Aquellos que son miembros de mi Canal de Youtube están participando de un experimento intelectual que emana de un sinnúmero de fuentes primarias de teoría del arte. El video de esta semana está disponible en mi canal de YouTube. Pero a propósito del tema en cuestión y la realidad que vivimos, la cuestión de la ruptura dela fe en el símbolo lleva a una serie de reflexiones. 

Hay momentos históricos en los que la pregunta no es qué es verdad, sino por qué ya no logramos ponernos de acuerdo sobre qué podría contar como verdad. A comienzos del siglo XX, Europa atravesó uno de esos momentos. Hoy, en medio de lo que suele llamarse “bullshit politics”, estamos atravesando otro.

De la perdida de una verdad a la Pos-Verdad

Hay momentos históricos en los que la pregunta no es qué es verdad, sino por qué ya no logramos ponernos de acuerdo sobre qué podría contar como verdad. A comienzos del siglo XX, Europa atravesó uno de esos momentos. Hoy, en medio de lo que suele llamarse “bullshit politics”, estamos atravesando otro. La comparación no es metafórica.

Durante siglos, las sociedades occidentales funcionaron sobre una premisa hoy casi inimaginable: que el símbolo operaba como infraestructura compartida del sentido. No hacía falta demostrar constantemente que algo significaba algo. La religión, el género, la autoridad, la imagen, incluso la palabra pública, funcionaban porque había acuerdos tácitos que permitían distinguir lo verdadero de lo falso, lo legítimo de lo ilegítimo, lo real de lo ficticio. El símbolo no era una opinión: era un organizador del mundo.

Lo que ocurre alrededor de 1900 —y que hoy nos cuesta leer sin nostalgia o condescendencia— es el colapso de esa confianza. No desaparecen los símbolos, pero dejan de garantizar sentido. Empiezan a ser interrogados, sospechados, patologizados o reducidos a artificio. Y cuando el símbolo deja de sostener la experiencia común, la realidad se vuelve discursiva: ya no se impone por evidencia, sino por repetición, intensidad, afecto o poder.

Lo que ocurre alrededor de 1900 —y que hoy nos cuesta leer sin nostalgia o condescendencia— es el colapso de la confianza en los símbolos. No es que hayan desaparecido desaparecen los símbolos, pero dejan de garantizar sentido. Empiezan a ser interrogados, sospechados, patologizados o reducidos a artificio. Y cuando el símbolo deja de sostener la experiencia común, la realidad se vuelve discursiva. Ni siquiera empírica.

Otto Weininger, Sigmund Freud y Maurice Denis 

Las reacciones a ese colapso no fueron homogéneas. Y ahí es donde Otto Weininger, Sigmund Freud y Maurice Denis se vuelven extraordinariamente útiles para pensar el presente.

Weininger representa la reacción autoritaria frente a la pérdida de certezas simbólicas. En Sex and Character, el género deja de ser una función cultural —roles, posiciones, prácticas— y se convierte en esencia metafísica. No porque Weininger sea “más machista” que otros, sino porque ya no sabe cómo simbolizar la diferencia. Cuando el símbolo falla, el cuerpo se vuelve insoportable. La mujer aparece como amenaza ontológica porque el orden ya no logra integrarla. Weininger no describe una realidad: intenta reconstruirla por esfuerzo doctrinario. 

Ese mecanismo no es ajeno a nuestro presente. Gran parte de la política contemporánea —desde los pánicos morales hasta las cruzadas identitarias más rígidas— responde al mismo patrón: frente a un mundo que ya no se deja leer con facilidad, se responde endureciendo categorías, por miedo a cuestionarlas. La ética del bullshit no consiste en mentir, sino en hablar como si el símbolo todavía funcionara, aunque ya no lo haga.

Gran parte de la política contemporánea —desde los pánicos morales hasta las cruzadas identitarias más rígidas— responde al mismo patrón de Weininger de fines del siglo XIX: frente a un mundo que ya no se deja leer con facilidad, se responde endureciendo categorías, por miedo a cuestionarlas. La ética del bullshit no consiste en mentir, sino en hablar como si el símbolo todavía funcionara, aunque ya no lo haga

Freud ofrece una reacción distinta, más fría. No intenta salvar el símbolo como verdad pública; lo privatiza. En La interpretación de los sueños, el símbolo sobrevive, pero ya no pertenece a una tradición compartida. Funciona dentro de una economía psíquica fragmentaria, conflictiva. El sueño no comunica una verdad universal; traduce lo que no pudo decirse de otro modo. El sentido llega tarde, deformado, incompleto.

