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En muchos aspectos, Francisco no fue un reformador doctrinario sino un reformador de sensibilidad. No cambió la letra del dogma, pero desplazó el tono. Y ese desplazamiento fue, quizás, más radical que cualquier reforma institucional. En un mundo saturado de discursos que repiten, imponen o castigan, Francisco propuso una Iglesia que escucha, una Iglesia más cercana: una Iglesia con una voz más baja. Logró que la Iglesia fuera nuevamente humana. Hizo del papado algo más parecido a un cuerpo presente que a un monstruo santo e infalible pero monstruo, al fin. Y eso, viniendo de una institución experta en liturgias de poder, fue una rareza. Una rareza necesaria.

Francisco no fue un reformador doctrinario sino un reformador de sensibilidad. No cambió la letra del dogma, pero desplazó el tono. Y ese desplazamiento fue, quizás, más radical que cualquier reforma institucional.
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Yo fui bautizado por Jorge Mario Bergoglio en una parroquia del Colegio Máximo de San Miguel. Esto fue algo que organizó mi padrino Tito Lectoure, ya dueño del Luna Park, que tenía, por medio de su tía, relaciones muy estrechas con los jesuitas. Era 1972 y Jorge Mario Bergoglio tenía sólo 35 años. Ese año fue nombrado maestro de novicios en el Colegio Máximo de San José, ubicado en San Miguel, provincia de Buenos Aires. El Colegio Máximo era (y es) una de las instituciones formativas más importantes de la Compañía de Jesús en Argentina, y allí Bergoglio comenzó a tener un rol cada vez más central dentro de la estructura jesuita. Ya en 1972 comenzaba a perfilarse políticamente dentro de la Iglesia, en un contexto argentino de creciente tensión entre sectores progresistas y conservadores, tanto en el plano eclesiástico como en el social y político. En 1973, apenas un año después, sería nombrado provincial de los jesuitas en Argentina, cargo que ocupó hasta 1979.El hecho de que fuera amigo de mi padrino da la pauta del rango de contactos que manejaba y su voluntad de acercarse a sectores desplazados. Fue por toda esa influencia que estudié Ciencia Política en la Universidad del Salvador y hasta contemplé la posibilidad de tomar los hábitos, en su momento. Cuando fui designado Subsecretario de Cultura, me envió una biografía de San Ignacio de Loyola que me fascinó y luego tuvimos diferencias cuando me pidió que interviniera en el acortamiento de la muestra de León Ferrari en el Recoleta. Aquel que leyó mi libro, sabe que en la introducción pido disculpas por un artículo que escribí en Clarín, fuertemente influido por Bergoglio quien era austero pero tenía una mirada conservadora en lo doctrinal. Aunque fuertemente combinada con un compromiso pastoral.
Inesperadamente progresista
Francisco fue el primer Papa latinoamericano y el primero en tomar el nombre del santo de los pobres. No fue solo un gesto simbólico. Desde el principio se propuso reorientar la Iglesia hacia los márgenes: hacia los migrantes, los presos, los enfermos, los descartados del mundo neoliberal. Su gran preocupación era la desigualdad obscena, Francisco habló de justicia social, de responsabilidad ecológica, de los límites del capitalismo. Publicó Laudato Si’, una encíclica que muchos leyeron como un manifiesto anticapitalista, y que fue recibida con entusiasmo más allá del mundo religioso pero que muestra lo desprotegidos que su partida nos deja.
Francisco fue el primer Papa latinoamericano y el primero en tomar el nombre del santo de los pobres. No fue solo un gesto simbólico: reorientó la Iglesia hacia los márgenes.
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Francisco rompió con siglos de rigidez: pidió acoger a las personas LGBTQ+ sin condena ni hipocresía, propuso una Iglesia «en salida», denunció el clericalismo, habló de ternura y periferia, conceptos raros en el diccionario del poder. Rechazó la pompa del Vaticano, eligió vivir en Santa Marta, se dejó fotografiar con migrantes, limpió pies de presos musulmanes. Fueron gestos que hoy son y deben ser vistos como enormes.
Francisco rechazó la pompa del Vaticano, eligió vivir en Santa Marta, se dejó fotografiar con migrantes, limpió pies de presos musulmanes. Fueron gestos que hoy son y deben ser vistos como enormes.
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El subsuelo sobre el que tuvo que caminar
Francisco asumió en medio de una crisis institucional sin precedentes: la renuncia de Benedicto XVI, los escándalos por abusos sexuales, los Vatileaks, la descomposición de la Curia, la sospecha constante de que la Iglesia había dejado de ser un espacio de espiritualidad para estas sitiada por sí misma.

