La reciente separación de Mauricio Macri y Juliana Awada –confirmada tras 15 años juntos – estuvo rodeada de especulaciones mediáticas, pero carece de explicaciones públicas concretas. No existe ningún comunicado oficial ni declaración detallada de la expareja sobre los motivos internos de la ruptura. A lo largo de 2024 circularon rumores de crisis matrimonial, alimentados por la ausencia de fotos juntos y viajes por separado . En noviembre de 2024, sin embargo, Awada negó públicamente esos trascendidos, asegurando a la prensa: “Estamos súper bien, mejor que nunca” . Macri también desmintió problemas entonces, incluso compartiendo una foto familiar que calmó las aguas momentáneamente . Recién a fines de 2025, sin más desmentidas, las versiones de distancia cobraron fuerza y desembocaron en el anuncio de la separación, presentado como una decisión de común acuerdo y por el bien de la familia. Obvio…

En otras palabras, no hay información fidedigna sobre causas específicas –ni infidelidades, ni “diferencias irreconciliables” detalladas– más allá de explicaciones genéricas sobre una decisión madurada con respeto mutuo. La propia página de Wikipedia de Macri/Awada se limita a indicar la separación (ocurrida en 2025!!) sin brindar razones ni contexto adicional. Cualquier intento de narrar “el porqué” corre el riesgo de basarse en pura especulación. Por ello, más valioso que caer en chismes infundados es analizar lo que sí fue público y notorio: el rol simbólico de Juliana Awada como primera dama y lo que su figura representó en términos culturales y políticos durante el macrismo.
El rol simbólico de la primera dama en la política argentina
Ser primera dama en Argentina –como en muchos países– no conlleva un cargo institucional definido por ley, pero sí implica una enorme carga simbólica. La esposa del presidente suele encarnar ideales y expectativas sobre la mujer, la familia y el protocolo social desde la cima del poder. Históricamente ha habido primeras damas argentinas muy activas (Eva Perón es el caso más emblemático, con una agenda propia de política social), mientras otras se ciñeron a un perfil más bajo y ceremonial,como las esposas de presidentes radicales recientes. En todos los casos, la presencia de la cónyuge presidencial es leída por la sociedad: desde su manera de vestir hasta sus iniciativas, todo comunica algo sobre el gobierno y la concepción de género en el poder.

Juliana Awada ocupó este rol entre 2015 y 2019, acompañando el mandato de Mauricio Macri. Desde el vamos quedó claro que su aporte sería principalmente desde la imagen y lo social, más que desde declaraciones políticas. En comparación con otras primeras damas de la época –pensemos en Michelle Obama en EE.UU– Awada mantuvo un perfil público sin discursos trascendentes ni programas sociales propios de gran envergadura. Su influencia operó en el terreno simbólico: proyectó una cierta idea de feminidad ligada a la elegancia, la vida familiar “ordenada” y el apoyo silencioso a su marido.
En comparación con otras primeras damas de la época –pensemos en Michelle Obama en EE.UU– Awada mantuvo un perfil público sin discursos ni programas sociales propios. Su influencia operó en proyectar una cierta idea de feminidad ligada a la elegancia, la vida familiar “ordenada” y el apoyo silencioso a su marido.
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Este rol simbólico cobra relevancia crítica cuando analizamos cómo se articuló con el paradigma político-cultural del macrismo. Awada definió su lugar, desde un principio, como la confirmación de un modelo patriarcal tradicional dentro de un gobierno que, si bien se presentaba como “moderno” en otras facetas, en materia de género seguía apoyándose en la figura de la esposa como acompañante decorativa del líder masculino. Veamos por qué.

