina estaba en buenas manos. Su poder no residía en la capacidad de pensar imágenes, sino en una obediencia que copiaba el discurso de la violencia sistémica: ser reconocible, no resultar amenazante, nunca poner en crisis a quienes concentran el capital económico y simbólico. La ropa que lleva en la foto no contradice este rol; lo revela. La violencia sistémica que ella representaba pasa de ser abstracta o invisible a saturar el espacio visual. El animal print de la Arteaga se convierte en sintaxis de la desigualdad; la falda roja, en marca de un sacrificio solicitado desde arriba; el conjunto entero, es prueba de que la función devoró al sujeto.

El animal print de la Arteaga se convierte en sintaxis de la desigualdad; la falda roja, en marca de un sacrificio solicitado desde arriba; el conjunto entero, es prueba de que la función devoró al sujeto.

La escena es sencilla: Alicia cruza la calle con un conjunto saturado de animal print. El estampado se repite en la parte superior y en el abrigo; la falda roja irrumpe sin ordenar nada, solo añade volumen al ruido. No hay composición, no hay jerarquía, no hay decisión formal. Hay capas que se pisan entre sí, manchas que se superponen, texturas que compiten. El resultado no es estilo; es desborde. Lo que vemos es un cuerpo cubierto por signos que no dialogan, sino que se amontonan. Esa acumulación no es un “error de vestuario”: es un gesto de impunidad óptica. “Me visto así porque puedo; porque mi autoridad no depende de cómo me vea; porque nunca ejercí un análisis estético riguroso ni sobre las obras ni sobre mí misma”. Fui y seré un mamarracho como la cultura visual que ayudé a construir, parece decir. El cuerpo se convierte en un dispositivo que ya no le pertenece, que funciona por automatismo, que repite signos sin procesarlos. La escena entera es una radiografía involuntaria de un personaje que ya no distingue entre su rol y su superficie.

El cuerpo de Arteaga cruzando la calle, se convierte en un dispositivo que ya no le pertenece, que funciona por automatismo, que repite signos sin procesarlos. La escena entera es una radiografía involuntaria de un personaje que ya no distingue entre su rol y su superficie.

La abyección como role model

La abyección aparece exactamente en ese punto. No se trata de fealdad; se trata de verdad. Lo abyecto irrumpe cuando el artificio, que llevaba años sosteniéndose sin ser interrogado, se abre y deja ver lo que escondía: la fragilidad de una identidad construida únicamente para servir a otros. La mujer que escribió durante décadas desde el lugar del juicio visual no puede organizar la imagen de sí misma. El animal print no expresa un gusto exagerado; expresa la caída de un sistema que simuló tener gusto. El colapso estético es la puesta en escena de un colapso interior. El personaje ha perdido la distancia crítica con la función que cumple. Ya no hay separación entre cuerpo y cargo, entre persona y papel. Lo abyecto está ahí: no en la carne, sino en la constatación de que detrás de la máscara no aparece un sujeto, sino una función vaciada.

Lo abyecto del conjuntito de la Chorre Paquette está ahí: no en la carne, sino en la constatación de que detrás de la máscara no aparece un sujeto, sino una función vaciada.

Esa función tiene una gramática muy concreta. La violencia de este aparato cultural se ejerce en el nivel más banal de la apariencia. El mensaje es simple: no hace falta tener criterio visual si el apellido, el cargo o la institución lo reemplazan. No hace falta interrogarnos sobre las formas si el poder ya decidió qué es importante. El cuerpo de Alicia absorbe esa lógica. Se viste desde la certeza de que su presencia está garantizada, de que su lugar no depende de la precisión de su mirada, de que su imagen no será nunca objeto de análisis porque ese análisis siempre se dirigió hacia los otros, nunca hacia ella. El “mal” gusto no es un accidente: es una demostración de inmunidad. Me visto así porque estoy por encima de cualquier evaluación; mi cuerpo no es objeto de mirada crítica, porque la que mira —en el relato— soy yo (y el sistema).

