La dictadura a la que la Argentina pretende entrar

El tema de hoy es la dictadura en la que la Argentina está entrando o, mejor dicho, pretende entrar. Y convengamos que nuestro país es, hoy, un laboratorio internacional donde se intenta probar cuánto puede aguantar la gente la pauperización.

Digo “pretende entrar” porque en la Argentina existe una tradición de toma del espacio público vinculada al peronismo. Desde los años cincuenta, la CGT abrió espacios de participación popular incluso bajo las dictaduras, marcando un contrapunto que limitaba la totalización del terror. Luego vinieron las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, los movimientos de derechos humanos, los paros de la CGT y sus disidencias durante el menemismo, que no logró avanzar en su intento de imponer una flexibilización laboral al estilo exigido por sus jefes del Norte Global. Todo ese proceso tuvo su punto culminante cuando, tras décadas de resistencia popular, el mandato de esos mismos jefes —la rapiña financiera internacional— desembocó en un intento brutal de vaciamiento de los derechos individuales, empujando el país al borde del colapso.

Sé de lo que hablo porque viví esa represión en primera persona. Estaba ahí, con mi difunta madre y la hija del portero del edificio de mi departamento en Congreso, sobre Avenida de Mayo. Luego, ese mismo barrio, durante el kirchnerismo, se volvió un rompedero de huevos por las manifestaciones constantes. Pero aquella jornada fue diferente. Recuerdo los gases sobre la transpiración en Plaza de Mayo y la fortaleza con la que mi madre, a su edad, resistió. Todo terminó con la muerte de varios ciudadanos y la caída del gobierno de Fernando de la Rúa.

El Ministro de Economía que secó la plaza de dinero para cumplir con el pago de la deuda —con el único fin de mantener el precio del dólar— fue el mismo cuyo nombre hoy todavía genera escalofríos: Domingo Cavallo. Pero la verdadera maldición argentina no está en sus tecnócratas, sino en esa retrógrada clase media, dispuesta a hacer lo que sea necesario con tal de asegurarse el acceso al exterior. Una clase que votó dos gobiernos y avaló una dictadura que inauguró el ciclo de la timba y la fuga de capitales. Desde entonces, Argentina dejó de ser un país de ciudadanos en busca de sentido para convertirse en una ruleta que gira y gira siempre en la misma dirección, repitiendo la misma lógica suicida.

Nunca voy a olvidar que, en Nueva York, con mi amiga Jenna Mack (hija del CEO de Morgan Stanley), fuimos a Cipriani, ese restaurante que tanto le gusta a la pelotuda de Susana Giménez, frente a esa grasada que es el Hotel Plaza. Sin tener muy claro que estaba en el ojo de la tormenta financiera más hija de puta del planeta, nos esperaba una mesa con una multimillonaria venezolana con Renoirs en la casa, su marido (ex de Barbara Walters), la novia de Oprah Winfrey y la Princesa Ferial de Jordania. Cuando me preguntaron de dónde venía y respondí “de Argentina”, todos mencionaron un mismo nombre: Cavallo.

Fue entonces cuando la novia de Oprah, que tenía un programa súper exitoso, hizo referencia a la Universidad de Columbia, donde ella formaba parte del directorio, y de repente todo cobró sentido: hay una direccionalidad Norte-Sur que es colonial, actualizada en distintas oleadas: militar, neoliberal, académica, banal, feminista, LGBTIQ+…. La forma cambia, pero la estructura se mantiene: siempre es la misma máquina de dominación, revestida con las tendencias de época.

El laboratorio argentino: entre la pauperización y la necropolítica

Argentina ha sido elegida como un laboratorio del colapso neoliberal. Lo que está ocurriendo hoy en Estados Unidos —donde el neoliberalismo ha implosionado como política económica de regulación, pero no como la “alteración espiritual de los seres humanos” que profetizó Margaret Thatcher— es el espejo del experimento que nos aplican aquí.

Lo que he visto en Inglaterra durante dos décadas es un desmembramiento progresivo del espíritu, y en la Argentina ese proceso se aceleró con el kirchnerismo, que —en una alianza tácita con el macrismo— hizo el pacto con el diablo: la comodificación de la participación ciudadana en asamblea. Convirtió la protesta popular en un commodity. Pero, paradójicamente, ese mismo proceso, disfuncional pero efectivo, garantizó la continuación espectral de la toma del espacio público, aunque vaciada de potencia transformadora.