Elegancia de la modestia simulada como privilegio y paradigma patriarcal del poder
Durante la presidencia de Macri, Juliana Awada fue celebrada casi unánimemente por su estilo “chic sin esfuerzo” (effortless chic). Medios nacionales e internacionales la elogiaron como una de las mujeres más elegantes del mundo –en 2016 la revista ¡Hola! la eligió “primera dama más elegante del mundo”. Su impronta se caracterizaba por la simpleza minimalista: colores neutros, prendas básicas de corte impecable y pocos accesorios, siempre adecuados a cada ocasión . Esta preferencia por lo sobrio pero distinguido iba en línea con una tendencia mundial de la moda en la década de 2010: la vuelta al minimalismo y los básicos de calidad. Paletas neutras, siluetas estructuradas y accesorios discretos dominando el estilo diario . En Europa en particular se impuso un aire “grown-up” refinado (parte de la ola normcore), popularizado por figuras como Victoria Beckham o la duquesa Kate Middleton . Awada encarnó a la traducción ese zeitgeist, actuando como trendsetter regional de la moda “basic chic” –la revista Vogue llegó a compararla con Jackie Kennedy en cuanto a estilo impecable – y demostrando que se podía “deslumbrar” sin estridencias. Este fue su pico y también su confusion.

Sin embargo, esta construcción mediática de Awada como mujer ideal –bella, delgada, elegante, discreta– aporta también una lectura crítica: se aproxima peligrosamente al arquetipo patriarcal de la “mujer ornamental y abnegada”. Es decir, aquella esposa que “adorna” el poder masculino con su presencia impecable pero que no ejerce un poder propio. Durante el gobierno de Macri, la narrativa en torno a Juliana se centró abrumadoramente en lo estético por encima de lo sustantivo. Revistas y programas de TV reseñaban sus looks de gala, sus secretos de belleza o dieta, sus apariciones en eventos oficiales –siempre destacando su figura esbelta y vestuario–, mucho más que cualquier proyecto social que ella impulsara. Por ejemplo, abundaron notas sobre “el secreto de la dieta de Juliana a los 50” o sus recetas healthy de jugos verdes , reforzando la idea de que su valor público residía en “lucir bien” y ser un modelo de estilo de vida. Esta atención desmedida a la apariencia de la primera dama, en detrimento de cualquier agencia política, encaja con un patrón machista donde la mujer en la cúspide del poder debe ante todo verse perfecta, pero no disputar protagonismo ni agenda propia.
La atención desmedida a la apariencia de Awada como primera dama, en detrimento de cualquier agencia política, encaja con un patrón machista donde la mujer en la cúspide del poder debe ante todo verse perfecta, pero no disputar protagonismo ni agenda propia
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Un análisis de género más profundo confirmaría esta idea. De hecho, estudios sobre comunicación política señalan que muchas primeras damas se tornan populares “más por su belleza que por su carisma o logros profesionales” . En el caso de Awada, su presencia fue explotada como capital simbólico para Macri: la prensa llegó a hablar de un “duelo de belleza” entre Juliana y la reina Letizia de España durante la visita de Estado en 2017 , y subrayó que en las redes oficiales de Macri ella aparecía constantemente, sugiriendo que exhibir a una esposa joven y atractiva formaba parte de la estrategia de imagen presidencial . Esa instrumentalización de la figura femenina –la belleza de ella realzando el éxito de él, trece años mayor– es un clásico del paradigma patriarcal en el poder . Dicho sin eufemismos: Awada funcionó como “trofeo” y garantía de familiaridad tradicional para un gobierno empeñado en proyectar modernidad económica, pero a la vez continuidad en valores conservadores de género.
Dicho sin eufemismos: Awada funcionó como “trofeo” y garantía de familiaridad tradicional para un gobierno empeñado en proyectar modernidad económica, pero a la vez continuidad en valores conservadores de género.
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Tres frecuencias: moda, protocolo y mandato patriarcal
Para entender cómo la figura de Juliana Awada condensó tensiones entre imagen, moda y rol femenino durante la presidencia de Mauricio Macri, conviene volver sobre una serie de escenas mediáticas que, más que anécdotas, funcionaron como síntomas de un modo de entender el poder.

