(Crítica del capítulo 1 de Un millón de cuartos propios)

En el arranque de su libro, Tamara Tenenbaum usa a Ezra Klein no como enemigo ideológico sino como adversario interno para calibrar su propio lugar en el campo liberal. No rompe con el centro: lo ocupa con una ética del tono más flexible.

Cómo hacer cultura influencer a través del “ensayo”?

No me interesa aquí Tamara Tenenbaum como figura individual ni como caso editorial exitoso, sino el primer capítulo de Un millón de cuartos propios como síntoma cultural. El texto no debe leerse como un error ni como una traición ideológica, sino como el índice de una transformación más amplia en la ética del liberalismo cultural argentino contemporáneo, ese liberalismo que se autopercibe antifascista y antiautoritario pero que está reconfigurando silenciosamente su forma de ejercer autoridad en la esfera pública. El capítulo no trata simplemente sobre la primera persona, ni sobre Virginia Woolf, ni siquiera sobre el feminismo; trata sobre cómo intervenir hoy en el espacio cultural sin quedar fuera de época y, en ese gesto, redefine lo que significa tener autoridad.

En el ensayo clásico, la primera persona atraviesa el mundo y lo densifica; en Tamara Tenenbaum la autoridad se vuelve administración de posición y calibración del tono. La literatura deja de filtrar el archivo para operar como estrategia de circulación.

Mi hipótesis es que no estamos ante una crisis abstracta de la autoridad, sino ante una sustitución progresiva de la investigación y la mediación histórica por la administración retórica del lugar desde el cual se habla. No se abandona el centro del campo cultural; se aprende a ocuparlo con mayor flexibilidad. No se rompe con el mandato; se lo internaliza y se lo gestiona. Y esa operación no es anecdótica, sino estructural.

En Tamara Tenenbaum, el “cuarto propio” deja de ser retirada material y se vuelve autogestión: regular intensidad, evitar sonar expulsiva, sostener centralidad en un campo saturado. La autoridad se ejerce como auto-censura elegante: no por prohibición, sino por modelado del yo.

Interna Liberal

El capítulo se abre con una escena que, en apariencia, es menor: Tenenbaum escucha, mientras maneja, un episodio del podcast de Ezra Klein (p. 19). Klein no es un polemista marginal ni un reaccionario externo al campo progresista; es columnista del New York Times, fundador de Vox y representante sofisticado del liberalismo ilustrado estadounidense. En el episodio al que alude Tenenbaum, Klein reflexiona sobre la decisión de tener hijos desde una lógica deliberativa en la que cálculo, responsabilidad y planificación consciente organizan el horizonte moral de la vida privada. Lo que incomoda a Tenenbaum no es tanto el contenido como el tono normativo implícito en esa deliberación constante, la sensación de que incluso las decisiones íntimas deben pasar por un filtro racional exhaustivo y justificarse en términos éticos. Sin embargo, al presentar esa posición como una generalización producida desde una “burbuja” liberal, el argumento de Klein aparece ligeramente simplificado y convertido en ejemplo de exceso reflexivo. Ese achatamiento no es casual: le permite a Tenenbaum ocupar un lugar intermedio que no rompe con el liberalismo ilustrado, pero tampoco se identifica con su versión tecnocrática. Ezra Klein no funciona como enemigo ideológico sino como adversario interno, necesario para calibrar una posición dentro del mismo campo cultural progresista. La operación no implica abandonar el liberalismo, sino refinarlo.

La Metamorfosis del Autor

El segundo gesto estructural del capítulo aparece cuando Tenenbaum afirma que “cualquier persona… sabe hoy que ha llegado tarde a todo. Se ha escrito muchísimo sobre cualquier tema y pretender decir algo sensato es enredarse en infinitas citas” (p. 15). Esta frase, que podría leerse como una constatación banal sobre la saturación cultural contemporánea, funciona en realidad como una economía afectiva que produce un tipo específico de sujeto intelectual. La sensación de haber llegado tarde no describe una imposibilidad epistemológica absoluta, sino una experiencia de sobreexposición frente a un archivo infinito y digitalizado. La investigación, lejos de aparecer como condición mínima de legitimidad, es presentada como riesgo de paralización, como amenaza de quedar atrapado en una red interminable de referencias. En ese desplazamiento se produce el cambio decisivo: si todo ya fue dicho, el problema deja de ser qué saber y pasa a ser cómo intervenir sin sobreactuar autoridad. El ensayo deja de aspirar a reorganizar el campo del conocimiento y pasa a gestionar su propia legibilidad en un espacio saturado. La melancolía de “llegar tarde” funciona así como coartada productiva que habilita el reemplazo de la densidad argumentativa por la calibración del tono.

En Tamara Tenenbaum el problema no es que falte profundidad, sino que la profundidad dejó de ser el criterio de legitimación. Lo que manda ahora es la calibración del yo dentro de una cultura saturada de circulación.

