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El lunes pasado, un grupo de periodistas se manifestó en la Plaza de Mayo. Esto da cuenta de un umbral que ha sido superado. Por primera vez en décadas, la violencia contra la prensa en la Argentina ya no es sólo estructural: es física.
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El lunes pasado, un grupo de periodistas se manifestó en la Plaza de Mayo. No fue una marcha multitudinaria ni particularmente ruidosa, pero su sola existencia da cuenta de un umbral que ha sido superado. Por primera vez en décadas, la violencia contra la prensa en la Argentina ya no es sólo estructural, ni simbólica, ni judicial: es física. Con nombre y apellido. Con testigos, fotos y cámaras de seguridad. A Martín Becerra lo golpearon en la cabeza durante la represión en el Congreso mientras cubría una protesta; a Ari Lijalad lo denunciaron penalmente desde el poder por investigar a una empresa vinculada a Santiago Caputo. Y ese mismo Caputo —el asesor sin cargo, el rostro sin voz— circula entre las filas del gobierno sacando fotos amenazantes a periodistas. No como prensa, sino como gesto.

¿Qué se fotografía cuando se fotografía a un periodista? ¿Una prueba? ¿Una amenaza? ¿Una captura para el archivo? ¿O apenas un contenido para viralizar, para seguir alimentando la máquina de espanto que gobierna por shock? El hecho es elocuente: en una democracia donde la palabra se ha vuelto un terreno minado, la imagen gana poder. Pero no el poder de la representación, sino el poder del señalamiento. No dice: muestra. No argumenta: acusa.
El gobierno de Javier Milei ha convertido la violencia contra periodistas en una política de Estado. Lo que se penaliza no es el contenido, sino el gesto mismo de atreverse a pronunciarlo.
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El gobierno de Javier Milei ha convertido la violencia contra periodistas en una política de Estado informal. No necesita leyes mordaza ni cadenas nacionales. Le basta con redes sociales, causas judiciales y la promesa de que cada periodista puede ser el próximo. Ya no se trata de censura, sino de escarmiento. De castigar no tanto lo que se dice como el hecho de atreverse a decirlo. Lo que se penaliza no es el contenido, sino el gesto mismo de atreverse a pronunciarlo.
Continuidad de la Pax Alfonsinista
Pero sería ingenuo pensar que este escenario representa una ruptura. Por el contrario: hay una lógica de continuidad que une a Alfonsín, Menem y Milei en su incapacidad —cuando no decisión activa— de proteger la labor periodística crítica. Alfonsín, en nombre de la gobernabilidad, dejó correr la teoría de los dos demonios y toleró el señalamiento a la prensa durante los alzamientos militares. Menem fue más explícito: la frivolidad, las escuchas, la cooptación del periodismo a través de pauta y farándula. Milei apenas actualiza esos mecanismos a un lenguaje más virulento y digital.
Sería ingenuo pensar que este escenario representa una ruptura. Por el contrario: hay una lógica de continuidad que une a Alfonsín, Menem y Milei en su incapacidad —cuando no decisión activa— de proteger la labor periodística crítica
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No es una anomalía, es un síntoma. El espanto no es la excepción democrática, es su modo de funcionamiento. La democracia argentina no reprime para evitar el caos, sino para organizarlo. Y el periodismo —sobre todo el que se sale del guión, el que no se adapta a la lógica de mercado ni a la de trincheras ideológicas— se convierte en un cuerpo incómodo. Un cuerpo que debe ser expuesto, vigilado, desgastado. De ahí la foto: rápida, sin contexto, convertida en arma.
Lo que está en juego es el pasaje de la palabra a la imagen, del texto a la captura. En otra época, un periodista era leído. Hoy, fotografía. Y esa imagen —reproducida en redes, en chats de funcionarios, en medios afines— reemplaza al artículo. Es la imagen la que instala la sospecha. Es el cuerpo del periodista, y no su investigación, el que se convierte en blanco. No se responde a lo que dice: se señala que estaba ahí.
