El streaming de ayer fue un éxito porque permitió ver algo con claridad: no estamos frente a una simple educación sexual, sino frente a una reorganización normativa del deseo. Y el libro Sexo ATR a todo ritmo lo muestra en forma de manual. Lo primero que llama la atención es ese “queremos”. ¿La educación sexual que queremos?. ¿Quiénes? La primera persona del plural funciona como refugio. No hay una voz que asuma una posición, hay una comunidad implícita que legitima. En un terreno como el sexo, esa dilución del sujeto no es inocente: el discurso se protege detrás de una moral compartida.

El streaming de ayer fue un éxito porque permitió ver algo con claridad: no estamos frente a una simple educación sexual, sino frente a una reorganización normativa del deseo. Y el libro Sexo ATR a todo ritmo lo muestra en forma de manual.

¿La educación sexual que queremos?. ¿Quiénes? La primera persona del plural funciona como refugio. No hay una voz que asuma una posición, hay una comunidad implícita que legitima. En un terreno como el sexo, esa dilución del sujeto no es inocente: el discurso se protege detrás de una moral compartida.

Luego aparecen los gráficos. El punto G masculino ilustrado con uñas negras, cuerpos codificados por colores —naranja para las mujeres, violeta para los hombres— y una pareja inequívocamente heterosexual. Al mismo tiempo, el texto aclara que las prácticas sexuales no tienen que ver con la orientación sexual. La imagen contradice la prosa. La supuesta apertura convive con una normatividad visual muy clara. Todo está organizado como una pedagogía correcta del sexo.

“La estimulación de la próstata puede hacerse inicialmente de manera externa a través del perineo y luego de manera interna a través del ano…”. La frase no tiene erotismo, ni incomodidad, ni ambivalencia. Es un instructivo. El sexo se convierte en procedimiento. En una especie de Kamasutra melancólico donde todo debe ser explicado, ordenado y funcional.

La página sobre sexo anal y hemorroides es todavía más reveladora. El problema ya no es el deseo sino el riesgo, la higiene, la lesión, la inflamación. El sexo aparece rodeado de advertencias médicas. El encuentro se transforma en práctica supervisada. La sexualidad se vuelve una cuestión de cuidados, precauciones y protocolos. El deseo desaparece detrás de la gestión. Y si ese es el caso, el texto promueve el sexo sin protección dentro de la pareja lo que, en si mismo, presupone varias cosas: que no es abierta, que nadie engaña, que hay confianza completa…. Realismo mágico argento.

Luego aparece la frase: “Como te ves, te tratás. Como te tratás, cogés”. Citar a Martha Legrand seguro hace que se te pare. La sexualidad queda subordinada a una economía de la autoimagen. El rendimiento sexual depende de la autopercepción. El sexo deja de ser relación con otro y pasa a ser relación con uno mismo. El deseo se psicologiza completamente.

Más extraño aún es el gráfico fisiológico: el hombre necesita 70 cm³ de sangre, un shot de tequila; la mujer 500 cm³, una pinta de cerveza. La metáfora no aclara nada. ¿Más esfuerzo? ¿Más tiempo? ¿Más intensidad? La diferencia se vuelve una especie de moral del rendimiento corporal. El sexo se cuantifica, se mide, se vuelve técnica.

Y después aparecen las posiciones: la tijereta, el puente, el “clit-jay”. El lenguaje intenta ser descontracturado, pero el efecto es el contrario. Todo está reglado, explicado, normalizado. El sexo aparece como algo que hay que aprender a hacer bien. El deseo ya no irrumpe: se entrena.

Eso es lo que trabajamos ayer en el streaming. No una liberación del sexo, sino su domesticación pedagógica. El deseo deja de ser incierto y pasa a ser una función que debe regularse, optimizarse y corregirse.

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