En Davos, en enero de 2016, el debate no fue solo estético. Awada apareció con un registro descontracturado —jeans incluidos en momentos informales— y eso activó una discusión trivializada como “moda”. Sin embargo, lo verdaderamente significativo fue la conducta. La pareja presidencial buscó “cancherear” el trato con jefes de Estado, como si la informalidad fuese una virtud política en sí misma. El gesto más elocuente fue aquella escena en la que Awada se sienta en el brazo del sillón, quedando con el cuerpo a la altura del rostro de Emmanuel Macron. No se trató de un error de vestuario sino de una performatividad del poder: la voluntad de borrar jerarquías y protocolos en nombre de una familiaridad impostada. Leída críticamente, esa “cercanía” no democratiza el poder; lo banaliza. Y, de nuevo, el foco mediático recayó en la escena —en el gesto, en el cuerpo— antes que en cualquier contenido sustantivo de la agenda internacional.
El gesto más elocuente fue aquella escena en la que Awada se sienta en el brazo del sillón, quedando con el cuerpo a la altura del rostro de Emmanuel Macron. No se trató de un error de vestuario sino de una performatividad del poder: la voluntad de borrar jerarquías y protocolos en nombre de una familiaridad impostada.
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Algo similar ocurrió durante la visita de Estado a España en 2017, cuando Awada eligió un vestido rojo de volados, de aire flamenco, diseñado por Evangelina Bomparola. Aquí el contraste fue aún más elocuente. Frente a la severidad borbónica y el control simbólico del cuerpo que caracteriza a Letizia Ortiz, Awada apareció como un exceso sin criterio institucional. Mientras Letizia encarna una austeridad calculada —la disciplina del cuerpo como forma de autoridad—, Awada optó por la espectacularización. El resultado fue que la escena desplazó el eje político hacia el show. No es un dato menor si recordamos que buena parte del capital simbólico del macrismo se construyó en torno a imágenes “cancheras”, desde aquel beso adolescente entre Macri y Awada en campaña —opuesto al cuerpo dañado y al imaginario de corrupción asociado a Scioli— hasta estas puestas en escena internacionales. La política, una vez más, subordinada a la fotogenia.

Finalmente, la obsesión mediática por el cuerpo de Awada completa el cuadro. Durante años, la prensa insistió en su figura, su delgadez, sus rutinas de bienestar, sus dietas detox, su acceso a alimentos orgánicos y prácticas saludables. El problema no es la promoción de hábitos sanos, sino la economía política del cuerpo que esas narrativas naturalizan. En un país empobrecido, con amplios sectores que no pueden elegir qué comer, el cuerpo esbelto y cuidadosamente mantenido de la primera dama marcó una distancia social insalvable. No hubo identificación posible más allá de las clases acomodadas. Ese cuerpo “perfecto” no funcionó como ideal aspiracional universal, sino como recordatorio silencioso de la desigualdad: quién puede pagar comida orgánica, tiempo para yoga, silencio, cuidado; y quién no.
En un país empobrecido, con amplios sectores que no pueden elegir qué comer, el cuerpo esbelto y cuidadosamente mantenido de la primera dama marcó una distancia social insalvable. No hubo identificación posible más allá de las clases acomodadas.
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Vistas en conjunto, estas escenas muestran que la figura de Juliana Awada no solo fue leída desde el prisma del sexismo —que sin duda operó— sino también desde una estética de la desigualdad. Su imagen condensó un modelo de feminidad funcional al poder: bella, controlada, visible, pero políticamente vaciada; moderna en las formas, conservadora en la estructura; aspiracional para pocos, ajena para muchos. En ese sentido, más que humanizar el poder, lo estetizó, reforzando una distancia simbólica con la sociedad que decía representar.
Glamour boutique en Olivos: la estética del poder neoliberal
Otro ángulo clave para entender el “fenómeno Awada” es la impronta estética que Juliana Awada imprimió tanto en la Casa Rosada como en la Quinta de Olivos, es decir, en los espacios materiales del poder. Desde el inicio, Awada declaró su intención de “humanizar” y embellecer esos ámbitos. La residencia de Olivos fue remodelada integralmente para convertirla en un “hogar cálido”: fachada pintada de blanco, interiores aclarados, profusión de flores blancas, velas, aromas, y hasta una huerta orgánica en el jardín. En sus propias palabras, quería una casa con “aroma rico a la hora del té, muchas flores, velas…”, aclarando a la vez que, aunque fuera su hogar por cuatro años, “es la casa de todos y tiene que verse bien”. Esa frase condensa algo central: una lógica casi empresarial de puesta en valor del patrimonio público, donde el Estado aparece tratado como un activo a curar, estilizar y optimizar visualmente.
Awada declaró su intención de “humanizar” y embellecer esos ámbitos. La residencia de Olivos fue remodelada integralmente para convertirla en un “hogar cálido”
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La comparación histórica es inevitable. El gesto recuerda menos a una tradición republicana austera que a Marie Antoinette y su Petit Trianon: el retiro íntimo, delicado y “natural” dentro del palacio, pensado para sustraerse del peso simbólico del poder mientras se lo administra desde una burbuja estética. En ambos casos, la domesticación del espacio político funciona como una forma de despolitización: el poder se vuelve decoración, clima, atmósfera. Lo que se presenta como “humanización” no acerca el poder a la sociedad; lo repliega en una experiencia sensorial controlada, desactivando su carácter conflictivo.
Aquí aparece la pregunta clave: ¿qué significa “humanizar” el poder en un contexto de políticas empresariales y neoliberales? Significa, precisamente, desplazar el eje de lo humano desde las condiciones materiales de vida —empleo, ingresos, derechos, protección social— hacia el terreno de la sensibilidad estética. Humanizar ya no es mejorar la vida de los otros, sino hacer agradable el entorno del poder. No se trata de reducir la violencia estructural de las decisiones económicas, sino de amortiguarla simbólicamente mediante imágenes de calma, cuidado, limpieza y buen gusto. La humanidad que se invoca es íntima, doméstica, privada; no social ni colectiva.

