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Maquiavelo no murió: lo que murió es el terreno donde discutirlo

El discurso de Javier Milei en Davos, en el que afirma que “Maquiavelo ha muerto”, no es un error de lectura ni una provocación ingenua. Es un gesto performativo. Milei no está discutiendo a Maquiavelo como autor ni pretende ofrecer una interpretación alternativa de El príncipe o de los Discursos sobre Tito Livio. Está haciendo otra cosa: está declarando ilegítimo el terreno mismo donde Maquiavelo importa. Cuando Milei dice que Maquiavelo murió, lo que está diciendo es que murió una forma de pensar la política como conflicto, como administración de tensiones reales entre fuerzas sociales, como ética situada del poder. En su lugar propone otra cosa: una moral absoluta —judeocristiana y de mercado— que se presenta como universal, no política, no histórica, no conflictiva.

Cuando Milei dice que Maquiavelo murió, lo que está diciendo es que murió una forma de pensar la política como administración de tensiones entre fuerzas sociales. En su lugar propone una moral absoluta (de mercado) que se presenta como natural, universal, apolítica. Fukuyama reloaded.

Desde la posición libertaria, el gesto es coherente. Milei no cree en la política como campo autónomo. Cree en principios —mercado, propiedad, sacrificio— y en una ética que se presenta como anterior y superior a cualquier conflicto social. Por eso puede afirmar, sin contradicción interna, que la única ética posible es la del capitalismo de libre empresa y que cualquier otra discusión es “inmoral”. En ese marco, Maquiavelo no puede sobrevivir: porque Maquiavelo justamente separa moral privada de moral de Estado, ética individual de ética política, religión personal de racionalidad del gobierno. Maquiavelo no niega la moral; niega que el gobernante pueda gobernar desde su propia moral. Eso es exactamente lo que Milei no acepta.

La respuesta progresista —ejemplificada con claridad en los editoriales de Ari Alijalad en El Destape (al que tomo, como saben, como ejemplo fetiche)— se organiza en otro registro. Cuando Alijalad dice, con razón, que Maquiavelo no escribió “el fin justifica los medios”, que su obra central no es El príncipe sino los Discursos, que defendía al pueblo frente a los poderosos, que pensaba la libertad como algo que debía ser custodiado por la multitud y no por las élites, no está diciendo nada absolutamente falso. Cuando cita pasajes donde Maquiavelo afirma que los nobles desean dominar y el pueblo solo desea no ser dominado, o cuando recuerda que Maquiavelo enfrentó a la gran corporación de su tiempo —la Iglesia—, su reconstrucción es aceptable.

El problema no es el contenido. Es la posición enunciativa y incapacidad de la Ciencia Política en la Argentina de contextualizar.

El progresismo de El Destape, con Alijalad como referente “intelectual” responde desde la ciencia política, desde la tradición académica, desde el lugar del que explica. Su gesto es pedagógico: “Milei lee mal, Maquiavelo dice otra cosa”. Esa respuesta no entiende algo fundamental y presupone algo que hoy ya no funciona: que el conflicto político se resuelve demostrando quién entiende mejor a los clásicos. Milei no intenta dar una clase, aunque lo parezca. Está actuando. Alijalad intenta corregir desde una posición de identidad: “el estudioso”. Están en planos distintos.

El progresismo de El Destape, con Alijalad como referente “intelectual” responde el comentario de Maquiavelo de Milei desde la ciencia política: “Milei es bruto, Maquiavelo dice otra cosa”. Esa respuesta no entiende algo fundamental, Milei está actuando. Mientras Alijalad, con sus apuntes, intenta corregir desde una posición de identidad: “el estudioso”.

Ahí aparece un segundo nivel, más profundo, más importante y menos discutido: el lugar histórico de las ciencias sociales en la Argentina; en especial, de la ciencia política. La defensa progresista de Maquiavelo se apoya en una tradición muy específica: la de la posdictadura, la pax alfonsinista, donde las ciencias sociales —particularmente en la UBA— ocuparon un lugar de legitimidad moral. En ese marco, Maquiavelo fue leído casi exclusivamente desde una matriz republicano-marxista: conflicto de clases, pueblo vs. poderosos, leyes surgidas del conflicto, crítica a las corporaciones. Esa lectura no es incorrecta, pero es parcial e insuficiente porque es deshistorizada.

