La película Emilia Pérez, ahora ganadora del Óscar—no sé exactamente en qué categoría, pero tampoco importa demasiado. Lo relevante es que se ha hablado mucho de ella y ha generado bastante revuelo, aunque, aclaro, no he leído las reseñas.Dicho esto, aviso que este no será un análisis con spoilers, sino que voy a referirme a ciertos elementos específicos para pensar Emilia Pérez como un símbolo que encuentro análogo al caso de Santiago Caputo. Me refiero a su rol en la teatralizada apertura de las sesiones legislativas, marcada por la virtual ausencia de la oposición. Caputo, sin cargo oficial en el gobierno, tras haber sido desplazado de su supuesto papel como “mago del Kremlin” o estratega en las sombras de los servicios de inteligencia, apareció en escena con su estilo críptico y hermético, presentando como un “éxito” la gestión de Javier Milei. En ese contexto, llegó incluso a amenazar a un diputado nacional, Facundo Manes, quien además recibió golpes en el pecho por parte de uno de sus allegados.

Santiago Caputo como Travesti
Porque ambos representan símbolos de travestismo. Santiago Caputo es un travesti—ya veremos de qué tipo—y Emilia Pérez, en la película, es un narcotraficante que se convierte en mujer trans. Pero volvamos al tema central. Lo que Santiago Caputo y Emilia Pérez tienen en común es la violencia, una violencia que en ambos casos surge de una masculinidad comprometida, que se construye y deconstruye según desde dónde se la observe.
Independientemente del punto de vista, esta violencia se relaciona con una masculinidad fallida: por su exceso en el caso del narcotraficante mexicano que decide transicionar, y por el patrioterismo de patio de colegio en el caso de Caputo, ambos movidos por una ética de la destrucción sin un proyecto de construcción premeditado que la reemplace. Lo que unifica a estas dos figuras es que, por un lado, tenemos a un narcotraficante ultra violento—de esos que matan masivamente y entierran en fosas comunes—y, por el otro, a un operador político que encarna un travestismo simbólico.
El narco que transiciona en Emilia Pérez se convierte en el emblema de una sociedad que no llamaría “rota”, sino post-institucional. Mientras tanto, Caputo, en su escena de patrioterismo en el Congreso, se hace el cancherito sabiendo que la oposición no estaba presente y que nunca llegaría realmente a los golpes. Porque, más allá de lo que uno pueda pensar de Facundo Manes, el tipo es un médico neurólogo y, dentro de ciertos márgenes institucionales, hay líneas que no se cruzan. Así que también en el caso de Caputo estamos ante un fenómeno de post-institucionalidad y post-constitucionalidad.

Pero lo más interesante es que ambos son figuras de la hipervisibilidad de lo invisible. Caputo no tiene un cargo formal en el gobierno, apenas un contrato temporario, y sin embargo hay más fotos de él estos días que de Susana Giménez. Del mismo modo, Emilia Pérez es un personaje en constante movimiento: sus headquarters están en un camión tecnológico que nunca se detiene, y sin embargo, cuando transiciona, en lugar de persistir en la invisibilidad, decide volverse una figura mediáticamente omnipresente. Estos dos ejemplos de masculinidad comprometida se construyen y deconstruyen a través de la violencia y la destrucción. Caputo se traviste de poder en las sombras, cuando a todas luces no hay nada de eso. Emilia Pérez pasa de ser un superhombre nietzscheano y asesino a convertirse en una mujer civilizada y con sentimientos.
Karina Milei y su Fallido (?) Proyecto de Isabelita
Pero es imposible analizar a estos personajes sin las mujeres que los rodean y que, en contraste, terminan definiendo su masculinidad. En el caso de Caputo, su contraparte es Karina Milei. Y quienes no hayan visto mi video sobre ella pueden ir a verlo, porque la biografía escrita por De Masi, que comenté extensivamente, vuelve a emerger como problemática. ¿Por qué? Porque el fracaso de ese libro tiene que ver con cómo se narran las historias. Y acá no quiero ponerme demasiado teórico, pero toda narración, incluso la periodística, es un acto de ficción.
Cuando se hace periodismo, siempre hay un filtro narrativo. La simple decisión de mirar un hecho y no otro ya implica una subjetividad proyectada sobre la realidad. La pregunta no es si una biografía periodística es o no ficción, porque siempre lo es. La pregunta es cómo direcciona la operación ficcional sobre la realidad. Y en este punto, Emilia Pérez no es solo una película sobre la transformación de un narco en mujer; es una historia sobre la misoginia trans, la transexualidad como estrategia de supervivencia y, en última instancia, la metamorfosis como oportunidad.
