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¿Qué se celebra cuando la imagen es correcta, el gesto es neutro y el silencio funciona mejor que cualquier toma de posición?

Esta edición de La Mala Educación parte de una escena precisa —las fotos de Persona— para leer algo mucho más amplio: un sistema cultural que ya no necesita justificarse porque aprendió a funcionar sin pensar. La endogamia no como vicio moral, sino como condición de acceso. El narcisismo no como exceso, sino como síntoma de una falta de agencia real. La estupidez no como error, sino como lenguaje compartido que permite circular sin fricción.

Brun y Cattaneo no aparecen aquí como individuos a denunciar, sino como figuras ejemplares de un modo de estar: cuerpos que no cuestionan la casa, pero la vuelven habitable; imágenes que no dicen nada, pero dicen exactamente lo que el sistema necesita que se diga.

A su alrededor, la crítica cultural devenida gestión de prestigio, la ironía vaciada de riesgo, el deseo reducido a pose y una libido que ya no es vital sino mortuoria.

Desde Calderón de la Barca hasta el presente, pasando por Milei y la política como espectáculo, este episodio no acusa traiciones ni complots. Señala algo más incómodo: una estructura que funciona demasiado bien, precisamente porque fue diseñada para no mirar.

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