El “mal” gusto no es un accidente: es una demostración de inmunidad. Me visto así porque estoy por encima de cualquier evaluación; mi cuerpo no es objeto de mirada crítica, porque la que mira —en el relato— soy yo (y el sistema).

Por eso la ropa no funciona como expresión personal, sino como uniforme estructural. No es alguien poniéndose algo ridículo un día de mala suerte. Es la coagulación visual de un lugar histórico: la mujer que hace el trabajo sucio de un patriarcado cultural que necesita una firma femenina para legitimar decisiones tomadas en otra parte. La cultura es para mujeres y putos en la conservadora argentina. Homosexual en ese vasto closet que es La Nación. 

Alicia de Arteaga como Artefacto Ideológico

Durante años, su escritura no miró imágenes: miró redes de poder. El valor de una obra no residía en su construcción formal, en sus tensiones internas, en su modo de relacionarse con una tradición. El valor residía en quién la compraba, quién la colgaba, en qué feria aparecía, quién saludaba a quién en la inauguración. La foto invierte ese mecanismo. Por primera vez, la mirada cae sobre ella. El cuerpo que siempre quedó del lado “seguro” del dispositivo se convierte en superficie analizable. Lo que aparece, de inmediato, es la misma pobreza que sostenía su prosa: saturación, repetición, ausencia de estructura.

El outfit de Arteaga es la coagulación visual de un lugar histórico: la mujer que hace el trabajo sucio de un patriarcado cultural que necesita una firma femenina para legitimar decisiones tomadas en otra parte. La cultura es para mujeres y putos en la conservadora argentina. Homosexual en ese vasto closet que es La Nación. 

Cuando uno trae a la discusión las imágenes de cierto arte contemporáneo que trabaja con el cuerpo femenino en estado de crisis —el cuerpo que vomita, que se abre, que se desarma, que expulsa restos, vísceras, fluidos— la analogía con este look no es caprichosa. Allí el horror aparece como apertura literal del cuerpo; acá, como una especie de vómito visual. En lugar de intestinos, hay estampados; en lugar de sangre, manchas; en lugar de órganos, capas de telas que no encuentran su lugar. Lo que en aquellas obras se presenta como desmembramiento, acá se presenta como exceso decorativo. Pero la operación es estructuralmente similar: el adentro sale a la superficie. Lo que el dispositivo cultural mantenía dentro, bien protegido por el prestigio del diario, por los nombres propios, por el tono supuestamente “fino” de la crítica, ahora aparece hacia afuera, desparramado sobre el cuerpo. El look es un vómito de signos, una regurgitación de décadas (muchas) de proximidad (complicidad) con (lo peor d)el poder disfrazada de vestuario.

El look es un vómito de signos, una regurgitación de décadas (muchas) de proximidad (complicidad) con (lo peor d)el poder disfrazada de vestuario.

En ese sentido, el cuerpo de Alicia funciona como superficie ideológica. Ese animal print repetido cubre un cuerpo que queda convertido en pantalla. Una pantalla donde se proyecta un imaginario cultural agotado. No es un cuerpo que prueba, que duda, que busca otra forma de aparecer. Es un cuerpo que repite, machaca, insiste, porque la estructura para la que trabaja le exige precisamente eso: ser constante, reconocible, tranquilizadora. No importa que sea corrupta, que cobre por los halagos con viajes (incluso de los diferentes gobiernos), que haya colusion entre ella y funcionarios para extraer beneficios, que incendie la puerta del vecino o que sea cleptómana. Eso la legitima desde el punto de vista de la violencia patriarcal. 