La Misoginia Trans
Porque la verdadera protagonista de la película no es Emilia Pérez, sino Mariela Mendoza, una abogada prieta—es decir, negra e indígena—que, en la sociedad de castas instaurada por el Imperio Español, carga con el peso de su identidad. Para quienes les interese este tema, en la membresía del canal pueden acceder a mi curso de arte colonial, donde esto se explica en detalle en 10 episodios.
Y al final, Emilia Pérez nos deja con tres ejes fundamentales:
1. La metamorfosis del hombre en lo femenino (y ojo, no dije mujer).
2. La visibilidad de lo invisible como una condición de imposibilidad social.
3. La metamorfosis como caos.
Bueno, como les decía, Mariela Mendoza es una abogada de pueblo que se traslada a Ciudad de México, un personaje nuevo dentro de la cinematografía actual. Y me refiero también a la ciudad, que hasta ahora no había aparecido en el cine de esta manera: la megalópolis latinoamericana como fenómeno único en el mundo. Estas ciudades con sus diferentes cordones, con enclaves que los estadounidenses llaman narco-territorios en su obsesión por la criminalización, zonas donde la policía no puede entrar. Es en ese contexto donde Mariela Mendoza intenta hacer carrera y enfrenta dos problemas fundamentales:
El primero es que pertenece a la categoría étnica equivocada y, según sus propias palabras, eso le impide tener su propio bufete. El segundo es que es mujer, lo que en una sociedad presentada como extremadamente violenta la coloca en una encrucijada con dos únicas opciones. Y esto es algo que la mujer argentina ha internalizado espectacularmente: o se convierte en militante, lo que, dado su origen étnico, la empujaría directamente a la marginalidad e incluso a la muerte, porque una cosa es Ni Una Menos y otra muy distinta es esto; o bien se convierte en instrumento del patriarcado violento, ya sea como madre que reproduce los hijos de ese patriarcado o, en su caso, como abogada al servicio del mal.

Desde el inicio, ella justifica su posición de marginal dentro del derecho: trabaja para un Cúneo Libarona berreta, defendiendo a criminales que no merecen ser liberados. Sin embargo, aparecen aquí cuestiones de misoginia y una especie de violencia de género que no llega a ser femicidio, pero algo parecido. Su justificación para trabajar en ese entorno se apoya en una valoración ética: ella siente que no tiene alternativa si quiere progresar, pero intenta no resignar del todo su integridad. Ese es su punto de partida, pero rápidamente choca contra el techo de cristal. En uno de los juicios en los que libera a alguien que no debería haber sido liberado, es ella quien hace todo el trabajo, pero al momento de la dramaturgia final—cuando el abogado debe hacer la presentación decisiva—su jefe se apropia de todo su esfuerzo. Es decir, le roba su capital simbólico.
Ese mundo masculino, que aquí no se define tanto por la genitalidad sino como una identidad de género energética, la lleva a aceptar la oferta del narcotraficante. Es ella quien le consigue el cirujano, que además es de Tel Aviv y judío, lo que problematiza la idea de que el único dispuesto a hacer lo que sea por dinero en la película es el judío. Es también ella quien le organiza el exilio en Suiza para su familia mientras se recupera de su operación para volverse mujer. Y no quiero hacer spoiler, pero lo cierto es que las razones detrás de esa transformación nunca son explicitadas.
Antes de todo esto, frente a la oferta de volverse rica ayudando a alguien con recursos ilimitados, como un narcotraficante, ella decide que no tiene nada que perder. Y aquí entra otro tema: la relación entre lo visible y lo invisible, y la figura de aquel que no tiene nada que perder—el lobo solitario. Esto introduce un nuevo orden social: el post-postmodernismo. Y me refiero a la posmodernidad como ese lugar donde lo real desaparece bajo lo espectral, donde todo se convierte en imagen, incluida la propia percepción de uno mismo. Si uno tiene dinero—porque ni siquiera es cuestión de suerte—y se psicoanaliza, lo único que obtiene son herramientas para reinsertarse en un mundo donde todo es transacción, donde hasta los afectos son transaccionales, y donde las comunidades basadas en valores compartidos simplemente dejan de existir.

En ese sentido, Mariela Mendoza es la verdadera protagonista de la película. Pero su gran decisión es si se pone a disposición de este mundo masculino, que la película representa como una red de clubes basados en pactos de sumisión y violencia.
