En el episodio de hoy tomamos como punto de partida un evento aparentemente menor —el cumpleaños “cozy” de Javier Iturrioz— para leer algo bastante más estructural: el estado actual de una sociabilidad de élite que ya no logra sostener ni su propio código estético. Iturrioz, figura social con genealogía oligárquica (sobrino de Onganía), hizo de su cumpleaños una tradición desde los 1990s. El suyo no era un mero festejo privado, sino una escena de autoafirmación de una clase ya tambaleante: ritual, selección de invitados, escenografía, gusto. Lo que vemos hoy, sin embargo, no es la continuidad de ese mundo, sino un escenario de rechazados.

En el episodio de hoy tomamos como punto de partida un evento aparentemente menor —el cumpleaños “cozy” de Javier Iturrioz— para leer el estado actual de una sociabilidad de élite que ya no logra sostener ni su propio código estético.📺 Hoy 22 hs: el cumpleaños “cozy” de Iturrioz como teatro del mal gusto y síntoma de época — suscribite y, si querés más contenido exclusivo, sumate como miembro en Membresías.

Lo “cozy” del “birthday” es un síntoma de época. No de intimidad genuina, sino de una domesticación forzada de lo que antes era un ritual, por más simulacro que fuera desde sus orígenes. Donde antes había distancia, ahora hay cercanía impostada. Donde antes había códigos compartidos, hoy hay mezcla errática de figuras errantes. Y donde antes había aspiración —una voluntad de producir imagen de mundo— hoy hay algo más cercano a la inercia: una serie de cuerpos y objetos que siguen ocupando el espacio social sin terminar de saber por qué ni qué espacio es el que ocupan. No es decadencia en la acepción clásica del termino; es una forma de desorientación estética.

Donde antes había distancia, ahora hay cercanía impostada. Donde antes había códigos compartidos, hoy hay mezcla errática de figuras errantes.📺 Hoy 22 hs: el cumpleaños “cozy” de Iturrioz como teatro del mal gusto y síntoma de época — suscribite y, si querés más contenido exclusivo, sumate como miembro en Membresías.

Ahí entra el problema del gusto. No como categoría moral (“esto está bien” o “esto está mal”), sino como sistema de organización de lo sensible. El gusto, en términos históricos, fue una tecnología de clase: permitía distinguir, ordenar, jerarquizar. Lo interesante del caso Iturrioz es que ese sistema ya no parece operar ni con claridad ni con autoridad sino que lo muestra perdido. Lo que aparece en las imágenes no es un nuevo gusto consolidado, sino una especie de teatro del mal gusto: una teatralización de signos que alguna vez tuvieron valor —lo íntimo, lo chic, lo relajado— pero que hoy se presentan sin coherencia interna ni publico que se lo crea. La cuestión de la pose.

Lo que aparece en las imágenes no es un nuevo gusto consolidado, sino una especie de teatro del mal gusto: una teatralización de la pose. 📺 Hoy 22 hs: el cumpleaños “cozy” de Iturrioz como teatro del mal gusto y síntoma de época — suscribite y, si querés más contenido exclusivo, sumate como miembro en Membresías.

Ese teatro no es ingenuo. Funciona como una forma de sostener una identidad en crisis. Cuando ya no hay proyecto colectivo, cuando la posición de clase pierde estabilidad, lo que queda es la performance. Pero una performance sin guion claro. Por eso la escena resulta incómoda: no porque sea “fea”, sino porque evidencia una falla en la capacidad de adaptarse, de entender la contemporaneidad. El mal gusto, en este contexto, no es simplemente exceso o error; es síntoma de una estructura que ya no logra organizar sus propios signos.

El episodio propone entonces leer estas imágenes como documentos de época. No se trata de burlarse ni de moralizar, sino de entender qué tipo de subjetividad aparece ahí: una subjetividad que hereda formas de la vieja oligarquía, pero que ya no tiene ni el poder material ni la claridad simbólica para sostenerlas. El resultado es una escena ambigua, donde conviven restos de aspiración con gestos de repliegue, lujo diluido con intimidad performada, tradición con desconcierto.

En ese sentido, el cumpleaños “cozy” de Iturrioz no es un caso aislado. Es una alegoría de un momento más amplio: una cultura donde la teatralización reemplaza al proyecto, donde la imagen intenta compensar la pérdida de estructura, y donde el gusto —lejos de desaparecer— persiste como un campo de conflicto no resuelto. Lo que vemos no es simplemente mal gusto. Es el intento, fallido pero revelador, de seguir produciendo mundo cuando ya no hay un mundo claro que producir.

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