En el camino, la idea de ciudadanía se banalizó, reducida a etiquetas, nombres, X en pronombres e INADI dictatoriales. Lo hija de puta que es Cristina Kirchner queda hoy en evidencia en su actitud —compartida con Hugo Moyano y la CGT— ante los diferentes paquetes legislativos de Milei. Y, como frutilla del postre, tenemos a Cecilia Moreau, hija del ex amante de Kirchner (que, por cierto, debe coger como el orto para haber sido su sucesora en la cama). Ahora, con su carita de mafiosa, amenaza al pelotudo de Martín Menem mientras la Cámara de Diputados se convierte en un burdel. La única política real quedó desplazada a las calles.

De la pauperización a la necropolítica: lo que me pasó a mí

Quiero vincular esto con lo que me ocurrió a mí entre el 3 y el 27, cuando tuve que esconderme en un hotel en Londres tras escaparme de mi casa. Había sido atacado mientras dormía y, en ese estado de vulnerabilidad, sentí, imaginé o percibí (usen el verbo que quieran) que dos o tres personas entraron a mi casa. Estoy convencido de que la intención era utilizar mi Face ID para hacer algo en mi computadora. Posiblemente, matarme y hacerlo pasar como una sobredosis. Me inyectaron una sustancia disociativa que, en un sistema de salud colapsado como el británico y sin familia cerca, no iba a ser chequeada. Todo habría pasado desapercibido.

Lo que me salvó fue el Apple Watch, que estaba conectado independientemente del teléfono. Pude enviar un mensaje a Chile, donde sí se preocuparon. No terminé en una bolsa de cadáveres gracias a esa precaución tecnológica.

En el video que pueden ver abajo, cuento algo sobre la estupidez con la que me encontré cuando acudí al consulado argentino en Davies Street. La Cancillería de Alberto Fernández fue un desastre: una burocracia cómoda y negligente, incapaz de lidiar con los problemas del nuevo orden mundial, que ha pasado de la biopolítica a la necropolítica.

Mientras yo intentaba averiguar qué me habían inyectado para poder defenderme ante un eventual ataque legal —como efectivamente ocurrió—, la realidad es que fui echado como una rata por la cónsul Carolina Pérez Colman y sus adláteres. Todos ellos, funcionarios camporistas, actuaron con una mezcla de desidia e inoperancia, justo en el momento en que se hacía el cambio de autoridades. Aclaro que no hablo del consulado actual, sino del anterior.

La potencia y sofisticación de la sustancia que me inyectaron fue tal que sus efectos duraron prácticamente 10 días. Tiempo suficiente para que, si había intencionalidad (como luego se evidenció), yo quedara como un loco peligroso. Por eso, antes de que eso siquiera fuera una posibilidad, decidí refugiarme en un lugar indeterminado, cómodo y pago con otra tarjeta (a nombre de otra persona).

En ese proceso, conseguí asistencia médica privada, porque el service de emergencias del consulado directamente no funcionó. Y, como mecanismo de defensa, armé una especie de task force con “amigos” en distintas partes del mundo. Gente con la que hablaba en ese momento y que me ayudó a hacer catarsis, nivelarme, recobrar el sentido y las fuerzas. También fueron clave para ir reuniendo información sobre aquellos que habían estado cerca mío en los días previos al ataque e ir encajando las piezas.

Algo raro había pasado. Y no lo digo yo: lo dice mi abogado inglés.

A un año y meses de lo sucedido, las hipótesis son muchas. Pero lo que voy a contar por ahora es esto: lo que me ocurrió fue posible por la misma suspensión de derechos constitucionales, la ilegalidad y la negligencia que hoy vemos en la represión brutal a los jubilados o en el avasallamiento del periodismo.

La lógica es la misma. El paralelismo con lo que est ocurriendo en Estados Unidos con Trump es claro: un sistema judicial ignorado mientras los operadores políticos erosionan las instituciones. Claro que en EE. UU. la justicia es seria, no como la mafia de Comodoro Py, que ya es parte del problema en la Argentina.

El laberinto del poder: traiciones, conexiones y la desidia consular

Volviendo a mi crónica personal —porque este es mi blog, y si no les gusta que hable de mí, váyanse a otro lado—, quiero retomar el período posterior al ataque. En la desesperación por conseguir apoyo del consulado para solicitar las cámaras de seguridad de tránsito y del hospital, tras haber recibido una paliza acompañada de epítetos racistas antiargentinos, me encontré con la siguiente realidad: en Argentina se estaba produciendo el cambio de gobierno y nombraban a Patricia Bullrich como ministra de Seguridad.

