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El Cierre de Vialidad: La Cancelación del Cuerpo Territorial
Este 9 de julio, Día de la Independencia, los gobernadores peronistas decidieron soltarle la mano a Javier Milei. No fue un acto de lealtad a la patria, sino de constatación: el proyecto mileista no construye Nación. No unifica. No articula. Disuelve. A diferencia del peronismo, que al menos proponía un cuerpo místico del pueblo, el Mileismo opera como bisturí: corta, separa, purga. Esta vez, el cachetazo se sintió con fuerza y Milei quedó al borde de un virtual conflicto abismal de falta de legitimidad.
Este Día de la Independencia, los gobernadores peronistas decidieron soltarle la mano a Javier Milei: su proyecto no construye Nación. Disuelve.
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La decisión del gobierno nacional de eliminar la Dirección Nacional de Vialidad no es simplemente una cuestión administrativa. En la Argentina, Vialidad ha sido históricamente mucho más que una repartición: ha sido el símbolo concreto de la unión territorial, de la soberanía recorrida en ruta, del cuerpo de la Nación que se arma y se recorre. Nacida en 1932 y potenciada durante los gobiernos peronistas, Vialidad es una arteria simbólica. Su eliminación no racionaliza el gasto: cancela la idea misma de conexión nacional. Argentina, así, deja de ser un cuerpo. Se vuelve una suma de miembros aislados, de órganos sin sistema, de provincias sueltas a la intemperie.
La decisión del cerrar la Dirección Nacional de Vialidad no es simplemente una cuestión administrativa. Corta la arteria simbólica que hace de la Argentina una Federación.
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El Cuerpo Dividido del Imperio Norteamericano
La desarticulación territorial se combina hoy con una fragmentación temporal de la soberanía. J.P. Morgan y Morgan Stanley —dos de los principales actores financieros globales— emitieron esta semana señales inequívocas de desconfianza: sugieren a sus inversores retirarse del país y anticipan un colapso. En paralelo, Trump excluye a la Argentina de la nueva lista de países sujetos a aranceles en Estados Unidos. La lectura es clara: mientras Wall Street retira el cuerpo, el trumpismo promete el alma. La Argentina aparece así como territorio descompuesto: ni aliado estable ni objeto de inversión, ni víctima ni socio. Apenas zona de ensayo de un experimento inmunológico.
La Argentina aparece así como territorio descompuesto: ni aliado estable ni objeto de inversión, ni víctima ni socio. Apenas zona de ensayo de un experimento inmunológico norteamericano.
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Peronismo versus Mileismo: Dos formas fragmentarias del cuerpo místico
En su libro Immunitas, Roberto Esposito ofrece una clave profunda para leer esta descomposición. En el capítulo titulado Katechon, recupera una distinción fundamental de la teología católica, planteada por Henri de Lubac: la diferencia entre “carne” (sarx) y “cuerpo” (soma). Cristo, dice la tradición, se hizo carne —se hizo sarx— para abrirnos a la fragilidad, al dolor, a lo común. Pero lo que la Iglesia hizo con ese gesto fue convertirlo en cuerpo: cerrarlo, jerarquizarlo, inmunizarlo. La carne es desorden, don, apertura; el cuerpo es sistema, ley, exclusión.

Esa tensión atraviesa la historia política argentina. El peronismo encarnó, en su forma original, una política de la carne: caótica, popular, promiscua, doliente. Su mística no venía de la organización, sino del contacto, del cuerpo a cuerpo, del desborde. En cambio, el mileísmo propone una política del cuerpo cerrado: purificador, frío, racionalizado hasta el paroxismo. Donde el peronismo abrazaba la herida, Milei aplica anestesia y bisturí.
El peronismo encarnó, en su forma original, una política de la carne. Su mística venía del contacto, del cuerpo a cuerpo. En cambio, el mileísmo propone una política del cuerpo cerrado post-pandemico. Donde el peronismo abrazaba la herida, Milei aplica anestesia.
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Ambos, sin embargo, responden a una lógica teológica más antigua: la del soberano como Christomimetes, tal como la define Ernst Kantorowicz en su clásico Los dos cuerpos del rey. El soberano cristiano es quien imita a Cristo, no en su amor, sino en su estructura: posee un cuerpo físico, corruptible, y un cuerpo político, inmortal. En la Argentina actual, tanto Cristina como Milei asumen, de formas opuestas, esa duplicidad. Cristina como mártir que soporta el castigo judicial con gesto mesiánico; Milei como exorcista poseído, que administra dolor como método de gobierno.
