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La denuncia presentada por el presidente Javier Milei contra el periodista Ari Lijalad se fundamenta en los artículos 109 y 110 del Código Penal argentino, que tipifican los delitos de calumnias e injurias. En su presentación, Milei sostiene que Lijalad lo asoció con prácticas genocidas aberrantes, afectando su honra y menoscabando su reputación pública mediante afirmaciones difamatorias.

Es importante destacar que, en Argentina, la jurisprudencia ha desarrollado la “doctrina de la real malicia”, que hace difícil que funcionarios públicos puedan prosperar en acciones por calumnias o injurias. Según esta doctrina, para que una expresión sea considerada calumniosa o injuriosa en el contexto de asuntos de interés público, debe demostrarse que quien la emitió actuó con conocimiento de su falsedad o con desprecio hacia la verdad. 

En Argentina, la “doctrina de la real malicia” hace difícil que funcionarios públicos puedan prosperar en acciones por calumnias o injurias. Lo de Milei contra Lijalad es de gordo cagón.

La primera reacción frente a esto es la que nos ata a los principios democráticos que diría que las expresiones de Lijalad se enmarcan en un análisis crítico y considerando que la libertad de expresión es un pilar fundamental en una sociedad democrática, la decision del tribunal dependerá de si se puede demostrar que las expresiones de Lijalad constituyen una falsa imputación de un delito específico y si fueron realizadas con conocimiento de su falsedad o con temerario desprecio hacia la verdad.

Él tribunal decidirá si las expresiones de Lijalad constituyen una falsa imputación de un delito específico y si fueron realizadas con conocimiento de su falsedad o con temerario desprecio hacia la verdad. I mean….

El honor 

El honor, desde la antigüedad, ha sido una construcción cultural que define el lugar del individuo dentro de la comunidad, regulando las relaciones de poder a través de códigos de conducta estrictos. En La Ilíada, Aquiles encarna esta lógica cuando su retiro del combate, tras ser deshonrado por Agamenón, se convierte en una cuestión existencial que amenaza su identidad como guerrero. El honor, en este sentido, no es solo un reflejo del carácter personal, sino una metáfora que debe ser constantemente reafirmada para preservar el estatus del individuo en la jerarquía social.

El honor que reclama el caradura de Milei a Alijalad es una metáfora a ser reafirmada para preservar la imagen de sí mismo como macho alfa. Eso es peligroso porque es macho omega.

En las redes sociales, el Presidente Milei ha cultivado una imágen que evoca estos antiguos arquetipos de liderazgo heroico, presentándose como un emperador moderno que restaura el orden en una Nación decadente. Desde sus poses con espadas hasta las referencias a leones, Milei se representa a sí mismo como una figura épica, un líder destinado a restaurar un pasado glorioso. Esta fantasía imperial no es simplemente ornamental; es una estrategia política que busca consolidar su autoridad simbólica al crear un marco donde cualquier crítica es interpretada como una afrenta a su honor, justificando respuestas punitivas.

La fantasía imperial de Mileíto no es simplemente ornamental; es una estrategia política que busca consolidar su autoridad al crear un marco donde cualquier crítica es interpretada como una afrenta a su honor,

La reciente denuncia de Milei contra Ari Lijalad puede leerse en este contexto como una extensión de esta performance de honor épico. Al invocar los artículos 109 y 110 del Código Penal, Milei busca restaurar una narrativa de autoridad masculina que se siente amenazada cuando se cuestiona públicamente. Según la teoría de Judith Butler, esta denuncia no es solo un intento de proteger su reputación, sino una reafirmación de una identidad masculina que debe ser constantemente reforzada para evitar su deslegitimación. En este sentido, el uso del sistema legal se convierte en un acto performativo, una suerte de duelo simbólico donde la ley es la espada que corta las lenguas de los adversarios.

Según Judith Butler, la denuncia de Milei contra Alijalad no es solo un intento de proteger su reputación, sino una reafirmación de una identidad masculina que debe ser reforzada para que no desaparezca.

La Malicia 

El discurso de Milei puede analizarse desde la perspectiva de la “malicia” tanto en su sentido legal como simbólico, especialmente en relación con la teoría del “witnessing death” en los campos de concentración. Esta teoría, que se enfoca en cómo los perpetradores, las víctimas y los testigos se relacionan con la muerte y la violencia extrema, es relevante para entender cómo Milei construye a sus enemigos políticos y sociales como figuras que deben ser eliminadas simbólicamente para preservar un supuesto “cuerpo social sano.” Sin embargo, esta malicia no es únicamente una agresión contra el “otro”; también refleja una estrategia más amplia para consolidar un poder autoritario que se alimenta del miedo, la fragmentación social y la deshumanización.

Milei refleja una estrategia más amplia para consolidar un poder autoritario que se alimenta del miedo, la fragmentación social y la deshumanización. Análogo a Hitler.

