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Murió Ángel Mahler y su figura en la cultura, pero sobre todo en la gestión cultural argentina funciona como una bisagra entre dos modelos de desposesión del Estado

Murió Ángel Mahler y su figura en la cultura, pero sobre todo en la gestión cultural argentina funciona como una bisagra entre dos modelos de desposesión del Estado: el de la confrontación ideológica explícita que, de alguna manera, preanuncia la era Milei. Me refiero al modelo de gestión macrista de la Cultura en la Ciudad de Buenos Aires encarnada, originalmente, por Darío Lopérfido, y el de la administración del desguace que hoy representa alguien conocido de él, Leonardo Cifelli.

La manzana nunca cae demasiado lejos del árbol. Leonardo Cifelli —hoy Secretario de Cultura de la Nación— se desempeñó como jefe de gabinete de Mahler. Encarna la fase gerencial del mismo modelo pero en negativo. Sin escándalos, con un discurso de eficiencia que justifica el vaciamiento.

Mahler no fue el arquitecto del vaciamiento, ni su ejecutor más brutal, pero sí su pre-configuración estética: una figura amable, popular, que logró ponerle música y luces al proceso de transformación de la cultura pública en espectáculo vacíos y copiados del Norte. Fue el momento en el que la Ciudad de Buenos Aires renunció a su propia cultura para transformarse en una copia de una copia. 

Mahler fue el momento en el que la Ciudad de Buenos Aires renunció a su propia cultura para transformarse en una copia de una copia. Subscribite a Loveartnotpeople.blog

Antes de asumir como ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires en 2016, Mahler ya representaba una idea de cultura alejada de cualquier impulso experimental, político o reflexivo. Lejos estaban los ideales de la década del 1980. Mahler venía de desarrollar junto a Pepito Cibrián un lenguaje musical efectivo pero limitado, centrado en lo sentimental, lo espectacular y rentable. Su música —demasiado influída por Andrew Lloyd Webber y las fórmulas narrativas del cine de Hollywood— sirvió como matriz de una estética que busca conmover sin interpelar, y entretener sin pensar. Eso mismo fue lo que Mahler llevó a la gestión pública.

Su música —demasiado influída por Andrew Lloyd Webber, sirvió como matriz de una estética que busca conmover sin interpelar, y entretener sin pensar. Eso fue lo que Mahler llevó a la gestión pública.

Cuando reemplazó a Lopérfido a cargo del Ministerio de Cultura de la Ciudad, no fue para modificar la orientación política del ministerio, sino para reemplazar la cultura como territorio de conflicto de ideas por la administración cultural entendida como show orientado a un público al que no se busca educar sino entretener. Es difícil entender qué quiso hacer Lopérfido cuando dijo lo que dijo de los números de desaparecidos en un ámbito, partido y lugar en el que no había margen para eso. Su sucesor, Mahler, simplemente aplico una política de la retirada y el achatamiento. Se dedicó a engrasar todo lo que tocaba. Pero bajo esa superficie de popularización del descerebramiento, se mantuvieron intactas las políticas de ajuste, precarización y desfinanciamiento que ya estaban en marcha. El proceso fue lento pero sostenido, casi planeado. La cultura como derecho (Alfonsinismo) fue reemplazada por la cultura como programación (De la Ruismo) y de ahí se paso a la cultura como adoctrinamiento del espectador en materias existenciales como la de que ‘dentro de poco, no va a quedar nada’. Por lo antedicho, no sorprende la propuesta de Toto Caputo del blanqueo total de capitales y el Narco-Estado. El Macrismo en gestión cultural nos preparó para este momento.

A cargo del Ministerio de Cultura promovió un público al que no se buscó educar sino estar convencido que el derecho era a ser entretenido. Netflix pasó a ser la opción culta por excelencia.