El progresismo de Alijalad le responde a Milei desde la Ciencia Política, desconociendo su tradición epistemológica de legitimación moral durante la Pax Alfonsinista que, en la UBA, usó al Marxismo para inculcar los ideales socialdemócratas de redistribución de la riqueza al costo de deshistorizar a sus teóricos.

En los editoriales progresistas casi no aparece la Italia del siglo XVI como contexto material: ciudades-estado fragmentadas, guerra permanente, diplomacia precaria, mercenarios, poder papal como actor transnacional, colapso de las formas clásicas de autoridad, el intento de imposición de una divinidad femenina desde dentro del papado, y la noción de “humor” (que usa Maquiavelo para distinguir entre nobleza y pueblo) no es de clase sino médica, en un sentido, todavía moral. Maquiavelo no escribe desde una cátedra: escribe desde una catástrofe política. Y ese dato es clave para entender por qué hoy Milei puede “matar” a Maquiavelo sin discutirlo. Porque el problema no es Maquiavelo como autor, sino el colapso del ecosistema que hacía posible leerlo como fundamento de la política democrática. Desde la época de los Medici, el intento de política “amoral”de Maquiavelo ha sido una contradicción en términos, porque el entramado material desde el que se se inscribe esa retirada viene cargado de moralidad.

El intento de amoralidad de Maquiavelo es una contradicción en términos porque el entramado material desde el que se escribe viene cargado de moralidad.

Desde mi posición —que no es libertaria ni progresista en el sentido clásico— el error está en ambos lados, pero no es simétrico. Milei produce una performance moral que elimina el conflicto y lo reemplaza por principios abstractos. El progresismo responde como si todavía bastara con restaurar el saber correcto. Y ahí se equivoca. Porque lo que está en crisis no es el contenido de las ciencias sociales, sino su autoridad simbólica. Defender a Maquiavelo como “el verdadero Maquiavelo” no alcanza cuando el adversario está diciendo que la política misma sobra.

Lo que está en crisis no es el contenido de las Ciencias Sociales, sino su autoridad moral. Defender a Maquiavelo como “el verdadero Maquiavelo” no alcanza cuando el adversario (en este caso, Milei) está diciendo que la política misma sobra.

Por eso creo que la pregunta no es si Maquiavelo murió o no, sino qué murió con él. Murió la ilusión de que la política podía sostenerse solo desde el saber. Murió la idea de que explicar mejor produce adhesión. Murió el consenso progresista que creyó que la democracia se garantizaba pedagógicamente. Milei no quiere que nadie lea a Maquiavelo, no porque le tema a una cita correcta, sino porque Maquiavelo introduce algo insoportable para su proyecto: la idea de que gobernar no es aplicar principios, sino lidiar con hombres y mujeres concretos, con conflictos reales, con consecuencias materiales.

Maquiavelo está herido

En ese sentido, Maquiavelo no está muerto. Pero tampoco está intacto. Está en disputa. Y la disputa no se gana con clases magistrales ni con soberbia epistémica. Se gana entendiendo que hoy la política se juega tanto en el plano del sentido, de la escena y de la performance como en el del contenido. Mientras el progresismo siga creyendo que su superioridad intelectual es suficiente, seguirá perdiendo frente a quienes entendieron antes que el terreno cambió.

Maquiavelo no murió. Lo que murió es la comodidad de hablar desde arriba. Y esa es una pérdida que todavía no terminamos de procesar.Perfecto. Te doy el texto completo, integrado, continuo, con las tres posiciones visibles (libertaria, progresista y tu lectura pos-progresista), con ejemplos, citas conceptuales claras, y con el desplazamiento central: Maquiavelo no como autor a “leer bien”, sino como operador político en una escena de colapso del régimen de sentido. Está escrito para publicar.

