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El ícono patrio del puto virreinal es Walter D’Aloia Criado con la convicción inquebrantable de ser un Grande de España, aunque viva en un tres ambientes al contra frente. Su homosexualidad es genealogista: se goza en el linaje, en la aureola.

El ícono patrio del puto virreinal es Walter D’Aloia Criado, que no es cónsul honorario de España sino de España en Bolívar, donde posee tierras, apellido compuesto y cierta capacidad para organizar fiestas en nombre de santos incorruptos. Vive para organizar homenajes a Santa Teresa de Jesús y beatificaciones de monjas andaluzas. Se sienta tres bancos delante de la duquesa de Alba en las misas de La Cartuja. Escribe biografías de virreinas que lloraban a la luz de un cirio y asesoraron a Evita sobre cómo ser marquesa (spoiler: no lo logró). Nacido en la Provincia de Buenos Aires, habla como si hubiera sido amamantado en la Casa de Alba, con una dicción castiza de zarzuela litúrgica y la convicción inquebrantable de ser un Grande de España, aunque viva en un tres ambientes al contra frente con entrada por la calle Alvear. La decoración de su departamento imita, en versión cosplay, la Sala Gasparini del Museo Fernández Blanco, institución de la que es presidente de la Asociación de Amigos, y que funciona como espejo barroco de su alma. En las paredes cuelgan retratos borbónicos, y no es casual: su obsesión por los reyes y reinas del XVIII responde al deseo de inscribirse en una genealogía virreinal que lo autorice a existir fuera del cuerpo y su deseo. Porque la homosexualidad de D’Aloia no es carnal, es genealogista: se goza en el refajo, en el linaje, en la aureola.

Mientras los libertarios queman banderas del orgullo, él entroniza vírgenes. Mientras se grita “libertad o comunismo”, él susurra “ora pro nobis”.

En tiempos de Mileísmo, este homosexual encuentra su lugar: no en la escena del poder, sino en su decorado. Mientras los libertarios queman banderas del orgullo, él entroniza vírgenes. Mientras se grita “libertad o comunismo”, él susurra “ora pro nobis”. En su mundo no hay justicia social ni utopía queer: hay himno, hay incienso, hay  procesión. Y si alguna vez imaginó una revolución, fue al ritmo de una marcha fúnebre, con la Virgen del Rocío como estandarte, y con él mismo —cómo no— a tres pasos de la duquesa de Alba, o en su defecto, de su retrato.

Hay homosexuales que, frente al colapso contemporáneo —es decir, la disolución de toda promesa de comunidad duradera, la banalización del deseo en plataformas, la aceleración del presente como ruina— eligen el archivo. Pero no cualquier archivo: el archivo de sacristía, ese donde se conservan los restos aromáticos del dogma, las telas bordadas, los manuscritos extáticos, las reliquias incorruptas y las genealogías piadosas. Un archivo que no es tanto del saber como del aroma. Huele a almidón, a cuero repujado, a mirra y a los azahares de la Semana Santa sevillana. Allí, entre beatas que escribían como hablaban y vírgenes que lloraban sangre, estos homosexuales encuentran no un refugio sino una estética del alma. Suponen que la pureza no se hereda sino que se imita. Y que la Virgen no solo es madre: es la drag mother original, coronada, intocable, siempre rodeada de señoras. El arquetipo de este gesto es el Homosexual Virreinal (de látigo y mantilla): aquel que establece con la Iglesia una relación heterodoxa, tácticamente ambigua, donde la castidad no implica obediencia y la mística funciona como sublimación del deseo. Es una alianza erótica con el dogma que evita la carne pero no el fetiche. A diferencia del Opus Dei —donde se exige castidad como garantía de productividad, legado y reproducción del orden— el Homosexual Virreinal se detiene en el éxtasis sin después. Se niega a engendrar, pero se consagra. Su deseo no es redimido: es ritualizado.

