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Quiero escribir sobre el discurso de Marco Rubio en la Munich Security Conference porque allí no se discutió solamente seguridad europea, sino el tipo de orden mundial que Estados Unidos está dispuesto a sostener y los mecanismos mediante los cuales lo impone. El año pasado, en ese mismo foro, JD Vance pronunció una intervención que fue percibida como abiertamente hostil hacia el modelo europeo contemporáneo, enmarcando la inmigración como degradación civilizatoria y cuestionando la legitimidad moral de las democracias europeas. Este año, bajo la administración de Donald Trump, el enviado fue Marco Rubio, y el tono fue ostensiblemente más diplomático. Sin embargo, lo que cambió fue la textura, no la doctrina.

La importancia de este giro para la Argentina es directa. Hasta hace semanas, la retórica estadounidense incluía referencias abiertas a la anexión de Groenlandia y Canadá, es decir, a una expansión territorial explícita. En Múnich esa agresividad se modera, pero el proyecto no desaparece: se traslada del plano territorial al plano civilizatorio y financiero.

La presión sobre Cuba funciona bajo esa misma lógica. No se trata de anexión formal, sino de administración del deterioro estructural como instrumento geopolítico. La analogía con Gaza no es sentimental sino estructural: en ambos casos, el debilitamiento sostenido del territorio —sea por bloqueo, asfixia económica o devastación prolongada— produce una condición de dependencia que luego se presenta como evidencia de inviabilidad propia. La fragilidad no es un accidente; es un dispositivo.
El discurso de Marco Rubio en Múnich no fue conciliador: fue la formalización diplomática de una doctrina civilizatoria bajo tono moderado.
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El núcleo del discurso de Rubio fue la idea de una erosión civilizatoria iniciada en 1945. Esta formulación reinterpreta el orden liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial como el origen del declive estadounidense. Sin embargo, ese orden produjo exactamente lo contrario: el sistema de Bretton Woods consolidó la hegemonía del dólar; el Plan Marshall expandió la influencia económica estadounidense; el complejo militar-industrial sostuvo crecimiento interno; la apertura migratoria alimentó el ecosistema tecnológico que hoy define la supremacía digital de Estados Unidos. La inversión narrativa no responde a evidencia histórica sino a la necesidad de reconfigurar legitimidad política. El problema no sería la transformación estructural de la economía global, sino la diversidad cultural.

La narrativa de “erosión occidental desde 1945” invierte la historia para culpar a la diversidad y no a la transformación económica global.
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Cuando Rubio habla de “civilización occidental”, el término funciona como significante racial implícito. No necesita nombrar la blancura para activarla. El mecanismo discursivo consiste en universalizar una identidad histórica particular y presentar la diversidad contemporánea como desviación. La descolonización posterior a 1945 aparece así como error moral. La inmigración, como amenaza ontológica. Se trata de una restauración simbólica de jerarquías imperiales bajo la forma de defensa cultural.
La presión sobre Cuba —como antes Gaza— muestra que la fragilidad territorial puede ser un instrumento geopolítico, no un accidente.
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La diferencia con el primer mandato de Trump es crucial. Entonces el conflicto con Europa era presupuestario: quién paga más por la OTAN. Ahora es axiológico: qué valores definen Occidente. El mensaje no es “paguen más”, sino “alineen su identidad con la nuestra”. Esa reconfiguración axiológica tiene consecuencias estructurales visibles: debate sobre autonomía estratégica europea, incremento del presupuesto militar alemán, conversaciones sobre extensión del paraguas nuclear francés. La fractura no es retórica; comienza a traducirse en arquitectura institucional.
La alianza Trump–Milei no es solo extractivista: es cultural, basada en disciplina fiscal, jerarquía civilizatoria y alineamiento identitario.
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Aquí es donde la dimensión argentina adquiere un filo más incómodo. La alianza entre Trump y Javier Milei no se explica únicamente por afinidades económicas. Existe una convergencia doctrinaria que articula civilización, disciplina fiscal y jerarquía geopolítica. El endeudamiento al que el gobierno de Milei, de la mano de su ministro de Economía Luis Caputo, ha sometido al país no es solamente una decisión técnica; es un alineamiento estratégico que coloca a la Argentina en una posición de subordinación estructural. El país paga, ajusta y abre sus recursos minerales bajo la promesa de pertenecer al bloque civilizatorio correcto. La alternativa implícita es el aislamiento. En la lógica doctrinaria que se desprende del discurso de Rubio, Argentina puede alinearse con un ideal sarmientino de occidentalización disciplinada —pagar la deuda, garantizar seguridad jurídica para el capital extractivo y reafirmar su pertenencia cultural— o deslizarse hacia la categoría de “próxima Cuba”, es decir, territorio castigado por su desobediencia.
En esta lógica, Argentina paga y entrega recursos para pertenecer, o arriesga convertirse en “la próxima Cuba” dentro de un orden de bloques civilizatorios.
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En ese marco, la hipótesis de un futuro gobierno de izquierda que decidiera expropiar recursos estratégicos o romper compromisos financieros no sería leída como soberanía democrática sino como desviación civilizatoria. La respuesta, de acuerdo con esa doctrina, sería el bloqueo económico, la asfixia financiera y eventualmente la justificación de una intervención indirecta bajo el argumento de restaurar estabilidad. El paralelismo con Cuba no es retórico: es la lógica de disciplinamiento aplicada a quien desobedece la jerarquía del orden.
Lo verdaderamente perturbador es que esta matriz no pertenece exclusivamente al oficialismo argentino. El mito de la nación blanca y europea, la invisibilización histórica de poblaciones indígenas y afrodescendientes, la fantasía de excepcionalidad occidental en América Latina han sido compartidos por élites conservadoras y progresistas por igual. La diferencia actual es que esa herencia cultural se articula explícitamente con una doctrina geopolítica que condiciona financiamiento, comercio y seguridad.
El discurso de Rubio en Múnich no fue un gesto conciliador, sino la formalización diplomática de una transición hacia un orden de bloques civilizatorios donde la pertenencia se prueba mediante obediencia fiscal, alineamiento cultural y apertura extractiva. Entenderlo implica reconocer que la alianza Trump-Milei no es solo coyuntural ni financiera, sino parte de una reconfiguración más amplia que redefine quién es Occidente, quién queda fuera y qué costo paga quien decide no alinearse.
Marco Rubio in Munich: Civilizational Restoration, Financial Discipline, and the Implicit Warning to Argentina

