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La canción de Ricky Martin en el Super Bowl no fue nostalgia ni folklore: fue una advertencia política. Hawaii no es una metáfora, es un archivo de soberanía entregada bajo tutela.
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La canción Lo que le pasó a Hawaii, interpretada por Ricky Martin durante el Halftime Show del Super Bowl, no funciona como un gesto nostálgico ni como una alegoría cultural blanda. Funciona como advertencia. No está dirigida al público estadounidense ni exclusivamente a Puerto Rico. Está dirigida a cualquiera que crea que la pérdida de soberanía puede compensarse con visibilidad simbólica, reconocimiento cultural o rescates financieros. Hawaii no es una metáfora: es un caso histórico preciso de cómo Estados Unidos absorbe territorios, neutraliza conflictos políticos y luego celebra la diversidad una vez que la soberanía ya ha sido vaciada.
Ese es el punto que vuelve incómoda la canción dentro de un espectáculo diseñado, en casi todos sus tramos, para administrar la diferencia sin desordenar jerarquías. Y es también el punto desde el cual conviene leer hoy otra escena, aparentemente lejana: la Argentina de Javier Milei, avanzando hacia una cesión profunda de poder político, económico y laboral a cambio de un salvataje financiero presentado como inevitable.

Hawaii muestra cómo EE.UU. integra territorios sin devolver poder: primero el rescate, después la celebración cultural, cuando la soberanía ya fue vaciada.
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Hawaii: colonización sin épica, violencia sin espectáculo
Es importante desmontar la idea de que la anexión de Hawaii fue un proceso natural, pacífico o consensuado. No lo fue. Pero tampoco adoptó la forma clásica del colonialismo brutal que suele ocupar el imaginario histórico. No hubo una guerra prolongada ni un exterminio abierto. Hubo algo más eficaz: derecho, lenguaje y administración racial.
La redistribución de tierras fue central. A fines del siglo XIX, enormes extensiones que habían sido gestionadas bajo formas comunales fueron transformadas en propiedad privada mediante reformas legales presentadas como modernización. En pocos años, más de 80.000 hectáreas de tierras públicas fueron cerradas y reasignadas, consolidando una élite alineada con intereses estadounidenses. La propiedad dejó de ser un vínculo social para convertirse en un activo mercantil. El despojo no fue militar: fue jurídico. A comienzos del siglo XX, el Organic Act de 1900 profundizó este proceso. Estableció un régimen de gobierno civil que, bajo la retórica del progreso institucional, bloqueó cualquier acceso real a la autonomía. Hawaii no era una colonia formal, pero tampoco una entidad soberana. Era un territorio administrado, tutelado, incorporado sin igualdad.

Puerto Rico escucha la advertencia en clave colonial; Argentina debería escucharla en clave económica: el bail-out siempre llega con tutela.
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Sangre, raza y ciudadanía: cuando la soberanía se vuelve biológica
La pertenencia política dejó de definirse por ciudadanía y se definió por sangre contra loque la tradición Hawaiiana plantaba.. El blood quantum —la cuantificación legal de cuánta “sangre hawaiana” posee una persona— no es un residuo arcaico, sino una tecnología moderna de gobierno. Permite reconocer identidades culturales mientras se neutraliza la soberanía política. La lógica es clara: el nativo es reconocido como sujeto cultural, incluso como patrimonio, pero despojado de capacidad colectiva de decisión. La asimilación reemplaza a la autodeterminación. La identidad se conserva; el poder se disuelve. La inclusión llega, pero llega tarde, cuando el conflicto ya fue convertido en administración.
En este marco, Lo que le pasó a Hawaii deja de ser una metáfora y se vuelve una advertencia política directa. Puerto Rico comparte con Hawaii el estatuto de territorio incorporado sin soberanía plena, gobernado mediante un lenguaje jurídico que promete protección mientras bloquea la autodeterminación. La cultura puertorriqueña es celebrada; su poder político, no. La canción no denuncia el pasado: señala un futuro posible. Dice, sin rodeos: no acepten el rescate si el precio es convertirse en un caso administrado. No se trata de identidad. Se trata de poder.

La flexibilización laboral no es modernización: es la condición política del rescate. Hawaii lo demuestra; Milei lo repite.
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Argentina: flexibilización laboral y tutelaje económico
Es aquí donde Hawaii deja de ser un archivo histórico distante y se vuelve una advertencia inmediata para la Argentina. El país se encamina a aprobar una ley de flexibilización laboral draconiana, diseñada explícitamente para facilitar el desembarco de capitales extranjeros —principalmente norteamericanos— en sectores estratégicos de la economía. La promesa es empleo, inversión y estabilidad. El costo es la pérdida de derechos laborales, de capacidad regulatoria y, sobre todo, de soberanía política.

