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Las acusaciones de pedofilia contra Javier Milei por parte de Santiago Cúneo, los vínculos de Donald Trump con Jeffrey Epstein y Sean “Diddy” Combs, y las denuncias de abuso y encubrimiento que envuelven a las élites globales no forman parte de una lógica puramente judicial. Operan en otro registro: el de la moralización como tecnología de exclusión mientras simultánea e inquietantemente, emerge una degeneración organizada del poder.

Las acusaciones de pedofilia contra Milei por parte de Santiago Cúneo, los vínculos de Trump con Epstein y “Diddy” Combs, y las denuncias de abuso y encubrimiento que envuelven a las élites globales llaman la atención.

Durante años, se pensaba a la acusación como dispositivo disciplinario: una manera de gobernar a través de la vergüenza, el señalamiento, la exposición. La pedofilia, en este contexto, no solo es un crimen—es un significante absoluto de lo abyecto, un operador simbólico que permite cancelar subjetividades, eliminar enemigos y redistribuir legitimidades. Lo vemos en la Argentina de Milei, donde la denuncia reemplaza al juicio, la sospecha al derecho, y el goce persecutorio se convierte en modo de gobierno.

La pedofilia, en este contexto, no solo es un crimen—es un significante absoluto de lo abyecto, un operador simbólico que permite cancelar subjetividades, eliminar enemigos y redistribuir legitimidades.

Pero algo ha cambiado. Como si hubiéramos entrado en una segunda etapa, más oscura. Si antes la pedofilia era el límite moral que organizaba el campo de lo decible, hoy parece ser el centro mismo de una estética de poder impune. No ya como secreto, sino como pacto. El caso de Diddy y las fiestas con menores, la red de Epstein, los testimonios de mujeres silenciadas en torno a Trump, y las declaraciones desquiciadas de Milei sobre la masturbación y el sexo como contrato, no son solo excentricidades mediáticas. Son síntomas de un sistema que ha reemplazado la política por el acceso privilegiado al cuerpo del otro.

Diddy y las fiestas con menores, la red de Epstein, los testimonios de mujeres silenciadas por Trump, y el sexo por contrato de Milei, no son solo excentricidades mediáticas. Son síntomas de un sistema que ha reemplazado la política por accesos privilegiados.

El juicio contra Sean “Diddy” Combs ha revelado un patrón de abuso sistemático que incluye tráfico sexual, coerción y violencia. Testimonios de su exnovia Cassie Ventura y otros testigos describen prácticas como las llamadas freak offs, encuentros sexuales organizados y grabados por Combs, a menudo bajo la influencia de drogas. Se han presentado también evidencias de amenazas y violencia física, como el intento de explosión del automóvil del rapero Kid Cudi. Aunque Justin Bieber ha declarado no ser víctima de Combs, su relación cercana desde la adolescencia ha generado especulaciones sobre la influencia y el alcance del comportamiento de Combs. La clave en esta discusión no es la forma en la que se tiene sexo sino el uso del poder y la influencia. El bondage institucional. 

La clave en esta discusión no es la forma en la que se tiene sexo sino el uso del poder y la influencia. El bondage institucional. 

En paralelo, la relación de Trump con Jeffrey Epstein ha sido objeto de escrutinio durante décadas. Aunque ha intentado desvincularse, registros judiciales y grabaciones confirman años de cercanía: fiestas privadas, mujeres jóvenes, favores cruzados. Epstein se autodefinía como “el amigo más cercano de Trump durante diez años”. A esto se suma la afinidad estratégica de Trump con Arabia Saudita, país con un historial sistemático de represión a mujeres, ejecuciones públicas y control moral sádico. La gira de Trump en Medio Oriente no fue sobre Estados Unidos: fue sobre él, su linaje, y su alianza con una forma de poder medieval en clave postmoderna.

Poder medieval posmoderno: la afinidad estratégica de Trump con Arabia Saudita, país con un historial sistemático de represión a mujeres y ejecuciones públicas y control moral sádico, fue sobre él y su linaje.

El sistema necesita odiar lo que también necesita. Por eso el abuso y su condena conviven en el mismo espacio discursivo. Pero lo que está emergiendo es aún más siniestro: un club cerrado donde la degeneración ya no es el lado oculto del poder, sino su lenguaje compartido. No se trata de excepciones, de “manzanas podridas”. Se trata de la construcción de un linaje político donde la transgresión es condición de pertenencia.

La acusación ya no busca justicia. Busca eliminar a quienes no fueron invitados al club. Porque lo que se protege no es la infancia, ni la ética pública: es el secreto como forma de control.