La verdad, Bullrich nunca me gustó —es como Carrió, puro histrionismo sin sustancia—, ni entonces tenía muy claro qué hacía. Lo único que recuerdo es que la vi una mañana en la casa de Gabriel Levinas hacia 2015. Había dormido ahí después de una larga noche y, al despertarme temprano, la vi deambulando por la casa. Nunca pensé demasiado en el tema, pero ahora todo adquiere otro matiz.

Levinas, para quienes no lo saben, es una extraña mezcla de vampiro y espía israelí frustrado, atrapado entre el servilismo a Macri (no olviden que el juicio a León Ferrari sentó un precedente legal que le permitió a Macri no pagar millones) y su servilismo a Israel (recordemos que manipuló a Esmeralda Mitre para tumbar al presidente de la DAIA).

Cuando acepté la invitación de Mitre para encontrarnos en Madrid, una de mis motivaciones era conocerla mejor para saber cuán boluda era. Mi amiga Francis Korn me había dicho, allá por 2011, que Esmeralda era la persona más boluda que había conocido en su vida. Y Francis conocía a mucha gente.

La carta de Fohrig: cuando la política y la traición se cruzan

Pero volvamos al período posterior al ataque. En medio del abandono consular, me cayó la ficha de que mi “amigo” Alberto Fohrig —quien me mandaba mensajitos melosos del tipo “qué lindo que estés bien”— no era solo un interlocutor casual.

Fohrig, a quien conocía desde las épocas en las que él asesoraba a Federico Storani y yo era jefe de asesores de Leopoldo Moreau, había sido mi compañero becario Chevening en 2002. Y resulta que ahora, de manera nada casual, era asesor muy cercano a Bullrich.

Así que, ante la falta de ayuda de mi propio consulado, me pareció natural contactarlo para pedirle que, o bien intercediera directamente con el consulado, o que la ministra tomara cartas en el asunto. No buscaba castigar a la mamarracha de Pérez Colman (la cónsul que me echó como a un perro) sino asegurar su cooperación en la reconstrucción de lo sucedido. Necesitaba las cámaras de seguridad y la presencia consular para documentar lo que había pasado.

El entramado macrista: del CIPPEC a la necropolítica

Puse a Fohrig en contacto con mi task force, ese grupo de amigos desperdigados por el mundo que funcionaron como filtro y contención emocional mientras yo iba reconstruyendo las piezas del ataque.

En aquel momento en el que viajamos a Inglaterra juntos como becarios Chevening, Fohrig estaba de novio con Julia (no me acuerdo el apellido, lo cual dice bastante), presidenta del CIPPEC durante la gestión de Macri. Ella también fue Chevening.

El CIPPEC, para quienes no lo saben, era/es el think tank macrista que organizaba esas cenas de recaudación de fondos para la “causa republicana”, donde aparecían Juliana Awada, Toto Caputo y los ministros con sus esposas con zapatillas de suela blanca. Esa versión de segundo menemismo servil al Norte Global, mucho más cínico y tangible que el menemismo original porque tenía y tiene los mecanismos de lavado mucho más aceitados.

Muchos de los becarios Chevening volvieron a Argentina a trabajar al CIPPEC, ya legitimados por la experiencia en el exterior (que parece ser suficiente en la Argentina), listos para participar en la derecha vernácula como una especie de máscara cool, mientras por debajo se timbeaba el país.

La conexión Fohrig: entre la política y la traición

El CIPPEC, en aquel entonces, estaba dirigido por un tipo cuyo hombre no recuerdo (lo que tampoco es relevante, porque son todos intercambiables) que luego fue intendente de Pilar. Cuando dejó el cargo, el puesto vacío fue ocupado por Julia, quien ya se había convertido en la esposa de Fohrig.

El CIPPEC no era solo un think tank: generaba “políticas públicas” con repatriados y egresados de universidades extranjeras, listos para jugar en la derecha neoliberal argentina, blanqueando la timba con discursos de “gestión eficiente”. La farsa perfecta.

Fohrig, la traición de un “amigo” y el abismo consular argentino

En la transición de gobiernos, mientras Milei designaba a Bullrich como ministra de Seguridad, Fohrig se presentaba como su segundo al mando, es decir, viceministro. Su ascenso en la jerarquía era fulminante pero ineficiente.

En ese contexto, lo que me interesaba no era solo el apoyo que podía darme como amigo —porque, a pesar de no estar en contacto habitual, lo consideraba cercano—, sino también su influencia institucional en la Cooperación Internacional. Había estado varias veces en su casa en Buenos Aires, antes y después de que se transformara en un monstruo. Cómo pasas de ser asesor de Margarita Stolbizer a Patricia Bullrich? Salvo que tengamos que poner el ojo en ese vinculo. La otra cuestión es la de las mujeres, como brazo armado de la derecha más recalcitrante, en la Argentina. El otro caso es Lilita.