Freud ofrece una reacción distinta, más fría. No intenta salvar el símbolo como verdad pública; lo privatiza. En La interpretación de los sueños, el símbolo sobrevive, pero ya no pertenece a una tradición compartida.

Esta operación es decisiva porque inaugura una forma moderna de convivencia con la incertidumbre. Freud no promete verdad; promete trabajo interpretativo. El problema es que ese trabajo requiere tiempo, escucha, conflicto. En la esfera pública contemporánea, ese espacio ha sido reemplazado por flujos discursivos que no buscan interpretar, sino ocupar el lugar del sentido. La política del bullshit satura la realidad. Anula todo

Maurice Denis, por su parte, encarna una tercera reacción: la lucidez formal. Cuando afirma que una pintura es, ante todo, una superficie cubierta de colores, no está celebrando el formalismo, sino reconociendo que el arte ya no puede apoyarse en una trascendencia simbólica garantizada. La imagen no revela un orden oculto; declara su condición de construcción. No hay retorno a la inocencia simbólica, sólo conciencia de artificio.

Maurice Denis, por su parte, encarna una tercera reacción: la lucidez formal. Cuando afirma que una pintura es, ante todo, una superficie cubierta de colores, no está celebrando el formalismo, sino reconociendo tomando conciencia de que es artificio.

Este gesto resulta hoy sorprendentemente actual. En un mundo donde los discursos compiten por imponer “realidades” sin anclaje empírico, Denis recuerda algo incómodo: que toda forma es una construcción, y que asumirlo no equivale a relativismo, sino a responsabilidad. El problema del presente no es que todo sea discurso, sino que se actúe como si el discurso no tuviera costo. El autoritarismo que endurece categorías. Nuestra política contemporánea oscila peligrosamente entre la salida doctrinal, coquetea superficialmente con la segunda posición (Freud) y evita sistemáticamente la tercera. 

El resultado es una esfera pública donde la realidad no se verifica, se afirma; no se discute, se impone; no se comparte, se performativiza. No porque falten datos, sino porque falta una infraestructura simbólica capaz de hacerlos significar en común.

Quizás la lección más incómoda de esta genealogía sea esta: cuando el símbolo deja de funcionar, no se lo reemplaza con verdad, sino con ruido. Y ese ruido no es neutral. Se organiza alrededor de cuerpos, miedos, deseos y fantasías de control. Entender cómo reaccionaron otros momentos históricos ante ese colapso no nos devuelve certezas, pero al menos nos devuelve algo más raro hoy que la verdad: criterio.

Este diagnóstico no se agota en el blog. Forma parte de un trabajo sostenido que desarrollo en mi canal de YouTube, donde dicto clases extensas basadas en documentos primarios de teoría del arte, leyendo el siglo XX —y el presente— como una historia de crisis del sentido antes que de estilos. El episodio dedicado a Weininger, Freud y Maurice Denis, junto con el resto del Megacurso de Teoría del Arte, está disponible exclusivamente para miembros del canal. Quienes quieran acompañar este proyecto, acceder a las clases completas y sostener este tipo de análisis crítico pueden sumarse desde el área de membresías en el siguiente enlace:

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One response to “Cuando el símbolo deja de funcionar: de Weininger, Freud y Maurice Denis a la política del bullshit ”

  1. Dice Rodrigo: La mujer aparece como amenaza ontológica porque el orden ya no logra integrarla.

    ¿Cuanto de la crisis actual reside en la incapacidad de Occidente de «resolver», sin traicionar sus valores, el «problema» Mujer? A Mujer le sumo la explosión de géneros de principios de siglo.

    Oriente, salvo allí donde llegaron «valores Occidentales», nunca le soltó las cadenas.

    Hay comillas por todos lados, espero se entienda a donde apunto.

    Saludos, ES.

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