En realidad, mi crítica a la muestra de no recuerdo quién, curada por Fernando Schapire en la galería La Compañía, fue, como bien señala el comentario anónimo cargado de insultos hacia mi persona, una provocación

Un modo de intervención que vincula la estética y la política bajo la forma de la “crítica de arte”, como si esta existiera o importara todavía, dentro del ámbito de la socialidad del arte, que hoy resulta mucho más efectiva a la hora de hablar de lo performativo. Dicho de otro modo, en Argentina, hace rato que lo relevante no está en el marco, sino en lo que lo rodea y lo sostiene. Y este tipo de intervención, que desborda el marco para operar sobre el contexto, tiene como pionero a este blog.

Excluir a la Estetica del Impacto del Arte

En este tipo de intervención a través del impacto, no estoy solo. Desde los Young British Artists (YBA) hasta las acciones públicas de Pedro Lemebel, la neutralidad corrosiva de Batato Barea y tantos otros, ha habido distintos momentos en los que figuras marginales (y también no marginales) generaron intervenciones estéticas en las élites culturales mediante una estética rítmica del impacto e incluso de la desestabilización. Por eso, la respuesta anónima a mi crítica—donde relaciono la descontextualización del arte abstracto en tiempos mileístas con el arte de señoras de OSDE 500, combinado con la funcionalidad que cierto tipo de homosexual que llamo putifino ocupa en la cultura argentina—me viene como anillo al dedo. No porque me ofenda, sino porque confirma mi punto. Ya no hablamos de neoconservadurismo: hablamos directamente de una cultura conservadora y violenta, donde la diversidad es solo tolerada si viene con el plumero prolijo y las plumas bien recortadas.

De hecho, consideré publicar el comentario lleno de insultos. Su autoría no queda clara: no sé si es hombre o mujer, pero sospecho que es una de las ancianas fotografiadas en la muestra, por la frase “balbuceo de niño frustrado”, que delata un reclamo de autoridad fundado en la edad y la maternidad. Lo interesante es que, si bien pretende insultarme, su reacción resulta más reveladora respecto al arte que respecto a mi persona (que, a los fines de este blog, no importa). Su diatriba expone, sin quererlo, el núcleo ideológico de la estética conservadora: el rechazo a la ambigüedad, la literalidad como fetiche, la sacralización de lo auténtico y el desprecio por lo lúdico o lo paródico.

La Verdad como Identidad Artistica Auto-Impuesta

La reacción tiene dos remates que resumen la estética de estas mamis muertas en vida. El primero:

“Lo que sospecho es que el verdadero arte no es un juego de apariencias y burlas, sino que es una búsqueda de la verdad, algo que claramente te (en referencia a mí) elude.

Esta afirmación va directo al corazón del problema que quiero plantar. Para esta señora, el arte se inscribe en un esquema binario de opuestos: por un lado, el “mundo de las apariencias y las burlas”; por el otro, “la verdad”. Según su lógica, las primeras no pueden alcanzar estatus artístico, lo que la obliga a descartar de un plumazo el humor, la alegoría, la catacresis o la puesta en abismo como herramientas estéticas. Bajo esta mirada, las formas que no evidencian una búsqueda de “lo verdadero” quedan relegadas a lo banal, a lo meramente decorativo o engañoso. No hay lugar para la sospecha, la simulación ni la ironía, como si la verdad fuera algo a lo que se accede por un arte esencialista y no a través de la fricción, la contradicción o la performatividad.

El problema no es solo la candidez reaccionaria del comentario, sino la defensa velada de un arte que, bajo el disfraz de lo verdadero, solo busca tranquilizar conciencias: un arte inofensivo, para ver con los nietos un domingo después de misa. Y ahí radica la eficacia del arte performativo: no en tranquilizar, sino en perturbar. Lo demás, como diría Lemebel, es para la galería.

Pero lo más interesante es lo segundo: la buena señora vincula el arte con la búsqueda de “la verdad”, como si esta existiera en tanto tal. ¿Verdad respecto de qué? ¿En relación a qué, para quién y de quién? Esto nos lleva, inevitablemente, a la teología, y por eso sostengo que no estamos ante un argumento meramente neoconservador, sino profundamente conservador y hasta judeocristiano. Si esta señora no va el jueves a la muestra y el domingo a misa, al menos reemplaza la una por la otra. Su fe en el arte es esencial porque, para ella, el arte es sustancial, como la hostia: algo que, automáticamente, purifica. El problema es que toda sustancia y toda esencia son fijas e inmutables.

Esta noción esencialista del arte se opone frontalmente a mi crítica, que ella tilda de “banal” y “superficial”, como si lo uno y lo otro fuesen intrínsecamente negativos. Y lo que es peor, para su mirada conservadora, los define como “querer llamar la atención”, como si eso, en sí mismo, fuese algo despreciable y—más grave aún—anti-artístico.

