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El Realismo Narrativo que describe el mundo “tal cual es”
Hay textos que no necesitan ser refutados porque no están equivocados en el plano factual, sino interrogados en su función política. La reciente columna de Andrés Malamud sobre la captura de Nicolás Maduro, publicada en La Nación y luego amplificada en una entrevista en Radio 10, pertenece a esa categoría. No se trata de una apología burda del trumpismo ni de una defensa del chavismo residual, sino de algo más sutil y, por eso mismo, más eficaz: la producción de un realismo narrativo que describe el mundo “tal como es” mientras contribuye a normalizar el tipo de mundo que se está consolidando.
El realismo que se presenta como lucidez termina funcionando como anestesia moral: explica el mundo tal como es para que nada tenga que cambia
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Malamud abre su texto con una afirmación que parece incontestable: “Nicolás Maduro era un dictador: su caída nunca puede ser una mala noticia”. La frase funciona como un umbral moral que ordena todo lo que sigue. A partir de allí, cualquier objeción corre el riesgo de parecer relativista, cínica o insensible al sufrimiento venezolano. Sin embargo, esa misma frase clausura una pregunta decisiva: no si Maduro debía caer, sino por qué importa la forma de su caída para el orden político que se instituye después. El texto avanza entonces por un camino conocido: los buenos resultados tienen costos, los pactos con el diablo suelen funcionar pero salen caros, las consecuencias se conocerán con el tiempo. El lenguaje es trágico, pero también tranquilizador. Hay daño, pero es inevitable. Hay cinismo, pero es el precio de la eficacia.
Cuando el análisis elimina la posibilidad de traición, error o violencia evitable, deja de describir la realidad y empieza a legitimarla
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Regímenes Visuales Permitidos y Otros…No Tanto.
En su entrevista radial, conducida por Rosario Ayerdi, Malamud introduce un elemento aún más revelador. Al referirse a las guerras contemporáneas —Ucrania primero, Venezuela después— sostiene que asistimos a un nuevo régimen visual del conflicto: muertos invisibles, cuerpos ausentes del espacio mediático, violencia tecnificada y administrada. Llega incluso a señalar que ha visto imágenes recientes de bombardeos en Venezuela —imágenes “tremendas”, según sus propias palabras—, pero agrega que ni los medios ni los propios actores políticos las están mostrando, porque hacerlo “complica la negociación”. La afirmación pasa rápido en el intercambio radial, pero es central. No por lo que dice sobre la guerra, sino por lo que revela sobre el lugar del analista.