El discurso del bail-out funciona con la misma lógica que en Hawaii: se presenta como salvación técnica frente al caos, pero exige a cambio la cesión de poder. No se impone con tanques, sino con condicionalidades. No se legitima con violencia abierta, sino con la retórica de la inevitabilidad. Como en Hawaii, la violencia no es espectacular. Es procedural. La flexibilización laboral no es una reforma aislada: es una pieza central del tutelaje. Convierte al trabajo en variable de ajuste para garantizar “confianza” externa, del mismo modo que en Hawaii la tierra y la ciudadanía fueron reorganizadas para garantizar estabilidad imperial. El mensaje es idéntico: pueden integrarse al mercado global, siempre que acepten condiciones impuestas desde afuera.
El Super Bowl como pedagogía imperial
Que esta advertencia aparezca en el Super Bowl no es un detalle. Es el escenario donde Estados Unidos ensaya su pedagogía global: diversidad sin conflicto, inclusión sin redistribución, celebración sin soberanía. Dentro de ese marco, la canción de Ricky Martin introduce memoria donde debería haber solo entretenimiento. Por eso incomoda. Porque recuerda que hay cosas que no se recuperan una vez entregadas. Que la inclusión simbólica no compensa la pérdida de capacidad política. Y que el verdadero peligro no es la exclusión brutal, sino la integración administrada. Hawaii no fue destruido. Fue absorbido. Y esa es la advertencia que hoy debería escuchar la Argentina antes de confundir rescate con salvación.
Ricky Martin’s Message to Milei in the SuperBowl: “Do Not Become Hawaii” (tutelaged sovereignty, and irresponsible bail-outs)
Ricky Martin’s song at the Super Bowl wasn’t nostalgia or folklore. It was a political warning. Hawaii is not a metaphor—it’s an archive of tutelaged sovereignty.
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The song Lo que le pasó a Hawaii, performed by Ricky Martin during the Super Bowl Halftime Show, does not operate as a nostalgic gesture or a soft cultural metaphor. It functions as a warning. It is not addressed to the U.S. audience, nor exclusively to Puerto Rico. It speaks to anyone who believes that the loss of sovereignty can be compensated with symbolic inclusion, cultural visibility, or financial rescue. Hawaii is not a metaphor: it is a concrete historical case of how the United States absorbs territories, neutralizes political conflict, and later celebrates diversity once sovereignty has already been emptied.

This is what makes the song uncomfortable within a spectacle designed to manage difference without disrupting hierarchy. It is also the lens through which another, seemingly distant scene should be read today: Argentina, under Javier Milei, moving toward a deep transfer of political, economic, and labor sovereignty in exchange for a bail-out presented as unavoidable.
Hawaii shows how the U.S. integrates territories without returning power: first the bail-out, then cultural celebration, once sovereignty has already been emptied.
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Hawaii: colonization without epic, violence without spectacle
The annexation of Hawaii was neither natural nor peaceful. Yet it did not take the form of overt, spectacular colonial violence. There was no prolonged war. There was something far more effective: law, language, and racial administration.
Land redistribution was central. By the late nineteenth century, communal land systems were dismantled through legal reforms framed as modernization. In just a few years, more than 80,000 hectares of public land were enclosed and reassigned, consolidating an elite aligned with U.S. interests. Property ceased to be a social relation and became a market asset. Dispossession occurred through law, not force.
The Organic Act of 1900 deepened this process, establishing a civil government that institutionalized tutelage while blocking real autonomy. Hawaii was neither a colony nor a sovereign polity, but an administered territory.
The issue concerns the transformation of sovereignty into biology. Blood quantum—the legal measurement of “native blood”—functioned as a modern technology of governance. Identity was recognized; political power was dissolved. Assimilation replaced self-determination. Inclusion arrived only after sovereignty had already been neutralized. In this light, Lo que le pasó a Hawaii is not symbolic but diagnostic. Puerto Rico shares with Hawaii a status of incorporation without sovereignty, where culture is celebrated while political agency is denied. The song does not mourn the past; it warns of a possible future.

Argentina: labor flexibilization and economic tutelage
This is where Hawaii becomes immediately relevant for Argentina. The country is on the verge of approving a draconian labor flexibilization law, explicitly designed to facilitate the arrival of foreign—primarily U.S.—capital. The promise is investment and stability. The price is the erosion of labor rights, regulatory capacity, and political sovereignty.
Puerto Rico hears the warning in colonial terms; Argentina should hear it in economic ones: bail-outs always come with tutelage.
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The bail-out logic mirrors Hawaii’s history. It is presented as technical salvation, enforced through conditionality, and justified by inevitability. Violence is procedural, not spectacular. Labor becomes the adjustment variable that guarantees external confidence, just as land and citizenship once did in Hawaii.
The Super Bowl as imperial pedagogy
The Super Bowl functions as a global classroom of U.S. power: diversity without redistribution, inclusion without sovereignty. Within that framework, Ricky Martin’s song introduces memory where entertainment demands forgetfulness. Hawaii was not destroyed. It was absorbed. And that is the warning Argentina should heed before mistaking rescue for salvation.




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