Lo que está en juego es el pasaje de la palabra a la imagen, del texto a la captura. En otra época, un periodista era leído. Hoy, fotografía. Es la imagen la que instala la sospecha. Es el cuerpo del periodista, y no su investigación, el que se convierte en blanco
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Roland Barthes, en La cámara lúcida, distingue entre el studium —el contenido informativo, cultural, histórico de una fotografía— y el punctum, eso que hiere, que punza, que atraviesa al espectador sin aviso. En las fotos que Caputo saca a periodistas no hay studium, porque no hay contexto, ni marco, ni argumento. Pero hay punctum: esa inquietud que produce saber que alguien está siendo observado para ser incriminado. El punctum ya no es una marca del deseo, sino del poder.

Esa inversión del punctum nos obliga a repensar qué significa hoy el acto de mirar. La imagen ya no conmueve ni revela: captura. Se ha convertido en una forma de administración del miedo. No es casual que el gobierno de Milei, que se dice libertario, actúe con el celo fotográfico de una dictadura. La libertad de expresión ha sido desplazada por una estética de la vigilancia que se disfraza de espontaneidad ciudadana. Como si la foto del buchón fuera la selfie de un espectador más.
El problema no es sólo político: es estético. La violencia contra periodistas no se limita al plano institucional, sino que configura la sensibilidad democrática. La palabra cede ante la imagen, el argumento ante la sospecha, el pensamiento ante el reflejo. Lo que vuelve no es la censura tradicional, sino una forma de visibilidad agresiva que busca neutralizar al otro por exceso de exposición. Es la democracia como campo visual de caza.
El problema no es sólo político: es estético. La violencia contra periodistas no se limita al plano institucional, sino que configura la sensibilidad democrática. La palabra cede ante la imagen, el argumento ante la sospecha.
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Por eso, más allá de las denuncias y los comunicados —necesarios pero insuficientes—, habría que preguntarse si la libertad de expresión puede seguir pensándose en términos legales cuando se la combate en términos estéticos. ¿Cómo se defiende el derecho a hablar cuando el castigo consiste en ser mostrado? ¿Qué hacer cuando la imagen sustituye al juicio, cuando el punctum ya no toca el alma sino que es la luz del láser que está marcando el target de la amenaza? Tal vez haya que dejar de repetir que la democracia está en riesgo y empezar a admitir que la democracia argentina, desde el origen, nunca supo muy bien cómo soportar la existencia de quienes escriben.
¿Qué hacer cuando la imagen sustituye al juicio, cuando el punctum ya no toca el alma sino que es la luz del láser que está marcando el target de la amenaza?
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Who Takes the Picture?: Argentine Democracy and Its War on Journalists
Perhaps it’s time to stop repeating that democracy is in danger and start admitting that Argentine democracy, from the very beginning, has never really known how to tolerate the existence of those who write.
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Last Monday, a group of journalists gathered in Plaza de Mayo. It wasn’t a massive or particularly loud protest, but its mere occurrence signals a threshold that has been crossed. For the first time in decades, violence against the press in Argentina is no longer merely structural, symbolic, or judicial: it is physical. With names and faces. With witnesses, photos, and security cameras. Martín Becerra was struck on the head during the congressional crackdown while covering a protest; Ari Lijalad was criminally charged by those in power for investigating a company linked to Santiago Caputo. And that very same Caputo—the unelected advisor, the silent face—moves through the government ranks taking threatening photos of journalists. Not as a member of the press, but as a gesture.
Last Monday, a group of journalists gathered in Plaza de Mayo. It wasn’t a massive or particularly loud protest, but its mere occurrence signals a threshold that has been crossed. For the first time in decades, violence against the press in Argentina is no longer merely structural: it is physical.
