Scroll Down for the English Version
La muerte de José “Pepe” Mujica nos deja sin uno de los últimos cuerpos vivos de la revolución latinoamericana. Pero su legado es ambivalente y merece ser leído desde el presente, no solo como testimonio y sin mistificaciones. Hubo en sus mensajes finales algo de advertencia
.

Pragmatismo Liberal Comunista Franciscano (?)
Pocos políticos encarnaron con tanta coherencia la distancia entre el poder y el privilegio. Mujica vivió con modestia, se opuso al consumo compulsivo, se burló de los rituales del capitalismo y defendió una política basada en la ética de la palabra. Fue un hombre que pensaba como Aristóteles y hablaba como el Papa Francisco. Pero también fue funcional al orden que decía cuestionar: terminó gobernando dentro del sistema liberal que alguna vez intentó derrocar como guerrillero Tupamaro. El pasaje de la lucha armada a la democracia institucional fue, en su caso, un giro táctico, no una claudicación. Y, sin embargo, en ese pasaje, algo del horizonte revolucionario se perdió para siempre. La elección de la política representativa fue algo que el Cristinismo transformo en un proyecto corporativo neoliberal. La era Tony Blair y el pragmatismo politico adopta diferentes formas.
El pasaje de la lucha armada a la democracia institucional fue, en su caso, un giro táctico, no una claudicación. Y, sin embargo, en ese pasaje, algo del horizonte revolucionario se perdió para siempre.
Tweet

Mujica núnica dejó de criticar al capitalismo, pero aceptó que sin él no se podía gobernar. Su famosa frase “yo necesito del capitalismo porque vivo en él” es síntoma del dilema de la izquierda latinoamericana: cómo gestionar el subdesarrollo de manera ética y estética. Como otros líderes regionales, Mujica supo que la lucha ya no era por el socialismo sino por sobrevivir al neoliberalismo sin entregarse del todo. Hoy nos damos cuenta de que es la nueva dictadura. La consecuencia fue una política de lo posible que, a largo plazo, reforzó la dependencia de América Latina respecto a un mundo que nunca dejó de imponérsele desde afuera. Cuál fue su rol en la institución de esta dictadura?
La consecuencia de esa claudicación fue una política de lo posible que, a largo plazo, reforzó la dependencia de América Latina. Cuál fue su rol en la institución de esta nueva dictadura?
Tweet
Por eso Mujica encarna la nostalgia eticista/académica/inerte de una revolución que ya no es posible. Un Che Guevara menos Aquiles y más Diógenes. El documental Lessons from the Flowerbed lo muestra sembrando, regando, hablando con lucidez, pero el gesto es íntimo, casi doméstico. Es el principio del fin. Su revolución es afectiva, filosófica, privada o, mejor dicho, desde, privatizada. Como si el futuro se hubiera achicado a una chacra. Como si la política se hubiera retirado al jardín. Y es esa estética de la humildad lo que el mundo celebró: no su radicalismo, sino su renuncia. El torturado retirado en el paraíso.
Mujica encarna la nostalgia eticista/académica/inerte de una revolución que ya no es posible. Un Che Guevara menos Aquiles y más Diógenes. El torturado retirado en el paraíso.
Tweet
El Buen Salvaje Progresista
Es ahí donde Mujica se vuelve incómodo. Porque su figura fue convertida en un ícono del “buen salvaje progresista”: el viejo sabio que el mundo rico tolera porque no molesta, porque no exige, porque no amenaza. Mujica fue canonizado por un mundo que no escuchó nada de lo que decía. Lo citaron en TED Talks, lo premiaron en Davos, lo usaron como decorado humano de una globalización supuestamente ética. Fue, sin quererlo (?), parte de una industria de la esperanza gestionada por los mismos que vacían de contenido cualquier intento de cambio real. Es el líder populista pragmático comodificado.
La figura de Mujica fue convertida en un ícono del “buen salvaje progresista”: el viejo sabio que el mundo rico tolera porque no molesta, porque no exige, porque no amenaza.