Maquiavelo no murió: lo que murió es el terreno donde discutirlo

El discurso de Javier Milei en Davos, en el que afirma que “Maquiavelo ha muerto”, no es un error de lectura ni una provocación ingenua. Es un gesto performativo. Milei no está discutiendo a Maquiavelo como autor ni pretende ofrecer una interpretación alternativa de El príncipe o de los Discursos sobre Tito Livio. Está haciendo otra cosa: está declarando ilegítimo el terreno mismo donde Maquiavelo importa. Cuando Milei dice que Maquiavelo murió, lo que está diciendo es que murió una forma de pensar la política como conflicto, como administración de tensiones reales entre fuerzas sociales, como ética situada del poder. En su lugar propone otra cosa: una moral absoluta —judeocristiana y de mercado— que se presenta como universal, no política, no histórica, no conflictiva.

Desde la posición libertaria, el gesto es coherente. Milei no cree en la política como campo autónomo. Cree en principios —mercado, propiedad, sacrificio— y en una ética que se presenta como anterior y superior a cualquier conflicto social. Por eso puede afirmar, sin contradicción interna, que la única ética posible es la del capitalismo de libre empresa y que cualquier otra discusión es “inmoral”. En ese marco, Maquiavelo no puede sobrevivir: porque Maquiavelo justamente separa moral privada de moral de Estado, ética individual de ética política, religión personal de racionalidad del gobierno. Maquiavelo no niega la moral; niega que el gobernante pueda gobernar desde su propia moral. Eso es exactamente lo que Milei no acepta.

La respuesta progresista —ejemplificada con claridad en los editoriales de Ari Alijalad— se organiza en otro registro. Cuando Alijalad dice, con razón, que Maquiavelo no escribió “el fin justifica los medios”, que su obra central no es El príncipe sino los Discursos, que defendía al pueblo frente a los poderosos, que pensaba la libertad como algo que debía ser custodiado por la multitud y no por las élites, no está diciendo nada falso. Cuando cita pasajes donde Maquiavelo afirma que los nobles desean dominar y el pueblo solo desea no ser dominado, o cuando recuerda que Maquiavelo enfrentó a la gran corporación de su tiempo —la Iglesia—, su reconstrucción es sólida.

El problema no es el contenido. Es la posición enunciativa.

Alijalad responde desde la ciencia política, desde la tradición académica, desde el lugar del que explica. Su gesto es pedagógico: “Milei lee mal, Maquiavelo dice otra cosa”. Esa respuesta presupone algo que hoy ya no funciona: que el conflicto político se resuelve demostrando quién entiende mejor a los clásicos. Milei no intenta dar una clase. Está actuando. Alijalad intenta corregir. Están en planos distintos.

Ahí aparece un segundo nivel, más profundo y menos discutido: el lugar histórico de las ciencias sociales en la Argentina. La defensa progresista de Maquiavelo se apoya en una tradición muy específica: la de la posdictadura, la pax alfonsinista, donde las ciencias sociales —particularmente en la UBA— ocuparon un lugar de legitimidad moral e institucional. En ese marco, Maquiavelo fue leído casi exclusivamente desde una matriz republicano-marxista: conflicto de clases, pueblo vs. poderosos, leyes surgidas del conflicto, crítica a las corporaciones. Esa lectura no es incorrecta, pero es parcial y, sobre todo, deshistorizada.

En los editoriales progresistas casi no aparece la Italia del siglo XVI como contexto material: ciudades-estado fragmentadas, guerra permanente, diplomacia precaria, mercenarios, poder papal como actor transnacional, colapso de las formas clásicas de autoridad. Maquiavelo no escribe desde una cátedra: escribe desde una catástrofe política. Y ese dato es clave para entender por qué hoy Milei puede “matar” a Maquiavelo sin discutirlo. Porque el problema no es Maquiavelo como autor, sino el colapso del ecosistema que hacía posible leerlo como fundamento de la política democrática.

Desde mi posición —que no es libertaria ni progresista en el sentido clásico— el error está en ambos lados, pero no es simétrico. Milei produce una performance moral que elimina el conflicto y lo reemplaza por principios abstractos. El progresismo responde como si todavía bastara con restaurar el saber correcto. Y ahí se equivoca. Porque lo que está en crisis no es el contenido de las ciencias sociales, sino su autoridad simbólica. Defender a Maquiavelo como “el verdadero Maquiavelo” no alcanza cuando el adversario está diciendo que la política misma sobra.