Esto lleva a la película a una exploración de la feminidad como lo deseable éticamente, pero imposible en la práctica. Y esto nos devuelve a la biografía de Karina Milei y a su transformación, que en la película no se puede abordar del todo: la Karina repostera, femenina, tarotista y espiritualista, versus la Karina Milei masculinizada, corrupta y potencialmente epicentro de una red de tráfico de influencias, cleptocracia y estafa. O, como la llama su propio hermano, el Jefe, una figura que podría terminar destruyendo su carrera política.
Travestismo o Cosplay?
Ahora bien, hay algo que diferencia a estos personajes que sufrieron bullying y luego lo trasladan a los más frágiles, amplificado por el poder político. Ese es el tema que más me interesa de la película y de la figura de Santiago Caputo: la invisibilidad visible. Y digo esto porque me identifico mucho con esa condición. Parte de mi lugar en la sociedad tiene que ver con mi hibridez o mestizaje en múltiples dimensiones: identidad de género, sexualidad, posición social, clase, fama, éxito, etnicidad. Y esto se muestra en un momento clave de la película: el instante de transfiguración de la abogada que facilita la operación del narcotraficante para volverse transexual.

Pero volvamos a esa hibridez con la que me identifico y que considero, a la vez, una fuente de posibilidades y la causa de muchos (o la mayoría) de mis problemas, al menos desde que me mudé a Inglaterra y creé el blog, con todo lo que vino después: la cancelación, el exilio simbólico. Como saben, soy hijo único, y dos de los momentos más traumáticos de mi vida fueron cuando tuve que reconocer los cadáveres de mis padres. Uno murió en un hospital del sistema público, el otro en el sistema privado más exclusivo. Pero en ambos casos la escena fue la misma: me tiraron los cuerpos como si fueran desechos. Fue una experiencia humillante, una falta absoluta de dignidad.
Y aquí entra otro tema: la eugenesia invertida. Siempre se acusa a los blancos de nazis, pero ¿qué pasa con los morochos, con el híbrido peronista que automáticamente es asumido como étnicamente benigno? En México, esto es un tema de debate desde hace siglos, pero en Argentina no. Allí la discusión aparece con el peronismo y su política de unificación, donde el cabecita negra constituye el pueblo peronista, que reemplaza las particularidades culturales y divide a la nación entre descendientes de europeos e indígenas. En ese contexto, los que quedamos en el medio dependemos de una serie de variables personales: capacidad, genética, educación, calidad de formación. Y creo que, en esas categorías, a mí me tocó una buena mano.
Asfixiante Argentina
Sin embargo, la inestabilidad económica argentina me impidió integrarme del todo. Ser hijo único tampoco ayudó: nunca tuve las herramientas para navegar la sociedad de grupos que es Argentina. Mi solución fue estar en todos lados y en ninguno: entrar y salir de distintos círculos sin afiliarme a ninguno. Eso tiene beneficios y riesgos. Beneficio: la libertad. Yo crecí con muchas menos imposiciones que la mayoría de los argentinos.
Pero esto se traduce de otra manera en Inglaterra, una sociedad de castas y clases, muy diferente a la lógica del country o la parroquia en Argentina. En Inglaterra, tu acento te delata. Si hablas con un inglés equivocado, ciertas posiciones sociales te quedan vedadas. Pero ser extranjero, haber estudiado en sus mejores universidades, me permite saltar esos obstáculos que el 90% de los ingleses no puede sortear. Otro mecanismo de control es el laboral: al no depender de una carrera convencional, no pueden ubicarme. Pero esto también tiene sus riesgos. En Grecia, por ejemplo, me enseñaron a preguntar si era narcotraficante.

La invisibilidad visible es, en realidad, una diferencia que se hace evidente solo en ciertos momentos. Y cuando se vuelve visible, suele ser vista por aquellos que valoran la autonomía, pero también por quienes la envidian. Y de la envidia al odio hay un solo paso. Esto ocurre en Argentina y en Inglaterra. Y aquí entra otro tema: la homosexualidad. Lo que antes era un estigma, hoy se percibe como una forma de libertad: la independencia de la estructura social basada en la familia, ese esquema Ponzi en el que nuestros hijos y las futuras generaciones son la inversión.
