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El problema de Esmeralda es triangular: por un lado, la homosexualidad; por otro su fijación no paterna sino materna; finalmente, su terrible clase social.
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Una lectura no metafísica del colapso Mitresco
Hace tiempo que quiero dejar de hablar de Esmeralda Mitre. No por cansancio ni por falta de material —que abunda—, sino por dos razones más elementales: primero, porque muchos dicen que trae mala suerte; y segundo, porque, en el fondo, ya no le importa a nadie. Pero esa supuesta “mala suerte” merece un contexto. No creo en la yeta ni en las brujas, y no lo digo porque haya sido amigo suyo —de hecho, nunca lo fui—, sino porque creo que el uso de estas categorías habla más de quien las enuncia que de quien las carga.
Hace tiempo que quiero dejar de hablar de Esmeralda Mitre. No por cansancio ni por falta de material —que abunda—, sino por dos razones más elementales: primero, porque muchos dicen que trae mala suerte…
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La amistad entre la Negra Vernaci y Mitre es proto-lésbica y neoconservadoras. Ambas subliman sus ganas de lamerse mutuamente a través de una exaltación de la amistad transaccional
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Paganismo y Trauma
Lo metafísico, en todo caso, siempre es una excusa para no pensar lo estructural. Y es justamente eso lo que me interesa: lo cultural, lo sintomático. El año pasado, en la Universidad de Warwick y en mis cursos online, dicté un seminario sobre Contraculturas en la Post-Dictadura en Argentina y Chile. Investigando para el mismo analicé el lugar que ocupó lo metafísico —incluyendo figuras como José de Ser o la revista Conocer y Saber en la transición democrática argentina. Y ahora, viviendo en Inglaterra, me interesa otro fenómeno afín: el auge de la estética de la brujería y sobre todo del satanismo en la Costa Sur, en ciudades como Hastings, donde resido o Brighton y entre los homosexuales.