Tweet

En El Pepe: Una vida suprema, de Kusturica, Mujica parece más una figura ficcional que un político real. Y esa estetización es peligrosa. Porque lo convierte en postal, en ídolo pop, en souvenir progresista… en payaso (?). Tal vez por algo análogo, el libro de Emmanuel Carrière, Lomonov fue tan exitoso en la Argentina y ni en Francia ni en Inglaterra. Pero Mujica era algo muy diferente a lo que Kusturica planteaba: un hombre complejo, un superviviente de la tortura, alguien que supo que el tiempo no cura, solo ordena. Su idea de “hacer de uno mismo un abono para el futuro” no debe leerse como resignación sino como advertencia: si no hay ideas nuevas, solo queda ser fertilizante. Yo creo que Mujica se transformo en un indice del fracaso y su error fue estetizarlo y permitir que lo esteticen a él.
En El Pepe: Una vida suprema, de Kusturica, Mujica parece más una figura ficcional que un político real. Y esa estetización es peligrosa. Porque lo convierte en postal, en ídolo pop, en souvenir progresista…
Tweet

¿Cómo construir futuro en un continente condenado a ser pasado ajeno?
Es desde el fracaso y no desde la gloria Che Guevariana que Mujica nos interpela incluso en su muerte. Porque su vida plantea una pregunta que seguimos sin poder responder: ¿cómo construir futuro en un continente condenado a ser pasado ajeno? ¿Cómo evitar que la única alternativa sea volver al jardín, apagar la radio, y sembrar para los nietos mientras el presente arde?
La vida de Mujica plantea dos pregunta: ¿cómo construir futuro en un continente condenado a ser ajeno? ¿Cómo evitar que la única alternativa sea volver al jardín y sembrar mientras el presente arde?
Tweet
Quizás el homenaje más honesto no sea idealizarlo. Sino retomar su desconfianza por los “-ismos”, su apuesta por la filosofía antes que la técnica, su insistencia en que la política sin ideas es puro gesto. Su Diogenismo. Mujica no quiso ser recordado, pero su figura se volvió espejo de nuestras contradicciones. Su muerte nos obliga a pensar no solo en lo que fue, sino en lo que ya no será. Y quizás ahí empiece, de nuevo, lo político.
Francisco y Mujica: San Francisco versus Diógenes
Es tentador pensar a Pepe Mujica y al Papa Francisco como dos rostros de una misma ética franciscana: austeros, carismáticos, enemistados con el lujo, inclasificables dentro de sus propias instituciones. Ambos fueron celebrados por los medios globales como emblemas de una “nueva humildad”, la política sin corbata ni trono, la espiritualidad sin ornamento. Pero más allá del gesto común, lo que los separa es más profundo que lo que los une.
Es tentador pensar a Pepe Mujica y al Papa Francisco como dos remblemas de una “nueva humildad”, la espiritualidad sin ornamento. Pero lo que los separa es más profundo que lo que los une.
Tweet

Mujica fue austero porque no creyó en la redención institucional. Su desconfianza en el poder no fue teológica sino estructural: venía de haber sido torturado por el Estado, de haber vivido en carne propia lo que implica el poder cuando no se le ponen límites. Su forma de vida era una declaración de independencia, no de obediencia. Su filosofía se basaba en la renuncia personal como forma de resistencia en la derrota, no como virtud cristiana.
Francisco, en cambio, optó por transformar el poder desde adentro, convencido de que la Iglesia podía purificarse sin abandonar sus estructuras. Su modelo es reformista, no revolucionario. Donde Mujica plantaba habas, Francisco firma encíclicas. Donde Mujica se negaba a vivir en la residencia presidencial, Francisco duerme en Santa Marta pero mantiene el poder papal. Su austeridad es simbólica, su renuncia calculada. Francisco fue un pastor con corte, un príncipe que camina con sandalias. Mujica, en cambio, fue un ex animal político que eligió volverse perro de campo antes que vestirse de estadista pero esto tiene sus costos y hasta tiene algo de privilegio.
Francisco fue un príncipe con sandalias. Mujica, en cambio, fue un animal político que eligió volverse perro de campo antes que vestirse de estadista pero eso es privilegio.
