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Javier Iturrioz, personaje emblemático de la supuesta alta sociedad porteña de los ’90 y 2000. Arquitecto, escenógrafo e interiorista de la jet-set, Iturrioz personificó a la perfección esa versión argentina del gay cosmopolita que el Menemismo supo elevar. Nieto de diplomático e hijo de una familia patricia (su madre Elsa Inés Green Urien era sobrina de Juan Carlos Onganía, dictador de los años ’60) , Javier mamó desde la cuna los valores de clase alta tradicional. Sin embargo, encarnó un tipo muy específico de “nuevo rico” cultural de los ’90: el dandi mediático que capitaliza su precario linaje y autoproclamado gusto estético que buscaba erigirse en árbitro de la elegancia local sin suficiente formación. 

Javier Iturrioz, personaje emblemático de la sociedad porteña de los ’90, sobrino nieto de Onganía, dictador de los años ’60, Javier encarnó un tipo muy específico de “nuevo rico” cultural de los ’90: el Puto Arlequino

Durante el Menemismo, Iturrioz vivió su auge. Con formación en decoración en Madrid y escenografía en el Colón, supo venderse como trendsetter refinado en un país sediento de glamour importado tras la grisura de los ’80. En 1991 Argentina había salido de la dictadura y empezaba a sacudirse el miedo al SIDA (que a finales de los ’80 hizo de la homosexualidad algo casi contagioso a ojos de muchos). Menem, ansioso de mostrarse moderno ante el mundo, permitió la aparición de figuras gay en ámbitos frívolos. Iturrioz ocupó ese nicho: organizando eventos fastuosos, decorando vidrieras de lujo y codeándose con celebridades internacionales. Según el dice, trabajó para marcas como Ralph Lauren, Cartier, Tiffany o Hermès –diseñando corners, desfiles y vidrieras– y acumuló un currículum de colaboraciones, según el, prestigiosas. Cómo, mucho de lo fantasmatico en la Argentina y el mismísimo linaje autoritario en su familia, esto es verdad y mentira, al mismo tiempo. Digo esto porque Ongania estuvo al frente de una “dictablanda” que es una versión invertida pero muy similar a la que se está viviendo hoy en la Argentina y en los Estados Unidos en manos libertarias. Además, sus colaboraciones son estas marcas tuvo que ver con su endogámico mundo de amigos cuando el uno a uno permitió que desembarcaran en la Argentina y para estas marcas era demasiado costoso traer a alguien serio de afuera por lo cual terminaban recurriendo a el como figura emblemática que pronto comenzó a diluirse. Esto, con la excepción de Hermès por lo que no sorprende que se aferre tanto a esta imaginería. 

Fiel a su nostalgia menemista, su estilo ha sido declaradamente “maximalista”: más siempre es más, repetía, como si estuviera citando el tema de Dick Tracy escrito por Stephen Sondheim. A tono con este “maximalismo”, Iturrioz se hizo famoso por sus fiestas temáticas extravagantes, donde desplegaba todo su arsenal estético. Particular renombre alcanzó su “megafiesta” anual de cumpleaños, que con los años devino un acontecimiento ineludible del circuito social porteño (una suerte de baile del año criollo). A fines de los ’90, este cumpleaños se celebraba nada menos que en el Museo Nacional de Bellas Artes –símbolo de la alta cultura argentina y museo insignia–, un detalle significativo: el evento se financiaba en gran parte por canje, con patrocinio de empresas y trueque de favores en el marco de la Asociación de Amigos, compuesta por señoras que ven en el homosexual la posibilidad de calentarse, sin peligros. Políticos, socialités y empresarios “wannabe” (gente con dinero nuevo pero no aristocracia real) competían por ser invitados. Era la época de la convertibilidad y la ilusión de riqueza fácil; la fiesta de Iturrioz representaba la idea local de cool: ostentación, glamour y frivolidad apolítica. En palabras de la revista ¡Hola!, “era el cumpleaños que abre la agenda social porteña” , es decir, marcaba el inicio de la temporada de eventos chic del año. Allí confluían desde apellidos ilustres venidos a menos hasta celebridades mediáticas en ascenso. Todos parecían querer brillar bajo la órbita de Javier.