Mientras el Kirchnerismo repetía fórmulas intelectuales empaquetadas y arte cínico en loop, Mahler niveló para abajo subestimando al público de la Ciudad de Buenos Aires que todavía discernía

Mahler fue, en efecto, un “gestor artístico”, pero no un gestor cultural. No tenía experiencia en políticas públicas, ni formación en historia, patrimonio o acceso cultural. No tenía una mirada abarcativa de la realidad. Y no la necesitaba: su rol era no tenerlo. Se convirtió en el rostro amable de un modelo que ya no pretendía disputar sentidos, sino producir obediencia y ese fue el gran éxito personal de Enrique Avogadro: el ministro de cultura invisible. Volviendo a Mahler, en vez de politizar el espacio cultural, lo desactivó: canceló la pregunta por el origen, por la memoria, por el disenso. Convirtió al Estado en una marquesina, algo que no se contradijo con el modo de gestión cultural Kirchnerista que usaba la marquesina para transformar el origen, la memoria y el disenso en todo menos preguntas. Sin embargo, mientras el Kirchnerismo viraba hacia el autoritarismo cultural de la mano de las políticas de identidad, el Macrismo y Mahler se encargaban de mantener el nivel intelectual lo más bajo posible. Mientras el Kirchnerismo repetía fórmulas intelectuales y artísticas en loop, Mahler niveló para abajo subestimando al público de la Ciudad de Buenos Aires que todavía discernía. Ya no. Vengo de investigar el caso Chileno durante los últimos tres años y puedo afirmar que un Chileno promedio es mucho mas culto que un Argentino y esto es algo que ni ellos pueden creer. 

El modelo Mahler quebró el modelo de gestión cultural que había emergido de la Pax Alfonsinista estructurado entorno de la figura de André Malreaux. Explico…

Durante la gestión de Mahler, se  mantuvieron las estructuras jerárquicas heredadas, se profundizó la tercerización de servicios y se redujeron los programas de fomento que no garantizaban rédito inmediato. Se privilegiaron eventos sobre procesos, y se fortaleció la lógica del contrato eventual y la producción tercerizada. Artistas y técnicos denunciaron prácticas laborales precarias heredadas de sus propias producciones privadas. La Asociación Argentina de Actores recibió denuncias por contratos atados al éxito de taquilla pero, a esa altura, la AAA era y ha sido un mal chiste. El modelo Mahler no sólo no cuestionó estas prácticas: las naturalizó.Y no solo eso sino que quebró el modelo de gestión cultural que había emergido de la Pax Alfonsinista estructurado entorno de la figura de Andre Malreaux y para esto necesito comparar el modelo de gestión cultural francesa al que aspiro la Argentina desde el advenimiento de la democracia y lo que trajo el Macrismo y ahora, Libertario. El contraste permite pensar no solo en políticas culturales sino en proyectos de Estado, en concepciones de ciudadanía, y en el sentido mismo de la cultura pública.

De lo pedagógico a lo gerencial al vaciamiento 

Malraux concebía al Estado como pedagogo cultural: debía elevar al ciudadano ofreciéndole acceso a las grandes obras del ‘espíritu humano’. Esto plantea problemas de, por lo pronto, colonización cultural. Sin embargo, Malraux no pensaba en la cultura como entretenimiento sino como formación ética, estética y política. El Estado era mediador humanista entre el arte y el pueblo.

En cambio, Mahler y Cifelli entendieron y entienden al Estado como facilitador logístico. No educa, no selecciona, no jerarquiza: administra eventos y ordenes que recibe. En mi época de gestor cultural, se daba por sentado que siempre se iba a tener una pelea con el Ministerio de Economía por el presupuesto. Hoy, se cumplen ordenes. No hay una concepción pedagógica, sino una lógica de programación que vino con Loperfido que, con su falta de educación, estaba fascinado por la Cultura con mayúscula sin jamás entenderla. El Estado es una productora tercerizada sin criterio cultural.

Mahler y Cifelli entendieron y entienden al Estado como facilitador logístico. No selecciona, no jerarquiza: administra eventos y ordenes que recibe. Si educa es a cómo obedecer.

