Lo que ocurrió ayer con la Ley de Glaciares no es simplemente una decisión ambiental. Es exactamente el mismo problema que atraviesa el nuevo episodio de mi Curso de Arte del Paisaje (disponible para miembros a mi canal de YouTube): Quién controla el agua y cómo se la representa?. El Congreso argentino aprobó una reforma que reduce la protección de los glaciares y habilita actividades mineras en zonas antes restringidas, delegando además en las provincias la decisión sobre qué masas de hielo proteger y cuáles considerar “no funcionales” para el recurso hídrico. La medida fue aprobada por mayoría tras una larga sesión y se presentó como una vía para atraer inversiones mineras y convertir a Argentina en un actor central del cobre y otros minerales estratégicos. 

El punto central es que la ley original consideraba los glaciares reservas estratégicas de agua y prohibía actividades industriales o mineras que pudieran afectar su dinámica natural. La reforma cambia ese principio: ahora solo se protegerían los glaciares que demuestren una “función hídrica relevante”, y el resto podría habilitarse para explotación económica. Este cambio invierte la lógica precautoria. Antes el agua era un bien público a preservar; ahora se convierte en recurso disponible si no se prueba su valor hídrico directo. 

Esto conecta de manera directa con el argumento del nuevo episodio que, desde hoy, los miembros a mi Canal de YouTube tienen acceso en el marco del Curso del Arte de Paisajes. Desde Raleigh, el río aparece como promesa económica. El paisaje no es naturaleza sino potencial extractivo. El agua legitima la colonización porque garantiza comercio, agricultura, circulación. Lo que ocurre hoy con los glaciares repite esa lógica: el agua deja de ser límite y pasa a ser condición de explotación. El glaciar no se protege por su existencia, sino que debe justificar su utilidad. Es exactamente el mismo desplazamiento: el paisaje se vuelve argumento económico.

Luego aparece el segundo nivel del paralelo. En la clase, el paso de la alegoría del río a la infraestructura urbana muestra cómo el agua se transforma en circulación vital del Estado. Filadelfia bombea el Schuylkill para producir ciudadanía e higiene. El río entra en la ciudad como sangre social. En la discusión actual, el glaciar funciona del mismo modo, pero invertido: no como fuente a preservar, sino como obstáculo al desarrollo minero. El agua deja de ser sangre y pasa a ser subsuelo. El paisaje deja de organizar la vida y pasa a organizar la extracción.

Filadelfia bombea el Schuylkill para producir ciudadanía e higiene. El río entra en la ciudad como sangre social. En la discusión actual, el glaciar funciona del mismo modo, pero invertido: no como fuente a preservar, sino como obstáculo a la extracción. Todo dicho.

El tercer punto es aún más fuerte. La clase termina con Courbet, donde la fuente del río se convierte en origen corporal. El agua aparece como matriz material de la vida. Ese desplazamiento vuelve evidente lo que está en juego: intervenir el origen del agua significa intervenir el cuerpo social. Los glaciares, en regiones áridas de la cordillera, son literalmente reservas de agua dulce que alimentan cuencas completas. Abrir esas zonas a minería no es solo una decisión económica: es intervenir el origen del sistema hídrico. Es tocar la fuente.

Barry, James; Commerce, or the Triumph of the Thames; Royal Society for the Encouragement of Arts, Manufactures and Commerce; http://www.artuk.org/artworks/commerce-or-the-triumph-of-the-thames-218503

Por eso el cruce no es metafórico. Es estructural. Desde Raleigh hasta Courbet, el argumento muestra que el paisaje nunca es neutral: es siempre una tecnología política del agua. La reforma de la Ley de Glaciares vuelve a situar esa disputa en el presente. El problema no es solo minería o ambiente. Es quién define qué es el agua: si fuente vital, territorio económico o materia disponible. Exactamente el mismo problema que organiza toda la historia del paisaje.

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