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Horas después de estrenar La Mala Educación, que analiza la política de negación y mantenimiento en el sistema cultural argentino, irrumpe la detención de Andrew Mountbatten-Windsor por el caso Epstein. No comparo delitos: comparo mecanismos. Excepcionalismo, dilación, discurso humanista para sostener el orden mientras la evidencia se acumula.
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A horas de estrenar la última edición de La Mala Educación, centrada en las políticas de negación y mantenimiento en el sistema cultural argentino, irrumpe una noticia que parece provenir de otro universo pero que, en realidad, no es tan diferente, al menos, en su funcionamiento: la detención del príncipe Andrew Mountbatten-Windsor en el marco de la reactivación del escándalo Epstein. La analogía no es caprichosa. No se trata de comparar magnitudes penales ni de equiparar situaciones jurídicas. Se trata de observar un mecanismo común: la administración del descrédito, la dilación estratégica, la teología del mantenimiento institucional y el excepcionalismo legal que protege a ciertas figuras mientras el discurso en público insiste en la bondad, la humanidad y la estabilidad como valores superiores.

En la edición que acaba de publicarse, la discusión giraba en torno a la entrevista entre Alicia de Arteaga y Victoria Noorthoorn en el programa de la primera en Radio Cultura. Allí se desplegaba un lenguaje saturado de palabras absolutas —“comunidad”, “efervescencia”, “bondad”, “generosidad”, “potencia”, “historia”, “memoria”— que funcionaba como envoltura retórica de un modelo cultural agotado. Un modelo donde el arte se presenta como inversión, como desarrollo económico, como herramienta de prestigio internacional; donde el museo público legitima para que luego el mercado global consagre; donde la cultura no es gasto sino motor productivo. Una suerte de humanismo administrativo que evita nombrar los dilemnas materiales que atraviesan la sociedad.
En el episodio, la charla Arteaga–Noorthoorn funciona como escena modelo: palabras absolutas (“comunidad”, “efervescencia”, “bondad”) para envolver un modelo cultural agotado. Arte como “inversión”, museo como legitimador y el mercado global como consagración. Humanismo administrativo que evita nombrar los dilemas materiales.
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En paralelo, la noticia sobre Andrew reabre la pregunta por la capacidad de las instituciones para sostener su propio relato frente a la evidencia acumulada. El eje no es únicamente la conducta personal del príncipe, sino la persistencia del mantenimiento monárquico. Durante años, la estrategia fue clara: negar, posponer, negociar en privado, apelar a la excepcionalidad simbólica de la Corona. El orden se sostenía porque parecía inconmovible. La entrevista de Emily Maitlis de hace unos años había sido un punto de inflexión, pero el dispositivo resistía. Hasta que la liberación progresiva de los llamados Epstein files reactivó el circuito.

Lo interesante es el patrón: cada intento de clausura —desde la Casa Blanca o desde Buckingham— produce el efecto contrario. Cada gesto de silenciamiento amplifica la sospecha. La etica del mantenimiento ya no tranquiliza sino que es un boomerang. En el caso argentino, la política de mantenimiento adopta otra forma. No hay una monarquía, pero hay una aristocracia simbólica. Hay nombres que circulan con inmunidad discursiva. Marta Minujín es presentada en la entrevista radial no tanto como artista sino como persona: “bella”, “generosa”, “visionaria”, “humilde”. El énfasis se desplaza de la obra a la cualidad moral. La valoración personal de Noorthoorn y de Arteaga la blindan. Y, sin embargo, la historia incluye episodios incómodos: la detención en Ezeiza por posesión de estupefacientes en 2004, resuelta sin consecuencias mayores; la propuesta de construir una Margaret Thatcher de roast beef para ser devorada en Plaza de Mayo durante la guerra de Malvinas; el entorno financiero familiar vinculado a JP Morgan y a reuniones sensibles previas a movimientos cambiarios. No se trata de acusaciones nuevas. Se trata de observar el tratamiento diferencial.
El caso Andrew no es solo personal: es institucional. Durante años funcionó la lógica de negar, dilatar, negociar en privado y apelar a la excepcionalidad simbólica. El orden parecía inconmovible hasta que los documentos comenzaron a circular. Cada intento de clausura amplifica la sospecha. El mantenimiento deja de tranquilizar y se vuelve boomerang.
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El excepcionalismo legal no siempre es explícito; muchas veces opera como presunción cultural. Hay figuras para las cuales la transgresión se lee como excentricidad, como gesto performático, como anécdota. Otras, en cambio, pagan con cárcel efectiva por infracciones similares. La etica de mantenimiento del statu quo de la elite produce y depende de la asimetría jurídica.

