Venezuela es una excusa
No es Nicolás Maduro el problema central de este momento histórico. Reducir lo ocurrido a la caída de un dictador —para celebrarla o condenarla— es una forma cómoda de no pensar lo que verdaderamente se puso en escena. Lo que ocurrió en Venezuela no es, ante todo, un episodio venezolano. Es un evento sistémico. Un acto que expone, sin metáforas ni coartadas, que el orden internacional ya no funciona ni siquiera como ficción compartida. Y que el realismo —esa palabra tan celebrada por politólogos, analistas y comentaristas— ha dejado de ser una herramienta descriptiva para convertirse en una anestesia moral y cognitiva.

Desde Inglaterra, donde el discurso oficial sigue refugiándose en el vocabulario del multilateralismo, del “rule of law” y de los procedimientos, el contraste resulta obsceno. El Reino Unido reacciona con tecnicismos administrativos ante Venezuela, mientras despliega una defensa enfática cuando el objeto es Groenlandia o Dinamarca. El problema no es la incoherencia: es la persistencia fetichista en una legalidad performativa que ya no regula nada, pero sigue siendo recitada como si lo hiciera. El derecho internacional aparece así no como límite del poder, sino como escenografía: algo que se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba.
Pacto Ruso-Chavista-Americano?
No estamos ante una intervención clásica, ni siquiera ante una “operación quirúrgica” en el sentido tradicional. La pregunta que atraviesa todos los análisis técnicos es brutalmente simple: ¿por qué fue tan fácil? No hubo alerta militar general. No hubo defensa en capas. No hubo reacción proporcional. No hubo siquiera caos. Hubo, en cambio, una ausencia elocuente: los perímetros no estaban activos, las fuerzas intermedias no aparecieron, la policía no cerró accesos, y la narrativa oficial de un líder sorprendido durmiendo mientras caían más de cien bombas de dos mil libras roza lo inverosímil.

Cuando una operación de este tipo elimina únicamente el anillo cubano de protección personal —treinta guardaespaldas— y no enfrenta resistencia estructural, la hipótesis de una irrupción violenta pierde peso frente a otra mucho más inquietante: la de una transferencia negociada, preparada durante meses, con complicidades internas, avales externos y una puesta en escena final destinada al consumo mediático. No se entra así a un país soberano por accidente. No se neutraliza así a un jefe de Estado sin una arquitectura previa de entrega, cooptación o teatro acordado.
La Mileización de Venezuela?
Y aquí aparece el segundo eje que el realismo suele borrar: el objetivo material. No democracia. No derechos humanos. No estabilidad regional. Petróleo. Activos. Control de reservas. Reapropiación de campos desarrollados en asociaciones que no pertenecen legalmente a Estados Unidos, pero que pasan a ser tratados como botín de guerra en un nuevo lenguaje: el de la coerción directa. Trump no lo ocultó. Habló de gobernar, de dictar condiciones, de secuestrar o matar si no se obedece. El “big stick” ya no es metáfora: es programa.

Este punto es clave porque conecta Venezuela con algo más amplio que América Latina. Las transcripciones insisten —y con razón— en que esto no es improvisación. Es la implementación de una doctrina. Una tri-polarización del mundo donde Estados Unidos asume el hemisferio occidental, Rusia consolida su espacio euroasiático y China expande su influencia en África y Asia. No como equilibrio multilateral, sino como reparto sin árbitro. El orden atlántico que estructuró el mundo desde 1945 no está siendo reformado: está siendo abandonado.
Europa Clonazepánica
Europa, mientras tanto, reacciona como si aún existiera un policía del sistema. Pero no lo hay. Estados Unidos ya no pretende encarnar una autoridad universal, ni siquiera fingirla. La anarquía internacional que el realismo describía como condición se convierte ahora en doctrina explícita. Y el problema no es que los otros actores hagan lo mismo —eso siempre ocurrió— sino que se haya terminado la coartada. No hay más visitas a Naciones Unidas para justificar invasiones. No hay Powell agitando pruebas falsas. Hay, simplemente, acción y relato posterior.

Aquí es donde el realismo, tal como lo practican figuras celebradas del análisis político, se vuelve profundamente funcional. Al presentar los hechos como inevitables, al narrarlos como un juego de fuerzas donde solo importa quién gana, el realismo desactiva la pregunta ética sin resolver la política. Naturaliza la tragedia. Convierte el sufrimiento en variable secundaria. Y tranquiliza tanto a progresistas desencantados como a conservadores cínicos: unos porque “el derecho internacional ya no sirve”, otros porque “al fin alguien hace lo que hay que hacer”.
Pero el costo de esa anestesia es alto. Porque si todo es fuerza, si todo es reparto, si todo es espectáculo técnico, entonces no hay error posible, no hay traición, no hay responsabilidad. Y sin embargo, lo que muestran las propias transcripciones técnicas es que este tipo de operaciones no son sostenibles a largo plazo. Estados Unidos no tiene la capacidad —ni económica, ni política, ni simbólica— de sostener una expansión permanente por coerción directa sin erosionar su propio poder. La Pax Americana no se reemplaza con bullying hemisférico: se descompone.
Como argentino en Inglaterra, el lugar desde el cual escribo no es cómodo. América Latina se endurece ideológicamente, las fronteras se tensan, los exilios vuelven a aparecer como destino masivo, y los gobiernos que hoy celebran alineamientos automáticos lo hacen sin coordinación real, sin garantías y sin comprender que en este nuevo orden no hay amigos, solo momentos de utilidad. Los pactos de esferas no tienen árbitros. Y cuando se rompen, no hay a quién apelar.

Venezuela no es el centro de esta historia. Es el ensayo general. El mensaje. La prueba de que el mundo entró en una fase donde la legalidad ya no regula, el realismo ya no explica y la política se parece cada vez más a una coreografía de fuerza desnuda. Insistir en leer esto como una victoria o una derrota moral es no entender nada. Lo que está en juego es otra cosa: qué hacemos cuando el realismo deja de describir el mundo y empieza a justificarlo.





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