Democratización del arte vs. neutralización de lo político

Malraux promovió el acceso universal a los bienes culturales, pero no renunciaba a un canon. Esto si se quiere fue su gran problema. Su noción de la Francophonie lo ataba a valores humanistas del siglo XIX. Las Maisons de la Culture no ofrecían cualquier cosa: ofrecían Bach, Racine, Matisse, pero también Pasolini. La cultura era una forma de construcción republicana. Malraux supo como navegar las aguas de los cambios morales.

En cambio, la despolitización que Mahler encarnó y que Cifelli radicaliza neutraliza el conflicto y la memoria. En nombre de la pluralidad, se elimina lo ideológico. Es amnesia que ni siquiera llega a ser selectiva. Pero eso también es ideología: una ideología de la neutralidad neoliberal, donde la cultura no debe “molestar”, sino complacer. La pregunta es a quién y para quién? Y allì aparece la palabra ‘élite’ pero bruta. La élite (que atraviesa el progresismo de Cristina y el Macrismo de Awada) que este blog viene describiendo hace mas de una década. 

La despolitización que Mahler encarnó y que el actual Ministro de Cultura Cifelli radicaliza neutraliza el conflicto y la memoria. En nombre de la pluralidad, se elimina lo ideológico.

Cultura como resistencia vs. cultura como entretenimiento

Para Malraux, el arte era una respuesta al sinsentido, una forma de resistencia existencial frente a la muerte. Lo artístico tenía densidad simbólica y riesgo. En esto fue inteligente ya que no quiso transformar la cultura en un arma de la política sino que financió la retirada del Estado de cierto espacio político para que lo ocuparan los ciudadanos. El esfuerzo radicaba en educar a ese ciudadano. 

Para André Malraux, el arte era una respuesta al sinsentido, una forma de resistencia existencial frente a la muerte. Lo artístico tenía densidad simbólica y riesgo. Financió la retirada del Estado de cierto espacio político para que lo ocuparan ciudadanos.

Para Angel Mahler, la cultura era un decorado emocional, un musical con orquesta midi. Mahler no tenía visión del mundo y no se puede tener un ministro de cultura sin cosmovisión. Esto abrió el camino para Cifelli, es un excel balanceado que ni siquiera sabe como prender una computadora. En ambos casos, se impone una visión higienizada y anestesiada: sin conflicto, sin vanguardia, sin incomodidad.

El artista como mediador vs. el productor como gestor

Malraux creía que el artista tenía una función social: era quien nombraba lo innombrable y traía a la plaza lo que no debía olvidarse. Su visión era de un humanismo trágico, épico, comprometido. En la época en la que las manifestaciones comenzaban a ser commodities sobretodo desde el 1968 francés, Malraux logró unir a Francia atrás de un ideal fetiche, ficticio pero productivo. 

Mahler nunca imaginó que esto fuera posible y no sabría cómo hacerlo. El inauguró la era de los artistas-empresarios, fue el primer prototipo de la función estética privada puesta al servicio de la gestión cultural estatal. No interpelaba al poder: lo embellecía con los códigos que él entendía como ‘belleza’ que coincidían con los de un almacenero en la década del 90. Por eso fracasó. Su estética era anacrónica. El Ministro de Cultura de Milei, Cifelli, como productor teatral, lleva esta lógica al extremo: elimina lo simbólico y la alegoría y lo reemplaza por la logística de la destrucción. Y no me malentiendan porque fui Subsecretario de Cultura de la Nación y el Mileismo destructivo era necesario en el Estado pero no sin un proyecto constructivo y productivo que lo reemplace. Esto nos lleva al último tema que es….

Malraux pensaba en ciudadanos cultos. Mahler pensaba en públicos satisfechos. Cifelli piensa en que no lo echen y en una cultura que dejó de ser un derecho para volverse un fetiche reprimible.

De la Construcción de ciudadanía, a la fabricación de públicos berretas a la destrucción de la ciudadanía en su nombre. 