La conversación entre Arteaga y Noorthoorn está atravesada por una convicción: el arte argentino constituye “una de las comunidades más efervescentes del mundo”. Esa frase funciona como mito fundacional. No es descriptiva; es aspiracional. La repetición crea realidad simbólica, pero no modifica la estructura del mercado internacional donde el arte argentino continúa siendo marginal salvo excepciones contadas. La brecha entre autoimagen y reconocimiento externo se resuelve mediante más retórica, no mediante revisión crítica del modelo.

En Estados Unidos, el caso Talarico-Colbert introduce otra dimensión. James Talarico, seminarista y político texano, cuestiona la apropiación del cristianismo por el nacionalismo blanco. La reacción del Trumpimo para limitar su visibilidad mediante censura velada pone en evidencia la fragilidad del núcleo evangelista que sostenia al gobierno. Cuando la base evangelista comienza a fisurarse, el edificio político tiembla. El mantenimiento religioso deja de ser suficiente.
La comparación no busca equiparar realidades sino iluminar una estructura compartida: cuando el relato que legitima al poder pierde eficacia, la estrategia es intensificar el relato, no revisarlo. Buckingham insiste en la deferencia histórica. La elite cultural argentina insiste en la “potencia” y la “efervescencia del grupo de artistas argentinos de gran calidad”. La Casa Blanca insiste en que “no hay nada que ver” en los archivos. El discurso humanista funciona como amortiguador.

En la entrevista radial, la idea de política pública cultural aparece bajo la forma de incentivos fiscales, de mecenazgo, de modelos brasileños y franceses. La cultura como inversión productiva. Pero en un contexto de crisis sanitaria y social, esa propuesta suena desconectada de la realidad. No por ser ilegítima en abstracto, sino por su anacronismo situacional. El modelo Tate Modern —turismo, gentrificación, retorno financiero— fue la hoja de ruta de principios de siglo. Hoy, con una Argentina carísima y un tejido social precarizado, repetir esa fórmula sin revisar sus condiciones materiales evidencia una vida en una burbuja o hijadeputez.
El mantenimiento institucional en la monarquía británica se basaba en una teología secular: la Corona como símbolo supra-político, garante de continuidad. El mantenimiento cultural argentino se basa en otra teología: el arte como bien redentor, como esfera superior que trasciende coyunturas. Ambas narrativas dependen de la creencia en su excepcionalidad.Lo que muestran los Epstein files es que la excepcionalidad puede convertirse en vulnerabilidad. Cuando los documentos circulan, la opacidad se acaba. La pregunta no es sólo jurídica, sino simbólica: ¿qué ocurre cuando el mito pierde aura?
En la conversación radial, el museo es presentado como “casa de los artistas”. El rol público se define como acompañamiento, aval, legitimación. Pero esa misma legitimación presupone, según Noorthoorn y la derecha, un salto posterior hacia el mercado internacional. El reconocimiento global es el horizonte implícito. Sin embargo, la estructura global que debía absorber esa legitimación muestra fisuras morales profundas: banqueros vinculados a escándalos de abuso, redes financieras cuestionadas, líderes políticos asociados a figuras polémicas. El circuito de consagración no es neutro. Está lejos de serlo.
Patrón común: cuando el relato de legitimación pierde eficacia, la respuesta es intensificarlo, no revisarlo. Buckingham insiste en la deferencia histórica; la élite cultural argentina insiste en “potencia” y “efervescencia”; la política insiste en “no hay nada que ver”. El humanismo opera como amortiguador hasta que la evidencia lo perfora.
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Cuando la cultura se convierte en cortina, no necesariamente miente; simplemente distrae. La exaltación de la comunidad artística puede coexistir con una economía cultural frágil. La defensa del humanismo puede coexistir con desigualdad estructural. La monarquía puede apelar a la tradición mientras negocia acuerdos confidenciales. El punto de contacto entre ambas escenas —la argentina y la británica— es la tensión entre relato y evidencia. Durante años, el mantenimiento del statu quo fue eficaz. El que criticaba era un loco, un resentido o un marginal. La entrevista de Maitlis con Andrew fue un quiebre, pero no fue suficiente. La acumulación documental terminó de desestabilizar el equilibrio. Del mismo modo, en el ámbito cultural argentino, la repetición de la narrativa de “efervescencia” sostiene la ilusión de centralidad mientras los indicadores internacionales cuentan otra historia.