A diferencia del Opus Dei —donde se exige castidad como garantia de reproducción del orden— el Homosexual Virreinal se detiene en el éxtasis sin después. Se niega a engendrar, pero se consagra. Su deseo no es redimido: es ritualizado.

D’Aloia no es culto sino que exhibe una erudición fetichista y erotizada que, bien por él, logró imponer a un museo insignia de la Ciudad de Buenos Aires. D’Aloia quien presidente de la Asociación de Amigos del Fernández Blanco escribe biografías como quien talla relicarios. Una de ellas dedicada a la marquesa pontificia Adela Ahrilaos de Olmos, dama de abolengo y ambición que, según cuenta la leyenda, fue consultada por Evita para saber cómo convertirse en marquesa. La respuesta fue clara: no se puede. No alcanza con ser santa; hay que ser noble. D’Aloia entendió que esa escena fundacional no hablaba solo de Evita, sino de sí mismo: la pregunta por la legitimidad es la herida secreta del Homosexual Virreinal. Por eso su segunda gran empresa biográfica fue sobre Anita de Azcuénaga, una virreina a la que convierte, sin decirlo, en una especie de avatar personal. Las mujeres que lo fascinan —Teresa de Jesús, Santa Ángela de la Cruz, Adela de Olmos— comparten un mismo arco narrativo: ascendieron por fuera de la Iglesia como institución, pero en alianza con lo sagrado. Como muchas divas gay, son figuras de redención lateral, mártires del estilo, vírgenes empoderadas que esquivaron el matrimonio y canonizaron su excepcionalidad en un sistema que solo aceptaba mujeres sometidas.

D’Aloia quien presidente de la Asociación de Amigos del Fernández Blanco escribe biografías, Una de ellas dedicada a la marquesa pontificia Adela Ahrilaos de Olmos, dama de ambición consultada por Evita para saber cómo convertirse en marquesa.

Adela Ahrilaos de Olmos no fue simplemente una señora de la alta sociedad: fue un modelo de ascenso sacramental. En su figura convergen lo eclesiástico y lo nobiliario, lo devoto y lo estratégico. Walter la biografió con un fervor que no es solo histórico sino transfeminado: en ella encontró la prueba viva de que la aristocracia también puede construirse a fuerza de estampitas, latinajos y conexiones discretas con Roma. Adela supo moverse en los márgenes del poder sin levantar la voz ni ensuciarse las manos. No necesitó cargos políticos: necesitó capillas. Su marquesado no fue heredado, sino otorgado por el Vaticano, y por eso mismo es más puro: viene de Dios, no del Estado. Para Walter, Adela no es un personaje del pasado: es una forma de estar en el mundo. Una forma de ser homosexual sin decirlo. Una forma de decir que hay jerarquías que no se discuten porque brillan.

En el centro del altar íntimo de Walter no está Jesús, ni siquiera María: está Teresa de Jesús. No la Teresa domesticada por la catequesis, sino la que escribía con furia, que entraba en trance y dictaba sus visiones como quien fundaba un género. En su obra sobre ella, Walter no la analiza: la borda. Porque lo que ve en Teresa no es doctrina, sino estilo. Y el estilo, para el Homosexual Virreinal, es la forma más eficaz de negociar con lo innegociable: la culpa, la obediencia, la castidad. Teresa es su Judy Garland: una mujer que sufre, resiste y levita. Una santa queer avant la lettre, fundadora de una espiritualidad sin útero. Por eso la prefiere a María: porque Teresa no da a luz, da sentido.

En el centro del altar de Walter está Teresa de Jesús. No la Teresa domesticada por la catequesis, sino la que entraba en trance. En su obra sobre ella, Walter no la analiza: la borda.

Nada de esto tendría la potencia simbólica que tiene si no fuera por la grieta biográfica que Walter se empeña en maquillar. Porque su padre —y esto no tiene nada de vergonzoso, salvo para él— fue almacenero y usurero en Bolívar, lo cual lo ubica en una tradición criolla de supervivencia. Pero esa procedencia contradice el relato que él borda en cada misa, en cada ponencia sobre marquesas, en cada bendición a vírgenes incorruptas. Por eso necesita el aparato simbólico completo: la capa bordada, el bastón de mando, los escudos heráldicos, las medallas de órdenes importadas. Lo suyo no es culpa productiva como en el Opus Dei: es fetiche reactivo. No trabaja: ritualiza. No confiesa: procesiona.

