Pastoral, psicología y biopolítica de la Dictadura. Nelson Castro y el Papa que activa su propio fantasma.
En una entrevista con Néstor Castro quien se comprometió a publicarla post-mortem, el Papa Francisco reafirma una de las premisas del libro que estoy publicando este fin de este año en castellano (‘Arte Político Post-Mortem y Mafias del Amor’) y el próximo en inglés. Allí sugiero que la política más efectiva en tiempos bio políticos es individual y desde la tumba.

Francisco reveló que considera fundamental que la pastoral incorpore herramientas de la psicología, aunque manifestó que él nunca se psicoanalizó.
Tweet
En la entrevista en cuestión, Francisco reveló dos elementos llamativos: que fue asesorado por una psiquiatra durante la última dictadura militar en Argentina, y que considera fundamental que la pastoral incorpore herramientas de la psicología, aunque manifestó que él nunca se psicoanalizó. Agregó, además, que “la neurosis es parte de lo humano”, y que su gestión como superior jesuita requería de alguien que lo ayudara a “poner las cosas en su lugar”. Esta declaración, más que anecdótica, puede leerse —desde una perspectiva crítica— como un punto de intersección o una superposición histórica, por lo traumática, entre gubernamentalidad pastoral y biopolítica contemporánea.
Desde mediados del siglo XX, el poder dejó de operar únicamente sobre los cuerpos y pasó a operar a través de las almas, en sentido de management y auto-management. Este tipo de gobernancia no reprime, sino que produce sujetos capaces de autogobernarse. La psicología, la psiquiatría y otros saberes psi se convirtieron en tecnologías de ese tipo de subjetivación: formas de administrar el yo, de hacer de uno mismo un proyecto continuo de mejora, adaptación y regulación emocional. Que esto sea dicho por el Papa es, verdaderamente, revolucionario por varias razones.

La figura del pastor moderno —en su visión— no puede limitarse a ofrecer consuelo espiritual; debe también saber navegar los lenguajes del trauma, de la angustia, del diagnóstico
Tweet
El gesto de Francisco no es rupturista sino profundamente contemporáneo y no el que lo haya hecho en la década del 70 sino que lo manifiesta, casi como un mandato pastoral, en la actualidad. Esto es algo que fue dicho al pasar y puede ser tomado de manera solamente católica y espiritual pero tiene un alcance mucho más profundo. Él no rechaza la psiquiatría como secular o ajena al cristianismo, sino que la incorpora como herramienta pastoral. La figura del pastor moderno —en su visión— no puede limitarse a ofrecer consuelo espiritual; debe también saber navegar los lenguajes del trauma, de la angustia, del diagnóstico. Así, el saber psi se sacramentaliza: se transforma en un dispositivo ético, no sólo médico, que permite el cuidado del alma en el lenguaje de la mente. Además, y esto lo digo por experiencia propia, un cura está mucho mejor entrenado éticamente para tratar estos asuntos. Tiene eso que da el estudio teológico, la creencia en la inconmensurabilidad divina y la fe: a diferencia de la psicología que oculta esa fe y se queda solamente con el control y la promesa, a cambio de una contraprestación, de una resolución.
Con Francisco, el saber psi se sacramentaliza: se transforma en un dispositivo ético, no sólo médico, que permite el cuidado del alma en el lenguaje de la mente.
Tweet
Pero esta integración no es neutra. Como muestra Didier Fassin en La razón humanitaria, la medicalización del sufrimiento puede funcionar como una forma de neutralización política. En contextos de represión o violencia estructural —como fue la Argentina de los 70—, el recurso a la psiquiatría puede leerse tanto como una vía de supervivencia subjetiva como una despolitización del malestar. Francisco, al recurrir a una psiquiatra durante la dictadura, inscribe su subjetividad dentro de un campo de fuerzas ambivalente: ¿buscaba protección? ¿comprensión? ¿compensación? ¿exculpación? Esto lo hace tan pero tan argentino.

Fassin advierte que el lenguaje del trauma tiende a reemplazar al del testimonio. La víctima, en la lógica humanitaria, ya no denuncia; padece. La psiquiatrización del daño reemplaza a la justicia por la compasión. En este sentido, Francisco se sitúa en una línea frágil entre el acto ético y la lógica de la absolución psíquica. ¿Fue la psiquiatra una confidente política, una aliada emocional, una operadora del silencio?
Francisco se sitúa en una línea frágil entre el acto ético y la lógica de la absolución psíquica. ¿Fue la psiquiatra una confidente política, una aliada emocional, una operadora del silencio?
Tweet
Aquí puede entrar Roberto Esposito, quien analiza cómo la biopolítica moderna ha sido sostenida por un dispositivo inmunitario: mecanismos de protección que, en su intento de salvar la vida, terminan produciendo exclusión, violencia o muerte. La pastoral psi de Francisco podría pensarse, en este marco, como un intento de reformular el dispositivo inmunitario del poder moderno, no a través del castigo, sino del cuidado; no por exclusión, sino por integración. Pero también como una forma de reabsorber el malestar dentro de un marco de contención simbólica. La Iglesia, desplazada por las ciencias del alma, las recupera. El sacerdote moderno se convierte en psicólogo del espíritu.
La Iglesia, desplazada por las ciencias del alma como la psiquiatria, la abraza para recuperar su autoridad. El sacerdote moderno se convierte en psicólogo del espíritu. Está fue la segunda revolución ‘franciscana’.
Tweet
Pero Francisco no adopta un discurso de salud mental en el sentido clínico neoliberal sino que ofrece una alternativa; el abrazo de la neurosis. Una tercera vía psicológica. Cuando dice que “la neurosis es parte de lo humano”, está desactivando la lógica biomédica de la corrección infinita. El hombre tiene que identificar el hueso que chilla, dice. Lo que no dice y es fundamental que no lo diga es que hay que dejarlo chillar al hueso porque ser humano es ese sufrimiento. Nunca voy a olvidar la boluda que me dijo en terapia en Argentina que si después de seis meses, seguía sintiendo el dolor del luto ‘ya había que hacer algo’ porque era un problema. Recuerdo mirarla entendiendo lo que ella no podia entender porque no lo había visto ni de cerca: la mortalidad y el amor incondicional. Lo que el Papa Francisco o la doctrina de la Iglesia llamarían: la gracia.