Del Menemismo ambiguo a la homonormatividad neoliberal

La década de 1990 en Argentina fue un periodo de contradicciones en torno a la homosexualidad. Bajo el gobierno de Carlos Menem (1989-1999), se vivió una apertura aparente: por un lado, se dieron pasos inéditos como el reconocimiento legal de la Comunidad Homosexual Argentina en 1992 (tras un fallo judicial adverso, el propio Menem ordenó conceder la personería jurídica) . También se realizó la primera Marcha del Orgullo en 1992 y emergió una incipiente escena cultural LGBT en el mainstream. Sin embargo, esta apertura menemista estuvo marcada por una ambigüedad fundamental. La tolerancia se extendía solo a un cierto tipo de homosexualidad “aceptable”, frecuentemente importada de Estados Unidos como modelo: una versión domesticada, consumista y respetable del gay, casi una caricatura del matrimonio heterosexual. Esta homonormatividad —siguiendo el concepto de Lisa Duggan— sostenía las instituciones dominantes sin cuestionarlas, prometiendo a cambio una comunidad homosexual despolitizada, centrada en la vida privada, la domesticidad y el consumo . En otras palabras, se aceptaba al gay siempre que no desafiara el orden patriarcal, que aspirara al casamiento, la familia nuclear y el éxito material, convirtiendo su disidencia sexual en un espacio normativizado.

Los 90s fueron un periodo ambiguo. Se aceptaba al gay siempre que no desafiara el orden patriarcal, que aspirara al casamiento y el éxito material. La Iturrioza encarno el distanciamiento del homosexual disidente de los 80s.

Menem, profundamente conservador en lo personal, nunca se proclamó homófobo abiertamente, pero permitió que figuras extravagantes o ‘glamorosas’ orbitaran en su entorno mientras encajaran en ese molde inofensivo. La televisión y la farándula adoptaron al “gay cosmopolita” como personaje simpático siempre que no saliera del clóset político. Se instaló así una suerte de pacto tácito: había lugar para lo gay como estilo (moda, decoración, entretenimiento), pero no para lo gay como sexualidad desafiante. Las expresiones de deseo explícito o la militancia quedaban relegadas al armario. De hecho, en el mundo del arte porteño de los ’90 se vivió “una suerte de clóset que se abría y se cerraba pero siempre se mantenía como clóset”, como bien apunta nuestra tipología: los artistas e intelectuales gays podían insinuar su identidad en círculos bohemios, pero debían contenerla frente al gran público.

El mundo del arte de los ’90 era “una suerte de clóset que se abría y se cerraba pero siempre se mantenía como clóset”: la identidad se podia insinuar en círculos bohemios, pero costaba. Mayor ejemplo: Kuitca!

Mientras tanto, la estructura de poder seguía castigando cualquier desviación que amenazara su fachada. Un caso paradigmático fue el escándalo del juez federal Norberto Oyarbide en 1998. Oyarbide –cercano al menemismo por sus fallos complacientes– fue expuesto públicamente con un video clandestino que lo mostraba en un prostíbulo gay (Spartacus). A partir de esa filtración, su “vistosa homosexualidad” se volvió el centro de la crítica mediática y política . Voceros del gobierno llegaron a declarar que “un homosexual que aspire a ser juez es lo mismo que [uno] sin título de abogado”, corrigiendo luego que ser gay solo era aceptable “mientras se mantuviese en el dominio de lo privado” . Se reveló así la hipocresía subyacente: en la Argentina de los ’90 un funcionario gay era visto como un riesgo porque su secreto lo hacía “apretable”, es decir, susceptible de extorsión por parte de los servicios de inteligencia . La homosexualidad masculina con poder era concebida como una vergüenza inhabilitante, explotable para mantenerlo bajo control. El propio Oyarbide fue humillado públicamente; aquellas imágenes íntimas lo persiguieron “como si el veredicto social hubiera sido lanzado por la propia madre” –según relató el exjuez tiempo después– y marcaron el ocaso de su carrera. La lección era clara: el sistema sólo toleraba a los gays mientras se sometieron a la discreción y la norma, reforzando la idea de que debían ocultar “los frutos de su deseo” para no ofender el decoro heterosexista imperante .

En los 90s, el sistema sólo toleraba a los gays mientras se sometieron a la discreción y la norma, reforzando la idea de que debían ocultar “los frutos de su deseo” para no ofender el decoro heterosexista.

Así, el Menemismo instauró un neoconservadurismo homosexual profundamente ambiguo. Celebró la estética gay “fashion” pero condenó la sexualidad gay auténtica. Este patrón no se diferenció demasiado del patriarcado ecléctico kirchnerista de la década siguiente: aunque bajo Néstor y Cristina Kirchner se sancionaron leyes progresistas (como el Matrimonio Igualitario en 2010), en la praxis política siguió habiendo un machismo latente y una cooptación de la diversidad dentro de cauces seguros. Es decir, la élite peronista de turno aceptó al “buen homosexual” –monógamo, familiar, estilizado– pero mantuvo a raya cualquier elemento queer que amenazara las estructuras tradicionales. Los gays podían casarse y aparecer en las revistas de sociedad, pero difícilmente ocupar espacios de poder real sin permanecer, hasta cierto punto, dentro del clóset.