El Virus Ku-K-12

En los campos de concentración nazis, el lenguaje de los perpetradores describía a los prisioneros como “parásitos” o “inmundicia,” justificando su exterminio al reducirlos a una amenaza biológica para el cuerpo social. Milei, al describir a sus adversarios como “virus,” sigue esta lógica al presentar a los periodistas, jubilados y minorías sexuales como elementos contaminantes que deben ser eliminados para restaurar un supuesto orden natural. Por ejemplo, su referencia al “virus KU-K-12” en redes sociales para describir al kirchnerismo como una plaga que infecta la nación refleja esta misma estrategia de deshumanización. Esta retórica no es accidental, sino un mecanismo para transformar a sus opositores en seres simbólicamente muertos, cuya eliminación se presenta no solo como justificable sino como necesaria para la supervivencia del cuerpo político. Al asociarse con figuras como Elon Musk, que promueve un libertarianismo tecnológico sin regulación que hace saludos Nazis, Milei refuerza esta narrativa al presentarse como un emperador romano que debe purgar al cuerpo social de sus elementos “corruptos” para restaurar la “grandeza” perdida. La afirmación de los gays como pedofilos y la aceptación del gay solo cuando emerge del trauma y ha sido violado o violentado como Roberto Piazza son prueba fiel de esto. Es este su caso, también?

Javier Milei, al describir a sus adversarios como “virus,” sigue esta lógica Nazi.

La afirmación de los gays como pedófilos y la aceptación del gay sólo cuando emerge del trauma y ha sido violado o violentado como Roberto Piazza son prueba fiel de su fascismo filo-nazi.

La Ficción Real 

La teoría del witnessing death también se enfoca en cómo el lenguaje repetitivo, despersonalizante y deshumanizante prepara a los perpetradores y a los testigos para aceptar la violencia extrema como algo necesario y hasta inevitable. Al igual que los nazis repetían constantemente que los judíos eran “bacilos” que contaminaban el cuerpo de la nación alemana, Milei insiste en que ciertos sectores sociales son enemigos permanentes que deben ser eliminados. Esta repetición es esencial para su narrativa de poder, que busca erosionar las barreras éticas que impiden la violencia directa al convertir al otro en algo menos que humano. El ataque reciente a Roberto Navarro, seguido de una campaña de desprestigio en redes sociales, es un ejemplo claro de cómo esta lógica se traduce en violencia física contra aquellos que desafían su narrativa.

Al igual que los nazis con los judíos como supuestos “bacilos” que contaminaban el cuerpo de la nación alemana, Milei insiste en que ciertos sectores sociales son enemigos permanentes que deben ser eliminados.

El Silencio como Inutilidad 

En los campos de concentración, los prisioneros no solo eran víctimas directas de la violencia, sino también testigos de su propio aniquilamiento, forzados a participar en rituales de degradación que reforzaban su estatus de seres sacrificables. De manera lejanamente análoga pero análoga, al fin, los periodistas y críticos que hoy se ven atacados por Milei enfrentan un proceso de auto-censura, no solo para evitar ataques directos, sino también para preservar sus medios de vida y su seguridad física. Esta lógica de silencio forzado es doble: forzar al silencio a través del miedo y, simultáneamente, presentar ese silencio como prueba de culpabilidad o inutilidad. Esto se agrava con la eliminación de subsidios y derechos sociales para sectores vulnerables, como los jubilados y las minorías sexuales, que Milei ha descrito en términos despectivos, reduciéndolos a “parásitos” sociales que no merecen protección o a peligros criminales. 

Críticos, hoy se ven atacados por Milei y enfrentan un proceso de auto-censura, no solo para evitar ataques directos, sino también para preservar sus medios de vida.

The Caesar and His Slave: Milei, Lijalad, and the Adulterated Viagra

The legal complaint filed by President Javier Milei against journalist Ari Lijalad is based on Articles 109 and 110 of the Argentine Penal Code, which define the crimes of slander and libel. In his filing, Milei argues that Lijalad associated him with aberrant genocidal practices, severely damaging his honor and publicly undermining his reputation through defamatory statements.

The legal complaint filed by President Javier Milei against journalist Ari Lijalad is based on Articles 109 and 110 of the Argentine Penal Code, which define the crimes of slander and libel.

It is important to note that Argentine jurisprudence has developed the “doctrine of actual malice,” which makes it difficult for public officials to succeed in defamation or libel cases. According to this doctrine, for a statement to be considered slanderous or libelous in the context of matters of public interest, it must be proven that the person making the statement did so with knowledge of its falsehood or with reckless disregard for the truth. This high threshold is meant to protect freedom of expression as a fundamental pillar of democratic society, recognizing that public figures, by their nature, are subject to greater scrutiny and criticism. Whether Milei’s case against Lijalad can succeed will depend on whether it can be shown that Lijalad’s statements constituted a false accusation of a specific crime and were made with actual malice, as required by Argentine jurisprudence on freedom of expression and the protection of honor.

Whether Milei’s case against Lijalad can succeed will depend on whether it can be shown that Lijalad’s statements constituted a false accusation to damage Presidential honor.