No hay en Francisco una búsqueda de performance o productividad del yo, sino una aceptación de la falla como estructura de lo humano. En esto, quizás, el Papa se aproxima más a una ontología cristiana del sufrimiento que a una psicología positiva. La neurosis, lejos de ser un trastorno, es un rasgo compartido, una condición común que puede —y debe— ser acompañada. Un grande que opera como un fantasma después de la muerte
El Papa se aproxima más a una ontología cristiana del sufrimiento que a una psicología positiva.
Tweet
Francis-the-Psi governs from the afterlife
Pastoral Care and Biopolitics Under Dictatorship: Nelson Castro and the Pope Who Summons His Own Ghost
In an interview with Néstor Castro — one that Castro pledged to publish posthumously — Pope Francis reaffirms something I explore in the book I’ll be publishing later this year: that the most effective politics is individual and post-mortem. In that conversation, Francis revealed two striking facts: that he was advised by a psychiatrist during Argentina’s last military dictatorship, and that he considers it essential for pastoral care to incorporate tools from psychology, even though he claimed he never underwent psychoanalysis himself. He also added, “neurosis is part of being human,” and noted that his position as Jesuit provincial required someone to help him “put things in order.” More than anecdotal, this statement can be read — from a critical standpoint — as a point of intersection or, due to its traumatic nature, a historical superimposition between pastoral governmentality and contemporary biopolitics.
Since the mid-twentieth century, power has ceased to operate solely over bodies and has begun to operate through souls, in the sense of management and self-management. This form of governance does not repress but rather produces subjects capable of governing themselves. Psychology, psychiatry, and the broader psy sciences became technologies of this kind of subjectivation: tools for managing the self, for making oneself into a continuous project of improvement, adaptation, and emotional regulation. The fact that this is now stated by the Pope is, in truth, revolutionary for several reasons.

Francis’s gesture is not disruptive but profoundly contemporary — and not because he consulted a psychiatrist in the 1970s, but because he articulates it now, almost as a pastoral imperative. It may be taken merely as a spiritual aside, but its implications reach much deeper. He does not reject psychiatry as secular or foreign to Christianity; rather, he incorporates it as a pastoral tool. In his vision, the modern pastor cannot limit themselves to offering spiritual consolation; they must also know how to navigate the languages of trauma, anxiety, and diagnosis. In this way, psy knowledge becomes sacramental: it is transformed into an ethical device, not merely a medical one, capable of caring for the soul in the language of the mind.
Moreover — and I say this from personal experience — a priest is often far better equipped, ethically, to handle these matters. They have the grounding of theological study, the belief in divine incommensurability, and the structure of faith: unlike psychology, which conceals that faith and trades it instead for control and the transactional promise of resolution.
But this integration is not neutral. As Didier Fassin shows in The Humanitarian Reason, the medicalization of suffering can function as a means of political neutralization. In contexts of repression or structural violence — such as 1970s Argentina — recourse to psychiatry may be read as both a strategy of subjective survival and a depoliticization of distress. By turning to a psychiatrist during the dictatorship, Francis inscribes his subjectivity into an ambivalent field of forces: was he seeking protection? understanding? compensation? absolution? This makes him, unmistakably, Argentine.

Fassin warns that the language of trauma tends to replace that of testimony. In humanitarian logic, the victim no longer denounces — they suffer. Psychiatric framing of harm displaces justice with compassion. In this sense, Francis walks a fragile line between an ethical act and the logic of psychic absolution. Was the psychiatrist a political confidant, an emotional ally, or an operator of silence?
Here Roberto Esposito becomes useful. He analyzes how modern biopolitics has been underpinned by an immunitary dispositif — mechanisms of protection that, in seeking to preserve life, end up producing exclusion, violence, or death. Francis’s psy pastoral care can be read, within this framework, as an attempt to reformulate the immunitary dispositif of modern power, not through punishment, but through care; not by exclusion, but by integration. It is also a way of reabsorbing discontent within a symbolic structure of containment. The Church, displaced by the sciences of the soul, reclaims them. The modern priest becomes a psychologist of the spirit.

Yet Francis does not adopt a mental health discourse in the neoliberal clinical sense — rather, he offers an alternative: the embrace of neurosis. A third path in psychology. When he says that “neurosis is part of being human,” he is dismantling the biomedical logic of endless correction. “One must locate the bone that screams,” he says. What he doesn’t say — and it’s crucial that he doesn’t — is that one must let the bone scream, because to be human is to suffer.
I’ll never forget the therapist in Argentina who told me that if, six months after a loss, I was still in mourning, then “something had to be done,” because that was pathological. I remember looking at her and understanding what she could not — because she had never seen it up close: mortality and unconditional love. What Pope Francis or Catholic doctrine would call: grace.
Francis is not seeking performance or productivity of the self. He affirms failure as part of the human structure. In this, perhaps, he aligns more with a Christian ontology of suffering than with positive psychology. Neurosis, far from being a disorder, is a shared trait, a common condition that can — and must — be accompanied. He is a great one, and like all the great ones, he works as a ghost after death.
Let me know if you’d like to publish this as a blog post, a section of your book, or send it to a journal — I can tailor the tone accordingly.






Deja una respuesta