De hecho, la semana pasada tuve una cita con un satanista. En verdad, fue una entrevista with benefits: es la tercera que hago en el marco de una investigación más amplia que me gustaría llevar adelante en algún momento, sobre los modos exagerados de compensar por las dudas de masculinidad de estos días, sobretodo tras el MeToo y el modo en el que muchos hombres fuimos tratados por mujeres, supuestamente, empoderadas. Generalmente, los gays somos el link más débil, al menos, desde el punto de vista de estas mujeres conservadoras (por más progresistas, académicas, coniceteanas y palermitanas que se crean) que nos usan (no es mi caso) como tachos de basura emocionales.
La semana pasada tuve una cita con un satanista. En verdad, fue una entrevista with benefits
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Volviendo al Satanismo, todos aquellos a los que entrevisté, sin excepción, están profundamente involucrados con el uso de drogas. Pero no como símbolo de maldad, sino como recurso para sobrellevar el dolor de haber sido expulsados de sus hogares por sus esposas y privados del contacto con sus hijos. La masculinidad rota, el abandono, la paternidad frustrada, la afectividad criminalizada: todo eso se mezcla en un paisaje cultural atravesado por la culpa, el castigo y la deriva espiritual. Luego llegaron las políticas de identidad, y en esos contextos conservadores como el argentino, el supuesto progresismo feminista fue percibido por muchos de estos hombres como un arma de represalia emocional. Un modo de venganza. Una justicia que, a veces, es solo revancha. No muy distinto a lo que ocurre con los INCELS mileístas del tipo del Gordo Dan que quedaron temerosos de las mujeres y abrazaron la virginidad o la transformación de la mujer en un fetiche o un payaso, por miedo a ser penalizados o a que la falta de una erección a tiempo fuera usada en su contra e incluso, en caso de ocurrir, criminalizada. En el caso del satanismo esta situación es análoga pero en versión de cincuentones autovictimizados que deciden ser más malos que los malos, de manera muy teatral, como síntoma de sus dudas respecto de su propia masculinidad.
No muy distinto a lo que ocurre con los INCELS mileístas del tipo del Gordo Dan que quedaron temerosos de las mujeres y abrazaron la virginidad o la transformación de la mujer en un fetiche….
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La Satanica Mitre
¿Por qué hablo de esto ahora? Porque hay algo de la teatralidad del Satanismo en el “endemoniamiento” de Esmeralda Mitre pero no en el sentido que muchos suponen. No se trata de posesión ni de castigo divino. Lo que hay en juego no es lo sobrenatural sino algo mucho más mundano y peligroso: una subjetividad sin anclaje, una pulsión destructiva que eligió —quizás sin darse cuenta— el camino de la denuncia, la traición y la carencia de bien como forma de autovalidación.
Hay algo de la teatralidad del Satanismo en el “endemoniamiento” de Esmeralda Mitre. No es lo sobrenatural sino algo mucho más mundano y peligroso: una subjetividad sin anclaje.
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Como el hombre que entrevisté y con quien, además, cogí, Esmeralda también parece reafirmar su lugar en el mundo a partir del dolor, del conflicto, del rechazo. Con ella, no cogi. Lo único que me faltaba… En el Satanico que vi la semana pasada, esa reafirmación pasa por una masculinidad comprometida. En ella, por una subjetividad desgarrada por el mandato de clase, la herida familiar y una sexualidad mal digerida que la conduce, no al infierno, sino al ridículo.
Algo que quiero aclarar es que yo a Esmeralda la vi ocho horas en mi vida y se portó bien pero en esas ocho horas me hizo, por ejemplo, un escándalo en un taxi en Madrid porque, según ella, estaba perdidamente enamorada de mí (esto después de ocho horas de vernos lo que no habla muy bien de su noción del amor). Según planteó, era una terrible injusticia de mi parte “haber elegido ser gay”. Se ofendió en público, en un taxi, a los gritos, porque yo reclamaba esa identidad y, según ella, no tenía derecho a eso ya que era una demostración de lo limitada de mi visión del ser humano. Esmeralda resultaba una humanista pero como pasa con todo humanismo, lo que se proyecta es una visión idealizada del ser humano que, generalmente, es blanca, de clase, y heterosexual. Esmeralda quería un bebe, tal vez, para competir con Lopérfido que, como ser humano, se portó para el orto con ella. Pero, evidentemente, él tampoco estaba en condiciones de ayudar a nadie.
En Madrid, Esmeralda se ofendió en público, en un taxi, a los gritos, porque yo rechacé sus avances diciendo que era puto y, según ella, no tenía derecho a eso ya que era una demostración de lo limitada de mi visión de mi mismo.
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Pero pasemos al video en cuestión, al que pueden ver aquí encima. Según entiendo, tuvo lugar hace menos de un día, y gira a partir de un eje fundamental: su propia fijación homosexual. Digo fijación homosexual y no homosexualidad directamente porque, generalmente, se ama lo que se odia y viceversa.
Lo que está haciendo con su madre, una anciana de 82 años, es imperdonable a varios niveles. Pero el subtexto siempre incluye la cuestión homosexual que, como en muchos de su clase social en la que dicha condición es particularmente demonizada porque no permite la perpetuación de la estirpe, y teniendo en cuenta el modo en el que murió su propio tío Emilio Mitre, constituye en ella un trauma que, en lugar de procesar como duelo, arroja sobre otros y transforma en un loop melancólico que le impide vivir una vida plena. Es conveniente decir que su tío fue asesinado por su propia familia, pero también es muy posible que la historia oficial sea la real: a Emilio Mitre lo mató un prostituto, en el mejor estilo de los escritos de Néstor Perlongher y su texto sobre los prostitutos paulistas.

Por lo antedicho, yo diría que el problema de Esmeralda es triangular: por un lado, la homosexualidad; por otro —y en esto voy a ser muy freudiano—, su fijación no paterna sino materna; finalmente, su clase social, con todo lo terrible que esto implica.
Pero vayamos por partes. Tratemos la primera cuestión: la homosexual. Esta está directamente vinculada con su madre, que se casó con Nicolás García Uriburu, un homosexual. Esto hace que el modo de consumación de su relación con su madre —a quien, me consta, adora pero no sabe cómo— esté atravesado por un consumo de cocaína tan constante que, con el tiempo, degenera éticamente a la persona y la hace reaccionar permanentemente. Le impide una introspección que vaya más allá de echar culpas. La droga y la homosexualidad van muy de la mano en sociedades conservadoras como la argentina —que se dice abierta pero es profundamente cerrada—. No digo esto por razones moralizantes. Es que la generación de la dictadura y posdictadura, por lo menos, solo puede vivir su homosexualidad con violencia internalizada y, para moderar ese dolor psíquico, recurre a las sustancias de cualquier tipo.
No creo que Esmeralda sea una homosexual practicante, pero, sus parejas han sido con bisexuales y homosexuales que necesitan lo mismo que ella, esconderse tras una carrera de alto perfil y sustancias.
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Yo, honestamente, no creo que Esmeralda sea una homosexual practicante, pero, por ejemplo, sus matrimonios y noviazgos han sido con bisexuales y homosexuales que necesitan lo mismo que ella, esconderse tras una carrera de alto perfil y sustancias. Ella fantasea sobre su sexualidad en la que siempre hay penes enormes que dice que son tan enormes que le duelen. No creo que le duelan. No le gustan.