Francisco asumió en medio de una crisis institucional sin precedentes: la renuncia de Benedicto XVI, los escándalos por abusos sexuales, los Vatileaks, la descomposición de la Curia
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Uno de los frentes más espinosos fue el de las finanzas. El Instituto para las Obras de Religión—conocido como la “Banca Vaticana”—llevaba décadas de corrupción envuelta en escándalos de lavado de dinero, cuentas fantasma y vínculos con la mafia italiana. Francisco no fue ingenuo: entendió que si no reformaba esa estructura, todo su programa pastoral quedaría ahogado en una red de corrupción sistémica. Por eso avanzó, desde los primeros años, con auditorías, reformas contables y cambios de personal clave. Nombró figuras externas al círculo romano. La resistencia fue feroz y peligrosa.
Había que tener huevos para hacer eso ya que la resistencia con la que se topó no fue sólo burocrática sino de sectores conservadores de la Curia, defensores del viejo orden con acciones en medios de comunicación y universidades de todo el mundo que comenzaron a operar activamente contra él. Hubo filtraciones, sabotajes, operaciones mediáticas. Se lo acusó de herejía, se lo señaló como responsable de divisiones internas, incluso se difundieron rumores sobre su estado de salud y la posibilidad de una renuncia. La gran cintura política de Francisco estuvo en que puso en juego su autoridad todo el tiempo mediante un proceso de horizontalización. Esto fue hecho no escudándose en la infalibilidad papal sino que soportó la guerra interna con silencio. Ese fue su genio político.
La Guardia Suiza y el peligro del golpe interno

Nadie habla de esto pero su decisión de mudarse a Santa Marta tuvo varias razones y una fue la Guardia Suiza; uno de los grandes cánceres del Vaticano. Desde 1506, este cuerpo militar compuesto por jóvenes suizos sirve como guardia personal del Papa, con trajes renacentistas y un aura ceremonial que encarna la teatralidad del poder vaticano. Para muchos, representa no sólo la tradición, sino la vigilancia extrema sobre el cuerpo del pontífice: una presencia constante, ornamental pero también simbólicamente autoritaria. Francisco, al elegir vivir en Santa Marta y moverse sin grandes escoltas, marcó distancia con ellos. No la desmanteló, pero la volvió actoral. Su cuerpo, como su mensaje, debía estar expuesto y al hacerlo, estaba más seguro.
Francisco, al elegir vivir en Santa Marta y moverse sin grandes escoltas, marcó distancia con ellos. No la desmanteló, pero la volvió actoral.
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Sabía que su papado no era cómodo para muchos. Que estaba tocando intereses enquistados. Y sin embargo, avanzó. No con decretos grandilocuentes, sino con una forma más lenta, casi jesuítica, de desarticulación del poder. Una de las preguntas de los primeros años es cómo sobrevivió a las reformas en la banca y en el Opus. En otras palabras, cómo es posible que haya muerto de viejo. A Francisco no lo mataron—al menos no como a Juan Pablo I, cuya muerte repentina sigue rodeada de sospechas—pero intentaron neutralizarlo desde adentro. Creo que no lo mataron porque aprendieron de ese escándalo histórico y su hipervisibilidad y silencio haría todo demasiado evidente. Tal vez porque sus enemigos entendieron que eliminarlo hubiera sido más incendiario que tolerarlo. Además, sobre todo, fuera de Italia, era querido; y tal vez porque su modo de actuar fue suficientemente ambiguo como para no desatar una ruptura frontal. Tal vez porque su genio politico hizo que su manejo del poder fuera simbólico y no estructural. Si hubiera querido sumar todo, hubiera sido un grave error. Francisco supo moverse en la penumbra sin necesidad de ser target interno.

Una de las preguntas de los primeros años es cómo sobrevivió a las reformas en la banca y en el Opus. En otras palabras, cómo es posible que haya muerto de viejo.
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No debe haber sido fácil ser él. Gobernó en Roma, literalmente, rodeado de enemigos, y lo hizo, en parte, como alguien que ya sabía que su tiempo era limitado. Por eso eligió los gestos antes que los planes. Las reformas posibles. La batalla interna no terminó con él. Pero su forma de librarla dejó un punta pie inicial y eso es enorme.
Santa Marta y el modo en el que alteró la coreografïa vaticana
Una de las decisiones más silenciosas pero más contundentes de su papado fue la de no habitar el Palacio Apostólico. Apenas elegido, Francisco rechazó instalarse en los departamentos privados del Papa y eligió, en cambio, vivir en la residencia de Santa Marta: un edificio más modesto, donde conviven sacerdotes, funcionarios y visitantes. En una institución donde el espacio es poder, su elección alteró la coreografía entera.

Muchos creyeron que esa renuncia a la pompa fue una pose o un ejercicio de marketing. Si bien fue coherente con el nombre que eligió: Francisco, como el santo de Asís que abandonó su herencia, abrazó la pobreza y reconstruyó la Iglesia desde los márgenes. Como los primeros franciscanos, Francisco no quiso mandar desde un trono sino reducir la distancia. Esa decisión no resolvió los problemas estructurales de la Iglesia, ni reformó la Curia con un decreto, pero sí desactivó el aura imperial del papado. Fue un Pont Max heredero de los emperadores Romanos que entendió lo ridículo y suicida del gesto en la realidad de hoy.