Aunque bajo los Kirchner se sancionó leyes el Matrimonio Igualitario en 2010, en la praxis política siguió habiendo un machismo latente y una cooptación de la diversidad dentro de cauces seguros.

Javier Iturrioz: entre el brillo importado y el clóset local

En este contexto emergió la figura de Iturrioz que, entrada la década del 2000, y en un contexto nacional e internacional cambiante, quedó fuera de órbita, hasta diría, psicológica. La crisis de 2001 golpeó fuerte a la clase alta local: muchos ricos fugaban capitales o directamente emigraban. El país pasó del consumo desenfrenado de los ’90 a la incertidumbre económica. En ese tardo-capitalismo argentino, para mantenerse vigente había que reinventarse en nuevas plataformas. Iturrioz, siempre hábil autopromotor, intentó transformarse en “influencer” aprovechando el auge de las redes sociales ya hacia fines de los 2000 e inicios de los 2010. Se lanzó a Instagram y medios digitales presentándose como gurú del estilo de vida, buscando prolongar su estatus ahora en formato virtual. No funcionó. 

Iturrioz, siempre hábil autopromotor, intentó transformarse en “influencer” aprovechando el auge de las redes sociales ya hacia fines de los 2000 e inicios de los 2010. No funcionó. Había aparecido yo.

No obstante, esa transición no estuvo exenta de tropiezos. En el mundo online, más horizontal y despiadado, Iturrioz se encontró con detractores feroces como yo. En particular, protagonizó un ya legendario “duelo de perfumes” con el círculo crítico que yo comenzaba a construir. El duelo ocurrió en 2014 y no pudo recuperarse. Aquella polémica –documentada en este mismo blog– expuso lo precario de las vanidades del decorador: Iturrioz se quejaba públicamente de que ya no podía recibir sus perfumes importados favoritos debido a restricciones aduaneras (impuestas por el gobierno kirchnerista) pero no lo decía porque no podía, en lugar de eso, decidió atacarme diciendo que en su ‘estancia’ (la de Ongania), él tenía un peón llamado Cañete. Seguramente. 

Iturrioz y yo protagonizamos en el 2014 un ya legendario “duelo de perfumes”. El organizador de fiestas opulentas se lamentó de no poder reponer su stock personal de fragancias europeas de lujo. No las conocía. El duelo ocurrió y nunca se recuperó.

La escena resultó patética y la operación de desestabilización cultural de lovearnotpeople.org fue letal: el otrora organizador de fiestas opulentas lamentándose de no poder reponer su stock personal de fragancias europeas de lujo es un lugar del que no se puede volver. Nuestra respuesta satírica no se hizo esperar, y finalmente me impuse en la pelea con Iturrioz por K.O. en el segundo round, como titulamos entonces. Aquella confrontación pública lo “puso en su lugar”, revelando que tras la fachada de sofisticación había una fragilidad provincial y dependencia del canje endogámico (auspicios y regalías) que lo hacían blanco fácil de la burla y le imponía límites. Desde entonces, la imagen de Javier quedó algo disminuida en ciertos círculos: de líder indiscutido de la elegancia de los 90s (para cierto grupo muy reducido) pasó a ser visto como figurita de un álbum viejo, un eco de tiempos más dorados aferrado a las señoras con apellido de abolengo pero venidas también a menos. Ricas pero no tanto. Pero de donde viene esta alianza entre este tipo de puto y estas señoras? 

Yo llamaría a esa fascinación mutua—que podríamos llamar un fenómeno de alianza desigual o “amistad de peluquería”— un tipo de alianza con raíces estructurales y afectivas profundas, tanto históricas como psico-sociales. Podría pensarse como una relación que ofrece a ambas partes beneficios simbólicos, pero que en el fondo responde a una lógica de asimetría, contención y control del deseo, en el sentido mas amplio de la palabra. Creo que ha llegado el momento de teoriza esto, un poco mas para que se entienda mi ‘ensañamiento’ con este buen hombre. 