Malraux pensaba en ciudadanos cultos. Mahler pensaba en públicos satisfechos. Cifelli piensa en que no lo echen y hacer negocios usando la chapa del Estado. La cultura dejó de ser un derecho para volverse consumo con Mahler y ahora, se está convirtiendo en un fetiche que si se sale de la cerca construida en torno, es objecto de designación y el que nombra glorifica o reprime. Cual es hoy la diferencia entre una murga y una manifestación reprimible. Esto empobrece la democracia: sin memoria, sin estética crítica, sin lenguajes incómodos, no hay ciudadanía reflexiva. Solo espectadores de plataformas que poco a poco se retiran al espacio privado.  Lo que tenemos son consumidores de contenido que sueñan en crearlo y ya hablaremos del legado cultural de la gestión Cifelli porque lo hace quedar a Mahler como un personaje de Disney, en comparación. 

Malraux elevaba; Mahler decoraba; Cifelli suprime y reprime.

Lo que en Malraux era una peligrosa política civilizatoria, en Mahler se volvió una política del espectáculo vacío que terminó de convencer a los porteños de que lo único bueno está afuera. Lo que en Malraux era colonización culta, en Cifelli es auto-colonización represivo. En esa curva descendente, la cultura deja de ser un derecho para volverse un peligro. Lo que muere con este modelo no es solo la cultura pública. Es la posibilidad de una política con sentido. El Narco Estado desfondado que odia la propia cultura a la que acusa de ser la razón ‘zurdita’ de que ‘estemos como estamos’. Miren La Historia Oficial de Puenzo y van a ver como se está repitiendo la película. 

Angel Mahler pavimentó el camino para el Narco Estado cultural que se viene y que odia la propia cultura por ser la razón ‘zurdita’ de que ‘estemos como estamos’.

Pero la manzana nunca cae demasiado lejos del árbol. Leonardo Cifelli —hoy Secretario de Cultura de la Nación— se desempeñó como jefe de gabinete de Mahler. Allí aprendió la gramática del espectáculo como gestión pública y de la cultura como peligro frente a los planes de asalto al Estado. No era necesario tener un proyecto cultural: bastaba con sostener una cartelera y ahora, ni eso. Solo es necesaria una consigna. Desde entonces, Cifelli encarna la fase gerencial del mismo modelo pero en negativo. Sin escándalos, sin declaraciones provocadoras, sin música siquiera. Cifelli es inexistente. Solo Excel, recortes, y un discurso de eficiencia que justifica el vaciamiento.

Cifelli suprimió jerarquías, cerró más de 20 programas culturales —entre ellos Puntos de Cultura— y eliminó lo que llamó “contenido ideológico” de los espacios culturales. Es decir, vinculó a la cultura con la ‘ideología’ y esto dicho desde el Estado es estratégico. Justificó estas decisiones como parte de un modelo “sustentable” de gestión: el mismo eufemismo tecnocrático con el que se desactiva el rol crítico del arte y se reduce la cultura a entretenimiento neutral. Pero esa neutralidad, como la de Mahler, es profundamente ideológica.

La genealogía advertida por Loveartnotpeople en el 2012

Lo que une a Lopérfido, Mahler y Cifelli no es una ideología explícita, sino una praxis común: la cultura como mercancía, el Estado como promotor de públicos pero no de ciudadanos, la producción artística como servicio y de ultima, el Estado como desarticulador de ciudadanía. 

Mi interés en conocer personalmente a Esmeralda Mitre era el saber mas del negacionismo brutal de Lopérfido que ella defendió a capa y espada teniendo un padre con las manos manchadas de sangre por Papel Prensa. Pero el fascismo de La Nación avant la lettre se apuró demasiado y Rodriquez Larreta, entonces Jefe de Gobierno tuvo que echarlo. La poca inteligencia estratégica de Mitre hizo que viera todo como una foto y no como una película. No vio el potencial de su fascismo y en lugar de acercarse a Milei se acercó a Moreau y el Kirchnerismo pero su adicción y su falta de ética de trabajo, propia de su clase, la convenció de que Lopérfido no le servía más cuando, en realidad, fue allí cuando Lopérfido comenzaba a ser políticamente plausible. Obviamente y como siempre, en el peor de los sentidos.  