Cristina pasó a ser el mártir que soporta el castigo imperial con gesto mesiánico; Milei, el Caligula exorcista poseído, que administra dolor como método de gobierno.
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Pero Milei no gobierna en el sentido clásico: no organiza, no negocia, no arbitra. Milei castiga. Y en esa economía del castigo se inserta lo que Esposito llama teodicea: la doctrina cristiana que busca justificar la existencia del mal sin comprometer la bondad de Dios. San Agustín —ex gnóstico— resuelve esa contradicción distinguiendo entre el pecado como veneno (peccatum) y el castigo como remedio (poena). En esa lógica, el sufrimiento no es un problema: es una solución. Es prueba, redención, purga. El dolor no desautoriza a Dios: lo reafirma.
Milei no gobierna en el sentido clásico: no organiza, no negocia, no arbitra. Milei castiga. Y en esa economía del castigo se inserta lo que Esposito llama teodicea: la doctrina cristiana que busca justificar la existencia del mal sin comprometer la bondad de Dios.
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El mileísmo no niega el mal: lo convierte en sacramento. La motosierra no es una metáfora: es una liturgia. El ajuste, la miseria, el desempleo, no son signos de fracaso: son los peajes espirituales de una cruzada. El votante no pide solución: pide sentido. No quiere curarse: quiere ofrecer su herida. Este es el pasaje clave que Nietzsche denuncia como antropodicea: ya no se justifica a Dios por el mal en el mundo, sino al hombre por su voluntad de sufrir. La teología se vuelve política, pero también pulsión. El sujeto no demanda justicia: demanda castigo para sí y para los otros. Goza de su sacrificio. Grita mientras cae. Y ese grito, que parece protesta, es en verdad obediencia.
El mileísmo no niega el mal: lo convierte en sacramento. La motosierra no es una metáfora: es una liturgia. El ajuste, la miseria, el desempleo, no son signos de fracaso: son los peajes espirituales de una cruzada.
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Argentina ya vivió esta anemia espiritual: en diciembre de 2001, bajo la figura desvaída de De la Rúa. Pero si De la Rúa era la impotencia silenciosa, Milei es el colapso gritón. Donde De la Rúa no tocaba, Milei hiere. Donde aquel dudaba, este vocifera. Pero el resultado, tal vez, se acerque: un cuerpo nacional cada vez más desintegrado, una comunidad sin órganos, una patria inmunodeprimida.
Si De la Rúa era la impotencia silenciosa, Milei es el colapso gritón. Donde De la Rúa no tocaba, Milei hiere. Donde aquel dudaba, este vocifera. Pero el resultado, tal vez, se acerque: un cuerpo nacional cada vez más desintegrado e inmunodeprimido.
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La diferencia es que ahora la fragmentación es total: no solo espacial, con la clausura de Vialidad; no solo económica, con el vaciamiento productivo; sino también temporal, con la deuda externa como forma de colonización del futuro. El país no tiene ya una vida en común. Tiene, apenas, un presente inflamado y un porvenir hipotecado.
Del Castigo Divino al Sacrificio Autoimpuesto
Y en este contexto, Cristina Fernández emerge otra vez como figura espectral. La visita de Lula a su prisión domiciliaria no es un gesto diplomático: es una escena de fe. Una liturgia inversa. No promete futuro, pero recuerda una promesa. El cristinismo resiste como carne: como resto, como memoria viva del cuerpo abierto que fue.
La diferencia es que ahora la fragmentación es total: no solo espacial, con la clausura de Vialidad; no solo económica, con el vaciamiento productivo; sino también temporal, con la deuda externa como forma de colonización del futuro.
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Así llegamos a este 9 de julio: no como celebración de una independencia ganada, sino como diagnóstico de una nación descompuesta. Lo que se exhibe no es libertad, sino la inmunidad negativa que viene cuando ya no se puede vivir juntos. El mileísmo no fracasa porque le falte proyecto: fracasa porque le sobra pureza. Porque en su lógica purificadora, no hay lugar para lo común. Solo queda el cuerpo cerrado del fanático o la carne abierta del excluido.
Y esa es, quizá, la verdadera elección que hoy se juega en la Argentina. No entre dos modelos económicos, sino entre dos formas de existencia: inmunidad o comunidad, cuerpo cerrado o carne compartida, bisturí o abrazo.