La pieza final de esta mise en scène es su pareja joven, un muchacho de veinte y tantos años con ínfulas académicas, ambición social y una ductilidad que raya en lo servil. Walter no busca un compañero: busca un espejo barroco invertido. El joven cree estar ascendiendo —en lo cultural, en lo sentimental, incluso en lo diplomático— pero en realidad ha sido cuidadosamente esculpido para encajar en el relicario emocional de Walter. No es tanto su pareja como su legado afectivo. No heredará tierras ni títulos, pero heredará el tono. Y eso, para Walter, es lo que importa.

Muchos de estos puso virreinales son miembros de órdenes religiosas —la de Malta, la del Santo Sepulcro, la del Rocío de Venado Tuerto— que operan en Argentina como territorios de excepción homoerótica, donde la pertenencia no se define por la fe sino por un culto fetichista al uniforme, al escudo, al himno, al incienso.

Estas órdenes —la de Malta, la del Santo Sepulcro, la del Rocío de Venado Tuerto— operan en Argentina como territorios de excepción homoerótica, donde la pertenencia no se define por la fe sino por la estética del gesto. Todas comparten un culto fetichista al uniforme, al escudo, al himno, al incienso. En la Iglesia del Socorro, sede habitual de estas representaciones, no se celebra tanto a Dios como al linaje imaginario. La misa es desfile; la fe, escenografía. Y la virilidad que se actúa —militar, apostólica, caballeresca— está cuidadosamente contenida por bordes dorados y túnicas de raso. En ese mundo, la homosexualidad no se oculta: se disfraza de virtud arcaica.

Este tipo de homosexual no milita: procesiona. No reclama derechos, no agita banderas, no pide reconocimiento. Camina lento, con palio imaginario, entre relicarios y vitrales barrocos. No se dice gay: se dice “hombre de fe”. Pero sus gestos, su dicción impostada, su compulsión por la genealogía, hablan en nombre del deseo más reprimido: el deseo de poder espiritual. Y no cualquier poder: el patriarcal, el monárquico, el eclesiástico, el que distingue sin justificar. El que otorga sin explicar.

Porque el Homosexual Virreinal no quiere abolir el poder que lo oprime: quiere vestirse como él. No lo enfrenta: lo imita, lo borda, lo escenifica. En vez de salir del clóset, fundó una cofradía dentro de él, donde el secreto no es represión sino capital simbólico. En este gesto hay algo profundamente inquietante: una afinidad electiva con la estética de la exclusión, con un catolicismo cortesano, que no busca redimir al caído sino purificar el linaje. Hay en este tipo una pulsión eugenésica, clasista, antisemita, mal disimulada bajo incienso y alabastro.

El Homosexual Virreinal no quiere abolir el poder que lo oprime: quiere vestirse como él. No lo enfrenta: lo imita, lo borda, lo escenifica. En vez de salir del clóset, fundó una cofradía dentro de él, donde el secreto no es represión sino capital simbólico.

Así es el Homosexual Virreinal (de látigo y mantilla): no besa en público, no sale en Grindr, no lee a Foucault. Pero si uno lo escucha con atención, entre sevillana y responso, revela una verdad incómoda: que también hay formas reaccionarias del deseo, que no toda homosexualidad es emancipatoria, y que muchas veces el clóset no se habita con vergüenza, sino con estandarte, con devoción, con firma caligráfica y con misa cantada. Pero no nos detendremos en él. En la próxima entrega de esta tipología nacional —nuestra zoología afectiva y bastarda del varón homosexual argentino— presentaremos al segundo espécimen: el Puto Belle Époque. Fragante como un azahar, lector de Anatole France, adicto al vermú y al discurso progresista de salón. Menos litúrgico, más decadente. Pero igual de convencido de que lo verdaderamente revolucionario es el gusto. Nos vemos en la próxima misa, o en el próximo cóctel. Según el tipo que te haya tocado encarnar.