Honor and the Imperial Fantasy

Honor, since antiquity, has been a cultural construct that defines an individual’s place within a community, regulating power relations through strict codes of conduct. In The Iliad, Achilles embodies this logic when his withdrawal from battle, after being dishonored by Agamemnon, becomes an existential crisis that threatens his identity as a warrior. In this context, honor is not merely a reflection of personal character, but a symbolic system that must be constantly reaffirmed to preserve an individual’s status within the social hierarchy.

Honor, since antiquity, has been a cultural construct that defines an individual’s place within a community, regulating power relations through strict codes of conduct. But there is nothing coherent in Milei.

On social media, President Milei has cultivated an image that evokes these ancient archetypes of heroic leadership, presenting himself as a modern emperor restoring order to a decadent nation. From his poses with swords to references to lions, Milei portrays himself as an epic figure, a leader destined to restore a lost golden age. This imperial fantasy is not merely ornamental; it is a political strategy that seeks to consolidate his symbolic authority by creating a framework in which any criticism is interpreted as an affront to his honor, justifying punitive responses. His recent legal action against Lijalad can be read in this context as an extension of this epic performance of honor. By invoking Articles 109 and 110 of the Penal Code, Milei seeks to restore a narrative of masculine authority that feels threatened when publicly questioned. According to Judith Butler’s theory of performativity, this lawsuit is not just an attempt to protect his reputation but a reaffirmation of a masculine identity that must be constantly reinforced to avoid delegitimization. In this sense, the use of the legal system becomes a performative act, a symbolic duel where the law is the sword that cuts the tongues of adversaries.

According to Judith Butler’s theory of performativity, Milei’s lawsuit is not just an attempt to protect his reputation but a reaffirmation of his fragile masculinity.

Malice as Political Strategy

Milei’s discourse can be analyzed from the perspective of “malice” in both its legal and symbolic senses, particularly in relation to the theory of “witnessing death” in concentration camps. This theory, which focuses on how perpetrators, victims, and witnesses relate to death and extreme violence, is relevant for understanding how Milei constructs his political and social enemies as figures that must be symbolically eliminated to preserve a supposedly “healthy” body politic. However, this malice is not merely an attack on the “other”; it also reflects a broader strategy to consolidate authoritarian power, feeding on fear, social fragmentation, and dehumanization.

Milei constructs his political and social enemies as figures that must be symbolically eliminated to preserve a supposedly “healthy” body politic.

The Ku-K-12 Virus

In Nazi concentration camps, perpetrators described prisoners as “parasites” or “filth,” justifying their extermination by reducing them to a biological threat to the social body. Milei, by describing his opponents as “viruses,” follows this logic by presenting journalists, pensioners, and sexual minorities as contaminating elements that must be eliminated to restore a supposed natural order. For example, his reference to the “KU-K-12 virus” on social media to describe Kirchnerism as a plague infecting the nation reflects this same strategy of dehumanization. This rhetoric is not accidental but a mechanism to transform his opponents into symbolically dead entities, whose elimination is presented not only as justifiable but as necessary for the survival of the political body. By aligning himself with figures like Elon Musk, who promotes unregulated technological libertarianism and has been accused of giving nods to far-right movements, Milei reinforces this narrative by presenting himself as a Roman emperor who must purge the social body of its “corrupt” elements to restore lost “greatness.” His views on homosexuality, where he associates gay people with pedophilia or only accepts them when they emerge from trauma and violence, as in the case of Roberto Piazza, are a stark example of this logic. Is this his own case as well?

In Nazi concentration camps, perpetrators described prisoners as “parasites” justifying their extermination by reducing them to a biological threat to the social body. Milei describes his opponents as “viruses

Real Fiction

The theory of witnessing death also focuses on how repetitive, depersonalizing, and dehumanizing language prepares perpetrators and witnesses to accept extreme violence as necessary and even inevitable. Just as the Nazis constantly repeated that Jews were “bacilli” contaminating the German body, Milei insists that certain social groups are permanent enemies that must be eliminated. This repetition is essential to his power narrative, which seeks to erode the ethical barriers that prevent direct violence by converting the other into something less than human. The recent attack on Roberto Navarro, followed by a smear campaign on social media, is a clear example of how this logic translates into physical violence against those who challenge his narrative.

Just as the Nazis constantly repeated that Jews were “bacilli” contaminating the German body, Milei insists that certain social groups are permanent enemies that must be eliminated.

Silence as Uselessness

In concentration camps, prisoners were not only direct victims of violence but also witnesses to their own annihilation, forced to participate in rituals of degradation that reinforced their status as sacrificial beings. In a loosely analogous way, journalists and critics who find themselves targeted by Milei today face a process of self-censorship, not only to avoid direct attacks but also to preserve their livelihoods and physical safety. This forced silence operates on two levels: it both coerces silence through fear and simultaneously presents that silence as proof of guilt or uselessness. This is compounded by the elimination of subsidies and social rights for vulnerable sectors, such as pensioners and sexual minorities, whom Milei has described in disparaging terms, reducing them to “social parasites” unworthy of protection or as dangerous criminals.

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