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La muerte enseña o, al menos, debería hacerlo. Cuando no es banalizada, debería tener una función pedagógica profunda: recordar la finitud del ser, la fragilidad del cuerpo, la imposibilidad del dominio absoluto sobre el tiempo y el dolor. Esa es la pedagogía de la muerte: no un culto a la destrucción, sino un acto de verdad. Es tan verdadero que no se puede presenciar en primera persona.

La pedagogía de la muerte no puede ser un culto a la destrucción, sino un acto de verdad. Es tan verdadera que no se puede presenciar en primera persona.

Cristo no murió para exhibir su sufrimiento sino para exponer el sinsentido de la violencia humana y ofrecer, en su exposición máxima, un tránsito hacia otra forma de vida. No digo esto porque este blog se haya vuelto, de golpe, católico y chupacirios sino porque la muerte de Francisco envió una señal en un momento muy concreto de la historia y, ya que estamos, se inscribe en esa tradición: la no teatralización de la partida. El no convertir a la muerte en una mercancía emocional. La entrega de su cuerpo gastado como testimonio de un servicio.

En la cultura contemporánea —y en figuras como el Presidente Argentino Javier Milei en particular— asistimos a una perversión de esta lógica: la pornografía de la muerte. Hay un tweet cuya imagen ha sido sacada de circulación pero que demostraba que, al menos, en su caso, la muerte no enseña. La muerte se representa, se recicla, se consume como imágen: como meme. Pero lo que resulta particularmente interesante es que se consume como meme sexualizado. El cuerpo ajeno ya no es límite ni testimonio: es superficie disponible para la humillación, para el goce trivial, para la mueca de una victoria que jamás se libra en combate real. Es casi como un video juego pero en el país de las torturas y las desapariciones.

En Javier Milei, la muerte se representa, se recicla, se consume como imágen: como meme. Pero lo que resulta particularmente interesante es que se consume como meme sexualizado…con guantes de látex.

La diferencia no es solo estética. Es espiritual. En la pedagogía de la muerte que, por ejemplo, nos muestra Francisco con una serie de entrevistas que especificó deberían ser vistas post-mortem, el cuerpo es sacramento: límite y posibilidad. En la pornografía de la muerte Mileista, el cuerpo es objeto: abertura para el escarnio, soporte para la fantasía de dominio. Pero por qué? En su libro sobre Karina Milei, De Masi habla del trauma paterno que nunca explora y lo reduce a una paliza que habría hecho colapsar la psiquis de su hermana. Allí tuvo que haber pasado algo mucho pero mucho más grave para que este hombre se suba al Foro de Davos y tenga la necesidad de decir la palabra ‘pedofilia’ y no sólo eso, sino asociar esta palabra a un grupo social al que calificó de parásito y de cierto modo, contagioso., Como dijo Heinrich Himmler en Abril de 1943: ‘… son piojos o liendres que hay que erradicar. No es una cuestión de ideología sino de limpieza (social)’. Pero lo que me preocupa, en particular, es que la publicación de tweet con el mandril y el guante de latex vino justo despues de aterrizar del entierro del Papa. Milei vino de ese viaje con el espíritu en esa sintonía. No digo que tenga que volver piadoso aunque condecoró a un miembro del Opus Dei con la máxima distinción de la República sino que algo de ese silencio, de ese recogimiento, del mensaje Franciscano debería haber prendido pero no…

En la pornografía de la muerte Mileista, el cuerpo es objeto: abertura para el escarnio, soporte para la fantasía de dominio. Pero por qué?

Estamos, obviamente, frente a una persona con serios traumas y posiblemente neurodivergencias no diagnosticadas lo que lleva a la pregunta de ¿Qué papel juegan aquí las drogas? Digo esto porque hay cierta analogía entre la estructura de su tweeteo y el consumo contemporáneo de drogas lícitas e ilícitas —del alcohol a los ansiolíticos, de la cocaína al fentanilo. Si lo pensamos, se inserta en la misma lógica. Frente al consumo, el cuerpo no se fortalece ni se ofrece: se anestesia o se hiper/excita, se vacía de sentido. Las drogas funcionan como instrumentos de auto/intervención narcisista: modulan el humor, aceleran la producción, silencian el dolor —pero no abren ninguna trascendencia. No curan, no salvan, no enseñan. Eso sí, en este contexto, son profundamente libertarias porque garantizan supuesta performance on demand.

Estamos, obviamente, frente a una persona con serios traumas y posiblemente neurodivergencias no diagnosticadas lo que lleva a la pregunta de ¿Qué papel juegan aquí las drogas?

Santiago Caputo, en su confesión pública de su adicción a la cocaína mientras trabaja para el Estado argentino en un lugar de gran visibilidad y llegada al Presidente, no exhibe transgresión ni valentía: exhibe la norma implícita de una época donde el cuerpo solo vale como soporte de performance — química o ideológica. El mandato ya no es resistir la muerte, ni darle sentido. El mandato es consumirla. Simularla. Desplegarla como espectáculo pero sin contenido.

En este régimen afectivo mileista en el que podemos incluir tambien a Ramiro Marra y su intención de transformar a la Ciudad de Buenos Aires en un territorio de excepción frente a un peligro ‘mestizo’, el duelo (de Francisco, en este caso) fue una pausa incómoda. El éxtasis químico o el sadismo trivial son las formas dominantes de circulación emocional. No hay otra forma de sostener tanta idiotez.

En este régimen afectivo Mileista en el que tambien podemos incluir a Ramiro Marra y su intención de transformar a la Ciudad de Buenos Aires en un territorio de excepción frente a un peligro ‘mestizo’, el duelo (de Francisco, en este caso) fue una pausa incómoda.

