Uno de los comentaristas, miembros de nuestra comunidad, @PatricioSosa5904, dijo lo siguiente: “Beltrán Briones es el último eslabón del Homo economicus de Leopoldo Marechal. Una especie agónica que hoy está de moda. Un homúnculo risible pero peligroso.”
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La observación es brillante porque permite leer el fenómeno que analizamos ayer en el streaming —la figura de Beltrán Briones, el trader adolescente, la “novia médica” convertida en capital simbólico dentro del espectáculo del emprendimiento— como algo más que una excentricidad de redes sociales. Lo que estamos viendo es la reaparición, en versión algorítmica, de una vieja figura cultural argentina: el homo economicus caricaturesco, el sujeto que reduce toda forma de vida a cálculo, oportunidad y acumulación.

Para entender el origen intelectual de este tipo humano hay que mirar una genealogía bastante clara. En el plano global, uno de los textos fundacionales de esta cultura del signo vacío trader-empresarial adolescente plataformizado es Padre Rico, Padre Pobre de Robert Kiyosaki, un libro que popularizó la idea de que la educación formal produce empleados pero no riqueza. La tesis es simple y brutal: el verdadero saber no está en la universidad sino en la capacidad de generar activos, invertir, vender y escalar ingresos. Esa literatura de autoayuda financiera produjo una transformación cultural profunda: desplazó el ideal del profesional ilustrado por el del emprendedor autodidacta, el sujeto que convierte su vida en proyecto empresarial permanente.
En el plano global, uno de los textos fundacionales de esta cultura del adolescente interfaz es Padre Rico, Padre Pobre de Kiyosaki, un libro que popularizó la idea de que el verdadero saber no está en la universidad sino generar activos. El capital manda aunque sea bruto y esto es presentado como moralmente valioso. La herencia cultural Macrista.
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Más allá de las discusiones económicas, la verdadera política cultural de Macri fue la importación de una ética empresarial muy específica, cercana a la teoría de la “clase creativa” de Richard Florida del que su Ministro de Cultura en la Ciudad, Avogadro era seguidor ciego. Según Florida, las ciudades prosperan cuando logran atraer talento, innovación, creatividad y espíritu emprendedor. En su versión argentina esa idea derivó en una estética del emprendedorismo permanente y barrios de las artes fracasados: coworkings, start-ups, cultura de pitch, networking y marca personal. El éxito dejó de pensarse en términos de institución o trayectoria y empezó a narrarse como performance individual. En honor a la verdad, todo tenia que ver con el negocio inmobiliario y la gentrificación que hoy afecta a gran cantidad de Argentinos, mientras Milei desfinancia el transporte publico y las vías de acceso. Finalmente, Argentina experimentara el siglo XII a la Europea como siempre quizo.
La verdadera política cultural de Macri siguió la teoría de la “clase creativa” de Richard Florida de la que su Ministro de Cultura en la Ciudad, Enrique Avogadro era ciego seguidor. Una estética del emprendedor permanente en la que el éxito dejó de pensarse en términos de calidad y empezó a narrarse como performance. Detrás, negocio inmobiliario y gentrificación mientras Milei hoy desfinancia el transporte publico y las comunicaciones físicas. Argentina experimenta, por fín, el siglo XI europeo que tanto la calentaba.
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El COVID aceleró este proceso. Con el colapso de muchas instituciones tradicionales —universidad, trabajo estable, escalera profesional— el modelo del emprendedor de plataforma se volvió dominante. De ahí emergen figuras como Beltrán Briones o el trader adolescente que analizamos ayer: sujetos que no organizan su identidad alrededor de un oficio sino alrededor de la relación directa con el dinero, el mercado y la visibilidad digital. La pedagogía del éxito se vuelve contenido. El capital se vuelve narrativa. Y el empresario se transforma en una mezcla de influencer, coach y operador de algoritmo.
Con Briones, el empresario se transforma en una mezcla de influencer, coach y operador de algoritmo. Su novia, más inteligente que él, increíblemente, le presta atención. Esto confirma lo que pienso: la mujer argentina es su peor enemiga.
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Para entender la lógica discursiva que sostiene este mundo es útil el marco teórico del libro On Bullshit de Harry Frankfurt. Frankfurt distingue entre el mentiroso y el bullshitter: el mentiroso todavía reconoce la existencia de la verdad y la distorsiona; el bullshitter, en cambio, es indiferente a la verdad. Su objetivo no es describir la realidad sino producir un efecto persuasivo. En ese sentido, el ecosistema del emprendimiento digital funciona muchas veces bajo la lógica del bullshitting: métricas de éxito exhibidas sin contexto, narrativas de ascenso personal, mentorías, métodos y fórmulas que prometen acceso a una vida extraordinaria sin necesidad de conocimiento institucional profundo.

Beltrán Briones es interesante porque encarna esa transición en clave argentina. No es el empresario industrial ni el financista global; es un post-entrepreneur de plataforma que produce simultáneamente edificios, contenido y pedagogía aspiracional. Habla en términos de conversiones, prospectos, reservas y visualizaciones. Y al mismo tiempo formula una teoría social reaccionaria del país: la Argentina real, según él, no la mueven los educados sino los que tienen caja. El resultado es exactamente el que sugería el comentario de @PatricioSosa5904: un homúnculo económico que puede parecer risible, pero que en realidad revela algo mucho más profundo sobre la cultura de nuestra época.




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