
(La Mala Educación · Episodio ya disponible)
Lo más revelador del episodio sobre Ofelia Fernández no fue el video en sí, sino lo que ocurrió después. Los comentarios que llegaron —desde España, Argentina y la diáspora— terminaron describiendo con precisión el dispositivo cultural que analizo en el episodio: una política convertida en performance emocional, donde la vulnerabilidad funciona como autoridad moral y el yo sentimental suplanta a las instituciones.

Uno de los primeros comentarios, de @elsombrererotv, lo formuló de manera impecable: Ofelia llega tarde a la discusión sobre redes y demoniza plataformas que no controla. Señaló que esa es una estrategia clásica del progresismo cuando pierde la conversación pública. Mi respuesta fue directa: la izquierda cedió el terreno digital hace tiempo. No importa cuánta audiencia declare Navarro; cuando un magma de gamers y tiktokers te da vuelta una elección, la discusión va por otro lado.
Otro comentario, de @floresdelma, aportó una percepción interesante: “antes era más fácil creerle a Ofelia”. Y es cierto. Ofelia afirma; yo deconstruyo. Ella exige que le creas; yo exijo contexto. Su narrativa funciona solo si el espectador renuncia a preguntar y acepta la afirmación como verdad moral. Cuando eso se rompe, el aura cae.
@daimacku apuntó al núcleo político: Ofelia prefiere culpar a Zuckerberg en lugar de mirar al capitalismo real o a la dirigencia peronista que garantizó durante décadas la captura corporativa del Estado. Coincidí sin vueltas: el progresismo sentimental funciona muchas veces como cortina para no enfrentar responsabilidades históricas propias.

La dimensión estética apareció en @aldoVerce, que describió la puesta en escena de Ofelia como una mezcla entre Willy Wonka y ATC de los años 70. En mi respuesta sumé algo que no había entrado en el video: la estética empoderada de cuero, pose y performance pop —Madonna en Vogue— convierte la política en un híbrido de videoclip e infantilización. No es superficial: es parte estructural del dispositivo.
Finalmente, @hallroney llevó el comentario al nivel correcto: la estética que Ofelia encarna pertenece al ecosistema TED/breadtube/philosophytube que ya entró en crisis en el mundo anglosajón. Argentina importó el formato justo cuando afuera ya nadie cree en su pedagogía emocional. Coincidí: gran parte de esta sensibilidad progresista nace de ahí y reproduce sus restos fosilizados.
Todo esto confirma lo que el episodio plantea: Ofelia no es el problema. Es un síntoma. Una pieza de una élite ansiosa que necesita sensibilidad performativa, vulnerabilidad editada y una estética terapéutica para sostener un relato moralizado en un país que ya no se reconoce en ese lenguaje.
La política colapsa cuando el yo se transforma en ideología y la emoción se vuelve programa. Ese es el punto del episodio. Y está disponible desde ayer.





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