Una noche de fantasía colonial. Así fue presentado el “Sarao del Virrey” en el Museo Isaac Fernández Blanco: una gala de época con trajes fastuosos, danzas cortesanas, música virreinal y gastronomía histórica. Pero lo que efectivamente ocurrió fue otra cosa. Lo que ocurrió fue una performance de disociación estética, una fiesta de simulacro donde la elite porteña se disfrazó de nobleza extinta para evitar el roce incómodo con el presente argentino.

El“Sarao del Virrey” en el Museo Isaac Fernández Blanco: fue una performance de disociación estética, una fiesta de simulacro donde la elite porteña se disfrazó de lo que cree nobleza

El evento prometía rigor histórico, pero ofreció travestismo estético: no un homenaje al siglo XVIII, sino un karaoke visual donde el rococó se mezcló con la haute couture, las pelucas con el estilo camp, y los vestidos con brillos más cercanos a Liberace que a una virreina criolla. Más que pasado, lo que vimos fue acumulación de signos. Signos sin referente, sin tiempo, sin afecto. Y en eso radica su potencia (y su miseria): en ser un espectáculo sin historia para una clase que necesita desesperadamente no tenerla.

El evento prometía rigor histórico, pero ofreció travestismo estético: no un homenaje al siglo XVIII, sino un karaoke visual donde el Rococó se mezcló con Robertito Funes disfrazado de Liberace.

El museo como dispositivo barroco

No es menor que esta gala haya tenido lugar en el llamado “Palacio Noel”: una fantasía arquitectónica construida en 1922 por el arquitecto y paisajista Martín Noel, que imaginó un virreinato idealizado y homogéneo a partir de retazos estilísticos hispanistas. El palacio no es colonial, pero finge serlo. Y es esa ficción fundacional la que se reactualiza cada vez que el Museo Isaac Fernández Blanco organiza uno de estos bailes aristocratizantes: el edificio entero es ya un travesti cultural, una prótesis nostálgica que simula una tradición que nunca existió.

Esa arquitectura del simulacro se convierte en escenografía perfecta para el evento: un espacio que no representa el pasado, sino una versión decorativa del pasado, pasteurizada, sin conflicto. Ya no estamos ante una falsificación, sino ante un modelo sin original, un simulacro puro. Y como todo simulacro, su función es borrar la historia para instalar el presente como espectáculo.

El tema del Sarao del Fernandez Blanco fue la amnesia que como todo simulacro borra la historia para instalar el presente como espectáculo.

Bajo la dirección de Guiomar de Urgell con quien trabajé mucho e hicimos cosas que no nos fueron reconocidas por la historia de la política cultural metropolitana, el Museo Isaac Fernández Blanco funcionaba como un espacio de pedagogía patrimonial y contención simbólica: su gestión, sin dejar de estar atravesada por la mirada elitista propia del coleccionismo colonial, apostaba por una curaduría que respetaba los archivos, que narraba tensiones históricas y que intentaba, al menos, sostener un relato institucional coherente sobre la cultura virreinal. En contraste, la actual gestión convierte ese legado en escenografía de eventos, reemplazando el trabajo curatorial por la producción de atmósferas: no hay investigación sino ambientación, no hay política museística sino marketing de época. Lo que antes era gabinete de estudio ahora es salón de alquiler, y donde antes se intentaba construir relato histórico hoy se organiza un sarao sin contexto, donde las piezas patrimoniales sirven de fondo para selfies y el museo se traviste de club privado para la elite cursi.

Lo que en los 1980s con Guiomar de Urgell como directora apostaba a archivos, que narraban tensiones históricas y que intentaba, al menos, sostener un relato sobre la cultura virreinal. Lo de hoy, es marketing cursi de época.

Travestismo y clase: la nobleza usurpada

¿Quiénes participan del sarao? ¿Quiénes se visten de virreyes y virreinas? No son los herederos de la aristocracia colonial, sino una burguesía híbrida, tardía, que se disfraza de linaje para simular pertenencia. Esta es una travesti cultural en sentido literal: cuerpos actuales que se visten con ropajes ajenos para habitar una escena que no les corresponde, una aristocracia de cartón que se representa a sí misma como elegida, como refinada, como fuera de contexto.

Lo del Fernandez Blanco fue travestismo cultural en sentido más literal: cuerpos actuales que se visten con ropajes ajenos para habitar una escena que no les corresponde.

Pero lo interesante es que este travestismo no es irreverente. No hay ironía en los trajes, no hay exceso carnavalesco como en el barroco latinoamericano que leía Severo Sarduy. No hay crítica. Solo estilización. Sarduy pensaba el barroco como deformación gozosa, como estrategia excéntrica frente al poder colonial. Aquí el gesto es inverso: la elite no deforma el poder, lo imita. Lo embalsama. Se mimetiza con él sin tensión.