Lo peor para Lopérfido es que fue reemplazado por Mahler que fue, si bien menos técnico y experimentado en los pasillos del poder; simbólicamente eficaz. Su figura permitía que la sociedad porteña creyera que la cultura seguía siendo central, que la tradición se mantenía, que el arte estaba “vivo”; mientras no se daba cuenta (la sociedad porteña) de lo embrutecida que se había vuelto. Pero todo eso era decorado. Lo real era el repliegue del Estado, la anulación del conflicto y la privatización del criterio. Mahler fue el telón que ocultó la demolición.

Lopérfido, reemplazado por Mahler, desapareció. Su figura permitía que la sociedad porteña creyera que la cultura seguía siendo central mientras el ex de Mitre les recordaba lo bruta que se había vuelto tratado de parecer culto sin secundario completo.

Hoy, bajo Cifelli, ese modelo se ha radicalizado. La Secretaría de Cultura es apenas una oficina de administración. Se eliminan líneas de fomento, se promueve el autofinanciamiento mientras se blanquea. Se viene un Renacimiento Cultural con dinero narco y la sociopatía de la elite cultural argentina esta mas que lista para recibirlos con los brazos abiertos.

Former Minister of Culture Ángel Mahler Has Died: A Critical Obituary

Ángel Mahler was an Argentine composer and theatrical producer best known for his blockbuster musicals—particularly Drácula—and for briefly serving as the Minister of Culture of Buenos Aires, where he symbolized the transformation of public culture into spectacle during Argentina’s neoliberal turn.


Mahler has passed away a few days ago and his role in Argentine culture—particularly in cultural management—served as a hinge between two models of state divestment: the explicit ideological confrontation that, in some ways, foreshadowed the Milei era. I’m referring to the Macri-era cultural management model in Buenos Aires, initially embodied by Darío Lopérfido, and the dismantling administration now represented by his acquaintance, Leonardo Cifelli. Mahler wasn’t the architect of the cultural void, nor its most brutal executor, but rather its aesthetic prefiguration: a kind, popular figure who managed to add music and lights to the transformation of public culture into empty spectacles copied from the North. It was the moment when Buenos Aires renounced its own culture to become a copy of a copy.

Mahler has passed away a few days ago and his role in Argentine culture served as a hinge between two models of state divestment: the explicit ideological confrontation that, in some ways, foreshadowed the Milei era

Before assuming the role of Minister of Culture of Buenos Aires in 2016, Mahler already represented an idea of culture detached from any experimental, political, or reflective impulse. Far removed were the ideals of the 1980s. Mahler had developed, alongside Pepito Cibrián, an effective yet limited musical language, focused on the sentimental, the spectacular, and the profitable. His music—heavily influenced by Andrew Lloyd Webber and Hollywood’s narrative formulas—served as the matrix for an aesthetic that seeks to move without challenging, and to entertain without thought. This was precisely what Mahler brought to public management.

When he replaced Lopérfido at the helm of the Ministry of Culture of the City, it wasn’t to change the ministry’s political orientation but to replace culture as a battleground of ideas with cultural administration understood as a show aimed at an audience not to be educated but entertained. It’s hard to understand what Lopérfido intended when he made his controversial statements about the number of disappeared persons in a context, party, and place where there was no room for such remarks. His successor, Mahler, simply implemented a policy of withdrawal and flattening. He dedicated himself to smoothing over everything he touched. But beneath this surface of popularized mindlessness, the policies of austerity, precarization, and defunding already underway remained intact. The process was slow but sustained, almost planned. Culture as a right (Alfonsinism) was replaced by culture as programming (De la Rúa-ism), and from there, it shifted to culture as indoctrination of the spectator in existential matters like ‘soon, there will be nothing left.’ Given this, it’s no surprise that Toto Caputo proposed the total laundering of capital and the Narco-State. Macri’s cultural management prepared us for this moment.

Mahler, simply implemented a policy of withdrawal. He dedicated himself to smoothing over everything he touched. But beneath this surface of popularized mindlessness, the policies of austerity advanced.

