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Si algo caracteriza a la oligarquía argentina es su capacidad para producir ruinas con estilo. No hablo de ruinas arquitectónicas —aunque también— sino de personas, apellidos, fortunas, vínculos. A diferencia de otras élites globales que se reciclan con discreción, la oligarquía local lleva décadas auto fagocitándose en cámara lenta, disimulando el desmoronamiento económico con apellidos de cinco sílabas y muebles coloniales. La miseria está ahí, pero tapada con cortinados de brocato y latiguillos de alcurnia.

Si algo caracteriza a la oligarquía argentina es su capacidad para producir ruinas con estilo. No hablo de ruinas arquitectónicas —aunque también— sino de personas, apellidos, fortunas, vínculos.

Hay algo fascinante en ese universo: tienen dinero, pero no liquidez; tienen títulos, pero no poder; tienen casas, pero todas embargadas. Y cuando no les queda ni eso, lo único que les sobra es odio mutuo. Porque la pasión dominante de estas familias no es el amor ni la solidaridad, sino la herencia. La herencia como último cemento social. El rencor como vínculo familiar. El juicio como forma de conversación.

La pasión dominante de las familias patricias no es el amor ni la solidaridad, sino la herencia. La herencia como último cemento social. El rencor como vínculo familiar. El juicio como forma de conversación.

Y así llegamos al caso Esmeralda Mitre, descendiente directa de próceres, que alguna vez fue presentada como actriz, luego como empresaria cultural, después como accionista minoritaria del diario La Nación, y ahora, como marioneta desquiciada de una maquinaria espectacular que la usa para desviar la atención de lo verdaderamente importante: el dinero. No el dinero en abstracto, sino los millones de dólares en disputa por la titularidad real del diario, la posible falsificación de la firma de Bartolomé Mitre, y el ocultamiento sistemático del patrimonio familiar.

Y así llegamos al caso Esmeralda Mitre, descendiente directa de próceres, marioneta desquiciada de una maquinaria espectacular que la usa para desviar la atención de lo verdaderamente importante: el dinero.

Pero Esmeralda no habla de eso. Es decir, cree que habla de eso, pero lo que produce es otra cosa. Esmeralda habla mucho, pero no dice nada. Y en esa nada, se juega todo.

Esmeralda habla mucho, pero no dice nada. Y en esa nada, se juega todo.

Guy Debord lo explicó hace tiempo: en la sociedad del espectáculo, lo visible se vuelve enemigo de lo real. La imagen no representa al mundo: lo reemplaza. Y eso es exactamente lo que Esmeralda encarna. Su figura hipermediatizada opera como cortina de humo performática, producida para disolver toda posibilidad de pensamiento en una nube de acusaciones absurdas, datos inconsistentes y emocionalidad delirante. Todo mientras los verdaderos movimientos económicos —esos que implican peritajes caligráficos, fallos silenciosos y cambios accionarios— se hacen en penumbras, lejos de cámaras y de gritos.

Su figura antes hipermediatizada, ahora gastada, opera como cortina de humo, producida para disolver toda posibilidad de pensamiento en una nube de acusaciones absurdas, datos inconsistentes y emocionalidad delirante.

Mitre acusa a su cuñado Marcos Pereda Born de querer secuestrarla, de ser testaferro de un ruso (!), de querer vender todo (!), de estar en la política, al borde de la bancarrota y, al mismo tiempo, ser dueño de OSDE.

La entrevista que dio ayer en el programa de Tomás Méndez (Canal 9, TLN) es un caso de estudio. Lo que se ve no es a una heredera dando testimonio, sino a una pobre excedida convencida de que tiene agencia, mientras su descomposición emocional se convierte en contenido para YouTube. Acusa a su cuñado Marcos Pereda Born de querer secuestrarla, de ser testaferro de un ruso (!), de querer vender todo (!), de estar en la política, al borde de la bancarrota y, al mismo tiempo, ser dueño de OSDE. Asegura que ganó la mayoría de las acciones del diario, cuando apenas tiene un séptimo de una acción, compartido con Nequi Galotti y otros herederos. Afirma que no está indigente mientras su casa está embargada, su departamento hipotecado, y su ingreso real se reduce a una séptima parte de dividendos diluidos y judicializados. Si una acción vale 700.000 dólares, hacé las cuentas. Ella ya las hizo, pero mal.