I want to write about Marco Rubio’s speech at the Munich Security Conference because what was discussed there was not merely European security, but the kind of world order the United States is now prepared to sustain—and the mechanisms through which it intends to enforce it. Last year, in the same forum, JD Vance delivered a speech widely perceived as openly hostile toward the contemporary European model, framing immigration as civilizational degradation and questioning the moral legitimacy of European democracies. This year, under the administration of Donald Trump, the envoy was Marco Rubio, and the tone was visibly more diplomatic. What changed, however, was the texture—not the doctrine.
Marco Rubio’s Munich speech was not conciliatory—it was civilizational doctrine delivered in diplomatic tones.
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This tonal shift matters directly to Argentina. Only weeks ago, U.S. rhetoric openly entertained the annexation of Greenland and even Canada—an explicit territorial imperialism. In Munich, that aggressiveness was moderated, but the project did not disappear; it migrated from territorial expansion to civilizational and financial discipline. The pressure exerted on Cuba operates under the same logic. This is not about formal annexation but about managing structural deterioration as a geopolitical instrument. The analogy with Gaza is not sentimental but structural: in both cases, prolonged weakening—through blockade, economic asphyxiation, or sustained devastation—produces dependency, which is then presented as evidence of inherent dysfunction. Fragility is not accidental; it is operational.

The claim of Western decline since 1945 rewrites history to blame diversity instead of structural economic change.
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At the center of Rubio’s speech was the claim that Western civilization began eroding in 1945. This formulation reframes the post–World War II liberal order as the origin of American decline. Yet that order did precisely the opposite: Bretton Woods consolidated dollar hegemony; the Marshall Plan expanded U.S. economic influence; military-industrial Keynesianism sustained domestic growth; immigration fueled the technological ecosystem that now defines American digital supremacy. The inversion is not historical analysis; it is political mythology. The problem, in this narrative, is not structural transformation but cultural openness.
Cuba—like Gaza before it—illustrates how sustained fragility can function as a geopolitical instrument.
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When Rubio speaks of “Western civilization,” the term operates as an implicit racial signifier. It does not need to name whiteness to activate it. The discursive mechanism universalizes a particular historical identity and frames contemporary diversity as deviation. Decolonization becomes moral error. Immigration becomes ontological threat. What is being articulated is a symbolic restoration of imperial hierarchies under the language of cultural defense.
The Trump–Milei alliance is not merely extractive; it is cultural, grounded in fiscal discipline and civilizational hierarchy.
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The difference from Trump’s first term is decisive. Then, the dispute with Europe was budgetary: burden-sharing within NATO. Now it is axiological: what values define the West. The message is no longer “pay more,” but “align your identity with ours.” This shift already has institutional consequences: debates over European strategic autonomy, the rapid increase in Germany’s defense spending, discussions about extending the French nuclear umbrella. The fracture is not rhetorical; it is architectural.

Within this doctrine, Argentina either aligns, pays, and opens its resources—or risks becoming “the next Cuba” in a bloc-based global order.
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For Argentina, this carries sharper implications. The alliance between Trump and Javier Milei is not merely economic. It reflects doctrinal convergence linking civilizational identity, fiscal discipline, and geopolitical hierarchy. The indebtedness imposed on Argentina under Milei, through his Minister of Economy Luis Caputo, is not simply technical policy; it positions the country in structural subordination. Argentina pays, adjusts, and opens its mineral resources under the promise of belonging to the correct civilizational bloc. The implicit alternative is isolation. Within the logic implied by Rubio’s doctrine, Argentina either aligns with a Sarmientine ideal of disciplined Westernization—honor its debt, secure extractive capital, reaffirm cultural alignment—or risks sliding into the category of “the next Cuba,” meaning a territory punished for disobedience.
In this framework, a future left-wing government that sought to expropriate strategic resources or repudiate financial commitments would not be read as democratic sovereignty but as civilizational deviation. The likely response, within this doctrine, would be financial blockade, economic suffocation, and potentially indirect intervention justified as stabilization. The parallel with Cuba is not rhetorical; it is disciplinary logic.

What is most unsettling is that this matrix is not exclusive to Argentina’s current government. The myth of the white, European nation; the historical invisibilization of Indigenous and Afro-descendant populations; the fantasy of Western exceptionalism in Latin America—these narratives have been shared by conservative and progressive elites alike. The difference today is that this cultural inheritance is being explicitly articulated with a geopolitical doctrine that conditions financing, trade, and security.
Rubio’s speech in Munich was not conciliatory diplomacy. It was the formal articulation of a transition toward a bloc-based civilizational order in which belonging is demonstrated through fiscal obedience, cultural alignment, and extractive openness. Understanding this is essential to see that the Trump–Milei alliance is neither temporary nor merely financial, but part of a broader redefinition of who counts as “the West,” who does not, and what price is paid for refusing alignment.
© Rodrigo Cañete, 2026. All rights reserved. This text may not be reproduced, distributed, translated, or published in whole or in part without prior written permission from the author, except for brief quotations used for academic or journalistic purposes with full attribution.
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