Puedo pasar por europeo cuando quiero, pero también jugar la carta del latinoamericanismo exótico cuando me conviene. Y eso es un arma de doble filo. Lo exótico calienta, sobre todo cuando no estás hecho mierda después de una vida de sacrificios para mantener una familia. Y eso te convierte en target social. En principio, porque te movés a otra velocidad y, como dice Mariela, porque tienes mucho menos que perder. Y eso tiene beneficios, sobre todo en momentos de crisis, cuando la cosa se vuelve más dura y existencial.
En la película, esto se ve claramente en la escena del juzgado, cuando las mucamas aparecen para limpiar. En lugar de solidarizarse con Mariela como una de ellas, la envidian y la empujan a su destino final con preguntas que la incomodan: ¿Por qué no te casaste? ¿Sos lesbiana? ¿Por qué no tenés tu propio estudio de abogados? Lo mismo me pasaba en Argentina, en mi departamento de Recoleta. Para el portero, yo era un traidor. Más allá de mis manierismos, vocabulario o presentación, había algo más profundo, algo que está casi a nivel genético, que nos une y nos diferencia.
El Autoritarismo Progresista versus el Fascismo Filo-Nazi
Lo mismo ocurre con los privilegiados progresistas. Primero me invisibilizan porque no merecería el lugar que ocupo. Pero basta con que el reconocimiento venga de la única fuente de autoridad que realmente respetan—Estados Unidos—para que se vuelvan literalmente locos y dejen salir lo más fascista de su ser. Por eso creo que el tema de la invisibilidad es clave. No me sorprende que, tras mi video sobre su libro sobre Karina, Victoria De Masi me haya insultado en privado diciéndome que paso la gorra. Para gente como ella, pasar la gorra es un insulto.
Y en su libro, De Masi desprecia a Karina Milei no por corrupta, sino por repostera. Porque la blancura palermitana de ciertos periodistas no puede tolerar que su reclamo de distinción no sea reconocido. Y ese es el verdadero problema.
Pero volvamos al tema que nos convoca: el travestismo de Karina Milei, que adopta un rol masculino bajo el seudónimo de El Jefe—un alias que, no casualmente, es masculino. Este posicionamiento compite con la figura de Santiago Caputo, que busca ocupar un espacio maternal con Milei. Pero más que un lugar maternal, el vínculo de Karina con Javier Milei remite a la Virgen María: no solo madre, sino también esposa de Cristo tras su dormición y Asunción.
¿Cuál es la moraleja de todo esto? Tanto Emilia Pérez, Nicolás Caputo, Mariela Mendoza (la abogada de Mireya Pérez en la película) y Karina Milei parecen encontrar en la violencia y la destrucción una forma de evitar el dolor anticipado del resentimiento de los otros, que aprieta desde dos lados: por arriba, el patriciado blanco y los ricos sponsors; por abajo, los morochos descontrolados y los pobres demandantes. En ese escenario, quienes no tienen nada que perder van por todo. Y en ese ir por todo se produce una metamorfosis de la que es muy difícil volver y para la cual hay que estar preparado.
La Purificación de Santi Siri: Derecha y Progresía se Abrazan
Aquí entra en juego otro actor clave: Santi Siri, presentado en El Destape por Roberto Navarro y Ariel Jalad como un experto moralmente benigno en criptomonedas. Lo interesante es cómo la progresía se esfuerza por blanquear su pasado, un pasado que este blog denunció desde el comienzo. No olvidemos que Santi Siri es el hermano de Liniers y el hijo del síndico—o exsíndico—del diario La Nación, que hasta hace poco sirvió de apoyo a Milei (o quizás aún lo haga, si consideramos el canal de Majul y sus redes).
Ahí es donde los extremos se tocan. Palermo se cruza con Recoleta y la progresía se da la mano con lo más rancio del conservadurismo, bordeando el nazismo. No es menor recordar que Santi Siri, junto con su pareja, fundó en 2010 el Partido de la Red, un experimento de participación democrática digital basado en el voto por nuevas tecnologías. Un sistema opaco, sin transparencia, y fácilmente manipulable. Siri fracasó en su intento de ser el Elon Musk argentino en Silicon Valley, y ahora vuelve a la Argentina porque, sencillamente, no le da. Y cuando no te da, la única salida es victimizarse o encontrar una estructura de poder alternativa que te haga un lugar.
Y aquí está la clave: Milei no fue votado por tener un programa de gobierno, sino por tener un programa de destrucción. Quienes quedaron fuera de un sistema de castas eugenésico, burocrático y prendario pusieron su fe en esa destrucción. Y aquí no quiero hacer spoiler, pero Emilia Pérez retrata con precisión la vocación imperial del patriarcado post-woke.