La pregunta final no es si la monarquía caerá o si el modelo cultural argentino fracasó definitivamente. La pregunta es qué ocurre cuando la política de mantenimiento deja de ser creíble. Cuando la apelación a la bondad, la generosidad y la comunidad ya no alcanza para neutralizar las contradicciones. La noticia sobre Andrew aparece como espejo involuntario de lo discutido, horas antes en premiere, en La Mala Educación. Muestra que ningún orden es inmune a la exposición documental. Que el excepcionalismo legal tiene límites temporales. Que el humanismo retórico no sustituye la rendición de cuentas.
En Argentina, la cultura ha funcionado muchas veces como espacio de reparación simbólica. Pero cuando esa reparación se transforma en dispositivo de negación —cuando la narrativa de potencia encubre fragilidad estructural— se convierte en cortina. No en mentira, sino en desplazamiento de foco. La analogía, entonces, no es moral. Allí donde una institución se sostiene por tradición y deferencia, el mantenimiento es política. Allí donde una elite cultural se sostiene por legitimación recíproca y lenguaje absolutista, el mantenimiento es estetizar la corrupcion. En ambos casos, la irrupción de documentos, de datos o de crisis externas puede desestabilizar el equilibrio.

El momento actual parece marcar un punto de inflexión global: la convergencia entre poder financiero, político y simbólico ya no se percibe como garantía de estabilidad sino como red vulnerable a la exposición. Las grietas no implican colapso inmediato, pero sí pérdida de aura. Quizá la lección compartida sea que el mantenimiento prolongado sin revisión crítica erosiona la confianza pública. Y que el discurso “humanista”, cuando se desconecta de la materialidad social, pierde eficacia. La cultura puede ser motor productivo, pero también puede convertirse en dispositivo de distracción. La monarquía puede ser símbolo histórico, pero también puede volverse peso institucional.
A horas del estreno de La Mala Educación, la noticia británica no confirma una tesis; la amplifica. No se trata de celebrar caídas ni de anticipar derrumbes. Se trata de reconocer que el paradigma de excepcionalidad —sea cultural, financiera o monárquica— enfrenta hoy un examen documental que no puede neutralizarse sólo con palabras. El mantenimiento ya no garantiza silencio. Y cuando el silencio se rompe, el relato debe transformarse o perder vigencia.
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© Rodrigo Cañete, 2026. Todos los derechos reservados.
Andrew Arrested: The End of a Theology of Impunity?
Just hours after premiering the latest episode of La Mala Educación, focused on the politics of denial and institutional maintenance within the Argentine cultural system, a piece of news broke that seemed to come from another universe but in fact operates through a strikingly similar logic: the arrest of Prince Andrew Mountbatten-Windsor amid the renewed fallout from the Epstein scandal. The analogy is not gratuitous. This is not about equating criminal magnitudes or legal situations. It is about identifying a shared mechanism: the management of disrepute, strategic delay, institutional self-preservation, and a form of legal exceptionalism that shields certain figures while public discourse insists on goodness, humanity, and stability as supreme values.
Hours after the premiere of La Mala Educación, which analyzed denial politics and institutional maintenance in Argentine culture, Prince Andrew’s detention over the reactivated Epstein files erupts. Different contexts, same mechanism: delay, protection, and exceptionalism until the documents crack the aura.