Esa lógica se profundizó cuando Awada abrió Olivos a eventos sociales y culturales con un sello de aspiracionalismo inédito. En noviembre de 2017, por ejemplo, organizó una recepción para la delegación internacional de Art Basel, iluminando los jardines con cientos de velas. Las crónicas describieron escenas más cercanas a un hotel cinco estrellas o a una soirée de Punta del Este que a la residencia presidencial de un país atravesado por crisis económicas recurrentes. En paralelo, Awada cultivó vínculos con el mundo cool porteño —figuras como Wally Diamante o Facundo Garayalde— reforzando la sensación de que Olivos se transformaba en un espacio de networking social y visual.
Esa lógica se profundizó cuando Awada abrió Olivos a eventos sociales y culturales con un sello de aspiracionalismo inédito. En noviembre de 2017, por ejemplo, organizó una recepción para la delegación internacional de Art Basel, iluminando los jardines con cientos de velas.
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El episodio más revelador de esta deriva boutique fue la recepción a Jean Paul Gaultier. No se trata de cuestionar la relevancia del diseñador, sino de interrogar el marco institucional: a Gaultier no se lo recibe con una velada glamorosa en la residencia presidencial. En el mejor de los casos, corresponde un encuentro acotado y protocolar en la Casa Rosada. Pero esta era la era Instagram: lo que importaba era la imagen, la foto circulable, la escena compartible. Y ahí emerge la pregunta decisiva: ¿a quién le hablaba visualmente Awada? No al conjunto de la ciudadanía. Su imaginario estético no dialogaba con la experiencia social mayoritaria, sino con un público restringido, globalizado, aspiracional, habituado a ferias internacionales, marcas de lujo y consumo cultural corporativo. Ese fue, probablemente, su error político más profundo: confundir visibilidad con representación.

