Murió Luis Felipe “Yuyo” Noé, y con él se va una figura central del arte argentino del siglo XX. Fue, sin duda, un artista fundamental para la historia del arte local: cofundador de la Nueva Figuración, teórico del caos como método y estética, pensador agudo de la descomposición política y existencial del país. Pero también fue una figura violenta, misógina, agresiva con sus pares, particularmente con las mujeres que se atrevieron a discutirle el lugar de autoridad. La artista Lucrecia Agulla me mandó un mensaje diciendo: ‘Murió Noé’. Le respondí performativamente: ‘Qué bueno!’
La artista Lucrecia Agulla me mandó un mensaje diciendo: ‘Murió Noé’. Le respondí performativamente: ‘Qué bueno!’
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En este sentido, su muerte no debería ser una excusa para la santificación. Homenajear no es absolver. Y la crítica no le quita densidad al legado: al contrario, lo vuelve más legible.
La masculinidad bohemia como forma de exclusión
Yuyo Noé encarnó una masculinidad cultural típicamente porteña: exaltada, caótica, autoritaria en su desorden. Esa figura del “varón artista” que hace del exceso una virtud, del ego una política, y del maltrato un gesto performático. Dentro de ese modelo, las mujeres fueron sistemáticamente desplazadas, cuando no violentadas. El caso de Martha Traba es emblemático. Ella cuestionó con lucidez la autorreferencialidad de Noé, su estetización del caos como coartada para no comprometerse políticamente, y su falta de interés por las condiciones materiales de la producción artística en América Latina. Noé la descalificó con sarcasmo: “Traba tenía una mirada demasiado ideológica, le faltaba sensibilidad artística. Quería hacer sociología con los cuadros.” Un clásico del repertorio patriarcal: reducir a la mujer crítica a una aguafiestas que no comprende el arte “puro”.
Noé encarnó al “varón artista” que hace del exceso una virtud, del ego una política, y del maltrato un gesto performático, desplazando y violentando mujeres. Martha Traba, por ejemplo.
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Ese gesto de deslegitimación se repitió a lo largo de su carrera. Fue conocido por sus arrebatos, por sus desplantes públicos, por los maltratos a colegas mujeres en ámbitos institucionales y académicos. Se lo celebraba por “decir lo que piensa” cuando en realidad ejercía una violencia de clase y de género con total impunidad. Esa violencia simbólica no es un dato anecdótico: es parte del sistema de consagración que lo sostuvo.
La obra: entre el caos y la sobrelegitimación
El primer gran ciclo de Noé —Introducción a la esperanza (1963), realizada con Deira, Macció y De la Vega— es una obra que abre nuevas posibilidades para la pintura argentina. Allí se cruzan lo grotesco, lo político, lo gestual, en un lenguaje que desarma la narrativa modernista sin caer en el cinismo. Sin embargo, ya en ese momento aparece un gesto que va a repetirse hasta el final: la estetización del caos como marca autoral, una especie de “firma” que enmascara la repetición de fórmulas.

En Argentina 78, por ejemplo, su lectura de la dictadura y el Mundial se resuelve en una iconografía saturada, una pintura barroca que busca denunciar el horror sin renunciar nunca al espectáculo visual. La obra funciona más como documento de angustia subjetiva que como intervención crítica real. Lo mismo ocurre con sus series Entropías o Revuélquese y viva, donde el caos se vuelve un estilo, una decoración, más que una herramienta política.
La relación Noé-Dictadura es ambigua en su estetización del caos como marca autoral, una especie de “firma” que enmascara la repetición de fórmulas.
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Noé supo teorizar su propio trabajo con inteligencia, sobre todo en sus libros Antiestética (1965) y El arte entre la tecnología y la rebelión (1991), pero también ahí se puede ver cómo su pensamiento gira en torno a una subjetividad autoral masculina que se presenta como universal. Las mujeres están ausentes: como artistas, como teóricas, como interlocutoras.