Los Clásicos como Estrategia de Auto-Posicionamiento

Este desplazamiento se explicita cuando Tenenbaum critica los ensayos “blindados a la crítica” donde “si yo lo siento así es porque es así” (p. 21) y propone en su lugar “la modestia como método… la que te da el permiso para el descaro” (p. 23). Más aún, afirma que “lo único que importa es el tono” (p. 24). La modestia no opera aquí como reducción de la autoridad, sino como su reconfiguración estratégica. La autoridad deja de fundarse en la mediación histórica rigurosa o en el trabajo conceptual acumulativo y pasa a legitimarse por disponibilidad conversacional. La verdad no se prueba mediante confrontación con el objeto ni mediante densidad argumentativa, sino que se vuelve discutible en un clima de apertura. La figura del intelectual ya no es la del sujeto que asume el peso de la tradición y del archivo, sino la del sujeto que administra su intervención para no sonar expulsivo. En ese contexto, la tradición puede convertirse en dispositivo portátil, en recurso citacional que legitima sin exigir investigación exhaustiva. El clásico deja de ser problema histórico y se vuelve herramienta de posicionamiento.

El momento más revelador de esta operación aparece cuando Tenenbaum afirma que Un cuarto propio no es “mi cita de autoridad”, sino “mi I Ching y mi abecedario, un oráculo que me da palabras y temas” (p. 28), y cuando agrega que escribe “sobre lo que quiero… pero solamente sobre cosas que puedo encontrar en Un cuarto propio” (p. 29). La instrumentalización es explícita y deliberada. Woolf no aparece como sujeto histórico situado en la crisis de la clase liberal británica, miembro de Bloomsbury, heredera del helenismo moralizado de John Ruskin y Pater y escribiendo bajo la sombra de la Primera Guerra Mundial, sino como dispositivo formal que impone una restricción creativa. Sin embargo, en Woolf el “cuarto propio” no es una técnica estilística sino una intervención política material: dinero y tiempo como condiciones estructurales para sustraerse de un orden patriarcal concreto. Cuando Tenenbaum escribe que “necesitaba algo que viniera de otra época para hablar de la mía” (p. 31), la tradición deja de ser objeto de investigación histórica y se convierte en distancia legitimadora. Woolf, que escribió contra la autoridad clásica masculina, es convertida en clásico funcional que estabiliza una posición contemporánea.

Una Cuestión de Género (Literario)

En el ensayo clásico —sea en Montaigne, Woolf o Adorno— la primera persona no sustituye el mundo, sino que lo atraviesa y lo intensifica. La subjetividad no elimina la mediación histórica; la asume como condición de posibilidad. La forma no opera como talismán legitimador sino como problema que obliga a confrontar el objeto. En el capítulo 1 de Tenenbaum, en cambio, la autoridad ya no surge del conflicto con el objeto sino de la administración del lugar desde donde se habla. Antes, la autoridad se construía por densidad; ahora se construye por calibración. En un régimen cultural donde el archivo es infinito y accesible, el problema no es organizarlo sino circular en él sin volverse intolerable. La ética del tono se vuelve así perfectamente compatible con una cultura donde la circulación importa más que la acumulación y donde la legitimidad depende menos del peso conceptual que de la atmósfera conversacional.

El episodio en el que Tenenbaum evoca la conferencia de Woolf ante mujeres sindicalizadas —el texto “The Intellectual Status of Women” (1929)— revela otra dimensión del desplazamiento. La escena es presentada como continuidad feminista coherente entre escritora y mujeres trabajadoras, pero la Inglaterra de entreguerras era profundamente clasista y la distancia entre Bloomsbury y el sindicalismo femenino era material y educativa. Woolf no hablaba como representante orgánica del proletariado, sino desde una posición ambigua y consciente de su lugar de clase. Al suavizar esa fractura, la intervención histórica se vuelve armónica y pierde espesor político. El conflicto de clase, que daba densidad a la escena, se diluye en continuidad simbólica.

Finalmente, cuando Tenenbaum sostiene que escribir sobre otras realidades sirve para mostrar que “una siempre está inventando e imaginando” (p. 34), incluso en relación con identidades propias, el argumento adopta una apariencia anti-esencialista. Sin embargo, si toda identidad se reduce a imaginación, la asimetría material entre quien escribe y quien es escrito corre el riesgo de diluirse. La desigualdad estructural puede subsumirse en diferencia narrativa y la pregunta por el conocimiento del otro puede desplazarse hacia la pregunta por el tono con que se habla del otro. La autoridad deja de ser responsabilidad frente a lo real y se convierte en cuestión de atmósfera.

La Modestia como Arma

El capítulo 1 no constituye un alegato contra la autoridad; constituye un manual implícito de cómo ejercerla sin parecer que se la ejerce. No abandona el centro del campo cultural; lo ocupa con flexibilidad. No rompe con el mandato; lo internaliza y lo administra. El liberalismo cultural argentino que se piensa antifascista no está renunciando al poder; está aprendiendo a ejercerlo con modestia performativa y gestión constante de su posición. El problema no es que se haya perdido profundidad; el problema es que la profundidad ya no es el criterio de legitimación. Esa transformación, más que cualquier discusión puntual sobre Woolf o sobre el feminismo, constituye el verdadero síntoma de nuestra época.

© Rodrigo Cañete, 2026. Todos los derechos reservados. Este texto no puede ser reproducido, distribuido ni citado extensamente sin autorización expresa del autor.

Una respuesta a «El “Yo Modesto” como Management Cultural: Tamara Tenenbaum y la Ingeniería del Sujeto Liberal (Reseña del Capítulo 1 de Un Millón de Cuartos Propios)»

  1. Carrie Bradshaw made in Puan.

    Saludos, ES.

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