El poder ya no se legitima enfrentando la finitud, como en la vieja política. Se legitima profanando la muerte o flirteando con ella recreando escenas de tortura pero de manera sexual. Usándola como telón de fondo para el goce masturbatorio de sujetos incapaces de sostener un duelo verdadero o una relación sexual. Tal vez por eso, como la Virgen María que, en su respresentación pictórica, necesitaba que José fuera anciano para asegurarnos de que esa pareja no tendría relaciones sexuales; Milei amenaza con elegir a sus novias cada vez mas ancianas. Esta vez optó por la Brey pero se hablaba de Graciela Alfano. Yuyito pasaba los sesenta y cinco.

Milei amenaza con elegir a sus novias cada vez mas ancianas. Esta vez optó por la Brey pero se hablaba de Graciela Alfano. Yuyito pasaba los sesenta y cinco.

Francisco nos enseñó que no hay que temer a la muerte ya que nos humaniza y esto se extiende a la violencia. Pero la pornografía de la muerte nos vacía. Hoy asistimos, no solo a la muerte de grandes figuras, sino a la muerte del sentido de la muerte misma. Y en ese vacío, el espectáculo del ano y del guante de látex no es un accidente: es el signo exacto de nuestra caída y es, precisamente, esto lo que hay que resistir.

Cuando la muerte deja de enseñar, el cuerpo deja de tener peso. El dolor se vuelve mercancía, el duelo se vuelve simulacro, y el poder se reduce a administrar cadáveres sin alma. No sobrevivimos a esto en un sentido biológico: sobrevivimos apenas como reflejos, como residuos de un tiempo donde morir todavía era humano. Solo hay que ver la ropa que le compró Patricia Bullrich a sus minions para entender esto. Es casi un video juego para ellos.

Cuando murió mi mamá, algo que me llamó la atención de la Argentina es como había una energía que empujaba al cuerpo muerto a gastarse, exhibirse muy brevemente y desecharse. Y allí donde el dolor debería abrir una grieta hacia el sentido, se instala la risa idiota del verdugo que no sabe que también se está ejecutando a sí mismo. Yo croe que esta es la clave. Donde la muerte se vuelve espectáculo, la vida se vuelve parodia.

Pedagogy of Death and Pornography of Death: From francis Sacrament to Javier Milei’s Chemical Spectacle

Death teaches. Or it should.When it is not trivialized, death fulfills a profound pedagogical function:to remind us of the finitude of being, the fragility of the body, the impossibility of absolute mastery over time and suffering. This is the pedagogy of death: not a cult of destruction, but an act of radical truth.

Christ does not die to exhibit his suffering. Christ dies to expose the absurdity of human violence and to offer, through his ultimate exposure, a passage toward another form of life. Francis, in his death, inscribes himself in this tradition: he does not dramatize his departure; he does not turn it into an emotional commodity. He offers his worn-out body as testimony of a life spent in service. In contemporary culture — and particularly in figures like Javier Milei — we witness a perversion of this logic: the pornography of death. Here, death no longer teaches. Death is represented, recycled, consumed as image: as meme, as sexualized meme, as grotesque performance. The other’s body is no longer a boundary nor a testimony: it is a surface available for humiliation, for trivialized pleasure, for the mocking grimace of a victory never actually fought. The difference is not merely aesthetic. It is spiritual.

In the pedagogy of death, the body is a sacrament: a limit and a possibility. In the pornography of death, the body is an object: an opening for derision, a substrate for fantasies of domination. What role do drugs play here? Contemporary consumption of legal and illegal drugs — from alcohol to anxiolytics, from cocaine to fentanyl — operates within the same logic. The body is no longer strengthened or offered: it is anesthetized or hyperexcited, emptied of meaning. Drugs function as instruments of narcissistic self-intervention: modulating mood, accelerating production, silencing pain — but never opening any transcendence. They do not heal, they do not save, they do not teach.

Argentine Presidential Right Hand, Santiago Caputo, in his public confession of cocaine addiction while serving in the Argentine government, does not exhibit transgression or courage: he exhibits the implicit norm of an era where the body is only valued as a performance support — whether chemical or ideological. The mandate is no longer to resist death, nor to endow it with meaning. The mandate is to consume it. To simulate it. To deploy it as a contentless spectacle. In this affective regime, mourning becomes an awkward pause; chemical ecstasy or trivial sadism become the dominant forms of emotional circulation. Power no longer legitimizes itself by confronting finitude, as in the old heroic politics. It legitimizes itself by profaning death, using it as a backdrop for the masturbatory self-celebration of subjects incapable of sustaining true mourning.

The pedagogy of death, however, humanizes us. The pornography of death empties us. Today, we witness not only the death of great figures, but the death of the very meaning of death itself. And in that void, the spectacle of the anus and the latex glove is no accident: It is the precise sign of our fall.

When death ceases to teach, the body ceases to have weight. Pain becomes a commodity, mourning becomes spectacle, and power reduces itself to administering soulless corpses. We do not survive this biologically: we survive only as reflections, as residues of a time when dying was still a human act. Today, the body no longer dies: it is spent, exhibited, discarded. And where pain should open a breach toward meaning, there resounds the idiot laughter of the executioner,

who does not realize he is also executing himself.

Where death becomes spectacle, life becomes parody.

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Una respuesta a «la tanato-pornografía presidencial: del látex sado al espectáculo químico de Santi Caputo or ‘alt-right’s thanato-pornography Pedagogy of Death: From francis Sacrament to Javier Milei’s Chemical Spectacle’»

  1. Creería que el condecorado cuestionaba duramente al Papa…

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