La herencia familiar: del caos al sadismo
Esa forma de pensar la creación —como imposición violenta de una visión— tiene su eco directo en la obra de su hijo, Gaspar Noé. En Irreversible (2002), el director hace del sufrimiento de una mujer (la violación de Monica Bellucci) un espectáculo técnico: plano secuencia, cámara giratoria, tiempo narrativo invertido. Jonathan Romney escribió en The Independent: “Irreversible flirts with the aestheticization of rape, presenting violence against women not to critique it but to fetishize it.” El resultado no es denuncia sino sadismo con pretensiones filosóficas. Una genealogía clara: del caos pictórico al cine de crueldad.
Diana Aisenberg escribió que “Yuyo fue un padre para todos”, y en su elegía no menciona ni una sola vez las polémicas ni las exclusiones
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El presente: mujeres defendiendo al patriarca
Pero quizá lo más sintomático no sea el pasado, sino el presente. Tras la muerte de Noé, muchas artistas y curadoras salieron a despedirlo con admiración incondicional. Diana Aisenberg escribió que “Yuyo fue un padre para todos”, y en su elegía no menciona ni una sola vez las polémicas ni las exclusiones. María Teresa Constantini lo recordó como “el último gran artista de la Argentina” en un post de Instagram, afirmando que “no hay que juzgar a los artistas por su carácter, sino por su obra”. Incluso Marina de Caro, en una carta publicada en Otra Parte, habló de su “generosidad infinita” sin problematizar el lugar que ocupó en la perpetuación de un canon excluyente.
Marina de Caro, en una carta publicada en Otra Parte, habló de su “generosidad infinita” sin problematizar el lugar que ocupó en la perpetuación de un canon excluyente.
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Estas defensas no son inocentes. Reflejan la forma en que muchas mujeres han sido cooptadas por un sistema de prestigio que las recompensa por su lealtad al padre simbólico. Noé —como tantos otros— fue el patriarca que las dejó entrar, a cambio de silencio. El canon no solo se sostiene con varones: también con mujeres que optan por la excepción antes que por la ruptura.
El pacto con el pasado
Tal vez lo más inquietante no sea la violencia del pasado, sino las formas en que esa violencia sigue siendo legitimada en el presente. Frente a la muerte de Yuyo Noé, no fueron pocos los homenajes espontáneos, justos, sentidamente críticos. Pero también fue notorio el modo en que muchas artistas, curadoras y críticas mujeres salieron a defenderlo públicamente, a minimizar su misoginia o a justificar su maltrato con la excusa de su genio.
Esa reacción no es casual. Habla de cómo el poder simbólico de figuras como Noé sigue operando en la escena cultural argentina, y de cómo muchas mujeres —a veces por admiración genuina, otras por estrategia o supervivencia— terminan integrando un pacto silencioso que sostiene el canon masculino. Es el mismo mecanismo que durante décadas justificó a Borges por sus silencios políticos, a León Ferrari por sus alianzas misóginas, a Kuitca por su endogamia fría. La genialidad del varón como zona de impunidad.
La sororidad, en este punto, se quiebra: no todas las mujeres se solidarizan con quienes fueron desplazadas, violentadas o silenciadas por hombres poderosos. Algunas optan por la lealtad al prestigio, por la pertenencia a una historia que las incluye como excepción y no como regla. Es el síndrome de la hija adoptiva del patriarcado: mejor una butaca en el museo del padre que una trinchera sin padrino.
Pero homenajear críticamente a Noé implica rechazar esa lógica. Implica entender que el legado de un artista no se mide solo por su obra, sino también por el sistema de relaciones que tejió, por lo que habilitó y por lo que canceló. Y que la verdadera memoria no es la que conserva, sino la que interroga. Porque si no decimos estas cosas ahora, ¿cuándo?
Homenajear críticamente
Homenajear a Noé implica no comprar la mitología del genio caótico. Implica reconocer su lugar sin romantizar su violencia. Implica preguntarse cuántas artistas fueron expulsadas del relato mientras él era elevado a figura sagrada. Y pensar que quizás ya es tiempo de construir una historia del arte argentino que no necesite de padres ni de mártires, sino de memoria, de disidencia y de otras formas de hacer.





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