La Chorra Paqueta hace tu trabajo solo si delinque

Este blog llevo la invención de Nicola Costantini en un blog anónimo a niveles sin precedentes. Alicia de Arteaga paso a ser La Chorra Paqueta. Esa figura —la mujer elegante a la que, en las reuniones privadas de cierta clase social, empiezan a “desaparecerle” cosas de alrededor— nunca fue solo un chisme. Fue un modo de nombrar algo más profundo: la incomodidad con una mujer que, estando tan cerca del poder, siempre recibe menos de lo que da. La acusación de robo es la forma en que ese mundo gestiona la sospecha de que la mujer-función, la mujer que legitima, la mujer que traduce, toma pequeños restos como compensación por una estructura que nunca le entrega el centro. En esa clave, la imagen de Alicia vestida así deja de ser una anécdota graciosa. Es el retrato de alguien que tomó todo lo que el dispositivo le ofreció —códigos, gestos, modos de estar, repertorios visuales— y lo usó hasta la saturación, sin recibir nunca algo distinto a cambio. El resultado es esa máscara gruesa, esa estética cargada, esa figura agotada que, en lugar de esconder su servidumbre, la exhibe.

La servidumbre de La Chorra Paqueta  se ve en la manera en que su “estilo” cumple con los requisitos del patriarcado cultural. Debe ser reconocible: una señora bien al borde de la locura que se emborracha, roba , corrompe y se corrompe. Eso la hace un avatar de la clase a la que supone representar con su prosa. Siendo patética no incomoda, no se sale del libreto.  Si se debe ubicar al look, se lo puede hacer en los años 90s, alrededor de figuras como Susana Giménez o la Tigresa del Oriente en los 2000. Pero el tiempo histórico no es un problema; lo que importa es la continuidad de la función de autoflagelacion (anti)feminista. Logró su lugar por ser amante de un director del diario. Se mantuvo por ser funcional a lo más recalcitrante del poder que se refugió en la cultura visual y hablo de gente que avaló torturas, como Milei, lo acaba de hacer en la votación de la ONU. Esto la hace contemporánea y tal vez por eso está feliz. Pero su ideología no tiene iniciativa sino que es funcional siempre y cuando la mantenga en ese estado de ornamentalismo abyecto. Hoy, lo hace sumando el ridículo estético a la ética de su existencia. De Arteaga perturba por acumulación. La crítica que acompañaba sin jamás liderar nada, termina convertida en caricatura de sí misma.

La servidumbre de La Chorra Paqueta  se ve en la manera en que su “estilo” cumple con los requisitos del patriarcado cultural. Debe ser reconocible: una señora bien al borde de la locura que se emborracha, roba , corrompe y se corrompe. Eso la hace un avatar de la clase a la que supone representar con su prosa.

El animal print de la foto es interesante por no “la deje mal parada” como individuo sino que condensa la crisis de todo un sistema. Un aparato cultural que nunca se pensó a sí mismo como violento, sino como custodio del “buen gusto”, aparece aquí en su dimensión más descarnada. La misma estructura que naturalizó la exclusión, que trató al arte como extensión del patrimonio de unos pocos, que silenció voces, que borró conflictos, que celebró una y otra vez el lavado y la evasion impositiva, termina escribiendo su autopsia en el cuerpo de una de sus operadoras más fieles. 

La misma estructura que naturalizó la exclusión, que trató al arte como extensión del patrimonio de unos pocos, que silenció voces, que borró conflictos, que celebró una y otra vez el lavado y la evasion impositiva, termina escribiendo su autopsia en el cuerpo de una de sus operadoras más fieles.

La verdadera incomodidad que genera la imagen no tiene que ver con lo que lleva puesto, sino con lo que revela: que Alicia de Arteaga nunca haya tenido estilo es el resultado de una decisión personal. No se lo permitió porque ese es su trabajo. Un estilo verdadero implica riesgo, criterio, decisión, posibilidad de fracaso, incluso enfrentamiento. Su rol era el contrario: acompañar, reproducir, legitimar el horror… nunca confrontar. No tenía que proponer un lenguaje; tenía que garantizar que el lenguaje de otros siguiera vigente. Su “estilo personal” es, en última instancia, el residuo visual de esa obediencia. El patriarcado cultural le pidió que se mantuviera en un lugar muy claro: visible pero controlado, informada pero no demasiado crítica, escrita pero nunca peligrosa. La foto muestra el precio de esa obediencia: una identidad reducida a prótesis, una presencia que ya no puede separarse del dispositivo que la moldeó.

