Scroll Down for the English Version

En el curso al que los miembros de mi canal de YouTube acceden, estamos viendo que en la Sevilla del siglo XVII, la limpieza de sangre no era un prejuicio abstracto sino un dispositivo administrativo. Para ingresar a órdenes religiosas, universidades o cargos públicos era necesario demostrar ausencia de ascendencia judía o musulmana. No bastaba la conversión religiosa; el linaje determinaba legitimidad. Ese sistema no surgió en un momento de estabilidad imperial sino en un contexto de tensión. Sevilla era el puerto principal del comercio con América. Entre 1503 y 1717, la Casa de Contratación reguló desde allí el flujo de metales preciosos, mercancías y personas provenientes del Nuevo Mundo. A mediados del siglo XVII, España enfrentaba bancarrotas periódicas (1557, 1575, 1596, 1607), inflación (por el ingreso de plata americana) y declive del producto interno. La economía dependía del extractivismo colonial mientras la desigualdad urbana crecía. La pureza aparecía como respuesta cultural a una sociedad estructuralmente mezclada y económicamente frágil.

Murillo no pintó “devoción”: pintó una solución visual a la obsesión sevillana por la limpieza de sangre. La Inmaculada funciona como pantalla blanca que suspende el conflicto y vuelve tolerable una sociedad estructuralmente impura.

Full title: The Immaculate Conception.Artist: Diego Velazquez.Date made: 1618-19.Source: http://www.nationalgalleryimages.co.uk/.Contact: picture.library@nationalgallery.co.uk..Copyright © The National Gallery, London

Es en ese contexto donde trabaja Bartolomé Esteban Murillo (1617–1682). Entre las décadas de 1650 y 1680 produjo decenas de Inmaculadas para conventos y cofradías sevillanas. La Inmaculada Concepción —dogma aún no definido oficialmente en su tiempo pero fervorosamente defendido en España— representaba un cuerpo femenino concebido sin mancha original. En una sociedad obsesionada con la mancha de sangre, Murillo ofrecía una superficie visual sin contaminación. Su imagen cumplía una función estabilizadora. La Sevilla real estaba atravesada por esclavitud africana (en el siglo XVII la población esclava podía alcanzar entre el 5 y el 10% de la ciudad), pobreza masiva y tensiones sociales. La imagen blanca, flotante y serena no resolvía esos conflictos; los dejaba en estado de suspension.

Trump y Stephen Miller reactivan la política de la pureza en clave demográfica: “invasión” y “reemplazo” como fantasías corporales del territorio amenazado. Cuando se elimina la fianza y se expanden centros de detención masiva, el miedo se convierte en infraestructura rentable.

Esto es clave para entender el presente.

Ratcliffe habla de “colonización” por inmigración mientras vive en Mónaco, donde la mayoría de la población es extranjera. No es una discusión numérica: es una reacción a la visibilidad racial y un intento de normalizar el “me incomodan las caras no blancas”.

El negocio del campo de concentración en Estados Unidos

Avancemos cuatro siglos. En 2023 y 2024, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) de Estados Unidos registró cifras récord de “encounters” en la frontera suroeste de Estados Unidos. En el año fiscal 2023, CBP reportó aproximadamente 2,4 millones de “encounters”. En 2024, la cifra se mantuvo por encima de los 2 millones. Estos números reflejan principalmente la crisis venezolana, que produjo más de 7 millones de desplazados, además de flujos desde Centroamérica y Haití. Nunca hubo “open borders” en Estados Unidos sino presión migratoria extraordinaria sobre un sistema legal existente dado a un periodo de prosperidad que coincidio con el gobierno democrata.  Sin embargo, la retórica de Donald Trump ha insistido en la noción de “invasion”. El término no es descriptivo sino corporal. Una invasión supone un cuerpo violado por agentes externos. Cuando Trump habla de invasión, está construyendo el territorio nacional como organismo amenazado.

Epstein muestra la otra cara del régimen: pureza para los de abajo, impunidad para los de arriba. La sobrecarga documental y las redacciones protegen redes masculinas de poder mientras el discurso moralizante sigue disciplinando cuerpos femeninos.