La mirada que delata: el instinto visual como alerta

Como analista visual sofisticado —porque, si algo me define, es mi capacidad para leer la realidad a través de lo visual—, suelo reconocer la esencia de la gente en su mirada. No en la mía, sino en la de ellos. Ocurre en cualquier momento: tal vez es una mirada lateral, fugaz, pero ahí veo algo. Es difícil de explicar, casi como leer el tarot. La cuestión es que vi algo oscuro en Fohrig.

La urgencia por las cámaras: un ajedrez de supervivencia

Pero repito: lo único que quería de él y del consulado era ayuda para conseguir las cámaras de seguridad en un itinerario que pude reconstruir con mi GPS. Eran estratégicas. No sabía exactamente qué había pasado, pero intuía que algo les había salido mal y que, desde ese momento, comenzaba un juego de ajedrez.

Lo que les salió mal es que yo no soy inglés. Cuando recuperé la conciencia en enero de 2023, tomé una decisión ejecutiva: dar cada paso en dirección opuesta al autodisciplinamiento y silencio inglés.

Salí al balcón y grité. Pedí las cámaras. Exigí los análisis toxicológicos. Eso me salvó, porque quienquiera que estuviera del otro lado quedó descolocado. No esperaba una respuesta pública, caótica, argentina.

Mi prioridad inmediata era conseguir un análisis de sangre neutral para saber qué me habían inyectado. Ya instalado en el hotel, fuera de mi casa, me sentía algo más seguro, aunque no del todo. Sabía que, si bien había cámaras, dos personas tenían llaves de mi departamento. Alguna había sido cómplice, posiblemente del ataque.

Mi miedo era que me plantaran algo para acusarme de un delito mucho más grave. O, peor aún, que “spikearan” mi Mac con alguna imagen que viniera ataviada con el estigma de ser gay. No es descabellado: recordemos que Milei, en su discurso en Davos, se encargó de hacer explícita su fobia a todo lo que no encaja en su binario librepensador de feria.

Las dos miradas oscuras: el Fohrig que ya no era amigo

Ahora bien, hubo dos miradas de Fohrig que me marcaron. La primera, antes de venir becados a Inglaterra. Recuerdo una cena en su casa. En un momento, Julia, su mujer, se levantó a lavar los platos. Y él, con la altanería típica de todo buen cipayo, hizo un comentario clasista sobre ella. Fue una primera advertencia, pero yo suelo no prestar atención a esas señales hasta que es tarde, y esa es mi gran debilidad de carácter. Lo veo… y lo tapo.

La segunda mirada ocurrió en 2017, ya con este blog andando. Me invitaron a comer a su nueva casa la noche previa a mi vuelo a Río de Janeiro. El escenario era el típico depto palermitano de techos altos, de esos que parecen la parte de arriba de un garaje, con una viga en el medio sosteniendo todo y una escalera por algún lado. Grande, pero la volumetría no cierra, como si el espacio fuera más un deshecho arquitectónico que un hogar. Fohrig ya tenía su familia formada. En la cena también estaba Inés, la esposa del escritor Pedro Mairal (heredero de los edificios Mairal, que no sé bien de dónde vienen, pero ahí están). Lo llamativo de la cena fue que estaban obsesionados con Vanesa Noble (a quien yo ni había mencionado) y con el blog. En medio de esa charla intrascendente, hubo un momento tierno con su familia. Lo comenté como amigo. Y ahí lo vi: su mirada oscura. Eso es todo lo que voy a decir del tema. Era la mirada equivocada para el caso en cuestión: una mezcla de vergüenza y sorpresa, que delataba algo que no debía estar ahí.

La traición: cuando Fohrig elige el poder por sobre la amistad

Por eso, cuando le pedí ayuda tras el ataque, su respuesta me dejó helado. No escuché de él durante una semana y media. Cuando finalmente lo llamé, su respuesta fue:

            “¿Vas a perder el tiempo con una salame como Pérez Colman?”

A lo que le respondí:

            “Esa mina es irrelevante incluso para ella misma, y el embajador es un drogón estúpido.”

(Aclaro, no me refiero al actual embajador, sino al imbécil de aquel entonces).

El estúpido embajador, dicho sea de paso, se había comprometido a darme una lista de abogados para que pudiera defenderme. No lo hizo porque, según él, “eran muy caros” para mi bolsillo. ¿Perdón?