No sorprende entonces que la pedofilia funcione como código doble: se denuncia para destruir disidentes, pero se practica para sellar alianzas. Se moraliza hacia fuera y se naturaliza hacia dentro. En este nuevo orden, la acusación ya no busca justicia. Busca eliminar a quienes no fueron invitados al club. Porque lo que se protege no es la infancia, ni la ética pública: es el secreto como forma de control.

Estamos ante una mutación del poder. Una fase diabólica, si se quiere: no como metáfora teológica, sino como organización simbólica en la que el mal ya no necesita ocultarse. Al contrario: se exhibe como privilegio. El infierno ya no es castigo. Es membresía.

Estamos ante una mutación del poder. Una fase diabólica, si se quiere: no como metáfora teológica, sino como organización simbólica en la que el mal ya no necesita ocultarse

Y mientras tanto, el proyecto de blanqueo de capitales impulsado por Milei—presentado como incentivo a la inversión y a la repatriación de fondos, pero en realidad dirigido a legalizar dinero proveniente de economías paralelas—no es un error técnico ni una medida excepcional: es una clave de lectura. Lo que hace ese blanqueo no es atraer dólares, sino diluir la frontera entre legalidad e ilegalidad. Bajo su lógica, no importa de dónde viene el dinero: lo único que importa es su capacidad de circular, de gobernar, de financiar.

El blanqueo de dólares de la era Milei no busca atraer dólares, sino diluir la frontera entre legalidad e ilegalidad.

Es en ese desplazamiento donde el programa económico se vuelve político, y lo político se vuelve demoníaco en el sentido que da Silvia Schwarzböck: no como metáfora religiosa, sino como sistema de ocultamiento estructural que hace imposible distinguir entre verdad y mentira, entre crimen y ley, entre lo público y lo mafioso. La amnistía fiscal de Milei no es un gesto liberal; es una estructura de encubrimiento institucional, un borrado administrativo de la culpa, donde los mismos actores que explotan, evaden o corrompen encuentran refugio y legalidad.

Así se configura el modelo: una alianza entre el poder político, el capital narco-financiero y la retórica de la impunidad. El Estado no combate el crimen, lo absorbe y lo gestiona. No lo nombra como tal, sino que le da marco legal, lo tecnifica, lo convierte en política pública. A esto se suma la misoginia sistémica de Milei, su desprecio por la vida humana expresado en los recortes a salud, educación y protección social, y su discurso de odio travestido de sinceridad brutal. Todo esto no es un exceso. Es el sistema.

La política, en esta etapa, ya no representa. Administra cadáveres, lava dinero y castiga cuerpos. Lo que Milei habilita no es solo una forma brutal de gobernar, sino una nueva arquitectura del crimen legalizado: un narcoestado que opera bajo formas democráticas, una distopía gerencial donde el mal no se esconde, se monetiza. La oposición se mira el ombligo y la sociedad argentina se queda en casa y no va a votar. Se la puede acusar de poco patriota. No. Es sabia. Pero, esta sabiduría viene con consecuencias y que se sienten hoy, por ejemplo, cuando el, según Cúneo, pedofilo presidente suspende el derecho a huelga.

Power as a Diabolical Club: Diddy’s Laundering and Milei’s Freakoffs (ENG)

The accusations of pedophilia against Javier Milei by Santiago Cúneo, Donald Trump’s links to Jeffrey Epstein and Sean “Diddy” Combs, and the many allegations of abuse and cover-up surrounding global elites are not part of a purely judicial logic. They operate on a different register: that of moralization as a technology of exclusion while, simultaneously—and more disturbingly—what emerges is an organized degeneration of power.

The accusations of pedophilia against Javier Milei by Santiago Cúneo, Donald Trump’s links to Jeffrey Epstein and Sean “Diddy” Combs, emerge as an organized degeneration of power.

For years, accusations were understood as disciplinary tools: a way of governing through shame, exposure, and denunciation. In this context, pedophilia is not just a crime—it is an absolute signifier of the abject, a symbolic operator that cancels subjectivities, eliminates enemies, and redistributes legitimacy. We see this in Milei’s Argentina, where denunciation replaces trial, suspicion replaces rights, and the sadistic pleasure of persecution becomes a mode of governance.

In Milei’s Argentina, denunciation replaces trial, suspicion replaces rights, and the sadistic pleasure of persecution becomes a mode of governance.

But something has shifted. It’s as if we’ve entered a second, darker stage. If pedophilia once marked the moral boundary of the sayable, it now seems to be the very center of an aesthetic of untouchable power. Not a secret anymore, but a pact. Diddy’s underage sex parties, Epstein’s network, the silenced women surrounding Trump, and Milei’s deranged declarations on masturbation and sex as contract are not just media eccentricities. They are symptoms of a system that has replaced politics with privileged access to other people’s bodies

Diddy’s underage sex parties, Epstein’s network, the silenced women surrounding Trump, and Milei’s deranged sex as contracts are symptoms of a system that has replaced politics with privileged access to other people’s bodies.