Tweet
Incluso en sus discursos sobre el capitalismo las diferencias son notorias. Francisco lo condena como sistema inhumano, pero lo hace desde una crítica moral universalista, sin atacar los dispositivos concretos de acumulación. Mujica, en cambio, lo criticaba como forma de vida colonial: como máquina que impone deseos, ritmos y necesidades que América Latina jamás eligió. Francisco quiere una economía “con alma”. Mujica sabía que el alma, si existe, no se puede comprar ni medir, y por eso rechazaba el fetichismo del progreso que tanto fascina al Vaticano postconciliar.
Mientras a Francisco se lo celebró por civilizar la Iglesia, a Mujica se lo canonizó por domesticar su rebeldía
Tweet
Ambos fueron elevados por el liberalismo global como figuras excepcionales. Pero mientras a Francisco se lo celebró por civilizar la Iglesia, a Mujica se lo canonizó por domesticar su rebeldía. Francisco negoció con poderes terrenales para salvar la Iglesia de su decadencia moral; Mujica dejó de lado la utopía revolucionaria para no traicionar su ética. Ese eticismo académico Latino es un arma de doble filo. Francisco nunca dejó de ser Iglesia. Mujica dejó de ser Estado y pasó a ser fetiche.
Y tal vez ahí resida la diferencia más radical: Francisco cree en la redención. Mujica, en la desilusión lúcida. Francisco administra lo que queda de una institución en crisis. Mujica sembraba habas sabiendo que nadie heredaría su chacra. El primero encarna la esperanza como mandato. El segundo, la melancolía como forma de inteligencia histórica.
Francisco cree en la redención. Mujica, en la desilusión lúcida.
Tweet
Former Tupac Amaro Member and Former President of Uruguay Pepe Mujica has died — From Revolutionary to Good Savage In Diogenes Retreat
The death of José “Pepe” Mujica leaves us without one of the last living bodies of the Latin American revolution. But his legacy is ambivalent and deserves to be read from the present—not only as testimony, but as a warning.
Pepe Mujica’s legacy is ambivalent and deserves to be read from the present—not only as testimony, but as a warning.
Tweet
Few politicians embodied with such coherence the distance between power and privilege. Mujica lived modestly, opposed compulsive consumption, mocked the rituals of capitalism, and defended a politics grounded in the ethics of the spoken word. He was a man who thought like Aristotle and spoke like the everyman. But he was also a politician functional to the very order he once claimed to question: he ended up governing within the liberal system he had attempted to overthrow as a Tupamaro guerrilla. His shift from armed struggle to institutional democracy was, in his case, a tactical turn—not a capitulation. And yet, in that transition, something of the revolutionary horizon was lost forever.
Mujica’s shift from armed struggle to institutional democracy was, in his case, a tactical turn—not a capitulation. And yet, in that transition, something of the revolutionary horizon was lost forever.
Tweet
Mujica never stopped criticizing capitalism, but he accepted that without it, one could not govern. His statement—“I need capitalism because I live in it”—is symptomatic of the larger dilemma faced by the Latin American left: the management of underdevelopment. Like other regional leaders, Mujica understood that the fight was no longer for socialism, but for surviving neoliberalism without fully surrendering. The consequence was a politics of the possible which, over time, deepened Latin America’s dependence on a world that never stopped imposing itself from the outside is a double edged sword.
Mujica’s (and Cristina’s) politics of the possible which, over time, deepened Latin America’s dependence on a world that never stopped imposing itself from the outside is a double edged sword.
Tweet
In that sense, Mujica also embodies the nostalgia for a revolution that is no longer possible. The documentary Lessons from the Flowerbed shows him sowing, watering, speaking lucidly—but the gesture is intimate, almost domestic. His revolution is affective, philosophical, private. As if the future had shrunk to a vegetable patch. As if politics had retreated into the garden. And it was precisely this aesthetics of humility that the world celebrated: not his radicalism, but his renunciation.
Mujica’s revolution is affective, philosophical, private. As if the future had shrunk to a vegetable patch
Tweet
That’s where Mujica becomes uncomfortable. Because his figure was converted into an icon of the “good progressive savage”: the wise old man that the rich world tolerates because he doesn’t disturb, doesn’t demand, doesn’t threaten. Mujica was canonized by a world that heard nothing of what he said. He was quoted in TED Talks, awarded in Davos, used as a human backdrop for a supposedly ethical globalization. He became, unintentionally, part of a hope industry managed by the same powers that empty all real change of its content.