La figura del gay como espejo domesticado

La mujer ‘rica’ —en especial en contextos conservadores como el argentino— encuentra en el gay prolijo y obediente una suerte de reflejo sublimado de sí misma, pero sin el ‘riesgo’ de la competencia directa ni la amenaza del deseo heterosexual. Este hombre homosexual refuerza su autoestima, le celebra los gestos, valida sus decisiones, la acompaña en sus caprichos, y se comporta como un asistente emocional y estético. Es una figura de sostén, pero también de decorado. Un adorno humano que habla, diría Barthes.

La mujer ‘rica’ —en especial en contextos conservadores como el argentino— encuentra en el gay prolijo una suerte de reflejo sublimado de sí misma, pero sin el ‘riesgo’ del deseo heterosexual.

Este gay no compite con ella ni la objetualiza sexualmente, como haría un varón heterosexual, pero tampoco la desafía, como podría hacerlo una mujer crítica o una lesbiana politizada. No quiere acostarse con ella, ni desplazarla, ni criticarla: quiere estar cerca, aplaudirla, y quizás parecerse un poco. Es, en suma, la compañía perfecta para alguien que necesita ser admirada sin ser amenazada. Repito que este es el caso de las mujeres conservadoras que se consideran que haberse reproducido ya satisfizo sus necesidades sexuales. 

El gay como garante de estilo y acceso simbólico

En las clases supuestamente altas argentinas, la moda, el arte y el gusto funcionan como credenciales de pertenencia. Digo, supuestamente, porque las clases altas ya no están en la Argentina. El gay prolijo, ‘canchero’ y canjeador se vuelve una especie de curador social. Le permite a la señora decir: “yo tengo mi gay”, como quien dice “yo tengo a alguien que me garantiza acceso a ese mundo de estilo, sofisticación y sensibilidad que no se aprende en la UCA”. 

El gay prolijo, ‘canchero’ y canjeador se vuelve una especie de curador social. Le permite a la señora decir: “yo tengo mi gay”.

Así, muchas mujeres de élite proyectan en sus “amigos gays” la figura del experto servicial que sabe cuál perfume usar, cómo arreglar la casa, qué vestido ponerse para una gala. El gay funciona como vehículo de distinción, pero también de validación de clase y de esto Iturrioz hizo un negocio que, dicho sea de paso, tras ponerlo en su lugar en materia de gusto, me fue ofrecido y gentilmente, descarté y cuando mis viajes de estudios comenzaron a transformarse en algo parecido, decidí cortarlos. Porque el puto hace las veces de lo que en la Venecia del siglo XVIII se llama el ‘cicisbeo’, una figura patetica que permite mantener la ilusión de cosmopolitismo y buen gusto en una sociedad que, en el fondo, es profundamente misógina y homofóbica, aunque se vista de gala.

El Puto Arlequino aspira a ser el ‘cicisbeo’ Veneciano, versión post-Onganía, una figura patética que permite mantener la ilusión de cosmopolitismo y ‘buen gusto’ en una sociedad parroquial y homofóbica. Su asexualidad no se lo permite.

Iturrioz nunca llegó a siquiera sugerirse como ‘puto cicisbeo’. Ese sería Dvorik, el supuesto amigo de Lady Di. El termino fue acuñado en el siglo XVIII —especialmente en los círculos aristocráticos y teatrales— y se usaba para denominar al puto amigo de las mujeres. Era un términos complejo y un lugar complicado que Iturrioz no podría ocupar.

El cicisbeo era, en principio, un hombre —generalmente joven, elegante, culto— que actuaba como acompañante habitual de una mujer casada, con la aprobación (o al menos la tolerancia) del marido. Su función era acompañarla a la ópera, a paseos, a visitas sociales, y estar a su disposición estética pero, sobretodo, afectiva. Esto es lo terrible de esa figura. Esto hacia que, en otro tipo de cultura y con otro tipo de moralidad en la que la homosexualidad aun no era una identidad como lo es ahora, hubiera relaciones sexuales. A los fines de este post, la figura del cicisbeo era el “asistente emocional” de la señora.

Con el paso del tiempo (y especialmente en el siglo XIX y XX), el término cicisbeo adquirió una connotación algo irónica, y fue reinterpretado en clave homosexualizada: una especie de “amigo de las damas” afeminado, presentable, pero no sexualmente amenazante. Es decir, un antecesor cultural del estereotipo del gay de sociedad que adoran las mujeres ricas. 