The federal trial against Sean “Diddy” Combs has exposed a systematic pattern of abuse involving sex trafficking, coercion, and violence. Testimonies from his ex-girlfriend Cassie Ventura and other witnesses describe events known as “freak offs”—sexual encounters organized and recorded by Combs, often under the influence of drugs. Evidence has also surfaced of threats and physical violence, including an attempt to blow up rapper Kid Cudi’s car. Although Justin Bieber has stated he was not victimized by Combs, his close relationship with the mogul since adolescence has sparked speculation about Combs’s influence and reach. The key issue here is not how sex is had, but how power and influence are used. It is institutional bondage.

The key issue here is not how sex is had, but how power and influence are used. It is institutional bondage.

In parallel, Trump’s relationship with Jeffrey Epstein has been under scrutiny for decades. While he has tried to distance himself, legal records and audio tapes confirm years of intimacy: private parties, young women, reciprocal favors. Epstein once called himself “Trump’s closest friend for ten years.” Add to that Trump’s strategic affinity with Saudi Arabia—a nation with a well-documented history of female oppression, public executions, and sadistic moral control—and the picture becomes clearer. Trump’s Middle East tour wasn’t about the U.S.; it was about himself, his lineage, and his alliance with a medieval power structure in postmodern disguise.

Trump’s Middle East tour wasn’t about the U.S.; it was about himself, his lineage, and his alliance with a medieval power structure in postmodern disguise.

The system needs to hate what it also needs. This is why abuse and its condemnation cohabit the same discursive space. But what’s emerging now is even more sinister: a closed club where degeneration is no longer the hidden side of power—it is its shared language. This is not about exceptions or “bad apples.” It’s about the construction of a political lineage where transgression is a condition of belonging.

What is protected is not childhood, nor public ethics: it is secrecy as a form of control.

No wonder pedophilia functions as a double code: it is denounced to destroy dissidents, yet practiced to seal alliances. It is moralized outward and naturalized inward. In this new order, accusations no longer seek justice—they eliminate those not invited to the club. What is protected is not childhood, nor public ethics: it is secrecy as a form of control.

No wonder pedophilia functions as a double code: it is denounced to destroy dissidents, yet practiced to seal alliances. It is moralized outward and naturalized inward

We are witnessing a mutation of power. A diabolical phase, if you will—not as a theological metaphor but as a symbolic organization in which evil no longer needs to be hidden. On the contrary: it is exhibited as privilege. Hell is no longer punishment. It is membership.

Hell is no longer punishment. It is membership.

Meanwhile, Milei’s capital laundering plan—presented as an incentive for investment and fund repatriation, but in reality designed to legalize money from parallel economies—is not a technical error or an exceptional measure: it is a reading key. What that laundering does is not attract dollars but dissolve the boundary between legality and illegality. Under its logic, the source of money is irrelevant—what matters is its ability to circulate, to govern, to finance.

Milei’s capital laundering plan—presented as an incentive for fund repatriation, but in reality is designed to legalize money from parallel economies—but most importantly, to dissolve the boundary between legality and illegality.

It is in this displacement that the economic program becomes political, and the political becomes demonic in the sense invoked by Silvia Schwarzböck—not as a religious metaphor, but as a structural system of concealment that makes it impossible to distinguish truth from lies, crime from law, public from mafioso. Milei’s fiscal amnesty is not a liberal gesture—it is a structure of institutional cover-up, an administrative erasure of guilt, where those who exploit, evade, or corrupt find shelter and legality.

Thus the model takes shape: an alliance between political power, narco-financial capital, and the rhetoric of impunity. The state does not fight crime—it absorbs and manages it. It doesn’t name it—it legalizes it, technicalizes it, turns it into policy. Add to this Milei’s systemic misogyny, his contempt for human life expressed in cuts to health, education, and social protection, and his hate speech disguised as brutal honesty. None of this is an excess. It is the system.

In this stage, politics no longer represents. It manages corpses, launders money, and punishes bodies. What Milei enables is not just a brutal mode of governance, but a new architecture of legalized crime: a narco-state operating under democratic forms, a managerial dystopia where evil is not hidden—it is monetized. The opposition gazes at its navel while Argentine society stays home and doesn’t vote. One might call it unpatriotic. It’s not. It’s wise. But wisdom comes with consequences, and we feel them now—when, as Cúneo alleges, a pedophile president suspends the right to strike.

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