Francisco fue un Pontifex Max heredero de los emperadores Romanos que entendió lo ridículo y suicida del gesto en la realidad de hoy.
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Su encíclica Laudato Sì: Desvincular lo humano de lo natural, vinculándolo.
La publicó en el 2015 y muchos la leyeron como un giro inesperado: un Papa hablando de ecología, de cambio climático, de modelos económicos depredadores, de extractivismo. Pero en realidad, no se trataba de eso. Era la consecuencia lógica de su mirada franciscana: una espiritualidad centrada no en el dogma sino en lo relacional. El subtítulo del documento ya lo anunciaba todo: Sobre el cuidado de la casa común. No era una encíclica sólo para católicos. Era una intervención dirigida al planeta. Lo notable de Laudato Si’ es que no se limitó a repetir los lugares comunes de la doctrina social de la Iglesia. Fue más allá. Denunció la “cultura del descarte” como una estructura global de opresión, ligó el colapso ecológico a la injusticia social y acusó al sistema financiero internacional de ser parte del problema. No hubo eufemismos. Francisco puso en palabras lo que muchos líderes políticos no se animan ni a pensar: que el desastre ambiental no es solo una cuestión técnica, sino una crisis moral y espiritual. La encíclica es una teología del vínculo. Y esa teología, en un mundo regido por la velocidad y la acumulación, suena profundamente política.
Laudato Si’ es una teología del vínculo. Y esa teología, en un mundo regido por la velocidad y la acumulación, suena profundamente política.
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Lo fundamental de Laudato Si’ fue su tono. La ofreció como perspectiva y no como reto o condena. Fue una invitación y por eso, esa encíclica es única. Su voz, lejos del tono condenatorio de otros papas, usó el aparato doctrinal de la Iglesia para decir algo verdaderamente urgente, y lo dijo bien.Tal vez por eso fue tan resistida. Porque no fue abstracta. Porque no defendió privilegios. Porque no esquivó la pregunta por el poder. Y porque, por primera vez en mucho tiempo, un texto papal logró interpelar más allá de los fieles. En un momento donde todo discurso parece responder a una identidad, Laudato Si’ se atrevió a hablar al mundo entero. Fue humanista pero no el sentido blanco sino real. Como si todavía creyera que es posible eso: hablarle a todos. Yo espero que esa esperanza (perdón la redundancia) no se vaya con él.
Entre San Ignacio de Loyola y Escrivá de Balaguer: Dos modos de Iglesia
Francisco fue el primer papa jesuita en la historia de la Iglesia. Y este no es un detalle menor. La Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en el siglo XVI, es una orden marcada por la disciplina intelectual, la obediencia estratégica y una vocación de intervención en los márgenes: la educación, la política, las periferias. Bergoglio, formado en esa tradición, llevó al papado esa mezcla de rigor y flexibilidad, de astucia y mística. Su modo de gobernar—más táctico que doctrinario, más pastoral que jurídico—fue profundamente jesuita.
Del otro lado, el Opus Dei representa, para muchos, el modelo opuesto: una estructura vertical, centrada en la obediencia, con fuerte presencia en las élites económicas y políticas, y con una teología hiperconservadora. Aunque Francisco expresó en varias ocasiones su aprecio por la labor del Opus Dei, especialmente en el ámbito educativo y social, su papado introdujo reformas que limitaron su autonomía y poder dentro de la Iglesia. En 2022, mediante el motu proprio Ad charisma tuendum, Francisco reorganizó la estructura del Opus, trasladando su supervisión al Dicasterio para el Clero y estableciendo que su prelado no podría ser obispo, buscando así una forma de gobierno más basada en el carisma que en la autoridad jerárquica. Esto ha puesto en jaque a “La Obra” y la debilitó. De este modo, su papado puede leerse como una tensión entre dos modelos: el de Loyola, que apuesta por la reforma desde dentro, y el de Escrivá, que enfatiza la santificación en el mundo pero desde una estructura más jerárquica y con modelos canónicos. El Opus anhela el medioevo mientras que Francisco era un jesuita posmoderno.
Francisco confrontó dos modelos: el de Loyola, que apostó por la reforma desde dentro, y el de Escrivá, que enfatiza la santificación en el mundo pero desde una estructura más jerárquica y con modelos canónicos.
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San Francisco de Buenos Aires?
No se trata de canonizar a Francisco en vida—ni en muerte. Su papado, como todo poder que pretende ser transformador, estuvo lleno de ambivalencias. En muchos temas, el impulso reformista se estancó o directamente se desdibujó. Su política hacia las mujeres, por ejemplo, fue decepcionante: aunque habilitó pequeñas aperturas, nunca se animó a cuestionar en serio la estructura patriarcal de la Iglesia. La ordenación femenina siguió siendo un tabú, y la presencia de mujeres en puestos de poder real fue más simbólica que efectiva. Esto coloca a la España del siglo XVII por delante de Bergoglio.