Iturrioza, Más que Cicisbeo, Ganymedes de Salón

Estas referencias mitológicas como la de “ganímedes” para describir a jóvenes bellos, afeminados y serviciales podría haber sido usada para alguien como Iturrioz que, digámoslo, no es sexy pero es lindo. Sería sexy si aprendiera a vestirse pero empiezo a creer que su vestimenta es más una armadura para alejar que para atraer. Por eso, Ganímedes es mas aplicable que Cicisbeo para Iturrioz ya que aquel es una figura mitológica abiertamente homoerótica (el copero de los dioses, raptado por Zeus), en la jerga mundana del siglo XVIII podía evocar al joven homosexual que orbitaba entre cortesanas, condesas o actrices como confidente, estilista o cortesano sin corte. 

Ganímedes es mas aplicable que Cicisbeo para Iturrioz ya que aquel es una figura mitológica (raptado por Zeus), que orbitaba entre cortesanas o condesas como confidente o cortesano sin corte. 

Iturrioz, Arlequin. 

Lo que sorprende de Iturrioz es que es él mismo el que parece transformarse en una caricatura de si mismo y, a esta altura, salvo que tenga algún problema cognitivo; esta no puede sino ser una estrategia de sobrevivencia en un mundo cambiante en el que las mujeres que lo aplaudían se están muriendo. En las fotos que muestra en Instagram hay algo auto-burlesco y nos muestra el backstage de su preparación teatral, antes de la salida. El realmente cree que el mundo es un escenario en el que hay que actuar.

La Iturrioza es Arlequino. En Instagram muestra el backstage de su preparación teatral, antes de la salida. El realmente cree que el mundo es un escenario en el que hay que simular. En la Commedia dell’Arte, ciertos personajes como el zanni o el arlequín eran utilizados para ridiculizar a los varones afeminados.

En la Commedia dell’Arte, ciertos personajes como el zanni o el arlequín eran utilizados para ridiculizar a los varones afeminados. Palabras como pederasta, invertito o effeminato circulaban en textos más médicos o moralistas a partir de 1810. Pero en el contexto de salón, el tono era más ambiguo: el gay era tolerado si estaba al servicio del deseo o la vanidad femenina, no como sujeto de deseo propio.

Controlar el deseo ajeno para garantizar la estabilidad del propio

Aquí entra el costado más siniestro y estructural del lugar que ocupa un puto como la Iturrioza en el imaginario argentino ya que se enfrenta a una version del deseo disidente que diferentes formas un rango que va desde Batato Barea, Perlongher o yo mismo encarnamo. El gay “domesticado” está autorizado a existir, pero solo en tanto no reclame autonomía ni disrupción. No puede ser sexual, ni político, ni demasiado contestatario. Debe ser encantador, obediente, pulcro y, sobre todo, agradecido. Esa gratitud forzada lo convierte en cómplice pasivo del sistema que lo tolera a cambio de su servidumbre emocional y simbólica. Esto me acerca más a Perlongher que a Batato.

Gays “domesticados” como Iturrioz arlequín es autorizado a existir, mientras no reclame autonomía ni disrupción. No puede ser sexual, ni político, ni demasiado contestatario. Debe ser encantador, obediente, pulcro y, sobre todo, “buen tipo”.

Lo interesante del caso es que todas estas mujeres que se presentan como triunfadoras y por esto, me refiero a la mujer rica, no es confrontado por el gay obediente que Iturrioz encarna sino que se acomoda a él. Igual que ella, busca proteger su precario lugar en la pirámide simbólica. Aunque la Gatana Della Giovampaola se sienta segura financieramente por lo que heredo de su bisexual ex marido D’Aremberg, su lugar en la pirámide social es mas que precario. Ella es el equivalente del arlequín y el payaso Iturroziano en versión más adinerada al asistir a fiestas en la playa con gown de De la Renta. Lo que une a ambos tipos de minorías que no son conscientes de serlo no es la disidencia sino el acomodo. Son dos clases de subordinados que negocian su lugar mediante el perfeccionismo estético, la cortesía performada y la negación del conflicto estructural. No son agentes de disidencia sino de perpetuación del orden de dominación estructural y esto los hace profundamente nostálgicos. Tal vez por eso, los prototipos argentinos en la era Milei analizados hasta ahora miran al pasado como fetiche. 

La coreografía de la fragilidad masculina

El gay de esta alianza de minoría no-minoría siempre está “al borde”: al borde de la exclusión, al borde del ridículo, al borde de que se le recuerde que su pertenencia es prestada. La mujer rica lo sostiene simbólicamente —con invitaciones, regalos, afecto condicionado— pero nunca lo legitima plenamente. Él puede decorar su casa, hablar con ella de moda, acompañarla al desfile o la gala del Colón, pero nunca heredará ni ocupará su lugar real en la estructura de poder.