Mahler was, indeed, an “artistic manager,” but not a cultural manager. He had no experience in public policies, nor training in history, heritage, or cultural access. He lacked a comprehensive view of reality. And he didn’t need one: his role was not to have it. He became the friendly face of a model that no longer sought to dispute meanings but to produce obedience, and that was the personal success of Enrique Avogadro: the minister responsible for stripping the title of Minister of Culture of its respect. Returning to Mahler, instead of politicizing the cultural space, he deactivated it: he canceled questions about origin, memory, and dissent. He turned the State into a marquee, something that didn’t contradict the Kirchnerist cultural management style, which used the marquee to transform origin, memory, and dissent into everything but questions. However, while Kirchnerism veered toward cultural authoritarianism through identity politics, Macri and Mahler ensured the intellectual level remained as low as possible. While Kirchnerism repeated intellectual and artistic formulas in a loop, Mahler leveled downward, underestimating the Buenos Aires audience that still discerned. Not anymore. I’ve been researching the Chilean case for the past three years, and I can affirm that the average Chilean is much more cultured than the average Argentine, and this is something even they can’t believe.

I can affirm that the average Chilean is much more cultured today than the average Argentine, and this is something even they can’t believe.

During Mahler’s tenure, inherited hierarchical structures were maintained, service outsourcing was deepened, and support programs that didn’t guarantee immediate returns were reduced. Events were prioritized over processes, and the logic of temporary contracts and outsourced production was strengthened. Artists and technicians reported precarious labor practices inherited from their own private productions. The Argentine Association of Actors received complaints about contracts tied to box office success, but by then, the AAA was and has been a bad joke. The Mahler model not only failed to question these practices: it normalized them. Moreover, it broke the cultural management model that had emerged from the Alfonsinist Pax, structured around the figure of André Malraux. To understand this, we need to compare the French cultural management model that Argentina aspired to since the advent of democracy and what Macri and now the Libertarians have brought. The contrast allows us to think not only about cultural policies but about state projects, conceptions of citizenship, and the very meaning of public culture.

From Pedagogical to Managerial to Emptying

Malraux conceived the State as a cultural pedagogue: it should elevate the citizen by offering access to the great works of the ‘human spirit.’ This raises issues of, at the very least, cultural colonization. However, Malraux didn’t view culture as entertainment but as ethical, aesthetic, and political formation. The State was a humanist mediator between art and the people.

In contrast, Mahler and Cifelli understood and understand the State as a logistical facilitator. It doesn’t educate, select, or prioritize: it manages events and follows orders. In my time as a cultural manager, it was taken for granted that there would always be a fight with the Ministry of Economy over the budget. Today, orders are followed. There’s no pedagogical conception, only a programming logic that came with Lopérfido, who, with his lack of education, was fascinated by Culture with a capital ‘C’ without ever understanding it. The State is a subcontracted producer without cultural criteria.

Democratization of Art vs. Neutralization of the Political

Malraux promoted universal access to cultural goods but didn’t renounce a canon. This, arguably, was his major flaw. His notion of Francophonie tied him to 19th-century humanist values. The Maisons de la Culture didn’t offer just anything: they offered Bach, Racine, Matisse, but also Pasolini. Culture was a form of republican construction. Malraux knew how to navigate the waters of moral changes.

In contrast, the depoliticization that Mahler embodies and that Cifelli radicalizes neutralizes conflict and memory. In the name of plurality, the ideological is eliminated. It’s amnesia that doesn’t even reach selectivity. But that’s also ideology: a neoliberal ideology of neutrality, where culture shouldn’t ‘bother’ but please. The question is, to whom and for whom? And there appears the word ‘elite,’ but in a crude sense. The elite (which spans Cristina’s progressivism and Awada’s Macrism) that this blog has been describing for over a decade.

Culture as Resistance vs. Culture as Entertainment

For Malraux, art was a response to meaninglessness, a form of existential resistance to death. The artistic had symbolic density and risk. In this, he was intelligent, as he didn’t want to turn culture into a political weapon but financed the State’s withdrawal from certain political spaces for citizens to occupy. The effort lay in educating that citizen.