No se trató simplemente de “acercar arte y diseño” al Estado. Awada circuló por un mundo del arte muy específico: comercial, corporativo, globalista, profundamente integrado a lógicas de marca y mercado. Su gusto no era neutro ni universal; era el gusto de una clase a la que, paradójicamente, ella misma accedió por alianza con el poder más que por pertenencia histórica. En ese sentido, la estética que promovió no fue democratizadora ni moderna en sentido republicano, sino excluyente, orientada a una élite transnacional desconectada de la realidad social argentina.
No sorprende entonces que surgiera la metáfora de Olivos como “palacio boutique”: un espacio más atento a las luces, las flores y los encuadres que a lo que ocurría puertas afuera. Que la revista ¡Hola! celebrara el “estilo chic” del escritorio de Awada en Olivos confirma el punto: el elogio provino del mismo ecosistema simbólico que esa estética buscaba interpelar. En la intimidad del poder, Awada combinó una domesticidad tradicional —cuidar la casa, la familia, ser sostén emocional del presidente— con una aspiración de lujo discreto y globalizado. El resultado no fue una imagen de modernidad democrática, sino la escenificación de un poder cosmético: cuidadosamente diseñado para ser visto, pero incapaz de generar identificación social amplia.
Así, el glamour boutique de Olivos no fue un detalle decorativo, sino una clave de lectura del macrismo: un gobierno que entendió el poder como imagen, la política como branding y la “humanización” como sustituto estético de aquello que, en términos sociales y económicos, se estaba deshumanizando.
Conclusión: estética del consenso y política sin conflicto
Más que una figura “ornamental” en el sentido clásico, Juliana Awada encarnó algo más específico y contemporáneo: la estetización del consenso. Su rol no fue simplemente el de una esposa decorativa, sino el de una interfaz visual entre el poder político y un imaginario social que el macrismo necesitaba activar: orden, calma, limpieza, buen gusto, desdramatización. Awada no representó tanto a “la mujer del presidente” como a una promesa de normalidad: la idea de que el poder podía ejercerse sin conflicto visible, sin asperezas ideológicas, sin tensiones sociales explícitas.
En ese sentido, su figura fue central para el proyecto de Mauricio Macri. Mientras el gobierno impulsaba reformas estructurales regresivas, ajustes económicos y un reordenamiento neoliberal del Estado, la imagen pública de Awada funcionó como contrapeso simbólico: suavizaba, neutralizaba, amortiguaba. No hablaba, no polemizaba, no confrontaba; pacificaba. Su silencio no fue ausencia, sino una forma activa de comunicación política: la política como estilo, no como disputa.

La clave no está solo en el patriarcado entendido como subordinación femenina —que ciertamente operó— sino en un fenómeno más amplio: la feminización estética del poder como estrategia de legitimación. Awada aportó sensibilidad, cuidado, decoración, atmósfera; atributos históricamente feminizados que, puestos al servicio del Estado, permitieron presentar decisiones duras bajo una pátina de amabilidad visual. El poder no se mostraba violento ni autoritario, sino bien vestido, bien iluminado, bien perfumado.
Por eso su figura conectó tan bien con la lógica del trendsetting global post-2010: minimalismo, basics, neutralidad cromática, vida sana, consumo cultural premium. Todo ese repertorio no fue inocente ni meramente estético. Funcionó como lenguaje de clase, como código compartido con una élite transnacional que reconoce esos signos como sinónimo de racionalidad, modernidad y “buen gobierno”. El problema es que ese lenguaje excluye tanto como seduce: no interpela a la mayoría social, no traduce experiencias populares, no construye identificación democrática.
La separación posterior de Awada y Macri es irrelevante para este análisis porque lo que importa no es el vínculo privado, sino la imagen pública ya consolidada. Esa imagen sigue operando como archivo visual de una época: una Argentina gobernada desde la promesa de eficiencia, mostrada como lifestyle, administrada como marca. Awada fue una de las piezas clave de ese dispositivo, no por lo que dijo o hizo explícitamente, sino por lo que permitió que no se viera.
En definitiva, su figura nos obliga a pensar una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de política se vuelve posible cuando el conflicto es reemplazado por estética, cuando la representación se sustituye por imagen, cuando la legitimidad se construye desde el gusto antes que desde el debate? La historia de Juliana Awada no es la de una mujer al lado del poder, sino la de una estética al servicio de un proyecto político que prefirió ser aceptable antes que discutido. Y ahí radica su verdadera relevancia histórica.




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