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Apiladas en Quintana 161: la otra cara del galardón
Según un post reciente de Héctor Coire en X, Anamá Ferreira instaló en su casa (Palacio Balcarce, ¡qué ironía!) una “feria vintage” los martes y miércoles de 11 a 18 h en Quintana 161 —un espacio donde vende sus prendas personales tras haber sido nombrada “Personalidad Destacada de la Cultura”. De un homenaje con alfombra roja y abolengos, el gesto parece sintetizar algo profundo de nuestra escena cultural: celebrar la diversidad mientras se la reduce a la supervivencia. Argentina no eleva en apoteosis a los negros sin humillación…eventual.
La Afro Brasileño Argentina Anamá Ferreira, tras haber sido nombrada “Personalidad Destacada de la Cultura” hace una feria americana en su casa. Era raro que Argentina celebrara a una negra extranjera.
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Entre las prendas usadas que Anamá Ferreira pone a la venta —y conviene aclarar que no es ni remotamente la única figura pública que hace esto y que no se pone en cuestión ni sus logros ni su figura sino la relación perversa entre ese título institucional de “Personalidad Destacada de la Cultura”, el ingreso a la ‘alta sociedad’, y la precarización social de fondo. Una precariedad que obliga a que la exposición se vuelva porosa, peligrosamente porosa. Porque hay algo peligrosamente perlongheriano en abrir la propia casa por Instagram: una pulsión de muerte que ya no excita ni erotiza, como en Perlongher, sino que se disfraza de autosuficiencia libertaria.
La neo-precariedad de Anamá tiene algo peligrosamente perlongheriano ak abrir la propia casa por Instagram: una pulsión de muerte que no erotiza sino que se disfraza de autosuficiencia libertaria.
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Dicho en términos más claros: la hija de Anamá está casada con un heredero de una gran fortuna, el joven Neuss. Pero incluso en ese entorno familiar no parece haber contención. Neuss asistió al homenaje a su suegra e hizo presencia, su esposa incluso tomó el micrófono para expresar su orgullo. Pero el hecho de que Anamá, como suegra de Neuss, exponga su dirección y su casa al público en redes no expresa placer sino desesperación. Se expone a que la desvalijen, o algo peor.
Anamá, suegra de un heredero multimillonario, exponga su dirección y su casa al público en redes no expresa placer sino desesperación. Se expone a que la desvalijen, o algo peor.
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Y cuando vemos el video, las prendas de las que busca desprenderse van desde Anne Taylor (muy vintage) hasta COS (que uso para ir al gimnasio). Para quien no lo sepa, COS es una versión high-end de H&M. Y ahí aparece el verdadero tema: el fracaso del modelo timbero, fogoneado por la misma clase social a la que Anamá pretende ingresar, aunque el ingreso es, evidentemente, ilusorio. Para completar la ironía, la distinción como personalidad cultural vino de una legisladora socialista.
Lo que aparece en Anamá es el síntoma de una fractura socioeconómica que atraviesa a la sociedad argentina, enmarcada en un eje autoritario, plutocrático, militarizado, xenófobo y nacionalista que comenzó con Bolsonaro, ensayó nuevos métodos con Milei y se consagró como canto de cisne imperial con Trump. El intento de ascenso social de Anamá es admirable porque ocurre en un contexto casi imposible: la pandemia dejó a millones sin trabajo, sin cobertura médica y sin hogar.