El Homosexual Virreinal revela una verdad incómoda: que también hay formas reaccionarias del deseo, que no toda homosexualidad es emancipatoria, y que muchas veces el clóset no se habita con vergüenza, sino con devoción.

Chapter 1 of the series The New Argentine Homosexuality: The Virreinal Queen (with whip and mantilla)

The Argentine Virreinal Queen icon is Walter D’Aloia Criado—not Honorary Consul of Spain, as he claims, but of Spain in Bolívar, a small town in the Province of Buenos Aires.

The Argentine Virreinal Queen icon is Walter D’Aloia Criado—not Honorary Consul of Spain, as he claims, but of Spain in Bolívar, where he owns land, bears a compound surname, and can organize feasts in the name of incorrupt saints. He lives to stage tributes to Saint Teresa of Jesus and to beatify Andalusian nuns. He sits three pews ahead of the Duchess of Alba during Mass at La Cartuja. He writes biographies of colonial virreinas who wept by candlelight and once advised Evita on how to become a marchioness (spoiler: she didn’t manage it).

Born in the Buenos Aires province, he speaks as though nursed in the Casa de Alba: a Castilian liturgical accent that belies an unshakeable certainty that he is a Grande de España, even though he lives in a modest three-room flat on the back of an Alvear Street building. His décor is a cosplay version of the Sala Gasparini at the Museo Fernández Blanco—he is president of its Friends Association, after all—and it acts as a baroque mirror to his soul. Bourbon portraits line the walls: no accident—the obsession with 18th-century monarchs fulfills his desire to inscribe himself into a virreinal genealogy, a right to exist outside the body or its desires. For D’Aloia, homosexuality isn’t carnal—it’s genealogical: he takes pleasure in the hem, the pedigree, the halo.

Born in the Buenos Aires province, D’Aloia, President of the Friends of the Colonial Art Museum in Buenos Aires, speaks with a Castilian liturgical accent that belies a certainty that he is a nobleman, even though he lives in a modest three-room flat

In the era of Mileísmo, this homosexual finds his place—not on the stage of power, but in its décor. While libertarians burn pride flags, he enthrones virgins. As others shout “liberty or communism,” he whispers ora pro nobis. In his world, there is no social justice or queer utopia—only anthem, incense, and rite. And if he ever imagined a revolution, it was to the rhythm of a funeral march, with the Virgin of Rocío as his banner—and naturally, himself positioned three steps ahead of the Duchess of Alba… or at least her portrait.

In the era of Javier Milei, this type of homosexual finds his place—not on the stage of power, but in its décor. While libertarians burn pride flags, he enthrones virgins.

There are gays who, before the collapse of contemporaneity—that is, the dissolution of any promise of lasting community, the trivialization of desire on apps, the acceleration of the present into ruin—choose to dive into archives. But not just any archive: the archive of the sacristy, where aromatic vestments, embroidered cloths, ecstatic manuscripts, incorrupt relics, and pious genealogies are preserved. It’s an archive of aroma, not knowledge: smells of starch, tooled leather, myrrh, and Sevilla’s Semana Santa oranges. There, amid beatas who “write as they speak” and bleeding Madonnas, these men discover not refuge, but aesthetics of the soul. They assume purity is not inherited but imitated, and that the Virgin is not just a Mother—she is the original drag mother, crowned, untouchable, always flanked by ladies. This gesture’s archetype is the Virreinal Queen (with whip and mantilla): one who enters into a strategically ambivalent, heterodox relationship with the Church where chastity doesn’t imply obedience, and mysticism becomes sublimation of desire. It’s an erotic alliance with dogma that avoids the flesh—but not the fetish. Unlike Opus Dei, which demands chastity as proof of productivity, legacy, and conservation of the order, the Virreinal Queen halts at ecstasy—refusing to reproduce, while consecrating themselves. Their desire is not redeemed—it is ritualized.