La verdadera incomodidad que genera la imagen no tiene que ver con lo que lleva puesto, sino con lo que revela: que Alicia de Arteaga nunca haya tenido estilo es el resultado de una decisión personal. No se lo permitió porque ese es su trabajo: acompañar, reproducir, legitimar el horror… nunca confrontar realmente.

Alicia se hace vómito en el País de las Maravillas

Por eso la imágen funciona como una inversión: durante años, fue ella quien miró —o, mejor dicho, quien decidió qué mirar y cómo nombrarlo— desde las páginas de La Nación. Ahora es ella la que queda a la intemperie de la mirada. La crítica que nunca se detuvo de verdad en la forma de las obras pasa a ser objeto de un análisis formal que revela carencias estructurales. No es venganza; es justicia visual. La imagen pone en escena lo que su escritura borró: la centralidad de lo material, del cuerpo y de la forma, . El artificio que no se sabía artificio se vuelve evidente, y en esa evidencia aparece lo que más incomoda: no hay interioridad estética, no hay deseo propio discernible, no hay subjetividad articulada en términos visuales. Lo que hay es una función vacía sosteniendo, ya casi sin fuerzas, un relato que se deshace.

Por eso la imágen funciona como una inversión: durante años, fue ella quien miró —o, mejor dicho, quien decidió qué mirar y cómo nombrarlo— desde las páginas de La Nación. Ahora es ella la que queda a la intemperie de la mirada. No es venganza; es justicia visual.

De ahí que la foto no importe como chisme ni como meme, sino como documento. Es un documento de la crisis de un modelo de crítica y de un modo de gestionar la cultura. No muestra solo a una mujer mal vestida; muestra a una estructura entera que ya no puede sostener su propia ficción de autoridad. La máscara que mantuvo en pie a tantos por tanto tiempo se resquebraja en el lugar menos esperado: en la esquina de una calle, en una imagen cualquiera, en el cruce entre un cuerpo cansado y un vestuario que lo sobrecarga. La Clotilde. Cuando esa máscara cae, lo que aparece no es escándalo: es vacío. Y ese vacío —ético, estético, político— dice más sobre la crítica cultural argentina de las últimas décadas que cualquier suplemento de diario integrista.

La foto muestra, con precisión cruel, el momento en que su papel deja de ser creíble incluso para el aparato que lo escribió. Y eso, más que motivo de burla, es una oportunidad para entender de una vez qué hizo este sistema con el cuerpo y la voz de las mujeres y también hombres que le fueron leales (al sistema y no solo a este mamarracho que cruza la calle). 



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6 respuestas a “Qué enseñanzas pueden extraerse de la coagulación visual a la que sádicamente nos somete ‘La Chorra Paqueta’ (Alicia de Arteaga)”

  1. Cuando decís ‘El animal print de la foto’, la palabra ‘print’, por ser un anglicismo, debería ir en cursiva.
    Por otro lado, vale destacar la carga sinestésica de la imagen de Alicia, que despliega una nutrida paleta de aromas y sensaciones: humedad, humores, universo fungi…

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  2. Necesitas anteojos. No es una falda roja sino lineas horizontales de una chalina barata

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  3. Alicia es desenfadada, de una belleza madura e hiper culta. No entiendo a qué apunta este artículo emponzoñado

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  4. Bueno, apunta a que tiene su lugar no por ser ni bella ni culta sino por ser amante de uno de los directivos del diario y debe haber leído un libro en 1976 y no me atrevo a decir cual. Yo aclaro que la homenajee en mi casa de Londres junto a un grupo de Argentinos que venían para Pinta y aparecí borracho para mostrar mi desprecio de clase (baja) por semejante ordenarios. Los alimente con pastel de papas de Harrods.

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  5. Pero qué se yo. Eso quería decir porque no es un foulard sino una chalina…. Eso.

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  6. Respecto de la primera parte de tu comentario, es una pelotudes. La segunda es científicamente exacta. Lo padecí hace treinta años. No quiero imaginarme lo que deben ser los canales fluviales y humores Galenicos, hoy por hoy.

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