Stephen Miller, figura central en la formulación de políticas migratorias, ha retomado consistentemente argumentos asociados a la llamada Great Replacement Theory, que sostiene que poblaciones blancas están siendo demográficamente reemplazadas por poblaciones racializadas. Aunque la teoría se originó en Europa, ha sido adaptada por sectores nacionalistas estadounidenses. El discurso no es marginal. Encuestas de 2022 y 2023 mostraron que un porcentaje significativo de votantes republicanos considera que la inmigración representa una amenaza existencial para la identidad nacional. Pero el discurso no se queda en palabras.

Tradicionalmente, personas detenidas en procesos migratorios podían solicitar liberación bajo fianza mientras aguardaban audiencia. Bajo la administración Trump, esa práctica fue restringida, ahora, severamente. El resultado ha sido un aumento sustancial en la población detenida. Según datos de ICE, el promedio diario de personas en detención migratoria pasó de aproximadamente 22.000 en 2021 a cifras que superaron las 37.000 en 2023. Proyecciones para 2025 bajo políticas más restrictivas indican potenciales incrementos adicionales. Paralelamente, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) ha impulsado la ampliación de instalaciones con capacidades de entre 5.000 y 10.000 personas. Para comparar: la mayor prisión federal tradicional alberga cerca de 4.000 internos. Además, el sistema de detención migratoria depende en gran medida de operadores privados como CoreCivic y GEO Group, cuyas ganancias están vinculadas al número de camas ocupadas. En 2022, GEO Group reportó ingresos superiores a 2.300 millones de dólares, con una porción significativa proveniente de contratos federales. Como vemos, la pureza demográfica necesita infraestructura y la infraestructura necesita rentabilidad. Tiene que haber presos, más presos, de manera constante para mantener el negocio. 

Reportes periodísticos indicaron que ICE canceló acuerdos previos con la Veterans Administration para proveer respaldo médico a detenidos migratorios. Aunque la VA recibía compensación por esos servicios, la presión política —incluyendo declaraciones de figuras republicanas que acusaban desvío de recursos de veteranos hacia migrantes— llevó a la terminación del acuerdo. Organizaciones de derechos humanos han documentado muertes en detención migratoria vinculadas a condiciones médicas tratables. Cuando el cuerpo migrante es conceptualizado como amenaza, la atención médica deja de ser prioridad y se convierte en costo.

Reino Unido: Sir Jim Ratcliffe, el inmigrante (que no paga impuestos) que denuncia inmigrantes 

En el Reino Unido, la inmigración neta alcanzó aproximadamente 745.000 personas en 2022 según la Office for National Statistics, cifra que generó debate político intenso. Sin embargo, la narrativa de “colonización” utilizada por figuras como Sir Jim Ratcliffe no se basa en análisis económico detallado sino en percepción cultural. Un dato revelador: el Principado de Mónaco, donde Ratcliffe reside, tiene una población cercana a 39.000 habitantes, de los cuales alrededor de 8.000 son monegascos nativos. Es decir, más del 75% de su población es extranjera. Sin embargo, el discurso sobre colonización se dirige hacia Reino Unido, no hacia Mónaco. La contradicción revela que la preocupación secundaria no es la proporción numérica sino la visibilidad racial. Esto nos lleva a una cuestion de clase. 