La política de Francisco respecto de las mujeres fue decepcionante: aunque habilitó pequeñas aperturas, nunca se animó a cuestionar en serio la estructura patriarcal de la Iglesia.
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También fue tibio en la lucha contra los abusos sexuales dentro de la Iglesia. A pesar de reconocer públicamente el daño y pedir perdón, muchas veces su accionar fue tardío o insuficiente. Hubo casos—como el del obispo chileno Juan Barros—en los que defendió a figuras cuestionadas, solo para rectificarse después bajo presión social. Esa oscilación entre valentía y cálculo afectó su credibilidad en uno de los temas más sensibles de la Iglesia contemporánea en un momento de moralización de las relaciones sociales que eran explotadas y lo son, como se ha visto esta semana en la Argentina, por la Alt+Right.

En América Latina, su relación con ciertos regímenes autoritarios también fue ambigua. Condenó el neoliberalismo, pero fue menos enfático cuando se trató de violaciones a los derechos humanos en países aliados al progresismo continental. Francisco no siempre estuvo a la altura de sus propias palabras. Pero eso también lo hace interesante: no fue una figura sellada, sino en disputa. Un Papa que no fue perfecto, pero que incomodó. Y en una época que todo lo vuelve espectáculo o mercancía, incomodar es una forma de presencia. Es difícil que aparezca alguien como él.
Francisco no siempre estuvo a la altura de sus propias palabras. Pero eso también lo hace interesante: no fue una figura sellada, sino en disputa. Un Papa que no fue perfecto,
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La Imágen como Política
En Argentina, Francisco fue objeto de una politización salvaje.
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Demonizado por los sectores libertarios y conservadores, que lo tildaron de “zurdo”, “peronista”, “comunista” o incluso “enemigo del progreso”; y al mismo tiempo endiosado y demonizado por sectores del peronismo que lo convirtieron en una suerte de guía espiritual del modelo nacional y popular, un referente ético sin mancha o, de pronto, manchado. La relación del Papa argentino con su país fue imposible. Fue argentino pero no dejó hacerse ser de nadie. O aún peor…. fue de todos, en el peor sentido: cada facción proyectó sobre él lo que necesitaba. Y él, quizás con la astucia del pastor que sabe leer el rebaño, eligió no responder directamente a casi ninguna de esas interpelaciones. Pero no siempre necesitó hablar para dejar claro lo que pensaba. De hecho nunca visitó oficialmente su país como Papa, lo que dice mucho.
Con Mauricio Macri fue evidente. No hacía falta un discurso. Le bastó con una foto. Aquella imagen glacial, sin sonrisa ni abrazo en Roma contrastó brutalmente con la calidez de sus encuentros con líderes populares de otros países. Francisco sabía lo que comunicaba. Su rostro adusto frente a Macri y Awada fue más elocuente que cualquier declaración. No se trataba sólo de una diferencia de estilos, sino de una distancia ética, incluso moral, frente a un proyecto de país que él consideraba funcional a la lógica del descarte que tanto denunció. No lo dijo. Pero lo mostró. Lo mismo con Milei.

Del otro lado del espectro, su vínculo con Juan Grabois fue leído como una alianza directa con el movimiento de los trabajadores excluidos, con la economía popular, con los descartados que él mismo había puesto en el centro de su teología social. Pero cuán real fue ese vínculo? ¿O fue potenciado, incluso explotado, por el propio Grabois como capital simbólico? Tal vez un poco de ambas cosas. Lo cierto es que Francisco lo recibió, lo bendijo, lo escuchó, y no ocultó su simpatía. Pero nunca bajó una línea explícita ni una designación. Grabois nunca fue vehículo de poder Papal. Nunca se dejó usar del todo. Lo suyo no fue militancia sino una forma de cercanía pastoral con aquellos que, en su lectura, representaban al Cristo de las villas y los márgenes.
El vínculo de Francisco con Juan Grabois fue leído como una alianza directa con su teología social. ¿Pero cuán real fue ese vínculo? ¿O fue potenciado, incluso explotado, por el propio Grabois como capital simbólico?
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Y sin embargo, incluso ahí se mantuvo en ese margen ambiguo que eligió habitar durante todo su papado. Ni confirmó ni desmintió su cercanía con Cristina Fernández de Kirchner, ni salió al cruce de los insultos de Javier Milei, ni apoyó explícitamente ningún proyecto político argentino.
A Milei lo supo despreciar en el modo en el que más le duele, a este. Apareció en la cumbre de líderes en Italia y lo invisibilizó. Su silencio, en Argentina, nunca fue neutro.