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In the episode that just aired, the discussion centered on the interview between Alicia de Arteaga and Victoria Noorthoorn on the former’s Radio Cultura program. What unfolded there was a language saturated with absolute terms — “community,” “effervescence,” “goodness,” “generosity,” “potential,” “history,” “memory” — functioning as rhetorical wrapping for an exhausted cultural model. A model in which art is framed as investment, as economic development, as a vehicle of international prestige; in which the public museum legitimizes so that the global market may later consecrate; in which culture is not expenditure but productive engine. A kind of administrative humanism that carefully avoids naming the material dilemmas traversing society.
Parallel to that, the news surrounding Andrew reopens the question of institutional capacity to sustain its own narrative in the face of accumulated evidence. The axis is not merely the prince’s personal conduct, but the persistence of monarchical maintenance. For years the strategy was clear: deny, postpone, negotiate privately, appeal to the symbolic exceptionalism of the Crown. The order held because it seemed immovable. Emily Maitlis’s interview years ago marked a turning point, but the apparatus endured. Until the gradual release of the so-called Epstein files reignited the circuit.What matters is the pattern: each attempt at closure — whether from the White House or Buckingham Palace — produces the opposite effect. Each gesture of silencing amplifies suspicion. The ethics of maintenance no longer soothes; it rebounds.

In Argentina, maintenance politics takes a different form. There is no monarchy, but there is symbolic aristocracy. Names circulate with discursive immunity. Marta Minujín is presented in the radio interview not primarily as an artist but as a person: “beautiful,” “generous,” “visionary,” “humble.” The emphasis shifts from work to moral character. The personal valuations by Noorthoorn and Arteaga act as insulation. And yet the record includes uncomfortable episodes: her detention at Ezeiza airport in 2004 for drug possession, resolved without significant consequences; her proposal during the Malvinas war to construct a giant Margaret Thatcher made of roast beef to be consumed in Plaza de Mayo; a financial family environment linked to JP Morgan and to sensitive meetings preceding currency movements. These are not new accusations. They are instances of differential treatment. Legal exceptionalism is not always explicit; often it operates as cultural presumption. There are figures for whom transgression reads as eccentricity, as performative gesture, as anecdote. Others serve effective prison time for similar infractions. Maintenance ethics depends on juridical asymmetry.
The conversation between Arteaga and Noorthoorn is traversed by a conviction: Argentine art constitutes “one of the most effervescent communities in the world.” The phrase functions as founding myth. It is not descriptive; it is aspirational. Repetition generates symbolic reality, but it does not alter the structure of the international market in which Argentine art remains marginal, save for a handful of exceptions. The gap between self-image and external recognition is resolved through more rhetoric, not through critical revision of the model.