El Reino Unido post-Brexit atraviesa una crisis de identidad. La pérdida de centralidad imperial y la reconfiguración económica generan ansiedad cultural. La pureza reaparece como nostalgia de homogeneidad. Cuando Ratcliffe habla de que la inmigración “coloniza” la civilización británica, invierte deliberadamente el sentido histórico del término y activa una estructura conceptual que coincide casi milimétricamente con la lógica de la llamada Great Replacement Theory. En esa teoría —popularizada en Europa por Renaud Camus y reciclada por sectores nacionalistas anglosajones— la migración no es fenómeno económico ni humanitario, sino sustitución civilizatoria: un pueblo reemplaza a otro, una cultura desplaza a otra, un cuerpo colectivo es penetrado por otro. La palabra “colonización” no describe aquí un proceso jurídico ni geopolítico; describe una fantasía demográfica. Y esa fantasía tiene una genealogía más antigua de lo que parece. La España barroca, obsesionada con la limpieza de sangre, producía imágenes de pureza precisamente porque su realidad era híbrida: siglos de convivencia, conversión forzada, mezcla cultural y expansión imperial habían generado una sociedad profundamente mestiza, aunque políticamente empeñada en negarlo. El miedo no era a la mezcla futura, sino a la mezcla ya existente. De la misma manera, el discurso contemporáneo que habla de reemplazo o colonización no responde a una transformación súbita e inédita, sino a la incapacidad de asumir que las sociedades occidentales son estructuralmente híbridas y lo han sido durante siglos. La retórica del reemplazo no combate una invasión; combate la evidencia de que la pureza nunca fue más que una ficción necesaria para tranquilizar imperios inseguros.

Epstein y el horror masculinista

El Congreso estadounidense aprobó el Epstein Files Transparency Act en noviembre, obligando al Departamento de Justicia a liberar archivos completos de la investigación, con excepción de información identificatoria de sobrevivientes. La fiscal general Pam Bondi declaró que no existía una “lista de hombres”. Técnicamente, eso no implica ausencia de nombres en documentos. Posteriormente, el DOJ permitió acceso a aproximadamente tres millones de páginas en terminales controladas para legisladores. Esta estrategia coincide con prácticas conocidas en estudios de transparencia: sobrecargar para diluir. Mientras tanto, el debate público sobre pureza nacional convive con protección estructural de redes masculinas de poder. La pureza exigida a migrantes no se aplica a élites.

Newly-released documents from disgraced late financier and sex offender Jeffrey Epstein, including a sheaf of entirely redacted pages, are seen in this handouts released by the U.S. Justice Department and printed and arranged for a photograph by Reuters in Washington, D.C., U.S., December 19, 2025. REUTERS/Jonathan Ernst

Argentina: blanqueamiento histórico y sinceramiento racista. 

Argentina construyó durante el siglo XIX y XX una narrativa de nación europea. El mito de “descender de los barcos” invisibiliza poblaciones indígenas y afrodescendientes. El censo de 2010 fue el primero en incluir autoidentificación afrodescendiente, revelando una presencia históricamente negada. En contextos de crisis económica, reaparecen discursos de orden occidental y amenaza externa que reactivan la matriz de pureza cultural.

Desde su asunción en diciembre de 2023, Javier Milei no impulsó una reforma migratoria estructural comparable a la agenda estadounidense, pero sí introdujo un giro discursivo y administrativo significativo en materia de extranjería y acceso a servicios públicos. Su gobierno anunció la revisión de políticas de acceso a salud y educación para no residentes, planteó la posibilidad de arancelar la atención médica a extranjeros sin residencia permanente —una discusión que algunas provincias retomaron con regulaciones propias— y reforzó controles documentarios en pasos fronterizos bajo el argumento de “ordenar” el sistema migratorio. Si bien Argentina mantiene formalmente el marco de la Ley de Migraciones 25.871, considerada una de las más garantistas de la región, el discurso oficial comenzó a vincular inmigración con presión fiscal y uso indebido de recursos públicos, desplazando el enfoque de derechos humanos hacia uno de costo y control. El impacto más visible hasta ahora no ha sido normativo sino simbólico: una reconfiguración del clima político en el que la figura del inmigrante deja de presentarse como parte constitutiva de la nación —la narrativa histórica del país receptor— y pasa a insertarse en el lenguaje de ajuste, gasto y sospecha.

Pureza Femenina

Históricamente, la pureza nacional se apoyó en la pureza femenina. En la España barroca, la mujer debía encarnar virtud inmaculada mientras los hombres administraban imperio y violencia. La Inmaculada era símbolo; las mujeres reales estaban sujetas a disciplina. Hoy, el caso Epstein revela que el control del cuerpo femenino sigue siendo central. La protección de redes masculinas de poder convive con discurso moralizante sobre nación y familia. Pureza demográfica y misoginia estructural comparten lógica.