In El Pepe: A Supreme Life by Emir Kusturica, Mujica seems more like a fable than a real politician. And that aestheticization is dangerous. Because it turns him into a postcard, a pop idol, a progressive souvenir. But Mujica was something else: a complex man, a survivor of torture, someone who knew that time doesn’t heal, it only organizes. His idea of “making oneself into compost for the future” should not be read as resignation but as warning: if there are no new ideas, all that’s left is to be fertilizer.
In El Pepe: A Supreme Life by Emir Kusturica, Mujica seems more like a fable than a real politician. And that aestheticization is dangerous.
Tweet
This is why Mujica challenges us even in death. Because his life raises a question we still cannot answer: how to build a future in a continent condemned to be someone else’s past? How do we prevent the only alternative from being to return to the garden, turn off the radio, and sow for our grandchildren while the present burns?
Perhaps the most honest tribute is not to idealize him, but to return to his distrust of all “-isms,” his preference for philosophy over technique, his insistence that politics without ideas is mere performance. Mujica didn’t want to be remembered, but his figure became a mirror for our contradictions. His death forces us to think not only about what he was, but about what will never be again. And perhaps there, once more, the political begins.
Perhaps the most honest tribute is not to idealize him, but to return to his distrust of all “-isms,” his preference for philosophy over technique, his insistence that politics without ideas is mere performance.
Tweet
Francis and Mujica: Two Franciscan Figures, a Political Abyss
It is tempting to see Pepe Mujica and Pope Francis as two faces of the same Franciscan ethic: austere, charismatic, at odds with luxury, and impossible to fully classify within their respective institutions. Both were celebrated by global media as emblems of a “new humility”—politics without necktie or throne, spirituality without ornament. But beyond the shared gesture, what separates them runs deeper than what unites them.
Mujica was austere because he didn’t believe in institutional redemption. His distrust of power was not theological but structural: it came from having been tortured by the State, from having experienced firsthand what power means when unchecked. His way of life was a declaration of independence, not obedience. His philosophy was rooted in personal renunciation as a form of resistance, not Christian virtue.
Francis, by contrast, chose to transform power from within, convinced that the Church could purify itself without abandoning its structures. His model is reformist, not revolutionary. Where Mujica sowed broad beans, Francis signs encyclicals. Where Mujica refused to live in the presidential palace, Francis sleeps in Santa Marta yet maintains papal power. His austerity is symbolic, his renunciation calculated. Francis remains a shepherd with a court, a prince in sandals. Mujica, in contrast, was a former political animal who chose to become a country dog rather than dress as a statesman.
Pope Francis was a shepherd with a court, a prince in sandals. Mujica, in contrast, was a ‘former’ political animal who chose to become a hermit rather than dressed up as a statesman.
Tweet
Even in their critiques of capitalism, the differences are stark. Francis condemns capitalism as an inhumane system, but does so from a universal moral critique, without attacking the concrete mechanisms of accumulation. Mujica, on the other hand, criticized capitalism as a colonial form of life—as a machine that imposes desires, rhythms, and needs that Latin America never chose. Francis wants an “economy with a soul.” Mujica knew that the soul, if it exists, cannot be bought or measured, and for that reason rejected the fetish of progress that so fascinates the post-conciliar Vatican.
Francis wants an “economy with a soul.” Mujica knew that the soul, if it exists, cannot be bought or measured, and for that reason rejected the fetish of progress and melancholically left.
Tweet
Both were elevated by global liberalism as exceptional figures. But while Francis was celebrated for civilizing the Church, Mujica was canonized for domesticating his rebellion. Francis negotiated with worldly powers to save the Church from moral decay; Mujica abandoned the revolutionary utopia to remain faithful to his ethics. Francis never stopped being the Church. Mujica stopped being the State.
And perhaps that’s where the most radical difference lies: Francis believes in redemption. Mujica, in lucid disillusion. Francis manages what remains of a crumbling institution. Mujica planted broad beans knowing no one would inherit his field. The former embodies hope as mandate. The latter, melancholy as a form of historical intelligence.
Hacete miembro pago de mi canal de youtube para hacer todos los cursos. En este momento… clicqueá la imágen






Deja una respuesta