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Desde el peor lugar de lo argentino, Francisco funcionó como una pantalla para sus múltiples ansiedades nacionales: la necesidad de un argentino universal, de un líder bueno, de un argentino que no se haya manchado con la grieta. Pero la grieta lo arrastró igual. Tal vez, fue el argentino mas notable en el peor momento de serlo.
Su legado: Una posmodernidad humanista
Creo que su enseñanza fue su modo de habitar el poder. No fue un santo ni un revolucionario. Fue algo más raro en tiempos como estos: un hombre que eligió la complejidad cuando todo exige claridad brutal. Por eso digo que fue un Papa Posmoderno. Un líder espiritual que prefirió los gestos a las fórmulas, el cuerpo a la retórica, el matiz a la consigna. Y eso, en este siglo, es subversivo en el mejor de los sentidos. Un grande de verdad.
Creo que su enseñanza fue su modo de habitar el poder. No fue un santo ni un revolucionario. Fue algo más raro: un hombre que eligió la complejidad a la exigida claridad brutal. Por eso fue el Papa Posmoderno.
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No quiero recordarlo como el papa bueno, ni como el argentino universal, ni como el guía moral de ninguna causa. Me basta con pensarlo como alguien que incomodó. Que entendió que mirar a los pobres no es lo mismo que hablar en su nombre. Esto es lo que no entendió Grabois y por eso nunca dio ese salto. Francisco entendió que la justicia sin empatía se vuelve ley y criminalización, y que la fe sin dudas se transforma en dogma vacío. Este fue el Papa que nos enseñó a dudar o, mejor dicho, que nos mostró que lo humano radica en la duda y en la empatía. En los grises. Ni esto ni aquello. Ni el justo punto medio. La santidad está en la imperfección, en el silencio, en el gesto, en el espacio que uno decide habitar y no en el que hereda. Francisco fue un Papa que incomodó al Poder real sin caer en el espectáculo de la disidencia performativa y esto en una época en la que todo lo invitaba hacia ese lado. Decir sin gritar. Callar sin desaparecer. Vivir en el centro sin dejarse tragar por él.
Francisco, el hombre, se fue. Pero queda su modo. Y ese modo nos obliga, o al menos a mí me obliga, a pensar qué hacemos con nuestras propias formas de intervenir, de decir, de estar.
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En un mundo que nos empuja a elegir bandos, a cerrar filas, a exhibir pureza moral, a ser espectaculares al pedo. Que Dios lo bendiga por enseñarnos, como buen pastor, a habitar la contradicción sin renunciar al cuidado. Nosotros no somos ni pastores, ni jueces. Simples y frágiles seres humanos que un buen día, un meteorito nos choca, y nos acabamos o el AI se descontrola y desaparecemos.
No me interesa canonizarlo. Me interesa pensar con él. Pensar desde lo que no pudo, desde lo que eligió callar. En tiempos de ruido, Francisco eligió el gesto. En tiempos de trincheras, eligió el rodeo. En tiempos de odio, eligió la ternura. Y eso, aunque no baste, en tiempos de miedo…. Perdón, en tiempos de terror interno, reconforta.
Francis Has Died: A Necessary Farewell, Not an Obedient One
In many ways, Francis was not a doctrinal reformer but a reformer of sensibility. He didn’t change the letter of dogma, but he shifted the tone. And that shift, perhaps, was more radical than any institutional reform. In a world saturated with discourses that repeat, impose, or punish, Francis proposed a Church that listens—a Church that drew closer, a Church that spoke in a lower voice. He made the Church sound human again. He turned the papacy into something more like a present body than a holy, infallible monster—but a monster, nonetheless. And that, coming from an institution so skilled in the liturgies of power, was a rarity.

Francis was not a doctrinal reformer but a reformer of sensibility. He didn’t change the letter of dogma, but he shifted the tone.
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I was baptised by Jorge Mario Bergoglio at a parish linked to the Colegio Máximo de San Miguel. My godfather, Tito Lectoure—already the owner of Luna Park—arranged it through his aunt, who had close ties with the Jesuits. It was 1972, and Bergoglio was only 35. That same year, he was appointed Master of Novices at the Colegio Máximo de San José, one of the most important Jesuit training institutions in Argentina. Already then, he was beginning to take on a central role within the Jesuit structure, in a context of growing tension between progressive and conservative factions both inside the Church and in Argentine society at large. In 1973, barely a year later, he would be named Provincial of the Jesuits in Argentina, a role he held until 1979. The fact that he was a friend of my godfather shows the breadth of his connections and his willingness to engage with marginalized sectors. It was through this influence that I studied Political Science at Universidad del Salvador and, at one point, even considered taking vows. When I was appointed Undersecretary of Culture, he sent me a biography of Saint Ignatius of Loyola that fascinated me—and later we clashed, when he asked me to intervene in shortening León Ferrari’s exhibition at the Recoleta Cultural Centre. Anyone who read my book knows that in the introduction I apologise for a piece I wrote in Clarín, heavily influenced by Bergoglio—who was austere but doctrinally conservative, though deeply committed pastorally.