Su sublimación lesbiana es evidente cuando habla de Bárbara Diez, con quien creo que estuvo enamorada y con… La Negra Vernaci son amigas y creo que se usan mutuamente. Vernaci para agarrarse de lo que queda del Kirchnerismo, transformando a Mitre en una suerte de víctima del Macrismo y Magnettismo militante. Ambas relaciones femeninas proto/lesbicas neoconservadoras subliman sus ganas de lamerse mutuamente a través de una exaltación de la amistad. Es ahí donde entra la conveniencia. ¿Qué gana Vernaci invitándole a su programa para que cuente en loop lo que ya viene contando?. No hay nada nuevo nunca jamás en la vida de Esmeralda. No hay obra de teatro, no hay cultura, no hay nada. Solo escándalo y del más bajo.
Esmeralda fantasea sobre su sexualidad en la que siempre hay penes enormes que dice que son tan enormes que le duelen. No creo que le duelan. No le gustan.
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La diferencia conmigo —y esto va a sonar raro— es que, según me han contado varias fuentes, de mí se enamoró. Seguramente porque soy gay. Tal vez porque no vivo en Argentina y eso me hace aún más inalcanzable. Tal vez porque cuando me vio en Madrid vio a alguien deliberadamente vestido para impresionar, con cashmere monocolor y una impostada sencillez. Tal vez porque era una revancha contra Loperfido y su “atrevida” decision de tener un bebe.
Fui a encontrarme con ella para estudiarla y lo que vi fue lo contrario a lo que me habían contado. Conocí a una mujer encantadora pero con un narcisismo tratable con un buen divan. Su discurso es solipsista y nunca sale de su “problema”, que, a esta altura, es una mentira que ella misma se creó y se creyó.
El problema con Esmeralda es que ese solipsismo ya sea clínico o genético encontró en olas de abogados gente que se aprovecho de ella. El problema con los excesos de sustancias es que llevan a extremos. Como se dijo en el programa “A la tarde”; uno de ellos es el caso de su novio Paolo Vianini persiguiéndola con un hacha para matarla y ella escapando al cuarto de Dolores Blaquier (ex presa por narcotráfico y madre de Paolo) en la Concepción (estancia de los Blaquier pobres), donde tiene la entrada vedada.
Como se dijo en el programa “A la tarde”; uno de ellos es el caso de su novio Paolo Vianini persiguiéndola con un hacha para matarla y ella escapando al cuarto de Dolores Blaquier
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En una ocasión, hablando conmigo por teléfono por una pericia forense por un chantaje que yo recibí que terminó con la publicación de una foto mía semidesnudo en mi cuenta de Facebook y cuyo password tenía un ex colaborador mío pero la localización del IP era en la Concepción, Paolo recibió una golpiza de parte de ella mientras estábamos en el teléfono. Yo, estando en Grecia, los llamé para saber si estaban bien y les sugerí pedir ayuda por su problema porque lo poco que yo había escuchado iba a terminar mal. Esa fue una llamada humanitaria. Antes de que se mataran, decidí llamarlos para que pidieran ayuda.