El Artista como Portador Teológico de una Verdad Esencial

En resumen, para esta señora, el artista es el portador teológico de una verdad esencial, o al menos de un conocimiento que se implementa como herramienta cognitiva para acceder a esa verdad. Lo coloca, por lo tanto, en el rol de guardiana de un portal hacia otra dimensión, cuya autoridad emana de la promesa de acceso a lo trascendente. Lo que ella imagina, en realidad, es que esa reunión con Zulema Maza en el medio es algo así como un cónclave de autodenominadas sacerdotisas. Lo que nos lleva a la pregunta: ¿con qué autoridad se ofician de tales?

El tema de fondo es profundamente argentino, profundamente conservador, y ha contaminado a las generaciones más jóvenes durante el Conicet kirchnerista. Recordemos que, en Argentina, los extremos siempre se tocan: la creencia de que el arte no debe “llamar la atención” conlleva, como correlato, la exclusión de los medios masivos, las plataformas virtuales y las redes sociales del campo de lo artístico, devolviéndonos a la concepción dieciochesca de las Beaux Arts.

Pero pasemos a su segunda aseveración, que es aún más reveladora. Fíjense que no me estoy deteniendo en sus insultos hacia mí—que resultan aburridos e infértiles para lo que quiero plantear—sino en la reacción conchuda argentina que encarna. La señora, ya en tono moralista de advertencia (y casi de amenaza), sentencia:

“Continúa disfrutando de tu rol de crítico de la mediocridad”

(Nota: sospecho que lo que quiso decir fue “crítico mediocre”, porque de lo contrario, estaría autoacusándose. Recordemos que era ella quien hablaba de buena prosa y demás).

Y luego agrega:

“Pero no olvides que lo que realmente importa no es el espectáculo que montás, sino la autenticidad.”

Esta frase es clave, porque marca el giro definitivo: la discusión ya no tiene que ver con el arte, sino con la moralidad. El dedito levantado de la advertencia nos traslada al imperio de lo teológico. Ahora, lo que está en juego no es el valor estético, sino el carácter moral del artista: si es auténtico o no. Uno debe suponer que las señoras de la foto no son Las Primas (porque eso sería demasiado de clase baja), sino Las Auténticas.

El Hipócrita Reclamo de Autenticidad de las Post-Menopáusicas

Este es, justamente, el gran dilema del arte argentino: la insistencia en la autenticidad como criterio estético, lo que establece una nueva oposición—esta vez moral y maniquea—frente a la “hipocresía”. Pero ¿qué es la autenticidad? Es otro de esos conceptos-trampa, como la libertad, la amistad o el amor, que van siempre de la mano de la hipocresía.

Lo interesante es que esta señora escribe bien. Sus ideas son representativas del target al que apunto con este blog, que, fuera de Argentina, es leído como arte. Mi target no es el arte como “búsqueda de la verdad”, sino el reclamo del monopolio de la verdad a través de la violencia simbólica. Porque eso es lo que hace la cultura conservadora argentina: ejerce un disciplinamiento policíaco del arte, controlando las fronteras de lo que ellas (pobrecitas) imaginan como “élite”. Y lo hacen con violencia: marcando lo que está adentro y lo que está afuera. Más preocupante aún, confunden la verdad con la esencia, que definen a partir de la identidad.

Señora, si usted crió a sus hijos con esta lógica, amamantó a una manga de hijos de puta.

Digo esto porque la madre argentina empoderada reclama el monopolio de la producción de verdad a través de una identidad autoimpuesta. Es Napoleón colocándose la corona de emperador. Pero sus armas de legitimidad moral son el arte y la “seriedad”—una seriedad entendida como sobriedad, ya que no puede concebirla en términos de humor. Para ella, no hay seriedad con humor, ni con un tipo de alegría que se escape de la sonrisa uniformada de adolescente instagramero que adorna las fotos que ilustran este post.

El verdadero problema aquí es la uniformización de todo y la violencia contra quien se atreve a criticar esa uniformización esencialista. La condición es que nadie se salga de cierta regla, que todos acaten, a perpetuidad, acuerdos y compromisos tribales. Compromisos que no necesitan ser explícitos: bastan los códigos tácitos, las formas de vestir, la gente a la que se debe respetar, el arte que se debe mirar, los críticos que se deben invisibilizar. Por eso considero su respuesta un síntoma, no solo del país que venimos padeciendo, sino—para usar su propio marco teórico de sesiones de psicoanálisis de clase media—de un parroquialismo terapéutico que no desarma los valores dominantes, sino que los refuerza.

Usted habla de “balbuceo de niño frustrado”, de “incapacidad de crear”. Yo le sugiero que me googlee antes de hablar estupideces y seguir gastando oxígeno que, a esta altura, es más necesario para el mantenimiento del ecosistema.