La pureza no es error retórico. Es síntoma de reorganización del poder en tiempos de declive percibido. Estados Unidos enfrenta ansiedad sobre pérdida de hegemonía global. Reino Unido lidia con melancolía postimperial. Argentina reitera fantasía europea en crisis económica. En todos los casos, la respuesta no es análisis estructural de desigualdad sino identificación de cuerpos como amenaza. 

La Inmaculada suspendía la mancha en una superficie blanca. El centro de detención de Trump suspende al migrante en un espacio cerrado. La historia no se repite mecánicamente. Pero las estructuras reaparecen cuando las condiciones emocionales son similares. La pregunta ya no es si el lenguaje es racista. La pregunta es si reconocemos que estamos presenciando la institucionalización de la pureza como proyecto político. Y cuando la pureza se vuelve política de Estado, la imagen deja de ser pintura. Se convierte en aparato de terror. 

© 2026 Rodrigo Cañete. Publicado originalmente en LoveArtNotPeople.blog. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización expresa del autor.

The Immaculate and Trump’s Detention Centers: Blood Purity, Profitable Confinement, and Misogynistic Terror

In the course that members of my YouTube channel can access, we are examining how, in seventeenth-century Seville, limpieza de sangre (purity of blood) was not an abstract prejudice but an administrative device. In order to enter religious orders, universities, or hold public office, one had to demonstrate the absence of Jewish or Muslim ancestry. Religious conversion was not enough; lineage determined legitimacy. That system did not emerge during a moment of imperial stability but in a context of deep tension. Seville was the main port of trade with the Americas. Between 1503 and 1717, the Casa de Contratación regulated from there the flow of precious metals, goods, and people arriving from the New World. By the mid-seventeenth century, Spain had endured repeated bankruptcies (1557, 1575, 1596, 1607), inflation driven by the influx of American silver, and a decline in domestic production. The economy depended on colonial extractivism while urban inequality intensified. Purity emerged as a cultural response to a society that was structurally mixed and economically fragile.

Murillo’s Immaculate was not just devotion; it was damage control. A white, spotless body offered emotional stability to a society obsessed with blood purity and terrified of its own hybridity.

When Trump speaks of “invasion,” he is not describing migration policy but invoking a violated body. The language of replacement turns demographic anxiety into infrastructure: detention centers, eliminated bonds, profitable confinement.

It is within this context that Bartolomé Esteban Murillo (1617–1682) worked. Between the 1650s and 1680s he produced dozens of Immaculate Conceptions for Sevillian convents and confraternities. The Immaculate Conception—a doctrine not yet officially defined in his lifetime but fervently defended in Spain—represented a female body conceived without original stain. In a society obsessed with blood impurity, Murillo offered a visual surface free of contamination. His image performed a stabilizing function. Real Seville was marked by African slavery (in the seventeenth century, the enslaved population may have reached between 5 and 10 percent of the city), mass poverty, and social tensions. The white, floating, serene image did not resolve those conflicts; it placed them in suspension.

This is crucial for understanding the present.

Ratcliffe warns of “colonization” while residing in Monaco, where foreigners outnumber natives by a wide margin. This is not about numbers; it is about racial visibility and the normalization of discomfort with non-white presence.

The Business of the Concentration Camp in the United States

Let us move forward four centuries. In 2023 and 2024, the U.S. Customs and Border Protection (CBP) recorded record numbers of “encounters” at the southwest border of the United States. In fiscal year 2023, CBP reported approximately 2.4 million encounters. In 2024, the figure remained above 2 million. These numbers primarily reflect the Venezuelan crisis, which has produced more than 7 million displaced people, in addition to flows from Central America and Haiti. There were never “open borders” in the United States; rather, there was extraordinary migratory pressure on an existing legal system during a period of economic prosperity that coincided with a Democratic administration.