Por eso creo que la pregunta no es si Maquiavelo murió o no, sino qué murió con él. Murió la ilusión de que la política podía sostenerse solo desde el saber. Murió la idea de que explicar mejor produce adhesión. Murió el consenso progresista que creyó que la democracia se garantizaba pedagógicamente. Milei no quiere que nadie lea a Maquiavelo, no porque le tema a una cita correcta, sino porque Maquiavelo introduce algo insoportable para su proyecto: la idea de que gobernar no es aplicar principios, sino lidiar con hombres y mujeres concretos, con conflictos reales, con consecuencias materiales.

En ese sentido, Maquiavelo no está muerto. Pero tampoco está intacto. Está en disputa. Y la disputa no se gana con clases magistrales ni con soberbia epistémica. Se gana entendiendo que hoy la política se juega tanto en el plano del sentido, de la escena y de la performance como en el del contenido. Mientras el progresismo siga creyendo que su superioridad intelectual es suficiente, seguirá perdiendo frente a quienes entendieron antes que el terreno cambió.

Maquiavelo no murió. Lo que murió es la comodidad de hablar desde arriba. Y esa es una pérdida que el progresismo todavía no termina de procesar.

Dr. Rodrigo Cañete 

© Rodrigo Cañete, 2026. Todos los derechos reservados. Este texto forma parte del proyecto La Mala Educación. Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización expresa del autor.

Machiavelli Did Not Die: What Died Was the Ground on Which to Argue About Him

Javier Milei’s speech in Davos, in which he declares that “Machiavelli is dead,” is neither a misreading nor a naïve provocation. It is a performative gesture. Milei is not engaging Machiavelli as an author, nor is he offering an alternative interpretation of The Prince or the Discourses on Livy. He is doing something else entirely: he is declaring illegitimate the very terrain on which Machiavelli matters. When Milei says Machiavelli is dead, what he is really saying is that a way of thinking politics—as conflict, as the administration of real tensions between social forces, as a situated ethics of power—has died. In its place, he proposes something radically different: an absolute morality—Judeo-Christian and market-based—presented as universal, ahistorical, non-political, and beyond conflict.

From a libertarian standpoint, the gesture is coherent. Milei does not believe in politics as an autonomous field. He believes in principles—market, property, sacrifice—and in an ethics that presents itself as prior to and superior to social conflict. This is why he can claim, without internal contradiction, that the only possible ethics is that of free-market capitalism and that any alternative discussion is “immoral.” Within that framework, Machiavelli cannot survive. Machiavelli precisely separates private morality from the morality of the state, individual ethics from political ethics, personal religion from the rationality of government. Machiavelli does not deny morality; he denies that a ruler can govern according to his own moral or religious convictions. That is exactly what Milei refuses to accept.

The progressive response—clearly exemplified in the editorials by Ari Alijalad—operates on a different register. When Alijalad correctly notes that Machiavelli never wrote “the ends justify the means,” that The Prince is not his central work, that Machiavelli defended the people against the powerful, that he conceived freedom as something guarded by the multitude rather than by elites, he is not wrong. When he cites Machiavelli’s claim that nobles desire domination while the people desire only not to be dominated, or when he recalls Machiavelli’s confrontation with the major corporation of his time—the Church—his reconstruction is accurate.

The problem is not the content. It is the position from which it is spoken.

Alijalad responds from political science, from academic tradition, from the authority of explanation. His gesture is pedagogical: “Milei misreads; Machiavelli actually says something else.” That response presupposes something that no longer works today: that political conflict can be resolved by demonstrating who understands the classics better. Milei is not trying to teach. He is performing. Alijalad is correcting. They are not playing the same game.

This reveals a deeper and less discussed layer: the historical position of the social sciences in Argentina. The progressive defense of Machiavelli rests—implicitly—on a very specific tradition: the post-dictatorship, Alfonsín-era consensus in which the social sciences, particularly at the University of Buenos Aires, occupied a position of moral and institutional legitimacy. Within that framework, Machiavelli was taught almost exclusively through a republican-Marxist lens: class conflict, people versus elites, laws emerging from struggle, critique of corporations. That reading is not incorrect—but it is partial and, above all, de-historicized.