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What is being photographed when a journalist photographs? Evidence? A threat? An archival capture? Or just more content to be made viral, to keep feeding the fear-machine that governs by shock? The fact speaks volumes: in a democracy where language has become a minefield, the image gains power. But not the power of representation—rather, the power of accusation. It doesn’t say: it shows. It doesn’t argue: it points.
What is being photographed when a journalist photographs? Evidence? A threat? An archival capture? Or just more content to be made viral, to keep feeding the fear-machine that governs by shock?
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Javier Milei’s government has turned violence against journalists into an informal state policy. It doesn’t need gag laws or national broadcasts. Social media, criminal cases, and the looming promise that any journalist could be next will suffice. This is no longer about censorship, but about retribution. About punishing not so much what is said, but the mere act of daring to say it. What gets penalized is not the content itself, but the gesture of voicing it.
Continuity of the Pax Alfonsinista
But to see this scenario as a rupture would be naïve. On the contrary, a logic of continuity binds Alfonsín, Menem, and Milei in their shared inability—or at times, active decision—not to protect critical journalism. Alfonsín, in the name of governability, let the “two demons” theory take root and tolerated the press being targeted during the military uprisings. Menem was more explicit: frivolity, wiretapping, and co-opting the media through advertising and celebrity culture. Milei merely updates those mechanisms with a more virulent, digital vocabulary.
To see this scenario as a rupture would be naïve. On the contrary, a logic of continuity binds Presidents Alfonsín, Menem, and Milei in their shared inability—or at times, active decision—not to protect critical journalism.
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This isn’t an anomaly; it’s a symptom. Horror is not the democratic exception—it is its mode of operation. Argentine democracy doesn’t repress to prevent chaos; it represses to organize it. And journalism—especially that which deviates from the script, that refuses the market logic or ideological trench warfare—becomes an inconvenient body. A body that must be exposed, surveilled, worn down. Hence the photo: quick, decontextualized, weaponized.
What is at stake is the shift from word to image, from text to capture. In another time, journalists were read. Today, they are photographed. And that image—shared on social media, in government chats, in friendly news outlets—replaces the article. It is the image that implants suspicion. It is the journalist’s body, not their investigation, that becomes the target. One doesn’t respond to what they say; one points out that they were there.

Roland Barthes, in Camera Lucida, draws a distinction between the studium—the cultural, historical, informative content of a photograph—and the punctum, that which pierces, pricks, wounds the viewer unexpectedly. In the photos Caputo takes of journalists, there is no studium: no context, no frame, no argument. But there is punctum: that unease produced by knowing someone is being watched for the sake of incrimination. The punctum is no longer a mark of desire, but of power.
This inversion of the punctum forces us to rethink what it means to look today. The image no longer moves or reveals: it captures. It has become a method of fear management. It is no coincidence that Milei’s government, self-proclaimed libertarian, acts with the photographic zeal of a dictatorship. Freedom of expression has been displaced by an aesthetics of surveillance, dressed up as spontaneous citizen engagement. As if the snitch’s photo were just another spectator’s selfie.
The problem isn’t only political—it is aesthetic. Violence against journalists doesn’t just operate on an institutional level; it reshapes democratic sensibility. Words give way to images, argument to suspicion, thought to reflex. What returns is not traditional censorship, but a form of aggressive visibility that seeks to neutralize the other through overexposure. It is democracy as a visual hunting ground.
The problem isn’t only political—it is aesthetic. Violence against journalists doesn’t just operate on an institutional level; it reshapes democratic sensibility. Words give way to images, argument to suspicion.
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That’s why, beyond statements and denunciations—necessary but insufficient—we must ask whether freedom of expression can still be thought of in legal terms when it is being attacked in aesthetic ones. How do you defend the right to speak when punishment consists in being shown? What can be done when the image replaces the argument, when the punctum no longer stirs the soul but is the red dot of a laser marking its next target? Perhaps it’s time to stop repeating that democracy is in danger and start admitting that Argentine democracy, from the very beginning, has never really known how to tolerate the existence of those who write.
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