Porque si las imágenes existen, si el horror es conocido, pero se decide no mostrarlo, entonces no estamos simplemente ante una descripción del mundo, sino ante una administración del horror. El realismo deja de ser diagnóstico y se convierte en dispositivo. El analista ve lo que el público no debe ver. El cuerpo destrozado queda fuera del relato, pero su existencia es utilizada para reforzar la tesis de que así funciona el mundo. El resultado es un discurso que no niega la violencia, pero la descorporeiza, la vuelve abstracta, la traduce en “costos”, “consecuencias”, “escenarios”.
La neutralidad que administra silencios —qué imágenes mostrar y cuáles no— ya no es neutral: es una forma sofisticada de toma de partido
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Este movimiento no es inocente. Permite hablar de operaciones “modelo de planeamiento y precisión”, de transiciones ordenadas, de internas republicanas entre Marco Rubio y J.D. Vance, de estrategias neoconservadoras y lógicas MAGA, sin que el cuerpo aparezca como límite. La democracia, de hecho, tampoco aparece como principio organizador. Malamud señala con lucidez que Donald Trump no la menciona, que habla de narcoterrorismo y petróleo, que afirma que Estados Unidos gobernará Venezuela hasta garantizar una transición. Pero el análisis se detiene ahí, como si ese desplazamiento del lenguaje —de la democracia a la administración— fuera un dato más, y no un quiebre histórico.
‘Argentinos a las Cosas’: Del Realismo Pragmático a Normalizar el Horror
En ese punto, el texto adopta una forma que resulta funcional tanto al discurso trumpiano como al chavista. Para Trump, porque legitima la idea de que el mundo se organiza por esferas de influencia y que el derecho internacional es una coartada agotada. Para el chavismo residual, porque confirma su relato histórico: el imperialismo decide, la soberanía popular es una ilusión, la democracia es un pretexto. Ambos discursos se alimentan de la misma ontología del poder. Y el realismo de Malamud, al describirla sin fisuras, la estabiliza.
El problema no es describir la tragedia con frialdad, sino convertir esa frialdad en una coartada ética compartida por progresistas y conservadores
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El pasaje sobre la Doctrina Monroe es ilustrativo. Malamud explica que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional divide el mundo en regiones y coloca al continente americano como prioridad. Señala, con razón, que esa prioridad no implica una preferencia por la democracia, sino la expulsión de China y el alineamiento de los gobiernos. Pero lo presenta como un dato estratégico, no como un problema normativo radical. América Latina aparece así no como sujeto político, sino como zona de administración. Un espacio a ordenar, alinear y tutelar. La pregunta por las consecuencias sociales, raciales y políticas de esa tutela queda fuera de campo.
Lo mismo ocurre con la hipótesis de la entrega de Maduro. En la entrevista, Malamud reconstruye con inteligencia las pistas: la ausencia de enfrentamientos, la falta de heridos estadounidenses, el aterrizaje en Nueva York, la continuidad del chavismo sin Maduro. Todo apunta a una complicidad interna, posiblemente facilitada por Rusia. El análisis es agudo. Pero otra vez, el foco está puesto en la eficacia del movimiento, no en lo que implica normalizar la entrega negociada de un país como forma legítima de resolución política. El antecedente del indulto al expresidente hondureño condenado por narcotráfico es mencionado, pero no problematizado como señal de un orden donde la justicia se vuelve moneda de cambio.
Una Nueva Cohorte de Analistas Políticos que no Incomodan:
Este registro explica por qué Malamud es hoy una voz autorizada tanto para medios hegemónicos como para sectores progresistas. Su discurso ofrece claridad sin exigir incomodidad. Realismo sin responsabilidad. Crítica sin consecuencias. Permite entender el mundo sin obligar a tomar partido por aquello que queda fuera del encuadre: los cuerpos, los desplazados, los racializados, los tutelados.
No es un fenómeno marginal. La entrevista fue además recortada y difundida en YouTube por el streamer Oficina Anti Milei, donde superó las 31.000 visualizaciones. El dato importa porque muestra el circuito completo de legitimación: columna en un diario central, entrevista radial, circulación digital entre audiencias politizadas. No estamos ante una opinión aislada, sino ante un marco interpretativo que hoy funciona como sentido común ilustrado: informado, crítico en apariencia, pero compatible con la lógica del poder que dice describir.
La frase final que Malamud cita de una amiga en Caracas —“Qué bajón pasar a ser un país tutelado”— es, quizás sin proponérselo, la clave de todo. El dictador cayó, pero el país no recuperó soberanía. La lucha por la democracia continúa, pero ya no se libra en el terreno de la autodeterminación, sino en el de la administración externa. Presentar eso como una tragedia inevitable es, en el fondo, aceptar el nuevo orden.

Es Imparcial el “Intelectual Neutral” que se Refugia en Ella?
Hay una imagen célebre que suele volver cuando se discuten estos dilemas. En 1993, el fotógrafo sudafricano Kevin Carter tomó en Sudán una fotografía que ganó el Premio Pulitzer: un niño famélico, encorvado en el suelo, mientras un buitre espera detrás de él. La imagen fue celebrada como testimonio brutal de una catástrofe humanitaria. Más tarde se supo que Carter eligió disparar la cámara en lugar de auxiliar al niño. Defendió su decisión invocando la neutralidad del testigo: su tarea era mostrar, no intervenir. Aquella defensa reveló algo más inquietante: la neutralidad ya había sido una elección, y una elección con consecuencias.

Algo similar ocurre cuando el analista reconoce la existencia de imágenes insoportables —cuerpos destrozados, muertos invisibles— pero decide no mostrarlas, no incomodar, no alterar la negociación ni el equilibrio del relato. La discreción, presentada como prudencia, se convierte así en una forma de administración del horror. No mostrar para no interferir no es neutralidad: es aceptar las reglas del poder que decide qué puede verse y qué debe permanecer fuera de cuadro. En ese punto, el realismo deja de describir el mundo y empieza a reproducirlo.
La pregunta final no es si el análisis de Malamud es correcto en términos descriptivos. La pregunta es a qué tipo de orden sirve. Porque cuando la violencia se vuelve administrable, cuando los cuerpos desaparecen del encuadre y la democracia queda reducida a un efecto colateral posible, el conflicto ya ha sido normalizado. Y un mundo que normaliza el conflicto no es más realista: es, simplemente, más peligroso.
Llamar ‘realismo’ a la renuncia a intervenir no es madurez política: es la forma contemporánea de naturalizar lo intolerable
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