Unexpectedly Progressive
Francis was the first Latin American Pope, and the first to take the name of the saint of the poor. It was more than symbolism. From the beginning, he sought to reorient the Church toward the margins:
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Francis was the first Latin American Pope, and the first to take the name of the saint of the poor. It was more than symbolism. From the beginning, he sought to reorient the Church toward the margins: toward migrants, prisoners, the sick, the discarded of the neoliberal world. His deepest concern was obscene inequality. Francis spoke of social justice, ecological responsibility, and the limits of capitalism. He published Laudato Si’, an encyclical many read as an anti-capitalist manifesto, received enthusiastically even beyond religious circles. And now, in his absence, we feel how unprotected we are without it.

Francis broke with centuries of rigidity: he called for the welcome of LGBTQ+ people without condemnation or hypocrisy; he spoke of a Church “on the move,” denounced clericalism, invoked tenderness and the periphery—rare words in the vocabulary of power. He rejected Vatican pomp, chose to live at Santa Marta, let himself be photographed with migrants, washed the feet of Muslim prisoners. These gestures, now, must be seen for what they were: enormous.
The Ground Beneath His Feet
Francis took office amid an unprecedented institutional crisis: Benedict XVI’s resignation, sex abuse scandals, Vatileaks, the collapse of the Curia, and the constant suspicion that the Church was no longer a place of spirituality but one under siege by its own machinery.
One of the thorniest fronts was financial. The Institute for the Works of Religion—known as the Vatican Bank—had been mired for decades in corruption, money laundering scandals, phantom accounts, and ties to the Italian mafia. Francis was no fool: he knew that if he didn’t reform this system, his entire pastoral program would drown in a network of systemic corruption. So he acted early, launching audits, accounting reforms, and key personnel changes. He brought in outsiders to the Roman circle. The resistance was fierce—and dangerous.
It took guts. The opposition to Francis wasn’t merely bureaucratic—it came from conservative sectors of the Curia, defenders of the old order with allies in global media and universities who actively worked against him.
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It took guts. The opposition wasn’t merely bureaucratic—it came from conservative sectors of the Curia, defenders of the old order with allies in global media and universities who actively worked against him. There were leaks, sabotage, media attacks. He was accused of heresy, blamed for internal divisions, and rumours spread about his health and potential resignation. Francis’s political genius was in how he constantly staked his authority through horizontal gestures. He didn’t retreat behind papal infallibility. He endured the internal war in silence. That was his strategy.
The Swiss Guard and the Threat of an Internal Coup

No one talks about it, but his decision to move into Santa Marta had several reasons—one was the Swiss Guard, one of the Vatican’s lingering cancers. Since 1506, this military corps of young Swiss men has served as the Pope’s personal guard, with Renaissance costumes and ceremonial pomp that stage Vatican power theatrically. For many, they represent not just tradition but extreme surveillance over the pontiff’s body: a constant, ornamental, and symbolically authoritarian presence.
By choosing to live in Santa Marta and to move without grand escorts, Francis marked distance. He didn’t dismantle them, but he rendered their power theatrical. His body, like his message, had to be exposed. In that exposure, paradoxically, he was safer.
By choosing to live in Santa Marta and to move without the Swiss Guard, Francis marked distance. He didn’t dismantle them, but he rendered their power theatrical.
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He knew his papacy made many people uncomfortable. That he was tampering with entrenched interests. And yet he pressed forward—not with grandiose decrees, but through slow, almost Jesuitical dismantling. One of the central questions in the early years was: how did he survive the Vatican Bank and Opus Dei reforms? In other words: how did he die of old age?

They didn’t kill Francis—at least not like John Paul I, whose sudden death still raises questions—but they tried to neutralize him from within. I believe they didn’t kill him because they’d learned from history: his visibility and silence would have made everything too obvious. Perhaps they realized that eliminating him would have ignited a bigger fire than tolerating him. Outside Italy, he was loved. And perhaps his genius was to remain ambiguous enough not to provoke open rupture. His symbolic, not structural, use of power saved him. Had he tried to control it all, it would have been fatal. He moved through the shadows without becoming a target.
Francis’ genius was to remain ambiguous enough not to provoke open rupture. Had he tried to control it all, it would have been fatal. He moved through the shadows without becoming a target.
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It must not have been easy to be him. He governed in Rome, literally surrounded by enemies, and did so with the quiet clarity of someone who knew his time was limited. That’s why he chose gestures over blueprints. The reforms that were possible. The internal war didn’t end with him. But he left a crack, and that alone is enormous.
Santa Marta and the Way He Altered Vatican Choreography

One of the quietest yet most forceful decisions of his papacy was to not inhabit the Apostolic Palace. Upon being elected, Francis rejected the private papal apartments and instead chose to live at the Santa Marta residence—a more modest building, shared by priests, officials, and visitors. In an institution where space equals power, that choice altered the entire choreography.