En términos de economía afectiva, es una relación de poder edípica y melancólica, que le permite a la mujer experimentar una forma de deseo (de compañía, de belleza, de inteligencia sensible, de proyección de su calentura) sin comprometer su lugar en la estructura tradicional de la familia o el patriarcado. La mujer rica lo incorpora no porque lo acepte en su diferencia, sino porque lo neutraliza en su función: espejo, cómplice, asistente, pero nunca sujeto autónomo. Es, como todo vínculo basado en la contención del deseo, profundamente conservador aunque se vista de inclusivo.

La Iturrioza versus Wally 

Con la recuperación económica de mediados de 2010 y luego la era Macri (2015-2019), la “alta” sociedad porteña retomó algo de impulso, pero ya era otro ecosistema. Iturrioz quiso consolidarse entonces como el “decorador de interiores estrella” del país, apuntando a esa minoría enriquecida por las finanzas y el agro. Sin embargo, muchos de sus antiguos clientes ya no vivían en Argentina o preferían contratar talento más joven: putos musculosos, Facundo Garayalde con la cola parada, Wally Diamante vestido de moderno se impuso.

Con Macri (2015-2019), ya era otro ecosistema. Iturrioz quiso consolidarse entonces como el “decorador de interiores estrella” pero los putos musculocas, los Facundo Garayaldezcos con la cola parada y Wally Diamante vestido estilo HK se impuso via Awada. La Iturrioza no resistió esa ola de erotización sublimada.

La Iturrioza había quedado fuera de juego lo que lo obligó a dedicarse a emprendimientos más modestos: colaboraciones con tiendas de diseño locales, columnas en revistas, decoraciones y emprendimientos inmobiliarios en Pinamar o algo por el estilo. Aunque nunca dejó de estar presente en la escena –sigue organizando su fiesta anual, ahora patrocinada por bodegas (es “embajador” de la casa Luigi Bosca, todavía?) y marcas locales–, es claro que su auge quedó atrás. Su propio discurso denota cierta nostalgia: ha hablado de la “decadencia de la elegancia argentina”, culpando a la “televisión chabacana” y a los “nuevos líderes berretas” de haber “destruido el buen gusto” de antaño. En efecto, para Iturrioz la Argentina actual se hundió en la mediocridad del Miami style, lejos del refinamiento europeísta que él idealiza pero que solo llega a las fantasías desinformadas que él tiene de esos destinos. 

El “Puto Arlequino” y los fantasmas de un pasado mejor

Llegados a este punto, podemos caracterizar a Javier Iturrioz dentro de nuestra tipología de “putos” culturales. Si el Puto Virreinal (tipología que inauguramos en esta serie) representa al homosexual de inclinación aristocratizante, que sublima su deseo erótico en fetichismo religioso y genealogía nobiliaria, el Puto Arlequino sería el precursor de aquel arquetipo. Ambos comparten un rasgo central: la homofobia internalizada que los lleva a desexualizarse. Es decir, evitan o minimizan la dimensión carnal de su homosexualidad, reemplazándola por algún fetiche social aceptable. Pero difieren en la forma que toma ese fetiche.

Si el Puto Virreinal representa al homosexual de inclinación aristocratizante, que sublima su deseo erótico en fetichismo religioso, el Puto Arlequino es un precursor de aquel arquetipo.

En el caso del Puto Virreinal –como describimos en el Capítulo 1–, el individuo vive obsesionado con la tradición hispánica católica: “su homosexualidad no es carnal, es genealogista: se goza en el linaje, en la aureola”. Este tipo entroniza vírgenes, colecciona reliquias y se refugia en la estética colonial para evitar confrontar su propio deseo. “Evita la carne pero no el fetiche”, escribimos entonces; practica una suerte de castidad mística que sublima el erotismo en ritual . Iturrioz, en cambio, no busca legitimar su ser gay mediante la iglesia o la sangre azul (aun cuando tenga parentescos patricios reales). 

El Puto Virreina “evita la carne pero no el fetiche” y practica una suerte de castidad mística que sublima el erotismo en ritual. Iturrioz, en cambio, no busca legitimar su ser gay mediante la iglesia o la sangre azul pero es casto matrimonial.