Mitre afirma que no está indigente mientras su casa está embargada, su departamento hipotecado, y su ingreso real se reduce a una séptima parte de dividendos diluidos y judicializados. Si una acción vale 700.000 dólares, hacé las cuentas. Ella ya las hizo, pero mal.

Su patrimonio es una escenografía en ruinas:

  • La casa de Ombú cuya propiedad comparte con su madre está embargada por sus propios abogados.

  • El departamento en La Isla fue adquirido con fondos que, según ella, eran gananciales con Darío Loperfido, aunque nadie puede explicar cómo ese ex director del Colón pagó un inmueble de 250m² y con qué trabajo ella pagó su parte. Hay declaraciones juradas?

  • Y sí, vendió obras de arte para vivir, según confirmó el catálogo de Sarachaga, a precios de saldo, como si fuera un remate de liquidación emocional. Con la aclaración de que, al hacerlo, queriendo o sin querer, puso en peligro el valor de mercado de la obra de Nicolas Garcia Uriburu.

Todo esto mientras su madre —Blanca Isabel Álvarez de Toledo— intenta evitar lo inevitable: que una hija autodestructiva, incapaz de administrar su deterioro, termine indigente o muerta. La figura jurídica de la “desherencia por ingratitud” no es una amenaza, es una posibilidad. No por venganza, sino por contención. Porque el único patrimonio que queda en pie es el que no se puede poner a nombre de Esmeralda sin correr riesgo jurídico.

El departamento en La Isla de Esmeralda fue adquirido con fondos que, según ella, eran gananciales con Darío Loperfido, aunque nadie puede explicar cómo ese ex director del Colón pagó un inmueble de 250m² ahi y si hay declaraciones juradas?

Todo esto mientras su madre —Blanca Isabel Álvarez de Toledo— intenta evitar lo inevitable: que una hija autodestructiva termine indigente o muerta. La figura jurídica de la “desherencia por ingratitud” no es una amenaza, es una posibilidad.

Y sin embargo, en lugar de concentrarse en la causa del dinero escondido en paraísos fiscales, allegedly, por los Saguier y Magnetto, sus abogados antiguos la embargan y los actuales la impulsan a dispersar su magro arsenal en causas menores. Muchas activadas por un séquito de abogados como Llermanos, ex defensor de Moyano y Moreau. Se trata de una guerra de demandas que no le sirve para ganar nada, pero sí para perderlo todo: energía, estabilidad, capital simbólico. Como dijo Debord, el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediada por imágenes. Lo que su entorno produce no es justicia, sino un simulacro de protagonismo: una mujer vacía de sustancia gritando nombres propios sin poder articular una sola oración con sentido.

From Rancière, we understand that the distribution of the visible defines the thinkable. In this case, the visible is a pathetic and confused figure who sees herself as the protagonist of a Shakespearean tragedy when in fact she is just a footnote in a power struggle.

Y aquí entra Jacques Rancière. Según Aisthesis, el reparto de lo sensible define qué es visible, qué puede decirse y quién puede hablar. Esmeralda habla mucho, pero no tiene posición enunciativa legítima. El sistema mediático la exhibe no como voz, sino como ruido. Se le permite hablar solo para que se invalide a sí misma. Se la muestra diciendo “me querían cambiar la sangre”, “yo gané todos los juicios”, “el Marqués se quedó con todo”, mientras los verdaderos movimientos jurídicos siguen su curso, silenciosos, invisibles. Cómo se puede ser tan tonta? Es todo tan obvio.

Esmeralda habla mucho, pero no tiene posición enunciativa legítima. El sistema mediático la exhibe no como voz, sino como ruido. Se le permite hablar solo para que se invalide a sí misma.

