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Anno Horribilis
Estos días se cumplió un año de la muerte de Jorge Lanata, y el aniversario volvió a poner en evidencia algo que va mucho más allá del recuerdo o del balance periodístico: un sinsentido sacrificial profundamente arraigado en el ecosistema del periodismo político argentino. Lejos de clausurar una etapa, la muerte de Lanata reactivó una serie de rituales, relatos y gestos que muestran hasta qué punto el sistema necesita seguir organizándose alrededor de ciertas figuras aun cuando ya no están. No se trata solo de quién fue Lanata, sino de qué hace el periodismo con sus muertos.
Lejos de clausurar una etapa, la muerte de Lanata reactivó una serie de rituales… No se trata solo de quién fue Lanata, sino de qué hace el periodismo con sus muertos
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En ese escenario reaparece con fuerza la figura de Sara Stewart Brown, conocida como Kiwi. No como analista, no como heredera del poder, sino como testigo sacrificial: la pareja devota, la cuidadora, la mujer que puso el cuerpo —literalmente— para sostener la continuidad vital y simbólica de un hombre central. Una groupie en el sentido estructural del término: no la fan superficial, sino la adulta que acompaña, sostiene, protege, dona y, finalmente, habla para que el mito pueda cerrarse sin fisuras.
En ese escenario reaparece con fuerza la figura de Sara Stewart Brown, conocida como Kiwi. No como analista, no como heredera del poder, sino como testigo sacrificial: la pareja devota, la cuidadora, la mujer que puso el cuerpo —literalmente— para sostener la continuidad de un hombre central. Una groupie.
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Teóricamente, la más buena de todas. Y, sin embargo, rodeada social y afectivamente por algunas de las figuras más ásperas, cínicas y agresivas del mundo mediático, lo que vuelve imposible leer esa bondad como ingenua o neutra. Más bien, obliga a pensarla como una función precisa dentro del sistema.
Este también fue un annus terribilis para mí, en un sentido personal y político amplio, y no es un dato accesorio. El 2026 aparece, en contraste, como un horizonte de salida y de esperanza. En ese marco, dedicar La Mala Educación de mañana a Kiwi, a su devoción y al dispositivo que la rodea no es un gesto de revancha ni de ajuste de cuentas, sino una forma deliberada de exorcizar el año que se va, mirando de frente una escena que condensa demasiadas cosas que el periodismo argentino prefiere no pensar.

En ese marco, dedicar La Mala Educación de mañana a Kiwi, a su devoción y al dispositivo que la rodea no es un gesto de revancha ni de ajuste de cuentas, sino una forma deliberada de exorcizar el año que se va, mirando de frente una escena que condensa demasiadas cosas que el periodismo argentino prefiere no pensar.
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El sacrificio como forma de pertenencia
Escuchando con atención los testimonios recientes de Kiwi, lo que aparece no es simplemente amor o lealtad, sino una normalización del sacrificio. Sacrificio emocional, sacrificio vital, sacrificio corporal. El trasplante de riñón no puede leerse solo como una historia conmovedora: es el punto donde el vínculo deja de ser simbólico y se inscribe en lo irreversible. Cuando alguien entrega un órgano, el amor deja de ser una elección renovable y se convierte en una deuda imposible de equilibrar. Desde ese momento, toda distancia queda moralmente sospechada.
Ese gesto extremo no convierte automáticamente a Kiwi en una figura moralmente superior. La convierte en pieza central de una narrativa sacrificial que el periodismo necesita para reforzar la épica del héroe que lo dio todo y del entorno que estuvo dispuesto a acompañarlo hasta el límite. El sacrificio no se interroga: se consagra. Y al consagrarlo, se clausura cualquier discusión sobre la estructura que exige ese sacrificio como condición de pertenencia.