In the United States, the Talarico–Colbert episode adds another layer. James Talarico, seminarian and Texas politician, challenges the appropriation of Christianity by white Christian nationalism. The attempt to curtail his visibility through regulatory pressure exposes the fragility of the evangelical core sustaining Trumpism. When that base fissures, the political edifice trembles. Religious maintenance ceases to suffice. The comparison does not equate realities; it illuminates structure. When the narrative legitimizing power loses efficacy, the strategy is to intensify the narrative, not revise it. Buckingham invokes historical deference. Argentina’s cultural elite invokes “potency” and “effervescence.” The White House insists there is “nothing to see” in the files. Humanist discourse operates as shock absorber.
Andrew Mountbatten-Windsor detained hours after La Mala Educación examined denial, institutional maintenance, and cultural exceptionalism. Different scales, same mechanism: delay, symbolic immunity, and the rhetoric of goodness shielding power—until documents force the reckoning.
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In the radio interview, cultural public policy appears through fiscal incentives, patronage laws, Brazilian and French models. Culture as productive investment. Yet in a context of healthcare and social crisis, such proposals sound detached from lived reality. Not illegitimate in abstraction, but situationally anachronistic. The Tate Modern model — tourism, gentrification, financial return — structured early 2000s policy. Today, with Argentina prohibitively expensive and socially precarious, repeating that formula without revising its material conditions reveals either bubble thinking or callousness.

Monarchical maintenance rests on a secular theology: the Crown as supra-political continuity. Argentine cultural maintenance rests on another theology: art as redemptive sphere transcending conjuncture. Both depend on belief in exceptionalism. The Epstein files demonstrate how exceptionalism mutates into vulnerability. When documents circulate, opacity ends. The question is not only juridical but symbolic: what happens when aura dissipates?
In the interview, the museum is presented as “the house of artists.” Its public role defined as accompaniment, endorsement, legitimation. Yet that legitimation presupposes a later leap into the global market. International recognition remains the implicit horizon. But the global structure meant to absorb that legitimacy now displays profound moral fissures: bankers linked to abuse scandals, financial networks under scrutiny, political leaders entangled in controversy. The consecration circuit is anything but neutral. When culture becomes curtain, it need not lie; it distracts. The exaltation of artistic community can coexist with a fragile cultural economy. Humanist rhetoric can coexist with structural inequality. Monarchy can invoke tradition while negotiating confidential settlements. The shared tension is between narrative and evidence. For years maintenance worked. The critic was dismissed as resentful or marginal. Maitlis’s interview cracked the surface; documentation destabilized the balance. Likewise in Argentina, repetition of “effervescence” sustains illusion of centrality while indicators tell another story.

The final question is not whether the monarchy collapses or whether Argentina’s cultural model definitively fails. The question is what happens when maintenance politics ceases to convince. When appeals to goodness, generosity, and community no longer neutralize contradiction. The British news does not confirm a thesis; it magnifies it. No order is immune to documentation. Legal exceptionalism has temporal limits. Rhetorical humanism cannot substitute accountability.
Culture has long functioned in Argentina as symbolic repair. But when repair becomes denial — when potency narrative conceals structural fragility — it becomes curtain. Not falsehood, but displacement. The analogy is not moral; it is structural. Where tradition sustains institution, maintenance is policy. Where reciprocal legitimation and absolutist language sustain elite culture, maintenance aestheticizes corruption. In both cases, documents, data, or crisis can destabilize equilibrium.

Common pattern: when the narrative of legitimacy loses effectiveness, the response is to intensify it, not to revise it. Buckingham insists on historical deference; the Argentine cultural elite insists on “potency” and “effervescence”; politics insists there is “nothing to see.” Humanism functions as a buffer—until evidence pierces it.
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The present moment signals a broader inflection: the convergence of financial, political, and symbolic power is no longer perceived as guarantee of stability but as network vulnerable to exposure. Cracks do not equal collapse, but they do erode aura. The shared lesson may be that prolonged maintenance without critical revision corrodes public trust. Humanist discourse detached from social materiality loses force. Culture can be productive engine; it can also be distraction apparatus. Monarchy can be historical symbol; it can also become institutional burden.
Hours after La Mala Educación premiered, British news did not create the argument; it refracted it. This is not about celebrating downfall. It is about recognizing that paradigms of exceptionalism — cultural, financial, monarchical — now face documentary scrutiny that words alone cannot neutralize. Maintenance no longer guarantees silence. When silence breaks, the narrative must transform or expire.
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