What is largely absent from progressive editorials is sixteenth-century Italy as a material context: fragmented city-states, permanent warfare, fragile diplomacy, mercenary armies, papal power as a transnational actor, the collapse of classical forms of authority. Machiavelli does not write from a chair of theory; he writes from political catastrophe. And that matters, because it explains why Milei can “kill” Machiavelli without arguing against him. The issue is not Machiavelli as an author, but the collapse of the ecosystem that once made Machiavelli foundational to democratic political thought.

From my position—which is neither libertarian nor classically progressive—the mistake lies on both sides, though not symmetrically. Milei produces a moral performance that eliminates conflict and replaces it with abstract principles. Progressivism responds as if restoring correct knowledge were sufficient. And that is where it fails. What is in crisis is not the content of the social sciences, but their symbolic authority. Defending Machiavelli as “the real Machiavelli” is insufficient when the adversary is declaring politics itself obsolete.

The question, then, is not whether Machiavelli is dead, but what died with him. What died was the illusion that politics could be sustained by knowledge alone. What died was the belief that better explanations generate political adhesion. What died was the progressive consensus that assumed democracy could be pedagogically secured. Milei does not want people to read Machiavelli—not because he fears a correct citation, but because Machiavelli introduces something intolerable to his project: the idea that governing is not about applying principles, but about dealing with real men and women, real conflicts, and real material consequences.

In that sense, Machiavelli is not dead. But he is not intact either. He is contested. And that contest cannot be won through lectures or epistemic arrogance. It can only be won by recognizing that politics today is fought as much on the level of meaning, performance, and scene as on that of content. As long as progressivism continues to believe that intellectual superiority is enough, it will continue to lose to those who understood first that the terrain itself has shifted.

Machiavelli did not die. What died was the comfort of speaking from above. And that is a loss we have not yet fully confronted.

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Respuestas a3Javier Milei en Davos y la incapacidad del progresismo de entender su decisión de matar a Maquiavelo (esp) Or ‘no, milei, Machiavelli Did Not Die: What Died Was the Ground on Which to Argue About Him‘ (eng)

  1. Rodrigo, por favor, un análisis visual de la foto de el rey Felipe VI y la reina Letizia junto al tren descarrilado.

    Saludos, ES

    https://x.com/josecalp/status/2014307637895078226/photo/1

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  2. La realidad mundial parece indicar que sí, que ahora es todo mayormente una performance continua. Desde que asumió Trump veo pasar tweets de yankees (tanto liberales como Democrats) decir que «los progresistas vienen perdiendo en su discurso en relación a los conservadores». Donde los Republicanos hablan de manera que llegan al redneck promedio, los Demócratas usan palabras como «abundancia». Los Republicanos son percibidos como «Basados», los Democrats son «Académicos».
    Y en ésta era de anti-intelectualismo, donde programas de TV de debate político, otrora considerados «serios», tenemos a panelistas chimenteros vociferando, pues no me extraña que el progresismo todavía no se haya adaptado al nuevo escenario

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  3. Estoy de acuerdo con vos. Lo estas colocando en términos un poco demasiado binarios porque no creo que haya tanta distancia entre republicanos y demócratas y ese es el problema. O entre peronistas, radicales y mileistas, llegado el caso. Respecto a lo que planteas de la era del anti+intelectualismo, no se si estoy tan de acuerdo. Yo creo que, nuevamente, hay que situarlo. La academia norteamericana e inglesa, por ejemplo, son industrias neoliberales en donde se puede hablar de teoría critica y de (casi) todo pero dentro de ciertas reglas y sin verdadera critica. Y esto no es nuevo. De alguna forma yo extiendo mi critica al progresismo a mi critica a la academia. En el Norte, es un club en el que se juega de acuerdo a determinadas reglas y funciona como agente neocolonial de disciplinamiento. En el Sur, (Argentina) por ejemplo, tiene dos funciones: dar la sensación de que Argentina es un país de oportunidades y adoctrinar a la progresía (esto también pasa en Brasil que es otro caso que conozco) para quejarse de manera publica pero altamente ineficaz.

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