Quiero conectar esto con el patrioterismo de Santiago Caputo, que me parece una alegoría del post-constitucionalismo del gobierno de Milei y de Donald Trump. No se trata de gobernar con eficacia, sino de generar caos para que, en el desorden, los que fueron marginados por la élite de privilegiados progresistas puedan tomar revancha. ¿Cómo? Con la estafa, con el fraude, con la manipulación de los recursos estatales. Porque no tienen nada que perder.
Entonces, a esta altura, ¿qué son Javier y Karina Milei sino corderos sacrificiales de una clase timbera que les prometió participación, pero que en realidad ya los empezó a achurar? En el proceso, la sociedad vuelve a polarizarse y caemos una vez más en el ciclo vicioso argentino: mártires y demonios, héroes y villanos, éticos y corruptos.
Por eso, cuando veo a Ari Alijalad, Santi Siri y la progresía Ni Una Menos hablando igual que Daniel Gigena, se nos impone una pregunta: ¿debemos creer en su ética y en su expertise solo porque ellos lo dicen? Y respecto de los supuestos demonios—Santiago Caputo, el Gordo Dan, etc.—, ¿son así de tontos o fueron seleccionados deliberadamente para hacer una performance de los fallados? No hay más que ver a Lilia Lemoine para entender que ni ella sabe el lugar que ocupa.
La Exageración como New Normal
El modo hiperbólico en que se presenta la violencia en Emilia Pérez, particularmente la violencia estereotípicamente asociada con Latinoamérica (el narcotráfico, el terrorismo), es una forma de crear una especie de “teatro de la violencia”. En la película, lo que parece presentar una crítica al orden patriarcal y falocéntrico se convierte en una alegoría mucho más profunda sobre las tensiones entre los géneros y los roles en la sociedad. La figura del narcotraficante que desea ser mujer, dentro de un contexto de violencia estructural, puede entenderse como un intento de escapar de un sistema que lo ha masculinizado y deshumanizado. Aquí, la violencia no solo se desata como una lucha física, sino como una guerra simbólica y emocional, donde el narcotraficante busca convertirse en lo opuesto a lo que le ha sido impuesto: la figura masculina violenta. Sin embargo, la película plantea una contradicción clave: al transformarse en mujer, no necesariamente se libera, sino que está atrapado en una lógica de control y apropiación, muy similar a lo que ocurre en el patriarcado que busca dominar el cuerpo femenino a través de las leyes, como se ejemplifica con el control sobre el aborto.

El Partenón, en su representación de la dominación masculina y la creación de Athena a partir de un golpe (Zeus pariendo a la diosa), es un símbolo del nacimiento de la violencia masculina como un principio divino y natural. Esta metáfora se conecta con la transformación que el narcotraficante busca, ya que, al igual que el hombre nacido de un acto de violencia, también busca, en su metamorfosis, apropiarse de lo que históricamente ha sido el dominio de la mujer: la capacidad de reproducirse y crear vida. Pero como señalas, esa conversión no implica necesariamente una metamorfosis hacia la femineidad en su sentido completo, sino una reproducción de la lógica de control y poder, tanto en lo político como en lo social.
En cuanto a la película Emilia Pérez y la estafa de Milei, las dos parecen mostrar cómo la democracia argentina es, en cierto sentido, desnuda a través de estos procesos de teatralización. Milei, con su discurso destructivo y polarizador, es un reflejo de la violencia institucionalizada que estructura la sociedad argentina. En la figura de Milei, se observa una “metamorfosis” hacia un modelo de gobierno que se basa en la destrucción del sistema político tradicional, sin ningún verdadero propósito constructivo. Su victoria política, como mencionas, se apoya en un electorado resentido que, a pesar de clamar contra los métodos autoritarios de la dictadura, está dispuesto a recurrir a los mismos métodos para lograr sus fines.
Finalmente, debemos referirnos al “post-constitucionalismo” que ignora al parlamento, o lo convierte en una mera herramienta de distribución de poder, refleja cómo el sistema democrático se vuelve obsoleto cuando se renuncia a su estructura básica, en favor de un poder centralizado y dependiente de intereses económicos. Este tipo de gobierno, que también vemos en figuras como Donald Trump, se basa en una lógica de caos y manipulación, donde la democracia se reduce a una farsa, un espectáculo de “venganza” que perpetúa la división y el resentimiento, en lugar de buscar la reconciliación o la construcción de un futuro común.





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