Literalmente cinco minutos más tarde, un abogado de apellido Len me llamó, contó que había estado escuchando la conversación e intentó amenazarme. Yo estaba con mi chico en Creta y directamente le corté el teléfono porque no iba a dignificar un segundo de mi tiempo a ese nivel de ingratitud. Pero —quiero aclarar— todo esto no significa absolutamente nada para mí y no tengo ninguna conexión afectiva con ninguna de las partes.
Por eso, cuando ocurrió lo de la madre y el cuñado queriendo “internarla”, pensé hacia mis adentros que era el movimiento correcto. Pero esa decisión no es algo que se pueda imponer desde afuera. Tiene que ser una decisión propia. Y, como planteé creo en el primer post de esta nueva fase de LANP, es una decisión muy compleja, personal y realmente un campo minado, el de la recuperación. Dejar la droga es un proceso de autoconocimiento, experimentación e inteligencia que hoy Esmeralda no tiene. El problema es que pasó varios límites de los que es difícil volver.
Sublimando su lesbianismo, la Negra Vernaci alimenta al monstruo y entra en el loop de la misma historia. Si uno analiza el discurso de Esmeralda Mitre, ella es la víctima eterna. Y hay algo nuevo en su discurso: posiblemente el único libro que leyó en su vida es Hamlet, y lo entendió, porque tiene varios paralelismos con la suya propia.
Hasta ahora, ella se veía como Ofelia. Pero —como yo le dije en Madrid— ella no es Ofelia, sino Hamlet. Un príncipe errante, inmaduro que, en lugar de agarrar las armas reales contra el que supuestamente asesinó a su padre (ya que no queda claro en la obra de Shakespeare si no fue Gertrudis la que lo asesinó o si es el fantasma de un rey idealizado pero capaz de producir a un tonto y una loca —Hamlet y Ofelia—), es real o una expresión de su luto irresuelto.
Esmeralda se veía como Ofelia. Pero —como le dije en Madrid— ella es Hamlet. Un príncipe errante, inmaduro que, en lugar de agarrar las armas reales contra el que supuestamente asesinó a su padre, se queja en loop.
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¿Qué son los fantasmas sino recuerdos? Y cuando los fantasmas se vuelven amenazantes o hablan demasiado, esos recuerdos ya no son recuerdos sino traumas. Digo que es el tonto de Hamlet porque usa como insulto contra su hermano Bartolito su pronunciación en inglés y traduce “gato encerrado” como “hidden cat”. Well, not quite… “Encerrar” en inglés no es to hide (esconder), sino to lock up.
Cuando acusa a la madre de decir y haber colocado en la causa un fursio porque dijo “desperé” en lugar de “desesperada”, esto viene de la clase social de su madre y el afrancesamiento que los caracteriza. Así se dice en francés y, en inglés, desperate.
La Negra Vernaci, a Demonized Esmeralda Mitre, and the Lesbian-Homosexual Dilemma in Post-Trans-Dictatorial Argentina
Or: A Non-Metaphysical Reading of the Mitre Collapse
For a while now, I’ve wanted to stop talking about Esmeralda Mitre. Not out of exhaustion or lack of material—there’s plenty of both—but for two more elemental reasons: first, because many claim she brings bad luck; and second, because, deep down, no one really cares anymore. But that supposed “bad luck” deserves context. I don’t believe in curses or witches—and I say that not because I was ever a friend of hers (I wasn’t), but because the use of such categories says more about the people who invoke them than about those they accuse.
The metaphysical, in any case, is always an excuse not to think structurally. And it’s precisely the structural—the cultural, the symptomatic—that interests me. Last year, at the University of Warwick and in my online courses, I taught a seminar on Countercultures in the Post-Dictatorship Period in Argentina and Chile. While researching for that course, I explored the metaphysical dimension of Argentina’s democratic transition—figures like José de Ser or the magazine Conocer y Saber, for example. And now, living in England, I’m interested in a kindred phenomenon: the rise of witchcraft aesthetics and, above all, Satanism on the South Coast—in cities like Hastings, where I live, or Brighton, especially among homosexuals.

In fact, last week I had a date with a Satanist. To be precise, it was an interview with benefits. It was the third such encounter I’ve had as part of a broader investigation I hope to carry forward at some point—on the exaggerated ways in which men today overcompensate for their masculinity anxieties, especially in the wake of MeToo and the way many of us were treated by supposedly empowered women. Gay men, generally, are the weakest link—at least from the perspective of these conservative women (no matter how progressive, academic, CONICET-certified or Palermo-living they may believe themselves to be), who use us (not my case) as emotional trash cans.
Back to Satanism: every man I’ve interviewed so far is deeply involved in drug use. But not as a sign of evil—it’s a coping mechanism. A way to endure being thrown out of their homes by their wives, banned from seeing their children. Broken masculinity, abandonment, frustrated fatherhood, criminalized affection: all of this mixes into a cultural landscape shaped by guilt, punishment, and spiritual drift. Then came identity politics, and in conservative societies like Argentina, feminism—at least as these men experienced it—was perceived as an emotionally retaliatory weapon. A form of vengeance. A justice that, at times, is just revenge.
Not unlike what’s happening with Milei-style INCELS like Gordo Dan, who became afraid of women and embraced virginity, or transformed women into either fetish objects or clowns—out of fear of being punished, or of having a failed erection turned into a criminal accusation. In the Satanist case, it’s the same structure but adapted to older men: self-victimizing fifty-somethings who decide to out-evil evil itself, in a highly theatrical way, as a symptom of their uncertainty about their own masculinity.
Returning to Satanism: every single man I’ve interviewed is deeply involved in drug use. Not as a symbol of evil, but as a means of enduring the pain of being expelled from their homes by their wives and cut off from their children. Broken masculinity, abandonment, frustrated fatherhood, criminalized affection—these elements all converge in a cultural landscape shaped by guilt, punishment, and spiritual disorientation. Then came identity politics, and in conservative societies like Argentina, feminism—at least the supposed progressive version—was perceived by many of these men as a tool of emotional reprisal. A form of vengeance. A justice that is often just revenge.