Voy a hacer una última referencia que tiene que ver con la “burla” como mi única forma de expresión, algo que usted considera un insulto hacia mi práctica, pero que en realidad no lo es. Primero, porque su afirmación generaliza y delata su falta de información. No creo que en mi libro (que, por cierto, puede comprar en el link de abajo) la burla sea mi forma de expresión. Tampoco lo es en mis vídeos de YouTube, ni en esta misma respuesta, donde la burla no es el género literario. Lo que ocurre es que usted transforma en burla aquello que desestabiliza sus certezas (erradas, desde ya).

Lo otro es su intento de usar “querer llamar la atención” como insulto. No podría estar más equivocada. Llamar la atención es fundamental en un proyecto artístico, salvo que lo que usted busque sea un encuentro tribal en el edificio con amenities o en su quincho, lo que nos devuelve a la cuestión de la audiencia, que es exactamente el punto al que apuntaba mi crítica.

Cuando habla de “un estilo de escritura rancio y anacrónico”, me gustaría que me lo explique con más detalle, porque sospecho que lo que realmente le molesta es que mi crítica no coincide con su versión Louise Hay de autoafirmación a través de declaraciones de amor y verdad absolutistas. Lo que le incomoda no es mi supuesta anacronía, sino la desestabilización que provoco; simplemente, no la puede tolerar. Y eso resulta curioso en un país donde el lacanianismo, en teoría, debería haber calado hondo, aunque nunca lo hizo (tema sobre el que ya hablaremos).

Lo más revelador, sin embargo, es su aferramiento a una isla feminizada (y distinga esto de “compuesta por mujeres”) a la que usted invita al homosexual putifino para que, por oposición—como el enano en el retrato renacentista—garantice a sus maridos que todo está en orden. Su rechazo a la crítica convierte la inauguración en la galería en un acto privado o, mejor dicho, privatizado en un espacio semipúblico. Usted descarta la crítica—o, en sus términos, el debate doctrinario—cuando se aparta un centímetro del dogma que ha erigido y que, en un acto narcisista, la incluye como diosa creadora, de la cual yo estoy excluido por “burlón” y “poco serio”.Como si la gente de la foto, por defecto, no fuera mucho más graciosa.

3 respuestas a «El Hipócrita Reclamo de Autenticidad del arte de las Post-Menopáusicas osde 500»

  1. Cañete atrasas realmente con tu supuesta sátira que los «tontos» no logramos comprender. Jajajajajajajaja sos un pobre chiquito indefenso

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  2. Estimado Rodrigo,

    Qué eternidad de nota. Cuánto tiempo le has dedicado al tema. Claramente te ha golpeado en algún lugar recóndito de tu ser. No vale la pena analizar en cuál. Eso se lo dejo a tu terapeuta.

    Tu intento de descalificar mi comentario revela, lamentablemente, una comprensión limitada de lo que realmente significa la crítica constructiva. Asumir que me oculto detrás de un velo anónimo no solo es superficial, sino que también ignora un detalle crucial: no sabes si soy hombre, mujer, madre o si mi edad oscila entre los 20, 38 o 56 años. Esta falta de información esencial desdibuja la base sobre la cual fundamentas tu respuesta, haciendo que tu crítica pierda toda su validez.

    Es impactante y, en algún punto, triste lo que te ha afectado todo esto. Casi que mandaría a alguien a palmearte la espalda y que te dé un abrazo. El tiempo que le has dedicado a la respuesta es impresionante, pero lamentablemente está basado en el afán de hacerte el “piola” y culto, en puras suposiciones que crees que te benefician.

    Llamas al autor/a «menopáusica» como si fuese un insulto. Qué gracioso. Me haces acordar a un amigo de mi infancia que no lo dejaban decir malas palabras y puteaba con nombres de muebles: “¡Silla! ¡Mesa!” Vos dirías, “¡Menopáusica!”como puteada, jaja. Pareces un chiquito sin vocabulario apropiado para el fin de tu nota, que para variar es hacer mierda a alguien.

    Volá un poco más alto, Cañete. Reitero, no sabes quién soy. Pobrecito. Qué lejos estás de evolucionar. 2025, papi. Evolucioná. Te haces el que no agredis, pero tu crítica es un ataque disfrazado de análisis. Das pena, esa es la triste realidad.

    Al final del día, las críticas más incisivas provienen de un lugar de conocimiento y apertura, no de la defensiva. Tal vez deberías reflexionar sobre esto antes de lanzarte a una batalla verbal que, sinceramente, no estás preparado para ganar. Suelte Cañete!

    Me despido y, sin otro particular, te saludo muy atentamente,

    Alter Ego.

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  3. Ines Urdapilleta

    Rodrigo sos un tipo inteligente , a mi me encanta saber que opinas y tus criticas ( aunque a veces no las comparta )

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