En un momento de la entrevista, dice algo notable: “esto es lo que necesito: estar en cámara”. Y ahí está todo. Su necesidad no es justicia, ni reparación, ni restitución. Es ser visible, aunque eso implique destruirse a sí misma en loop. Su delirio televisado cumple una función objetiva: no sólo encubrir los movimientos patrimoniales reales, sino también saturar de significantes vacíos el espacio discursivo. Cuando todo es dicho, nada puede pensarse.

Su delirio televisado cumple una función objetiva: no sólo encubrir los movimientos patrimoniales reales, sino también saturar de significantes vacíos el espacio discursivo. Cuando todo es dicho, nada se piensa.

La locura de Esmeralda no es un problema psiquiátrico: es un producto histórico. Es la puesta en escena de una subjetividad oligarca en el colapso del poder. Cree que tiene aliados, pero está (o, mejor dicho, estaba) rodeada de operadores. Cree que tiene enemigos, pero sus peores enemigos, posiblemente, la representan. Cree que tiene control politico, pero está siendo administrada por sus errores estratégicos y sus abusos. El espectáculo la ha devorado y, como siempre, no queda nada salvo una mueca en cámara y una hipoteca impaga.

Esmeralda cree que tiene control politico, pero está siendo administrada. El espectáculo la ha devorado y, como siempre, no queda nada salvo una mueca en cámara y una hipoteca impaga.

Este no es un caso Britney Spears. Es un caso de performatividad espectacular del deterioro como dispositivo de encubrimiento. Mientras ella denuncia a su madre por “querer volver”, su madre paga sus deudas. Mientras ella habla de “fallos a favor”, sus abogados esconden las causas detrás de velos judiciales. Mientras ella acusa a su familia de robo y secuestro, nadie de su familia está (contra lo que dice ella) imputado, y nadie le responde, porque todos saben que no está bien. Lo único que se juega es qué parte del capital se puede salvar antes de que ella termine arrastrando a todos a la miseria escénica en la que se hunde. Y la discusión es un séptimo de una acción.

Mientras ella acusa a su familia de robo y secuestro, nadie de su familia está (contra lo que dice ella) imputado, y nadie le responde, porque todos saben que no está bien. Lo único que se juega es qué parte del capital se puede salvar antes de que ella termine arrastrando a todos a la miseria escénica en la que se hunde

Y en esa escena —grabada, subida a YouTube, replicada en redes— lo que desaparece no es solo la razón, sino el conflicto mismo. No hay política familiar, ni jurídica, ni económica que pueda pensarse en ese registro. Hay ruido. Hay espectáculo. Ay, Esmeralda.

Esmeralda Mitre or the Hereditary Simulacrum: When Spectacle Cancels Politics

Esmeralda Mitre is the heiress of one of Argentina’s most symbolically powerful dynasties. Her father, Bartolomé Mitre, was the longtime director of La Nación, Argentina’s second-largest and most establishment-aligned newspaper, and a direct descendant of Bartolomé Mitre, the 19th-century president and military figure who helped consolidate the Argentine nation-state. Esmeralda, a sometime actress and media personality, has leveraged her surname in erratic attempts at cultural relevance. But in recent years, she has become the center of a grotesque family and legal drama that plays out on television, social media, and courtrooms—a public unraveling that speaks volumes about the exhaustion of Argentina’s old oligarchic order and the theatrical ways in which it cannibalizes itself.

Esmeralda Mitre has become the center of a grotesque family and legal drama. A public unraveling that speaks volumes about the exhaustion of Argentina’s old oligarchic order and the theatrical ways in which it cannibalizes itself.

If there is one thing that defines the Argentine oligarchy, it is its capacity to produce ruins in style. I don’t mean architectural ruins—though those too—but rather ruined people, surnames, fortunes, relationships. Unlike other global elites that quietly reinvent themselves, the local oligarchy has been slowly cannibalizing itself for decades, masking its economic collapse behind five-syllable surnames and colonial furniture.