En cambio, la estrategia de legitimación de la Iturrioza fue siempre más pop y posmoderna: él se reconstruye a sí mismo a través del consumo ostentoso, la moda hipercromática pop y la visibilidad mediática. En vez del archivo sacro, su arsenal son las marcas de lujo pero en versión exagerada ya que no puede acceder a las marcas de lujo en serio, la cirugía cosmética y la autopromoción constante. De allí el apelativo irónico de “botoxeado de canje”: Javier ha hecho del cuerpo cuidadosamente preservado (rostro estirado, atuendo impecable pero erróneo) y de la acumulación de logos, los pilares de su identidad pública. Si el Virreinal quiere ser un Grande de España del siglo XVIII, el Arlequino Botoxeado de Canje quiere ser un influencer de revista Caras, siempre en la foto con outfit llamativo y bienes que él considera como exclusivos. En lugar de la sotana y la mantilla, sus símbolos de estatus son el blazer añejo que él cree actualizar a golpe de actitud, el pañuelo de seda, el cinturón Hermès con la “H” ostentosa. Todo en él grita refinamiento de boutique… de Patio Bullrich de 1999.

Si el Virreinal quiere ser un Grande de España del siglo XVIII, el Arlequino de Canje quiere ser un influencer de revista Caras, siempre en la foto con outfit llamativo y bienes que él considera como exclusivos

Una anécdota ilustra maravillosamente esta diferencia: el propio Iturrioz contó que algunos lo han llegado a llamar “Piñón Fijo” (famoso payaso argentino) por sus looks llenos de color. Le dijeron “te vestís como un clown” y él, lejos de ofenderse, replicó que en Europa llevar pantalones de colores y zapatos llamativos es signo de elegancia. No es verdad. En Europa se le reirían en la cara. En Holanda pueden llegar a vestirse parecido pero el problema de la Iturrioza son los sacos que, sencillamente, son de bajo presupuesto y eso no puede “levantarse” con accesorios canjeados en el Hermes de la Avenida Alvear a quienes asesoró alguna vez.  

El Trauma Cicisbeístico

Lo que para ciertos círculos locales ya roza lo payasesco, para Javier Iturrioz es la máxima sofisticación cosmopolita pero no sabe que no lo es lo que transforma el debate del estilo, al menos en su caso, en un loop de trauma. Quiere pero no puede y vuelve siempre al mismo lugar para vestirse igual y levantar la apuesta. 

Lo que para ciertos círculos locales ya roza lo payasesco, para Iturrioz es la máxima sofisticación cosmopolita pero no sabe que no lo es lo que lo hace volver siempre al mismo lugar, vestirse igual y levantar la apuesta. 

Sus atuendos de dandy exuberante –sacos en tonos pastel o brillantes, pantalones verdes vibrantes, violeta iridiscente o rojo “sanguíneo” – desafían la discreción masculina tradicional, pero lo hacen en nombre del estilo, no del deseo. No hay provocación sexual en sus trajes, sino un circo inconsciente. Iturrioz se precia de vestir así “todos los días” y en cualquier actividad, enarbolando el lema “más siempre es más”. Esto nos habla de fetichismo negador: un bucle en el que la repetición de ciertos símbolos de estatus (colores extravagantes, accesorios de diseñador, gestos snob) constituye su zona de confort y autoafirmación. En ese loop, sin embargo, la sexualidad queda desplazada. Lo suyo no es kitsch sino camp y para él, el camp es un fin en si mismo pero no como estrategia para alterar la realidad sino como coraza defensiva que mantiene a raya lo sexual disruptive que lo homosexual encarna. 

El Puto Arlequín no es kitsch sino camp como fin en si mismo, como coraza defensiva que mantiene a raya lo sexual disruptivo que lo homosexual, de por sí, encarna. 

¿Por qué decimos que ambos –Virreinal y Arlequino– comparten una profunda homofobia internalizada que parece exagerarse en la era Milei?  Porque en última instancia buscan autorizarse paradójicamente a existir fuera del cuerpo pero en nombre de él. En el caso de Javier, su obsesión por la etiqueta, la elegancia y la aprobación social de las élites termina sirviendo al mismo propósito: tapar cualquier rasgo de su homosexualidad que pudiera incomodar al orden heteronormativo. Iturrioz nunca agitó la bandera de la diversidad; al contrario, su figura pública siempre fue la del gay integradísimo en la “alta sociedad” (que ya no lo es), casi asexuado salvo por ser “el amigo estético” de las damas bien. Él ni se acerca al rol del amante rebelde o del activista incómodo. Javier puede permitirse cierta extravagancia precisamente porque es harmless para el poder; su flamboyance lo hace fácilmente neutralizable con: ‘es un ridiculo’. 