Many dismissed it as a marketing stunt, a symbolic gesture. But it aligned with the name he had chosen: Francis, like the saint of Assisi who renounced inheritance, embraced poverty, and rebuilt the Church from the margins. Like the early Franciscans, he did not want to rule from a throne but to reduce distance. That decision didn’t solve the Church’s structural problems, nor did it reform the Curia by decree—but it deactivated the imperial aura of the papacy.
Francis was a Pontifex Maximus in the Roman imperial tradition who saw how ridiculous—and self-destructive—that gesture had become in today’s world.
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His Encyclical Laudato Si’: Unlinking Humanity from Nature, by Linking It
Published in 2015, many saw it as an unexpected turn: a Pope speaking about ecology, climate change, extractivism, predatory economics. But really, it was the logical consequence of his Franciscan worldview—a spirituality focused not on dogma, but on relation. The document’s subtitle said it all: On Care for Our Common Home. It wasn’t an encyclical just for Catholics. It was a planetary intervention.

What was striking about Laudato Si’ is that it didn’t merely echo the usual clichés of Catholic social teaching. It went further. It denounced the “throwaway culture” as a global structure of oppression, tied ecological collapse to social injustice, and accused the international financial system of complicity. There were no euphemisms. Francis said what most political leaders don’t dare to think: that the environmental disaster is not merely technical—it is a moral and spiritual crisis. Laudato Si’ is a theology of connection. And in a world ruled by speed and accumulation, that theology sounded radically political.
Laudato Si’ is a theology of connection. And in a world ruled by speed and accumulation, that theology sounded radically political
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Its tone was essential. He offered it as a perspective, not as a rebuke or condemnation. It was an invitation—and for that reason alone, the encyclical is unique. His voice, far from the condemnatory tone of past popes, used the Church’s doctrinal apparatus to say something urgent—and said it well. Maybe that’s why it was so fiercely resisted. Because it wasn’t abstract. Because it didn’t defend privilege. Because it didn’t evade the question of power. And because—for the first time in a long while—a papal text spoke beyond the faithful. In a time when every speech seems tied to an identity, Laudato Si’ dared to address the whole world. It was humanist, but not in the whitewashed sense—humanist in the real one. As if he still believed in that possibility: speaking to all. I hope that hope, redundant as it sounds, doesn’t die with him.
Between Ignatius of Loyola and Escrivá de Balaguer: Two Models of Church
Francis was the first Jesuit Pope in the history of the Church—a detail that is anything but minor. The Society of Jesus, founded by Ignatius of Loyola in the 16th century, is a religious order shaped by intellectual discipline, strategic obedience, and a vocation to work on the margins: education, politics, the peripheries. Bergoglio, formed in that tradition, brought to the papacy a mixture of rigor and flexibility, of cunning and mysticism. His way of governing—more tactical than doctrinal, more pastoral than juridical—was profoundly Jesuit.
On the other hand, Opus Dei represents for many the opposite model: a vertical structure, centered on obedience, with strong roots in political and economic elites, and a hyper-conservative theology. Although Francis expressed appreciation for Opus Dei’s work, especially in education and social action, his papacy introduced reforms that curtailed its autonomy and power within the Church. In 2022, through the motu proprio Ad charisma tuendum, Francis reorganized the structure of Opus Dei, shifting its supervision to the Dicastery for the Clergy and declaring that its Prelate could no longer be a bishop—thus reconfiguring its governance around charisma, not hierarchy. This dealt a serious blow to “the Work.”
His papacy, then, can be read as a tension between two models: Loyola’s, which seeks internal reform, and Escrivá’s, which emphasises sanctification in the world through rigid structures. Opus Dei longs for the medieval; Francis was a postmodern Jesuit.
Francis’ papacy, then, can be read as a tension between two models: Loyola’s, which seeks internal reform, and Escrivá’s, which emphasises sanctification in the world through rigid structures.
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San Francisco of Buenos Aires?
This isn’t about canonizing Francis in life—or in death. His papacy, like all power that tries to transform, was full of ambiguity. On many issues, his reformist momentum stalled or evaporated. His policy toward women, for instance, was disappointing: while allowing minor openings, he never seriously challenged the Church’s patriarchal structure. Women’s ordination remained taboo, and their presence in positions of real power was more symbolic than effective. In this respect, 17th-century Spain outpaced Bergoglio.
He was also lukewarm in tackling sexual abuse. Despite publicly acknowledging the harm and asking forgiveness, his actions were often delayed or insufficient. In the case of Chilean bishop Juan Barros, he defended a contested figure, only to later backtrack under social pressure. That oscillation between courage and calculation damaged his credibility on one of the Church’s most sensitive issues—especially at a time when moral panics around sexuality are increasingly exploited by far-right politics, as we’ve just seen again in Argentina.
