Ha muerto Mario Vargas Llosa, el último gran representante de una intelligentsia liberal latinoamericana que prefirió siempre el confort de las élites antes que la incomodidad de la verdad. Premio Nobel de Literatura, celebridad del boom de la literatura latinoamericana y apasionado defensor del libre mercado. Hasta acá, a pesar de las diferencias ideológicas que uno pueda tener está todo bien. El problema es cuando su lugar “adecuado” lo colocó en posiciones de poder que afectaron a otros y ahí, fue un gran hijo de puta. Digo esto porque tras la fachada del humanismo letrado y las loas a la democracia se escondía un dualismo ético muy consciente del lugar de la cultura en el borramiento de la memoria y sobre todo de las memorias incómodas. Usó su fama para blindar los privilegios y estetizar la violencia con prosa impecable.
En lugar de escuchar a las víctimas indígenas, a quienes ignoró; prefirió sostener el relato civilizatorio de Lima, el mismo que décadas después serviría para justificar la represión sistemática contra los sectores populares bajo gobiernos neoliberales
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Red Carpets manchadas de sangre (indígena):
Carmen Berenguer, junto a Damiela Eltit y Raquel Olea trajeron al Congreso Latinoamericano de la Lengua Fémina de 1987 a una mujer que en un libro maravilloso llamado Modernidad Cruel, le puso los puntos sobre las íes. Tenía coraje y espaldas para hacerlo. Su nombre fue Jean Franco y fue una gran académica y Latinomamericanista. Ella mostró en ese libro (que recomiendo mucho) que Vargas Llosa no fue un mero espectador de la violencia política latinoamericana: fue un agente activo en su narración asimétrica. En Perú, su rol en la investigación estatal de la masacre de Uchuraccay (1983) ilustró su modo de operar y fue realmente dañino. Allí demostró que su modo de operar era el de denunciar el horror sin incomodar al Estado; condenar los hechos sin desmontar las estructuras. En lugar de escuchar a las víctimas indígenas, a quienes ignoró; prefirió sostener el relato civilizatorio de Lima, el mismo que décadas después serviría para justificar la represión sistemática contra los sectores populares bajo gobiernos neoliberales. La crueldad, en su caso, fue administrada con cortesía y estilo: el asesinato se volvía error, la masacre, exceso.

En Argentina, su presencia dejó huellas menos literarias pero no menos graves. En 2016, aceptó una invitación del entonces ministro de Cultura, sin secundario completo y casado con una desquiciada, Darío Lopérfido, quienes había relativizado públicamente el número de desaparecidos durante la dictadura. Vargas Llosa no sólo no cuestionó esa operación negacionista, sino que la legitimó con su silencio y lo invitó a sumarse a su proyecto de Fundación. El cálculo le salió mal porque pronto los excesos de todo tipo de la pareja terminaron (Lopérfido/Mitre) lo excluyeron de un lugar obvio que era el de referente cultural de Javier Milei. Pero era demasiado radiactivo, incluso para Milei. Imagínate!

El padre del ‘negacionismo soft’ dictatorial de la élite cultural latinoamericana:

La Fundación Internacional para la Libertad, que presidió hasta el final de su vida, funcionó como el brazo político de esa ideología: promovió a economistas ultraliberales, protegió a exfuncionarios de gobiernos represivos, y celebró a figuras de la nueva derecha global bajo el disfraz de la “defensa de la democracia”. No fue una fundación, sino una plataforma de blindaje para intereses empresariales, think tanks alineados con Washington, y lobbies del capital extractivista. Vargas Llosa fue su rostro elegante, su orador estrella, su escritor que supo convertir el neoliberalismo en una épica personal.

La posteridad recordará a Vargas Llosa, probablemente, por sus novelas. Pero lo justo sería recordarlo también por su silencio frente a las cifras del horror, y por haber usado la literatura como escudo, nunca como intervención en favor de los débiles.
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En su vida privada, su paso de la bohemia literaria al patetismo cortesano fue tan marcado como su viraje ideológico. De joven díscolo a viejo conservador, su figura se fue volviendo una caricatura de sí mismo: entre escándalos mediáticos, escarceos con la realeza española y discursos en foros empresariales, el autor de La ciudad y los perros terminó más cerca de los banqueros de Madrid que de los jóvenes escritores de América Latina. La posteridad lo recordará, probablemente, por sus novelas. Pero lo justo sería recordarlo también por su incomodidad con los cuerpos subalternos, por su silencio frente a las cifras del horror, y por haber usado la literatura como escudo, nunca como herida.

Nada de esto niega la potencia de sus primeras obras. Conversación en La Catedral es, sin dudas, una de las novelas más importantes del siglo XX en español, y La casa verde despliega una arquitectura narrativa que renovó el realismo latinoamericano. Vargas Llosa fue, en ese entonces, un escritor comprometido con la complejidad del poder, con las contradicciones del deseo y con la violencia estructural del Estado. Pero esa lucidez se fue apagando a medida que el autor se volvió figura pública, ensayista de ocasión, y finalmente, custodio del orden neoliberal. Su literatura, como su ideología, se volvió previsiblemente correcta, funcional al sistema que antes había desafiado.
Como tantos escritores envejecidos por sus propios dogmas, Vargas Llosa eligió ser monumento en vida, aunque eso implicara convertirse en una caricatura y un hijo de puta.
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En sus últimas décadas, sus novelas fueron apenas sombras de su talento original: pastiches de sí mismo, narrativas burocráticas que acompañaban sus giras internacionales y sus artículos en El País. Su apuesta por la corrección estructural y la moral liberal hizo que su obra perdiera filo, imaginación y riesgo. La épica del poder fue reemplazada por la nostalgia del orden. Como tantos escritores envejecidos por sus propios dogmas, Vargas Llosa eligió ser monumento en vida, aunque eso implicara convertirse en un hijo de puta.
Murió, como vivió sus últimos años, rodeado de los suyos: empresarios, ex presidentes, editores que votan a la derecha con entusiasmo, y reyes sin corona. Tal vez, en el panteón de los liberales ilustrados, alguien escriba en su lápida: Aquí yace un hombre que defendió la libertad… siempre que no incomodara a los dueños del mundo.
En el panteón de los liberales ilustrados, alguien escriba en la lápida de Vargas Llosa: Aquí yace un hombre que defendió la libertad… siempre que no incomodara a los dueños del mundo.
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