El muerto que no se va
A un año de su muerte, Lanata no descansa. No porque su obra siga siendo discutida —eso sería saludable—, sino porque su voz sigue funcionando como principio de autoridad. Audios finales que circulan, frases repetidas como si fueran aforismos, escenas evocadas una y otra vez para ordenar el presente. No estamos ante memoria: estamos ante presencia activa.
La frase “menos planes”, escuchada en uno de los audios finales, condensa una ética completa: menos futuro, menos cuidado, menos retirada, menos límite. Es la misma ética que organizó su vida pública, su relación con el trabajo, con el conflicto político y con su propio cuerpo. Que esa voz suene al aire y que, inmediatamente después, la escena sea recompuesta institucionalmente no es casual. Es el ritual exacto mediante el cual el sistema recupera al muerto y lo fija como autoridad indiscutida.
En ese momento, quien ordena el cierre no es un colega varón ni un heredero carismático, sino Magdalena Manguel, periodista de radio, voz institucional, profesional, correcta. No expulsa, no confronta, no dramatiza. Simplemente cierra la escena. Ese gesto es clave: muestra que no se trata de conflictos personales, sino de procedimiento. Primero habla el muerto. Luego habla la institución. Después, el resto se repliega. No hay duelo abierto: hay administración del cierre.

El periodismo blindándose a sí mismo
La muerte de Lanata produjo un fenómeno previsible pero revelador: enemigos históricos reconociendo su figura, viejas disputas suspendidas, la sensación generalizada de que “la grieta se cerró un poco”. Esa lectura es ingenua. Lo que se cerró no fue la grieta política, sino una grieta interna del propio periodismo. El sistema necesitaba estabilizar su pasado reciente, convertir a Lanata en padre fundador incuestionable y neutralizar cualquier lectura crítica sobre los costos humanos, afectivos y corporales de ese modelo de centralidad masculina y conflictiva.
El periodismo político argentino funciona desde hace décadas como una máquina de producción de héroes sacrificiales. Los expone al desgaste extremo, tolera —cuando no celebra— la autodestrucción, y luego los canoniza. La muerte no abre preguntas: las clausura. Y quienes quedan alrededor —parejas, hijos, colaboradores— pasan a ocupar lugares funcionales dentro de esa canonización o quedan directamente al margen.

Kiwi: devoción selectiva y poder blando
Kiwi se presenta como alguien que eligió no “ser parte”, que sostuvo el bajo perfil, que habló solo cuando “servía”. Esa autopercepción convive con una red social y mediática de altísima intensidad. No hay contradicción: hay poder blando. Pasividad aparente, eficacia real. No disputar el centro, no cuestionar la lógica general, pero sostenerla desde adentro con una lealtad absoluta al héroe.
Esa devoción no es universal. Es selectiva. No se extiende al conjunto, sino que se concentra en un único centro. Y esa selectividad es funcional al sistema, porque evita conflictos laterales mientras refuerza el núcleo. En ese sentido, Kiwi no es una anomalía, sino una figura coherente con el tipo de masculinidad centralizada, demandante y devoradora que el periodismo argentino ha legitimado durante años.

Exorcizar el año mirando el acecho
Dedicar La Mala Educación de mañana a Kiwi de Lanata y a su devoción no es un gesto personalista ni un ejercicio de psicologismo barato. Es una manera de pensar qué queda vivo cuando alguien muere pero su figura sigue ordenando el presente. Qué se sacrifica para sostener a un héroe. Quiénes ganan y quiénes pierden en la administración de esa herencia simbólica. Y por qué el periodismo necesita, una y otra vez, estos rituales para blindarse a sí mismo.
En un año que fue devastador en muchos sentidos, mirar de frente este acecho es también una forma de limpieza. No para quedarnos en el pasado, sino para poder entrar al 2026 sin fantasmas que sigan dictando cómo vivir, cómo trabajar y a quién deberle devoción.
👉 Mañana, La Mala Educación estrena en premiere a las 21:00 hs.
Ahí vamos a escuchar los audios, entrar en la herencia, y desarmar con calma y sin piedad el dispositivo que sigue operando incluso después de la muerte.
Subscrite. Y Feliz 2026.




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