Mientras tanto, la mamarracha de Pérez Colman, en lugar de proteger a un ciudadano argentino en el exterior, llamaba al hospital al día siguiente para ver si lo que yo decía era cierto. 

Para consules así, mejor Guantánamo.

La formalidad de la disculpa que le exigí —por haber echado a un ciudadano argentino del consulado bajo amenaza de llamar a la policía— no es un capricho. Cuestiona la ciudadanía argentina como un todo. Nunca llegó. Si quieren saber por qué la Argentina es un chiste, basta con mirar el Congreso que tienen, la ministra de Seguridad y su asesor Fohrig. Más claro imposible.

El poder efímero y la idiotez generacional

Lo que más me fascina de mi generación de baby boomers es el uso estúpido de lo efímero del poder, incluso cuando ostentan algo parecido a poder. Porque ni siquiera es poder real: es un espejismo, un acto de ventriloquía colonial. Fohrig podría haber usado su posición para ayudar, para hacer lo que se suponía que debía hacer: defender a un ciudadano argentino en peligro en el extranjero. Pero eligió no hacerlo.

Y ahí, la amistad murió.

Fohrig: la traición menor de un hombre menor


Al final, a Fohrig no lo nombraron viceministro, como muchos esperábamos. Ni mucho menos. En lugar de eso, lo “relegaron” a un cargo burocrático: director nacional de cooperación internacional del Ministerio de Seguridad Interior con un pasado políticamente bipolar, una carrera académica sin luces y su involucramiento dudoso en una serie de compras de armamentos con sobreprecios, a los que me referiré pronto.

En términos prácticos, eso lo convierte en un intermediario entre la CIA, el Mossad y Bullrich. Aunque, siendo honestos, dudo que ese espacio sea realmente relevante. La conexión real con esas agencias pasa por otro lado pero lo colocan en un lugar muy demonízate y demonizado. Me cuesta entender cómo se metió ahí.

La evidencia del fracaso: la carencia de poder

Lo que evidenció la bajeza de su actitud no fue su obvia hijaputez estructural, visible para cualquiera que mire dónde trabaja.

No.

Lo que la expuso de manera descarnada fue, lo opuesto a lo que pueda suponerse, su carencia de poder.

Cuando lo llamé, él no hizo nada. No, necesariamente, porque no quisiera, sino porque no podía. Y este no es un problema de él sino de la Argentina actual y sobretodo, de esa generación de ‘dirigentes’. Carecen de poder ya que el mismo está en otro lado. La potencia eventual de Fohrig depende del grado de auto-involucramiento, exposición legal y entrega cipayo al que se someta. Eso no es poder sino cipayismo hindú.

Un peón en un tablero en el que no mueve piezas, sino que las transporta.

La envidia como motor: el resentimiento del mediocre

El verdadero problema de Fohrig conmigo, sin embargo, no fue su falta de poder ni su cobardía. Fue su envidia. Una envidia muy profunbda que tiene que ver con la libertad. Envidiaba mis elecciones. Envidiaba no tener que pasar la vida interpretando un rol, como él; en una corte Elizabetina; sin Shakespeares ni Marlows. No tener que vivir en pose hacia un lado —el del funcionario internacional, serio, respetable, con “llegada”— y, al mismo tiempo, ser cómplice de asesinatos de periodistas por el otro. Porque eso es lo que son. Cómplices. No importa si tiran de la cuerda o solo la sostienen. La sangre mancha y es muy dificil de lavar.

La obscenidad de la prosperidad: la casa en Villa La Angostura


Unos meses antes, su mujer —la del CIPPEC— me había mandado un mensaje. Quería saber si tenía conocidos ingleses interesados en alquilar su casa modernista en Villa La Angostura.

Lo que queda claro es que les ha ido bien a “los chicos” durante el gobierno de Macri. Muy bien.

La pregunta es:

¿Cómo se vuelve de trabajar con alguien como Patricia Bullrich? ¿Cómo se reingresa al mundo de los “ciudadanos decentes” tras haber pasado por ahí?

La generación perdida: de Alfonsín a Bullrich

La otra pregunta, la más inquietante, es: ¿Cómo se pasa del alfonsinismo de centroizquierda a una ultraderecha con aspiraciones golpistas? Y la respuesta es dolorosamente simple:

Esa es mi generación. Una generación de mierda. Una generación que cambió la ilusión democrática de los ochenta por el cinismo de los noventa. Una generación que hoy solo aspira a quedar bien con el mandato introyectado del éxito de carrera, sin importar la corrosión ética necesaria para alcanzarlo.

Y así, se les pasa la vida: Entre viejos apaleados y liposucciones.

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