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Mientras la Presidente de Mexico, Claudia Sheinbaum encabezaba en Guatemala una cumbre regional para pensar estrategias de integración económica ante la guerra comercial desatada por Donald Trump, el Presidente Argentino Javier Milei brillaba por su ausencia. Pero no solo faltó al encuentro: le falló a la región. A la historia compartida y lo que es peor, a la realidad.

Milei faltó a la cumbre de Guatemala. Mientras Lula, Petro y Sheinbaum discutían cadenas de valor, deuda ecológica y migración como crisis humanitaria, Argentina se autoexcluyó con fundamentos ideológicos
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En Tegucigalpa, durante la Cumbre de la CELAC, Milei había dado la nota in absentia. Envió a su vicecanciller a representar al país y se negó a firmar la Declaración final alegando “falta de consenso”. Traducido del idioma diplomático, esto significa que no quiso quedar pegado a un documento que cuestiona las políticas migratorias, extractivas y militarizadas de Estados Unidos. En Guatemala, Milei redobló la apuesta: directamente no fue. Mientras Lula, Petro y Sheinbaum discutían cadenas de valor, deuda ecológica y migración como crisis humanitaria, Argentina se autoexcluye con fundamentos ideológicos que ni siquiera coinciden con el proteccionismo pregonado por aquel a quien supone representar. O por Twitter.
Milei celebraba su inclusión en la lista de las 100 personas más influyentes según la revista Time. Lo raro del caso es que no mencionó al resto de los líderes latinoamericanos también incluidos.
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Ese mismo día, Milei celebraba con euforia su inclusión en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time. Publicó en X: “¡El León ruge y el mundo escucha! ¡Lloran los zurdos! ¡Viva la libertad, carajo!”. Sus followers usaban la terminología de la sodomía que, en si misma, es un tema aparte. Lo raro del caso es que no hubo ni siquiera una mención o un reconocimiento por parte del Presidente argentino al resto de los líderes latinoamericanos también incluidos. Solo él, su ego, y el aplauso imaginario de Ayn Rand y Elon Musk con quien, ni siquiera tiene demasiado contacto, según sus propias palabras. El contacto solo ocurre cuando tiene que cerrar con el FMI y el Secretario del Tesoro viene para encargarse de que no tengamos demasiada relación con China porque, de golpe, Argentina tiene un lugar estratégico en materia de minerales raros.
Sheinbaum también fue elegida por Time y lo agradeció con calma y como un reconocimiento colectivo a las luchas feministas y al proceso de transformación social que vive México.
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Lo cierto y con otro nivel de dignidad, Sheinbaum también fue elegida. En su conferencia de prensa, agradeció con calma y dijo que lo tomaba como un reconocimiento colectivo a las luchas feministas y al proceso de transformación social que vive México. Ella lo mencionó simplemente porque un periodista mexicano se lo preguntó y lo minimizó porque, a decir verdad, es un logro que obedece a otro tipo de reconocimiento que siempre exige una contraprestación. A diferencia de Milei, habló de justicia distributiva, de mujeres trabajadoras, de continuidad institucional. No invocó a Menger ni a los apóstoles. Eso es para Milei.
La diferencia es que Sheinbaum no se somete como parece proyectar Milei cuando dice que doma o sodomiza ojetes. Ella construye poder en red. Él interpreta su investidura como performance mesiánica que convence sólo a idiotas.
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La diferencia es que ella no se somete como parece proyectar Milei cuando dice que doma o sodomiza ojetes. Ella construye poder en red. Él interpreta su investidura como performance mesiánica. Ella escucha, negocia, articula. Él se graba, pontifica, y repite “¡Viva la libertad, carajo!” como un latiguillo de reality show. Ella pone las cosas en contexto y tranquiliza.
Mientras Sheinbaum defiende la cultura como derecho y sostiene programas comunitarios, Milei desmantela el INCAA, vacía el Ministerio de Cultura y convierte la palabra “subsidio” en anatema. En el universo narrativo de Milei, los artistas son vagos, los científicos son planeros y el Estado es un monstruo que impide que el genio individual florezca en libertad. Es decir: si Mozart viviera en Argentina, tendría que hacer Uber mientras aprende programación neurolingüística por YouTube.
Si Mozart viviera en Argentina, tendría que hacer Uber mientras aprende programación neurolingüística por YouTube.
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Mientras ella convoca cumbres, él sueña con que lo inviten a The Joe Rogan Experience. Mientras ella dialoga con Lula y Petro, él le responde con stickers a los gobernadores que no se le arrodillan o trata de enganchar a Trump en un pasillo de Mar-a-lago. Mientras ella teje una política exterior común, él declara que no le interesa América Latina y se saca selfies con embajadores de países que ni lo registran.

