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En la clase reciente sobre Tirso de Molina, Las Meninas y Las Hilanderas insistíamos en una idea que suele perderse cuando se habla del Barroco español: la corte no era simplemente un centro administrativo o político. Era, ante todo, una escena. El poder de los Austrias no se organizaba únicamente a través de decretos, guerras o estructuras burocráticas, sino mediante un complejo sistema de representación pública. El teatro, los retratos cortesanos, las ceremonias y los rituales de aparición del rey funcionaban como dispositivos destinados a ordenar visualmente la jerarquía social. Cada figura ocupaba un lugar en esa escena. Cada gesto confirmaba o reforzaba una posición en el orden político. La corte era, en ese sentido, un verdadero teatro del poder.

El teatro de Tirso de Molina permite entender muy bien ese funcionamiento porque sus comedias muestran hasta qué punto las identidades sociales se construyen en escena. Los personajes intercambian posiciones, adoptan roles, ocultan o revelan su identidad según la situación dramática. La sociedad aparece como una estructura de papeles representados más que como un sistema completamente estable. Lo que define a cada personaje no es sólo quién es, sino cómo aparece ante los demás.

Velázquez traslada ese problema al terreno de la pintura. En Las Meninas, el poder no aparece como una figura central que domina el cuadro de manera evidente. Aparece como una red de relaciones visuales. Las miradas cruzadas entre la infanta, los sirvientes, el pintor y el espectador construyen una escena en la que el sujeto se define a través de su posición dentro del campo de observación. Nadie ocupa el centro absoluto. La autoridad se articula en un sistema de reconocimiento mutuo. La pintura revela que el poder no es simplemente una propiedad personal: es una relación escénica.

Algo parecido ocurre en Las Hilanderas. Allí Velázquez construye una escena en dos planos. En primer término vemos un taller textil aparentemente cotidiano, con mujeres trabajando frente al telar. Pero en el fondo aparece otra escena: la representación del mito de Aracne y Minerva, es decir, la historia de una disputa sobre la capacidad de imitar y producir imágenes. El cuadro revela que incluso el trabajo aparentemente más doméstico está atravesado por una reflexión sobre el arte, la representación y la autoridad simbólica.

Ese marco teórico puede parecer muy distante de la política contemporánea. Sin embargo, basta observar con atención lo ocurrido durante la llamada Argentina Week en Nueva York para advertir hasta qué punto esa lógica barroca de la representación sigue funcionando.

Lo que se vio en el consulado argentino en Nueva York no fue simplemente una reunión empresarial o un encuentro técnico para promover inversiones. Fue una escenificación del poder económico argentino en estado esquizofrénico. Los nombres presentes eran los de una buena parte del establishment: Bulgheroni, Elsztain, Manzano, ejecutivos de bancos, grandes empresarios industriales, representantes financieros globales. El edificio del consulado desbordado de asistentes, empresarios apretados en escaleras y pasillos, conversaciones simultáneas entre figuras centrales del mundo económico.

El consulado funcionó, literalmente, como escenario. Los empresarios ocuparon el lugar de los personajes de la corte económica. Y el presidente apareció como la figura central alrededor de la cual se organizaba la dramaturgia política.

Pero lo interesante de esa escena no es solamente su espectacularidad. Es la contradicción que se vuelve visible dentro de ella. Muchos de los empresarios que viajaron a Nueva York lo hicieron para acercarse al poder político, para rodear al presidente y mostrar apoyo al programa económico. Sin embargo, esos mismos empresarios describen al mismo tiempo situaciones muy diferentes dentro de sus propias empresas: reconversiones productivas, despidos, caída del consumo o dificultades para sostener ciertos sectores del mercado interno. Y para colmo fueron insultados por ese mismo Presidente. La elite financiera, económica y política argentina actuando en loop traumático.

En otras palabras, la escena mostraba confianza y respaldo, mientras la realidad económica que conocen los propios empresarios aparecía llena de tensiones. Esa disociación no es un fenómeno nuevo. La España del siglo XVII vivió algo parecido. Mientras la corte desplegaba ceremonias, retratos y espectáculos que afirmaban la estabilidad del poder imperial, la economía atravesaba crisis fiscales profundas, inflación monetaria y dificultades estructurales.

En ese contexto, el teatro y la pintura no ocultaban completamente la crisis, pero permitían administrar simbólicamente la percepción del orden. La representación funcionaba como una forma de estabilización visual.

La escena del consulado en Nueva York puede leerse de manera similar. No como un simple evento empresarial, sino como una puesta en escena del vínculo entre poder político y poder económico. Una representación destinada a mostrar alineamiento, confianza y cercanía en un momento en que la economía todavía no ofrece señales claras de recuperación.

El propio comportamiento del empresariado revela otra dimensión interesante. Muchos de los asistentes combinan apoyo político con críticas privadas. Algunos explican esa posición por conveniencia, otros por afinidad ideológica y otros por temor a que el fracaso del actual programa económico abra la puerta a alternativas políticas que consideran aún más problemáticas. El resultado es una especie de coexistencia entre diagnóstico crítico y respaldo público en estado de suspenso. En el cine esto seria un thriller.

Esa ambigüedad también tiene antecedentes históricos. En la corte barroca, la proximidad al poder era al mismo tiempo una estrategia de supervivencia política y una forma de participar en la representación del orden. Estar presente en la escena era, en sí mismo, una declaración de pertenencia.

Por eso el paralelo con el Barroco resulta tan útil. En el siglo XVII, la corte organizaba ceremonias, representaciones teatrales y retratos que definían quién pertenecía al círculo del poder. En el siglo XXI, las cumbres empresariales, los roadshows financieros y los eventos diplomáticos cumplen una función sorprendentemente similar. No sólo transmiten información económica. También construyen imágenes de legitimidad.

La pregunta que se abre entonces es la misma que Velázquez planteaba en sus pinturas: qué ocurre cuando la representación comienza a cargar con más peso que la realidad que debería sostenerla. En Las Meninas, el artista responde haciendo visible el propio mecanismo de representación. El cuadro no oculta que el poder se construye en escena; lo muestra.

Tal vez por eso esas obras siguen siendo tan actuales. Nos recuerdan que toda estructura de poder necesita ser representada para existir públicamente. Y que cada representación, por más sólida que parezca, siempre depende de un equilibrio entre lo que se muestra y lo que realmente ocurre.

Este análisis forma parte del episodio 11 del curso De El Greco a Velázquez, que acaba de publicarse y está disponible para miembros pagos del canal. Si te interesa entender cómo el arte del Siglo de Oro permite pensar problemas contemporáneos —desde la representación del poder hasta las formas actuales de legitimación política— podés acceder a ese episodio y a todos los cursos completos haciéndote miembro del canal.

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