It’s not far removed from what’s happening with Mileist INCELS like Gordo Dan: men terrified of women who turn either to celibacy or to the transformation of women into fetish objects or clowns, afraid of being punished, afraid that a poorly timed erection—or lack thereof—might be used against them, even criminalized. In the case of Satanism, the situation is analogous, but played out by self-victimizing fifty-somethings who perform “being worse than the worst” as a theatrical compensation for their uncertainty about their own masculinity.
Satanic Mitre
So why talk about all this now? Because there is something of Satanism’s theatricality in Esmeralda Mitre’s supposed “possession”—but not in the way people think. This is not about demonic forces or divine punishment. What’s at stake here is not the supernatural, but something far more mundane and dangerous: an unmoored subjectivity, a destructive drive that has chosen—perhaps unconsciously—the path of denunciation, betrayal, and ethical emptiness as a way of self-validation.
Like the man I interviewed—and also slept with—Esmeralda seems to reaffirm her place in the world through pain, conflict, and rejection. (With her, to be clear, I did not sleep. That was the one thing missing, and thankfully it stayed missing.) In the Satanist I met last week, that reaffirmation took the form of wounded masculinity. In Esmeralda, it emerges through a subjectivity torn by class mandate, family trauma, and a poorly digested sexuality that leads her, not to hell, but to ridicule.

Let me clarify: I’ve only seen Esmeralda for eight hours in my entire life, and she behaved well enough—but within those eight hours, she managed to make a scene in a taxi in Madrid, claiming she was hopelessly in love with me (after just eight hours, which says a lot about her understanding of love). She publicly exploded—yelling in a taxi—accusing me of injustice for “choosing to be gay.” In her view, I had no right to that identity, as it reflected a narrow, limited conception of the human being. Esmeralda presented herself as a humanist, but as with all humanism, what gets projected is an idealized version of “the human”—usually white, upper-class, and heterosexual.
She wanted a baby—perhaps to compete with Lopérfido, who, as a human being, treated her abominably. But clearly, he wasn’t in a position to help anyone either. But let’s move on to the video in question (linked above), which I believe took place less than a day ago, and revolves around a central theme: her homosexual fixation. I say homosexual fixation, not homosexuality, because more often than not, we love what we hate—and vice versa.
What she’s doing to her 82-year-old mother is unforgivable on many levels. But the subtext always includes the homosexual issue which, for many in her class—where that condition is particularly demonized because it blocks the reproduction of lineage—is processed not as mourning but as trauma. A trauma she displaces onto others, transforming it into a melancholic loop that prevents her from living a full life.
It’s worth noting that her uncle may have been killed by his own family. Though it’s also possible the official version is true: Emilio Mitre was killed by a male sex worker—in the finest tradition of Néstor Perlongher’s writings on São Paulo’s hustlers. From all this, I’d say Esmeralda’s problem is triangular: first, homosexuality; second—and here I’ll be overtly Freudian—her fixation is not paternal but maternal; and third, her class, with everything dreadful that implies.

But let’s take it step by step. First, homosexuality. This is directly linked to her mother, who married Nicolás García Uriburu—a homosexual. This makes her relationship with her mother—whom, I know for a fact, she adores but doesn’t know how to relate to—unfold through a constant cocaine consumption that, over time, ethically degrades a person and turns every interaction into a reactive episode. It blocks any introspection that isn’t about blaming others.
Drugs and homosexuality go hand in hand in conservative societies like Argentina—which claims to be open but is profoundly closed. I say this not from a moralizing position, but because the generation of the dictatorship and post-dictatorship can only live out their homosexuality through internalized violence. To cope with that psychic pain, they resort to all kinds of substances.
I honestly don’t think Esmeralda is a practicing lesbian, but her marriages and relationships have been with bisexual and homosexual men who, like her, need to hide behind a high-profile career and heavy substance use. She fantasizes about sex, always involving enormous penises that she says hurt her. I don’t think they hurt. I think she just doesn’t like them.
Her lesbian sublimation is evident in the way she talks about Bárbara Diez, with whom I believe she was in love. And then there’s her friendship with La Negra Vernaci, where I think there’s mutual usage. Vernaci clings to what remains of Kirchnerism by framing Mitre as a victim of Macrismo and militant Magnettismo. These two proto-lesbian neoconservative relationships sublimate their mutual desire to lick each other through exaggerated, performative female friendship. That’s where convenience enters the picture. What does Vernaci gain by inviting Esmeralda onto her show just to repeat the same tired loop? There’s never anything new in Esmeralda’s life. No theater, no culture, nothing. Just scandal—and the lowest kind.




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