Unlike the Opus Dei, which demands chastity as proof of reproduction, the Virreinal Queen halts at ecstasy—refusing to reproduce, while consecrating themselves. Their desire is not redeemed.

D’Aloia isn’t simply erudite—he flaunts a fetishistic, erotic scholarship that, to his credit, elevated him to lead Buenos Aires’s flagship museum. As president of its Friends Association, he writes biographies like one carves reliquaries. One such book centers on Marquesa Pontificia Adela Ahrilaos de Olmos, a lady of birth and ambition who, legend holds, was consulted by Evita on how to become a marchioness. The answer was clear: you can’t. Being a saint is not enough—you must also be noble. D’Aloia saw in that foundational scene not just Evita, but himself: legitimacy is the Virreinal Queen’s wounded secret. Hence his second major biography, on Anita de Azcuénaga, a colonial virreina he covertly makes into his personal avatar. The women who captivate him—Teresa of Jesus, Saint Angela de la Cruz, Adela de Olmos—follow the same narrative arc: ascending beyond the institutional Church yet allied with the sacred. Like many gay divas, they’re lateral redeemers: martyrs of style, empowered virgins who eluded marriage and canonized their exceptionality in a system that accepted only submissive women.

The women who captivate the Virreinal Argentine Queer—Teresa of Jesus, Saint Angela de la Cruz, Adela de Olmos—follow the same narrative arc: ascending beyond the institutional Church yet allied with the sacred. Like many gay divas, they’re lateral redeemers: martyrs of style.

Adela de Olmos was no mere aristocrat—she embodied sacramental ascent. Ecclesiastic meets nobility; devotion meets strategy. For Walter, she proved that aristocracy can be built from prayer cards, Latin invocations, and discreet Vatican connections. She maneuvered through power’s edges without raising her voice or soiling her hands: no political office required, only chapels. Her title, granted by the Vatican rather than inheritance, is purer—it comes from God, not the State. She is for him not a historical figure, but a stance in the world: a model of being homosexual without naming it, of asserting hierarchy without challenge, of shining without explanation.

At the heart of Walter’s intimate altar isn’t Jesus, or even Mary—it’s Teresa of Jesus. Not the domesticated catechetical Teresa, but the one who wrote in fury, entered trances, and dictated visions as if founding a genre. D’Aloia doesn’t analyze her—he embroiders her. Because the essence he admires isn’t doctrine, but style. Style, for the Virreinal Queen, is the ultimate strategy to handle the unspeakable: obedience, chastity, guilt. Teresa is his Judy Garland: a woman who suffers, resists—and levitates. A queer saint avant la lettre, the founder of a uterine-free spirituality. That’s why she ranks above Mary: Teresa doesn’t give birth—she gives meaning.

None of this carries symbolic power without the biographical fissure Walter painstakingly conceals. His father—hardly a scandal—was a grocer and loan shark in Bolívar, part of a tradition of Argentine survival and financial cunning. But that origin shatters the narrative he weaves during Mass, at lectures on virreinas, and in processions honoring incorrupt virgins. Hence his need for the full symbolic apparatus: embroidered cape, scepter, heraldic shields, imported medals in his diplomatic luggage. This isn’t productivity-based guilt (as in Opus Dei)—it’s fetishistic reaction. He doesn’t work—he ritualizes. He doesn’t confess—he processes.

His father—hardly a scandal—was a grocer and loan shark in Bolívar, part of a tradition of Argentine survival and financial cunning. But that origin shatters the narrative he weaves during Mass, at lectures on virreinas, and in processions honoring incorrupt virgins.