A Pope who wasn’t perfect—but who made people uncomfortable. And in an age where everything becomes spectacle or commodity.
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In Latin America, his relationship with certain authoritarian regimes was also ambiguous. He condemned neoliberalism but was far less vocal about human rights abuses in leftist-aligned governments. Francis didn’t always live up to his own words. But that, too, makes him interesting: he wasn’t a sealed figure, but a contested one. A Pope who wasn’t perfect—but who made people uncomfortable. And in an age where everything becomes spectacle or commodity, to make others uncomfortable is a form of presence. It’s hard to imagine another like him.
Image as Politics
In Argentina, Francis was violently politicized. Vilified by libertarians and conservatives, who called him a “commie,” “Peronist,” “socialist,” or “enemy of progress”—and at the same time deified and later demonized by Peronist sectors, who cast him as a spiritual guide for the national-popular project, a pure ethical reference—or, suddenly, impure. His relationship with Argentina was impossible. He was Argentine, but refused to belong to anyone. Or worse—he belonged to everyone, in the worst sense: every faction projected onto him what it needed. And he, with the cunning of a shepherd who knows his flock, chose not to respond to almost any of it.
Francis didn’t always need to speak to make his position clear. He never visited his country officially as Pope—a statement in itself.
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With Mauricio Macri, the difference was stark. No speech was needed. A single photo sufficed. That glacial image, without smile or embrace, in Rome, contrasted brutally with the warmth of his meetings with popular leaders from other countries. Francis knew what he was communicating. His stern face alongside Macri and Awada said more than any declaration. It wasn’t just about style—it was an ethical, perhaps moral, distance from a vision of Argentina he saw as serving the “logic of disposability” he so often condemned. He didn’t say it. But he showed it. The same with Milei.
At the other end of the spectrum, his relationship with Juan Grabois was read as an alliance with the movement of excluded workers, the popular economy, the discarded—those at the center of his social theology. But how real was that bond? Was it perhaps inflated, even exploited, by Grabois as symbolic capital? Probably both. What’s certain is that Francis received him, blessed him, listened to him, and didn’t hide his sympathy. But he never issued a directive or endorsement. Grabois was never a papal envoy. He was never fully instrumentalized. His relationship with Francis was pastoral closeness—not political co-optation.
Even there, Francis remained in that ambiguous margin he chose to inhabit throughout his papacy. He neither confirmed nor denied ties with Cristina Fernández de Kirchner. He never responded to Milei’s insults. He never explicitly backed any Argentine political project. But he knew how to despise Milei in the way that hurts him most—through silence. At a leadership summit in Italy, Francis simply ignored him. His silence, in Argentina, was never neutral.
From the worst place in Argentine identity, Francis became a screen for national anxieties: the hunger for a universal Argentine, a good leader, an untainted figure above the political rift. But the rift swallowed him too. Maybe he was the most notable Argentine at the worst time to be one.
His Legacy: A Humanist Postmodernity
I believe his true teaching was in how he inhabited power. He wasn’t a saint or a revolutionary. He was something rarer in times like these: a man who chose complexity when everything demanded brutal clarity. That’s why I say he was a Postmodern Pope—a spiritual leader who favored gestures over formulas, the body over rhetoric, nuance over slogans. And that, in this century, is subversive in the best sense.
I don’t want to remember him as “the good Pope,” or “the universal Argentine,” or “the moral guide” of any cause. I’m content to remember him as someone who made power uncomfortable. Who understood that looking at the poor is not the same as speaking for them. This is what Grabois never understood—and why he never made the leap. Francis knew that justice without empathy becomes law and criminalization; that faith without doubt becomes empty dogma.
This was the Pope who taught us to doubt—or better, showed us that what is most human lives in doubt and empathy. In the gray zones. Not this or that. Not some perfect midpoint. Sanctity lives in imperfection, in silence, in gesture, in the space one chooses to inhabit—not the one inherited.
Francis was a Pope who challenged real power without falling into the performance of dissent. And that, in a time that constantly seduces us toward spectacle, is extraordinary. To speak without shouting. To fall silent without vanishing. To live in the center without being swallowed by it.
Francis, the man, is gone. But his way remains. And that way forces us—or at least it forces me—to reflect on how we choose to intervene, to speak, to be. In a world that pushes us to pick sides, close ranks, flaunt moral purity, and be spectacular for no reason. May God bless him for teaching us, like any good shepherd, how to inhabit contradiction without abandoning care.
We are neither shepherds nor judges. Just fragile human beings who, one fine day, might be struck by a meteor—or consumed by runaway AI—and vanish.
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I don’t want to canonize him. I want to think with him. Think from what he could not do, from what he chose to leave unsaid. In a time of noise, Francis chose the gesture. In a time of trenches, he chose the detour. In a time of hatred, he chose tenderness. And that, though it may not be enough, in times of fear—no, in times of internal terror—offers comfort.






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