Gambotta y la ausencia de punctum

Martín Gambotta, en su ensayo Punctum. Imágenes entre el dolor y la fiesta, propone que el punctum —tomado de Barthes— es aquello que interrumpe la imagen, que la hiere, que escapa al control del aparato escénico. En el “Sarao del Virrey” no hay punctum. No hay falla, no hay interrupción. Hay studium puro: una superficie decorativa sin afecto. Una secuencia de Instagram sin resto. La estética que allí se despliega —el lujo performático, la sonrisa congelada, el falso linaje— está diseñada para no producir ningún desvío. Todo ha sido organizado para que nada duela.

Y eso es lo más doloroso: que en medio de una crisis económica sin precedentes, con más del 50% de la población bajo la línea de pobreza, haya sectores que organicen bailes palaciegos en museos públicos con entradas de hasta 5.000 dólares, sin que nada de eso haga ruido. El Sarao no es solo una fiesta: es una anestesia colectiva.

Barroco sin política

Bolívar Echeverría hablaba del barroco como figura de sobrevivencia: una forma de cultura que mezcla lo culto y lo popular, lo europeo y lo mestizo, para resistir la modernidad capitalista. Pero el barroco del Sarao no sobrevive nada: solo representa. Su acumulación de signos no es mestizaje, sino fetichismo. No hay hibridez, hay aspiración. No hay dolor, hay performance.

Pero este travestismo del Fernandez Blanco no es ni siquiera Neo-Barroco mal leído; no es mestizaje, sino fetichismo. No hay hibridez, hay aspiración. No hay dolor, hay simulación frente a un inodoro con hongos.

Este no es el barroco plebeyo ni el barroco de la revuelta. Es el barroco de la boutique. El barroco de la clase alta argentina que baila en un museo mientras afuera se desarma el Estado. No como gesto de insensibilidad, sino como simulacro de inmunidad.

Conclusión: el futuro como escenografía pasada

El Sarao del Virrey es una puesta en escena de la clase que no quiere ser clase, que quiere ser estirpe. Una élite sin poder que interpreta el poder como teatro. Y que convierte al museo —espacio público por definición— en un salón privado de fantasía colonial. No hay crítica, no hay memoria, no hay historia. Solo hay nostalgia de un pasado que nunca existió. Y en esa nostalgia hueca, en ese simulacro sin punctum, se juega la escena cultural de una Argentina que sigue pensando que lo barroco es lujo… y no disociación. Y sin embargo, ni siquiera en lo teatral logra brillar. Porque a diferencia del Camp entendido por Susan Sontag —ese gesto radical de desborde estético, de exageración consciente, de ironía política hecha vestuario— lo del Museo Fernández Blanco no tiene estilo ni parodia. Si la gala Camp del Met fue una ópera drag de la cultura visual global, el Sarao porteño es su remedo provinciano, sin gracia, sin riesgo y con escenografía de utilería.

Si la gala Camp del Met fue una ópera drag de la cultura visual global, el Sarao porteño es su remedo provinciano, sin gracia, sin riesgo y con escenografía de utilería


Allá, Billy Porter entraba al Met cargado en andas como una Cleopatra queer. Acá, una señora de apellido compuesto posa con peineta de cotillón frente a un ventanal neocolonial. La diferencia no es solo de presupuesto. Es de lectura cultural. Porque el Camp, cuando funciona, pone en crisis el poder a través del exceso. Pero el Sarao se queda en la cursilería: en lo empedrado de utilería, en el disfraz sin cuerpo, en la nostalgia pobre de una clase que finge haberse olvidado que no fue noble… sino apenas rica.

7 respuestas a «EL SARAO DE LA FANTASÍA DE LA ‘GALA’ DEL MUSEO FERNÁNDEZ BLANCO: BARROCO PIFIADO Y MAL TRAVESTISMO CULTURAL DE LA TRANSPIRADA ÉLITE ARGENTINA»

  1. pedro hernández

    El poder quizá no sea teatro, pero es boato, pompa y signos. Que sería la representación del tal poder, en su majestad.
    Al contrario de las tristes fotos que muestras, donde todo parece haber quedado en el precio de la entrada y luego hubieran arramblado con algún lugar de alquiler de vestuario teatral apolillado y de fiestas de fin de curso de los maristas. Sin pies ni cabeza. Horteras.

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  2. Es que solo hay una tienda de alquiler de vestidos en BA…?

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  3. Diego Villaverde

    Me suscribí al blog.

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  4. Barroco Made in china. Parece todo como esas tortas que en vez de crema batida real usan crema ledevit, que no se pudre ni después de una semana de lo sintética que es.

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  5. Esa monstruosidad de tafeta me parece más rococó que barroco. Después de mucho fernet, por supuesto.

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  6. SEÑOR CON GALERA Y CORBATA DE ESPAÑA: es todo este buen hombre.
    El mago sin dientes
    El pinguino
    El señor del monopoly
    Moyano
    Todo

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