Sheinbaum dice “vamos a redistribuir”. Milei dice “vamos a dinamitar”.
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Yo creo que la claves radica en la comparación entre la vocación de Sheinbaum por conectar y producir y la obsesión de Milei por reafirmar su supuesta masculinidad mediante la destrucción. Ella dice “vamos a redistribuir”. Él dice “vamos a dinamitar”. Y mientras la región se reconfigura para resistir el nuevo orden global, Argentina queda bailando sola pero sin dignidad, con la bandera yanqui atada a la cintura y cantando “Don’t cry for me, Elon Musk”.
Sheinbaum gobierna. Milei influencia. Ella hace historia. Él hace contenido.
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Y mientras una presidenta piensa el futuro común del sur global, el otro mira su reflejo en la tapa de Time, como Narciso neoliberal, esperando likes y temblando de adrenalina entre una motosierra y un libro de autoayuda.
Both in Time magazine’s TOP 100 Most Influential People: Sheinbaum Makes History While Milei Creates Content for X.
While Mexico’s President Claudia Sheinbaum led a regional summit in Guatemala to strategize economic integration in response to the trade war unleashed by Donald Trump, Argentina’s President Javier Milei was notably absent. But he didn’t just miss the meeting: he failed the region. He failed our shared history—and worse, he failed reality.

While Brazilian President Lula and Mexican Sheinbaum discussed value chains, ecological debt, and migration as a humanitarian crisis, Argentina excluded itself—on ideological grounds that don’t even align with the protectionism preached by the very figure Milei claims to represent.
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At the CELAC Summit in Tegucigalpa, he had already made headlines in absentia. He sent his deputy foreign minister to represent the country and refused to sign the final declaration, citing a “lack of consensus.” Translated from diplomatic language, that means he didn’t want to be associated with a document that questions the U.S.’s migration, extractive, and militarized policies. In Guatemala, he doubled down: he simply didn’t show up. While Lula, Petro, and Sheinbaum discussed value chains, ecological debt, and migration as a humanitarian crisis, Argentina excluded itself—on ideological grounds that don’t even align with the protectionism preached by the very figure he claims to represent. Or tweets about.
That same day, Milei jubilantly celebrated his inclusion on Time magazine’s list of the world’s 100 most influential people. He posted on X: “THE LION ROARS AND THE WORLD LISTENS! THE LEFTIES CRY! LONG LIVE FREEDOM, DAMMIT!” His followers indulged in sodomy-themed terminology which, in itself, is a topic for another time. Strangely, there wasn’t a single mention or acknowledgment of the other Latin American leaders also included on the list. It was just him, his ego, and the imagined applause of Ayn Rand and Elon Musk—who, by his own admission, he doesn’t even have much contact with. Contact only occurs when it’s time to deal with the IMF and the U.S. Treasury Secretary shows up to make sure Argentina doesn’t get too cozy with China—because suddenly, rare earth minerals have made us strategically relevant.
Trump only answers Milei’s calls when it’s time to deal with the IMF and the U.S. Treasury Secretary shows up to make sure Argentina doesn’t get too cozy with China—because suddenly, rare earth minerals have made Argentina strategically relevant.
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The truth is, Sheinbaum was also selected—dignified and on a different level. At her press conference, she calmly expressed gratitude and said she viewed it as a collective recognition of feminist struggles and the broader social transformation underway in Mexico. She only mentioned it because a Mexican journalist asked, and she downplayed it, rightly noting that such accolades always come with strings attached. Unlike Milei, she spoke about distributive justice, working women, and institutional continuity. No Menger, no apostles. That’s Milei’s thing.

The difference between Sheinbaum and Milei is that the Mexican President doesn’t submit, unlike him, who seems to project domination—boasting about “taming” or “sodomizing asses.”
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The difference between Sheinbaum and Milei is that the Mexican President doesn’t submit, unlike him, who seems to project domination—boasting about “taming” or “sodomizing asses.” She builds power through networks. He treats his office as a messianic performance. She listens, negotiates, and builds coalitions. He records himself, pontificates, and repeats “Long live freedom, dammit!” like a reality show catchphrase. She provides context and brings calm.
While Sheinbaum defends culture as a right and maintains community programs, Milei dismantles the National Film Institute (INCAA), guts the Ministry of Culture, and turns the word “subsidy” into a curse. In Milei’s narrative universe, artists are lazy, scientists are welfare leeches, and the State is a monster preventing individual genius from flourishing freely. In other words: if Mozart were alive in Argentina today, he’d be driving Uber while learning neuro-linguistic programming on YouTube.
While she convenes summits, he dreams of getting invited to The Joe Rogan Experience. While she talks with Lula and Petro, he sends stickers to governors who refuse to kneel, or tries to catch Trump in a hallway at Mar-a-Lago. While she weaves a shared foreign policy, he declares he has no interest in Latin America and takes selfies with ambassadors from countries that barely know who he is.
And while one president thinks about the shared future of the Global South, the other stares at his reflection on the Time cover, like a neoliberal Narcissus—chasing likes, trembling with adrenaline between a chainsaw and a self-help book.





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