The Epstein files reveal the double standard at the heart of purity politics. Migrant bodies are detained as threats while elite male networks are shielded through procedural fog and documentary overload.

However, the rhetoric of Donald Trump has consistently insisted on the notion of “invasion.” The term is not descriptive but corporeal. An invasion presumes a body violated by external agents. When Trump speaks of invasion, he is constructing the national territory as a threatened organism.

Stephen Miller, a central figure in the formulation of immigration policy, has consistently echoed arguments associated with the so-called Great Replacement Theory, which claims that white populations are being demographically replaced by racialized populations. Although the theory originated in Europe, it has been adapted by American nationalist sectors. The discourse is not marginal. Polls from 2022 and 2023 showed that a significant percentage of Republican voters consider immigration to represent an existential threat to national identity. But the discourse does not remain at the level of words.

Traditionally, individuals detained in immigration proceedings could request release on bond while awaiting their hearings. Under the Trump administration, that practice has now been severely restricted. The result has been a substantial increase in the detained population. According to ICE data, the average daily number of people in immigration detention rose from approximately 22,000 in 2021 to figures exceeding 37,000 in 2023. Projections for 2025 under more restrictive policies indicate potential further increases. At the same time, the Department of Homeland Security (DHS) has promoted the expansion of facilities with capacities ranging between 5,000 and 10,000 people. For comparison, the largest traditional federal prison houses around 4,000 inmates. Moreover, the immigration detention system depends heavily on private operators such as CoreCivic and GEO Group, whose profits are tied to the number of occupied beds. In 2022, GEO Group reported revenues exceeding 2.3 billion dollars, a significant portion of which came from federal contracts. As we can see, demographic purity requires infrastructure, and infrastructure requires profitability. There must be prisoners—more prisoners—on a constant basis to sustain the business.

Journalistic reports have indicated that ICE canceled previous agreements with the Veterans Administration (VA) to provide backup medical care for immigration detainees. Although the VA received compensation for those services, political pressure—including statements by Republican figures accusing the government of diverting resources from veterans to migrants—led to the termination of the agreement. Human rights organizations have documented deaths in immigration detention linked to treatable medical conditions. When the migrant body is conceptualized as a threat, medical care ceases to be a priority and becomes a cost.

United Kingdom: Sir Jim Ratcliffe, the Immigrant (Who Doesn’t Pay Taxes) Denouncing Immigrants

In the United Kingdom, net migration reached approximately 745,000 people in 2022, according to the Office for National Statistics, a figure that triggered intense political debate. However, the narrative of “colonization” deployed by figures such as Sir Jim Ratcliffe is not grounded in detailed economic analysis but in cultural perception. A revealing fact: the Principality of Monaco, where Ratcliffe resides, has a population of roughly 39,000 inhabitants, of whom only about 8,000 are native Monegasques. In other words, more than 75% of its population is foreign. Yet the discourse of colonization is directed at the United Kingdom, not Monaco. The contradiction reveals that the concern is not numerical proportion but racial visibility. This inevitably raises a question of class.

Post-Brexit Britain is undergoing an identity crisis. The loss of imperial centrality and ongoing economic reconfiguration have generated cultural anxiety. Purity reappears as nostalgia for homogeneity. When Sir Jim Ratcliffe claims that immigration “colonizes” British civilization, he deliberately inverts the historical meaning of the term and activates a conceptual structure that aligns almost perfectly with the logic of the so-called Great Replacement Theory. In that theory—popularized in Europe by Renaud Camus and recycled by Anglo nationalist sectors—migration is not treated as an economic or humanitarian phenomenon but as civilizational substitution: one people replaces another, one culture displaces another, one collective body penetrates another. The word “colonization” here does not describe a legal or geopolitical process; it describes a demographic fantasy.

And that fantasy has a longer genealogy than it may appear. Baroque Spain, obsessed with purity of blood, produced images of immaculate bodies precisely because its social reality was hybrid: centuries of coexistence, forced conversion, cultural mixing, and imperial expansion had generated a profoundly mestizo society, even as political institutions remained committed to denying it. The fear was not of future mixture, but of mixture already present.