For Ángel Mahler, culture was an emotional backdrop, a musical with a MIDI orchestra. Mahler had no worldview, and one cannot have a Minister of Culture without a worldview. This paved the way for Cifelli, an Excel spreadsheet balanced manager who doesn’t even know how to turn on a computer. In both cases, a sanitized and anesthetized vision is imposed: without conflict, without avant-garde, without discomfort.

The Artist as Mediator vs. The Producer as Manager

Malraux believed the artist had a social function: to name the unnameable and bring to the public square what shouldn’t be forgotten. His vision was of a tragic, epic, committed humanism. At a time when demonstrations were becoming commodities, especially since the French 1968, Malraux managed to unite France behind a fetishistic, fictitious but productive ideal. Mahler never imagined this was possible and wouldn’t know how to do it. He inaugurated the era of artist-entrepreneurs, being the first prototype of the private aesthetic function put at the service of state cultural management.

But the apple never falls far from the tree. Leonardo Cifelli—now Secretary of Culture of the Nation—served as Ángel Mahler’s chief of staff. It was there that he learned the grammar of spectacle as public policy, and of culture as a threat to any plan to storm the State. A cultural project wasn’t necessary: it was enough to keep a schedule of events going—and now, not even that. All that’s needed is a slogan. Since then, Cifelli has embodied the managerial phase of the same model, but in reverse. No scandals, no provocative statements, not even music. Cifelli is nonexistent. Just Excel sheets, budget cuts, and a rhetoric of efficiency used to justify the dismantling.

Cifelli eliminated hierarchies, shut down more than 20 cultural programs—including Puntos de Cultura—and removed what he called “ideological content” from cultural spaces. That is, he linked culture with “ideology,” and when said from within the State, that is strategic. He justified these decisions as part of a “sustainable” management model—the same technocratic euphemism used to neutralize art’s critical role and reduce culture to harmless entertainment. But that neutrality, like Mahler’s, is profoundly ideological.

The genealogy identified by Loveartnotpeople back in 2012

What unites Lopérfido, Mahler, and Cifelli is not a shared ideology, but a shared praxis: culture as commodity; the State as promoter of audiences but not of citizens; artistic production as service—and ultimately, the State as dismantler of citizenship.

Back in 2012, my blog Loveartnotpeople.blog warned how Argentine cultural elites addressed it as acommodity and, like the Dictatorship, endorsed a State as promoter of audiences but not of citizens. A dismantler of citizenship.

My interest in meeting Esmeralda Mitre in person came from wanting to understand more about the brutal denialism of Lopérfido, which she defended tooth and nail, despite having a father with blood on his hands from the Papel Prensa case. But La Nación’s proto-fascism jumped the gun, and Rodríguez Larreta—then Mayor of Buenos Aires—was forced to fire him. Mitre’s lack of strategic intelligence meant she saw everything as a photograph, not a film. She failed to grasp the potential of her fascism, and instead of aligning with Milei, she cozied up to Moreau and Kirchnerism. But her addiction and her upper-class aversion to work ethic convinced her that Lopérfido was no longer useful—just as he was becoming politically viable. Of course, as always, in the worst possible way.

The worst part for Lopérfido was being replaced by Mahler who, though less technical and less experienced in the corridors of power, was symbolically effective. His figure allowed the Buenos Aires elite to believe that culture was still central, that tradition endured, that art was “alive”—without realizing how brutalized they had become. But all of that was just set dressing. The real story was the State’s withdrawal, the annulment of conflict, and the privatization of judgment. Mahler was the curtain that hid the demolition.

Today, under Cifelli, that model has been radicalized. The Secretariat of Culture is barely an administrative office. Funding lines are being eliminated, self-financing is being promoted, and laundering is becoming normalized.

Today, under Cifelli, that model has been radicalized. The Secretariat of Culture is barely an administrative office. Funding lines are being eliminated, self-financing is being promoted, and laundering is becoming normalized. A Cultural Renaissance is coming—bankrolled by narco money—and the sociopathy of the Argentine cultural elite is more than ready to welcome it with open arms.

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