July 9th: Argentine Independence Day with a Trumpian President Whose Plan is One of National Fragmentation.
From the dismantling of Vialidad to Milei’s theodicy: a spiritual anatomy of fragmented Argentina
This July 9, Argentina’s Independence Day, the Peronist governors finally let go of Javier Milei. Not as an act of loyalty to the Republic, but as a recognition: Milei’s project does not build a Nation. It doesn’t unify. It doesn’t articulate. It dissolves. Unlike Peronism, which at least proposed a mystical body of the people, Milei operates as a scalpel: cutting, separating, purging.

The government’s decision to dismantle the National Directorate of Roads (Vialidad Nacional) is not just administrative. In Argentina, Vialidad has historically meant more than infrastructure. It symbolizes sovereignty, territorial articulation, a nation that exists through its roads. Created in 1932 and expanded under Peronist governments, Vialidad represents the body of the Nation in motion. Shutting it down doesn’t rationalize public spending—it cancels the possibility of national connection. Argentina ceases to be a body and becomes a scatter of disconnected limbs.
This spatial disintegration is compounded by a temporal one. This week, J.P. Morgan and Morgan Stanley—two major players in global finance—advised clients to pull out of Argentina and predicted economic collapse. At the same time, Donald Trump excluded Argentina from the list of countries subject to new U.S. tariffs. The message is clear: Wall Street walks away, while the Trumpist right offers a sentimental embrace. Argentina finds itself suspended between extraction and affect.

Roberto Esposito offers a powerful theoretical lens to read this moment. In the chapter “Katechon” of his book Immunitas, he revives the theological distinction, drawn by Henri de Lubac, between sarx (flesh) and soma (body). Christ, according to tradition, became sarx to open us to fragility, pain, and communal vulnerability. But what the Church made of that gesture was closure: it converted the openness of flesh into the organized rigidity of a body. Flesh is donation, disorder, and touch. The body is boundary, hierarchy, immunity.
This tension cuts through Argentine political history. Original Peronism was a politics of flesh: chaotic, emotional, devout to presence and care. It celebrated rupture. Mileísmo is a politics of body: cold, systemic, brutal in its formalism. Where Peronism held the wound, Milei anesthetizes it—and cuts.
Both logics, however, echo an older Christian structure: the Christomimetes, or the sovereign who imitates Christ, as described by Ernst Kantorowicz in The King’s Two Bodies. The medieval sovereign had a mortal, natural body—and an immortal, political one that embodied the people. Cristina and Milei are, in different ways, theatrical variants of this logic. Cristina suffers for the collective; Milei punishes in its name.

But Milei does not govern—he exorcises. He doesn’t administer; he sanctifies pain. Here, Esposito introduces the concept of theodicy: the Christian justification of evil. Augustine, facing the problem of evil in the world, divided it into peccatum (sin as poison) and poena (punishment as remedy). Pain becomes not a flaw, but proof of divine order. In Milei’s theology, the chainsaw is not policy—it’s ritual.
Nietzsche will later name this turn anthropodicy: the human no longer needs to justify God’s allowance of suffering—he becomes the one who suffers willingly, for meaning. In Mileísmo, citizens don’t demand relief—they ask to hurt, as evidence of purification. Pain legitimizes the faithful.
Argentina has lived spiritual collapse before: in December 2001 under De la Rúa. But where De la Rúa was mute and passive, Milei is shrieking and misogynist. His fall, if it comes, will not be silent. But the signs of decomposition are the same: disconnection, affective anemia, absence of horizon.
What’s new is the complete fragmentation: spatial, economic, and now temporal. The external debt no longer fragments Argentina in space—it colonizes its future. There’s no longer a body politic, only a scorched present and an erased tomorrow. Cristina’s figure lingers not as promise but as relic. Lula’s visit to her house arrest was not diplomacy—it was liturgy. Cristina doesn’t offer future, but evokes the memory of a body that once embraced.
So here we are on July 9, not celebrating independence, but diagnosing decomposition. Not proclaiming sovereignty, but watching its collapse. Milei’s project fails not for lack of program but for excess of purity. He offers no common life, only ritual exclusion. What remains is not nation but fever—autoimmune and alone.
Milei’s project fails not for lack of program but for excess of purity. He offers no common life, only ritual exclusion. What remains is not nation but fever—autoimmune and alone.
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