Likewise, contemporary rhetoric about replacement or colonization does not respond to a sudden and unprecedented transformation, but to the inability to acknowledge that Western societies are structurally hybrid—and have been for centuries. The rhetoric of replacement does not combat an invasion; it combats the evidence that purity was never anything more than a fiction necessary to soothe insecure empires.

Epstein and Masculinist Horror

The U.S. Congress passed the Epstein Files Transparency Act in November, requiring the Department of Justice to release the complete investigative files, with the exception of identifying information about survivors. Attorney General Pam Bondi stated that there was no “list of men.” Technically, that does not imply the absence of names within documents. Subsequently, the DOJ allowed access to approximately three million pages at controlled terminals for lawmakers.

Newly-released documents from disgraced late financier and sex offender Jeffrey Epstein, including a sheaf of entirely redacted pages, are seen in this handouts released by the U.S. Justice Department and printed and arranged for a photograph by Reuters in Washington, D.C., U.S., December 19, 2025. REUTERS/Jonathan Ernst

This strategy aligns with well-documented practices in transparency studies: overwhelm in order to dilute. Meanwhile, public discourse about national purity coexists with the structural protection of male power networks. The purity demanded of migrants does not apply to elites.

Argentina: Historical Whitening and the Normalization of Racism

Argentina constructed throughout the nineteenth and twentieth centuries a narrative of itself as a European nation. The myth of “descending from the ships” renders Indigenous and Afro-descendant populations invisible. The 2010 census was the first to include Afro-descendant self-identification, revealing a presence that had long been historically denied. In moments of economic crisis, discourses of Western order and external threat resurface, reactivating the matrix of cultural purity.

Since taking office in December 2023, Javier Milei has not enacted a structural immigration reform comparable to the U.S. agenda, but he has introduced a significant discursive and administrative shift regarding foreigners and access to public services. His government announced a review of policies concerning access to healthcare and education for non-residents, raised the possibility of charging medical fees to foreigners without permanent residency—an issue that some provinces revisited with their own regulatory measures—and reinforced documentary controls at border crossings under the argument of “bringing order” to the migration system. Although Argentina formally maintains the framework of Migration Law 25.871, considered one of the most rights-based in the region, official discourse began linking immigration to fiscal pressure and the misuse of public resources, shifting the focus from human rights to cost and control. The most visible impact so far has not been legislative but symbolic: a reconfiguration of the political climate in which the immigrant ceases to be presented as constitutive of the nation—the historical narrative of a receiving country—and instead becomes framed within the language of austerity, expenditure, and suspicion.

Feminine Purity

Historically, national purity has relied on feminine purity. In Baroque Spain, women were required to embody immaculate virtue while men administered empire and violence. The Immaculate was a symbol; real women were subject to discipline. Today, the Epstein case reveals that control over the female body remains central. The protection of male power networks coexists with moralizing discourse about nation and family. Demographic purity and structural misogyny share the same logic.

Purity is not a rhetorical mistake. It is a symptom of power reorganizing itself in times of perceived decline. The United States confronts anxiety over the loss of global hegemony. The United Kingdom grapples with post-imperial melancholy. Argentina reiterates its European fantasy amid economic crisis. In all three cases, the response is not structural analysis of inequality but the identification of bodies as threat.

The Immaculate suspended the stain upon a white surface. Trump’s detention centers suspend the migrant within a confined space. History does not repeat mechanically. But structures reappear when emotional conditions resemble one another. The question is no longer whether the language is racist. The question is whether we recognize that we are witnessing the institutionalization of purity as a political project. And when purity becomes state policy, the image ceases to be painting. It becomes an apparatus of terror.

© 2026 Rodrigo Cañete. Originally published on LoveArtNotPeople.blog. Reproduction in whole or in part without the author’s express permission is prohibited.

Únete a mi canal de YouTube como miembro 
https://www.youtube.com/channel/UC8VlXkKPD8xnqVdpUn3-ZIw/join

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tendencias