The final piece of his mise en scène is his young partner, a man in his early twenties with academic aspirations, social ambition, and an obedience teetering on servility. Walter doesn’t seek a partner—he seeks an inverted baroque mirror. The boy believes he’s ascending—culturally, emotionally, even diplomatically—but in truth was sculpted to fit Walter’s emotional reliquary. He is not so much a partner as a legacy in flesh: he may not inherit land or titles, but he will inherit the tone. And for Walter, that matters most.

These orders—the Sovereign Order of Malta, the Order of the Holy Sepulchre, the Rocío de Venado Tuerto Brotherhood—function in Argentina as homo-erotic zones of exception, where belonging hinges less on faith than on the aesthetic of ritual. They share a fetishistic cult of uniform, shield, anthem—and incense. At the Church of El Socorro, their usual stage, Mass is less worship than procession, and faith more set design. Performed masculinity—military, apostolic, knightly—is contained in gilded trims and satin tunics. In that world, homosexuality isn’t hidden—it’s disguised as archaic virtue.

The Virreinal Queer of today belongs to religious orders such as the Sovereign Order of Malta, that in Argentina function as homo-erotic zones of exception, where belonging hinges less on faith than on the aesthetic of ritual.

This type of gay does not advocate—he processes. He does not demand equal rights, nor brandish flags, nor declare himself. He walks slowly, under an imaginary canopy, between relics and baroque stained glass. He’ll never call himself gay: he is “a man of faith.” Yet his gestures, his affected diction, his genealogical obsession speak louder than words—a desire for spiritual power, the patriarchal, monarchical, ecclesiastical flavor: power that grants without explanation.

This kind of gay will never call himself gay: he is “a man of faith.”

For the Virreinal Queen doesn’t want to overthrow the power that oppresses him—he wants to be dressed as it. He doesn’t confront it—he imitates, adorns, dramatizes. Instead of coming out, he found his own brotherhood within, where secrecy isn’t repression—it’s symbolic capital. This gesture is deeply unsettling: an elective affinity with an aesthetic of exclusion, a courtly Catholicism that doesn’t aim to redeem the fallen but purify lineage. In this type lies a hidden eugenics, classism, anti-Semitism—camouflaged under alabaster and incense.

This religious gay gesture is deeply unsettling: an elective affinity with an aesthetic of exclusion, a courtly Catholicism that doesn’t aim to redeem the fallen but purify lineage. In this type lies a hidden eugenics, classism, anti-Semitism—camouflaged under incense.

And so the Virreinal Queen (with whip and mantilla) neither kisses in public, nor scrolls through Grindr, nor reads Foucault. But if you listen between the sevillana and the responsory, you’ll encounter a disquieting truth: there are also reactionary forms of desire, that not all gayness is emancipatory, and that the closet often isn’t lived in shame—but with banners, devotion, calligraphy, and sung Mass. Walter D’Aloia Criado isn’t the exception—he is the archetype of how aesthetic Catholicism can cradle a non‑out yet performative homosexuality. His life isn’t an exit—it’s an entrance into God the Father’s baroque dressing room.

Walter D’Aloia Criado isn’t the exception—he is the archetype of how aesthetic Catholicism can cradle a non‑out yet performative homosexuality. His life isn’t an exit—it’s an entrance into God the Father’s baroque dressing room.

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2 respuestas a «Capítulo 1 de la serie de la Nueva Homosexualidad argentina: El Puto Virreinal (de látigo y mantilla) (esp) or ‘New Argentine Homosexuality of the libertarian era: The Virreinal Queen’ (eng)»

  1. fotografasparatodos

    Muy buena descripción del Virrey .
    Me animaría a retratarlo con mantilla y látigo.
    Seguro lo convenzo, salvo te haya leído…

    A.

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  2. Impecable descripción. El apadrina a varios jóvenes que quieren ser curas, les está encima permanentemente a cambio de unas monedas con más que los ayuda. Tiene un delirio por la nobleza y la aristocracia criolla. Siempre necesita de carne joven para sentirse vivo y en la intimidad juega a lo sagrado para llegar al climax. Nada de esto sería malo sino acosara a vulnerables y excluyera a quienes considera inferiores

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