If there is one thing that defines the Argentine oligarchy, it is its capacity to produce ruins in style. I don’t mean architectural ruins—though those too—but rather ruined people, surnames, fortunes, relationships

There’s something fascinating about this world: they have money, but no liquidity; titles, but no power; houses, but all of them are under embargo. And when even those are gone, the only thing they have left is mutual hatred. Because the dominant passion in these families is not love or solidarity—it’s inheritance. Inheritance as the last social glue. Resentment as a family bond. Litigation as a form of conversation.

The dominant passion in these families is not love or solidarity—it’s inheritance. Inheritance as the last social glue. Resentment as a family bond. Litigation as a form of conversation.

And so we arrive at the case of Esmeralda Mitre, direct descendant of national heroes, once presented as an actress, then as a cultural entrepreneur, later as a minority shareholder of the newspaper La Nación, and now as a deranged puppet of a spectacular machinery that uses her to divert attention from what really matters: money. Not money in the abstract, but the millions of dollars at stake in the battle over the newspaper’s actual ownership, the possible forgery of Bartolomé Mitre’s signature, and the shielding of assets from foreclosure. The real question isn’t whether Esmeralda is mentally well or unwell. The question is: what is she doing on television?

Esmeralda talks a lot, but says nothing. And in that nothingness, everything is at stake.

But Esmeralda doesn’t talk about that. Or rather, she thinks she is talking about it, but what she produces is something else entirely. Esmeralda talks a lot, but says nothing. And in that nothingness, everything is at stake. The video of the interview on Canal 9 with Tomás Méndez is an extraordinary document. Not because it offers new information, but because it reveals the tragic unraveling of the Mitre apparatus. What we see there is not a victim but a woman convinced she is in control when, in truth, she controls nothing. Her speech is a paranoid delusion blending hatred, ignorance, revenge, self-deception, and delusions of grandeur.

This is not, as in the case of Britney Spears, a figure exploited by the entertainment industry, but a failed heiress manipulated by a legal, media, and psychic system that seeks to use her own decay as a distraction from the real litigation over possible serious money. And the issue at stake is not Esmeralda’s freedom but her total lack of judgment.

Her current lawyers obscure the legal proceedings so that no one knows what’s truly going on. Her house is not a castle. Her apartment was not bought with her own earnings. The artworks she says are hers were sold at auction at Sarachaga.

In the video, Esmeralda accuses Marcos Pereda Born—OSDE partner and husband of Azul García Uriburu—of being a frontman for a Russian oligarch. The accusation is delusional yet strategic: it distracts and confuses. She then claims to have won all her lawsuits, though all rulings were against her. When confronted, she plays the victim and accuses her mother and sister of theft. But the assets she claims—Ombú house, the apartment in La Isla, the newspaper dividends—are all either mortgaged or seized. Her previous lawyers placed liens on her property. Her current lawyers obscure the legal proceedings so that no one knows what’s truly going on. Her house is not a castle. Her apartment was not bought with her own earnings. The artworks she says are hers were sold at auction at Sarachaga.

When confronted, she plays the victim and accuses her mother and sister of theft. But the assets she claims—Ombú house, the apartment in La Isla, the newspaper dividends—are all either mortgaged or seized.

This spectacle produces a degraded form of pity. There is no political subject, only affective noise. Instead of addressing the judiciary, she insults it. Instead of demanding rights, she implodes on camera. And when offered help, she rejects it in the name of a freedom she no longer possesses.

Instead of demanding rights, Esmeralda implodes on camera. And when offered help, she rejects it in the name of a freedom she no longer possesses.

From Debord, we know that spectacle does not represent the real—it replaces it. From Rancière, we understand that the distribution of the visible defines the thinkable. In this case, the visible is a pathetic and confused figure who sees herself as the protagonist of a Shakespearean tragedy when in fact she is just a footnote in a power struggle.

But what we see is also something else: the subjective cost of an oligarchy that, in order to preserve its symbols, sacrifices its own members. Esmeralda is not a victim, but neither is she a perpetrator. She is a symptom. A loud, clumsy, televised symptom of a class in decline—one that no longer has a historical project and whose only way of existing is fighting over the crumbs of a symbolic inheritance no one really wants.

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