El Puto Arlequino no es un amante rebelde ni activista incómodo. Se permite la extravagancia precisamente porque es harmless para el poder; su flamboyance lo hace fácilmente neutralizable con: ‘es ridiculo pero bueno’. 

Mark Fisher sostiene que la cultura contemporánea está “atascada en un bucle de nostalgias”, donde los futuros han sido cancelados y sólo sabemos reciclar estilos del pasado . En Ghosts of My Life, señala que “las esperanzas creadas por la música eufórica de los 1990s se han evaporado – no solo el futuro no llegó, ya ni parece posible”. Esto se aplica sorprendentemente bien a nuestro Puto Botoxeado Arlequino. En los ’90, Iturrioz encarnó una esperanza de modernidad frívola: hacía pensar que Buenos Aires podría ser como Nueva York o París en su apertura glamorosa. Había en sus fiestas y en su personaje una promesa de futuro diferente (más tolerante con “lo distinto”, más cosmopolita). Pero con el tiempo esa promesa se diluyó. El futuro no llegó para Javier: el mundo cambió hacia otros paradigmas (más digitales, más diversos), y él quedó aferrado a manifestaciones del pasado en las que alguna vez hubo esperanza. En cierto modo, Iturrioz vive hoy “encantado” por su propia sombra, por el fantasma de los ’90, repitiendo rituales de aquel entonces (cumpleaños fastuosos, dress codes de gala, fotos en La Revista) como si al invocarlos pudiera resucitar esa época dorada. Su reciente fijación casi virreinal con la aristocracia europea –lo vimos emocionado posando en el Palacio de Liria en España, rodeado de fantasmas de duquesas que nunca lo recibieron, recreando puestas en escena palaciegas como si fueran teatrales– refuerza esta lectura: ante el colapso contemporáneo (la disolución de toda promesa de comunidad duradera, la banalización del deseo en redes, etc.), este homosexual elige el archivo aristocrático y glamoroso del pasado. Igual que el Puto Virreinal se refugia en la colonia y la iglesia ante el Mileismo anárquico actual que amenaza con volverse violento contra los homosexuales. El Puto Botoxeado de Canje se aferra a la estética de una Belle Époque personal para no enfrentar la intemperie de un presente que ya no lo corona. Pero su Belle Epoque es personal, no objetiva.

Iturrioz vive hoy “encantado” por su propia sombra, por el fantasma de los ’90, repitiendo rituales de aquel entonces (cumpleaños fastuosos, dress codes de gala, fotos en La Revista) como si al invocarlos pudiera resucitar esa época dorada.

En suma, Javier Iturrioz –nuestro “puto arlequino, sobrino del dictador”– es un personaje tan trágico como sintomático. Trágico porque detrás de sus sonrisas de foto se vislumbra la soledad (aunque casado) de quien hipotecó su autenticidad por encajar en la foto social; sintomático porque encarna la evolución (¿o involución?) de la experiencia homosexual de élite en la Argentina reciente. De ser el golden boy de Menem, celebrado mientras sirvió para legitimar un orden (¡miren qué tolerantes somos, tenemos un decorador gay!), ha pasado a ser casi una figura espectral, un eco de un tiempo perdido. Su vida se volvió un bucle de aniversarios y hashtags que nadie mira, un simulacro de aquel glamour importado, mientras la verdadera vanguardia queer discurre por canales que quizás él ni entiende y se encuentra, una vez más, amenazada. 

En suma, el Puto Arlequino es trágico y sintomático. Trágico porque se vislumbra la soledad (aunque casado) por encajar en la foto; sintomático porque encarna una involución de la aceptación del homosexual en la Argentina.

Con tono serio pero no sin cierta compasión, podríamos decir que Javier eligió ser la copia local de un ideal extranjero –ese gay cool aceptado por el establishment–, pagando el precio de vaciar su diferencia transformadora. Se convirtió en fetiche de sí mismo: un hombre anunciado por sus trajes vistosos, sus logos y sus fotos en sociedad, pero cuyo deseo real permanece en segundo plano, casi borrado. En última instancia, el Puto Botoxeado Arlequino de Canje es la prueba viviente de cómo la cultura dominante puede digerir la otredad sexual siempre y cuando esta se disfrace con la ropa adecuada, según aquellos que los quieren ver como payasos: ya sea la mantilla virreinal o el blazer de diseñador. Y nos deja una pregunta flotando: tras el fin de la fiesta neoliberal de los ’90, ¿queda aún lugar para que ese sujeto se reinvente genuinamente, o seguirá bailando con los fantasmas de su propio pasado?

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