Mondongo, Fogwill y la Cultura Publicitaria
Otra imagen reciente que condensa esta lógica es la muestra del colectivo Mondongo en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Fundado en 1999 por Juliana Laffitte, Manuel Mendanha y Agustina Picasso (retirada en 2010), el grupo expone retratos y paisajes construidos con materiales “no tradicionales”: hilos, monedas, carne seca, plastilina. Lo que parece un tour de force técnico es, en verdad, un tour de force de posicionamiento social, más cercano al branding cultural que a la búsqueda estética. La estética recuerda a Vik Muniz, con guiños al norteamericano Chuck Close.
Por eso llama la atención que el centro curatorial de la muestra sea la figura de Rodolfo Fogwill. Escritor, sociólogo, outsider feroz, Fogwill inicialmente apoyó a Mondongo, pero luego tomó distancia: no vio una promesa, sino un síntoma. Para él, el arte debía alejarse del fetiche artesanal y volver al gesto, al contenido, a la lectura. Mondongo eligió lo contrario: insertarse sin fricción en el imaginario neoliberal cool, mientras Buenos Aires se desmoronaba.
En Fogwill como escritor-empresario, outsider-insider, hay algo que resuena con Anamá. Tal vez por eso su fantasma no acecha esta muestra: la habita. El neoliberalismo macrista mutó en libertarianismo mileísta, y con él se reescriben los términos de inclusión social, de vida y de muerte.
En Fogwill como escritor-empresario, outsider-insider, hay algo que resuena con Anamá. Tal vez por eso su fantasma no acecha la muestra que el colectivo neoliberal Mondongo le dedica en el MAMBa sino que la habita
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El arte argentino como placebo
Este simulacro cultural, que alterna entre homenajes institucionales y ferias de subsistencia, no es una anomalía. Es el resultado del fracaso revolucionario de la izquierda, como advirtió Lukács. La izquierda argentina —El Destape, Kicillof, Cristina— ya no transforma: administra la derrota como mercancía estética. El orgullo, el dolor, la raza, la memoria: todo se gestiona. Todo se amortigua.
Este es el resultado, en version mundo del arte, del fracaso revolucionario de la izquierda, como advirtió Lukács. El Destape, Kicillof, Cristina, ya no transforman: administra la derrota como mercancía estética donde la muerte se amortigua.
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La directora del MAMBA, Victoria Noorthoorn, es síntoma y engranaje de ese sistema que mata. Egresada del Northlands —el colegio de Máxima de Holanda—, fue designada a dedo por Macri, sin concurso. Años después, sigue blindada, promoviendo a artistas de su círculo y consolidando un canon que mezcla kitsch, pop y simulacro. Que Minujín sea la figura central del museo no sorprende. Tampoco que su obra haya “homenajeado” a Thatcher en plena dictadura. Su hijo, Facundo, es hoy jefe de JP Morgan para América Latina y amigo de Toto Caputo. El arte, así, también es negocio de familia.
La directora del MAMBA, Victoria Noorthoorn, hospeda a Mondongo y Fogwill. Ella es engranaje del Northlands, ese sistema que mata. Su artista fetiche es Minujín que colaboró con la dictadura y su hijo es hoy jefe de JP Morgan para América Latina y amigo de Toto Caputo. El arte, así, también es continuidad.
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La estupidez como curaduría
El sistema del arte argentino fue estupidizado desde adentro, empezando en la cátedra de Estética en Puan, con figuras como Fernanda Laguna y Silvia Delfino que legitimaron una deriva situacionista completamente vaciada. El juez Bruzzone aportó su fetichismo outsider, y el Rojas sus migajas simbólicas. Lo ingenuo se volvió chic, lo manual se volvió curaduría, y lo despolitizado, cool. Todo eso encontró su consagración en Ruth Benzacar, que supo combinar rebeldía performativa con blindaje oligárquico.
El sistema del arte argentino fue estupidizado desde adentro, empezando en la cátedra de Estética en Puan, con figuras como Silvia Delfino que legitimaron una deriva situacionista completamente vaciada.
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Hoy basta ver a Bruzzone celebrando la “explosión de galerías” en una ciudad donde un café cuesta el doble que en Europa y donde las grandes galerías internacionales cierran por falta de ventas. Lo que se presenta como vitalidad cultural es, en realidad, la disociación total del deseo artístico respecto de cualquier conciencia histórica.

La disociación nacional y la poética como resto
El ascenso de Javier Milei no es un accidente, sino la cristalización de una disociación nacional: una estructura histórica que opone peronismo a golpismo, caudillo a tecnócrata, pueblo a república, sin metabolizar nunca el presente. El arte argentino, desde Laguna hasta Benzacar, transformó lo que Deleuze pensó como esquizofrenia liberadora en un placebo performativo: un simulacro de disidencia que nunca arriesga nada. El progresismo, mientras tanto, administra la esperanza como si fuera memoria embalada al vacío.
El arte argentino, desde Laguna hasta Benzacar, transformó lo que Deleuze pensó como esquizofrenia liberadora en un placebo performativo: un simulacro de disidencia que nunca arriesga nada
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Pero en ese mismo vacío —en esa feria americana improvisada sobre sillones barrocos— sobrevive una imagen poética, no como ornamento sino como índice de lo no dicho. Esa imagen no mide, no organiza, no absuelve. No busca aprobación ni capital cultural. Pero puede ser la grieta por donde vuelva a colarse el temblor. El temblor de lo posible.
Porque ahí donde el mercado ya no opera y la ley ya no organiza, todavía puede nacer otra cosa. No todo lo que se cae es ruina: a veces, es compost.
Anamá Ferreira’s Yard Sale and Fogwill with Mondongo at the MAMBA as Antidotes to That Schizopolitical Placebo Called Progressivism
Piled Up on Quintana 161: The Other Face of the Award
According to a recent post by Héctor Coire on X, Anamá Ferreira has set up a “vintage fair” in her home (Palacio Balcarce—how ironic!), open Tuesdays and Wednesdays from 11 AM to 6 PM at Quintana 161, where she sells her personal clothing just days after being declared a “Distinguished Personality of Culture.”

From a ceremony with speakers and red carpet to a colorful and bulbous barter of coats and jackets, the gesture seems to distill something essential about our cultural scene: celebrating diversity while reducing it to a domestic, street-level, survivalist format.
Among the second-hand clothes Anamá puts up for sale—and let’s be clear, she’s far from the only public figure doing this—what’s at stake is not her personal achievements or lack thereof, but rather the grotesque dissonance between the institutional title of “Distinguished Personality of Culture” (granted largely due to her presence at high-society events), and the brutal social precarity that now forces public exposure to become porous—dangerously porous. There’s something almost Perlongherian in opening up one’s home through Instagram: a death drive that, unlike Perlongher’s ecstatic delirium, is here sublimated into a libertarian mask of self-reliance.
To put it plainly: Anamá’s daughter is married to a young heir of the Neuss fortune. But even within that family, respect and dignity appear absent. Neuss attended her award ceremony, made an appearance, and his wife took the microphone to express understandable pride. Yet by publishing her address and opening her home to the public, Anamá exposes herself not out of joy but out of sheer desperation. She risks being robbed—or worse.
The video reveals the clothes she is letting go of: from vintage Anne Taylor to COS (the brand I wear to the gym), which, for those unfamiliar, is a high-end spin-off of H&M. This points to another layer: the economic collapse of the speculative, casino-style model promoted by the same social class Anamá hopes to join—though her inclusion is, clearly, only symbolic. To top it off, the cultural distinction was handed out by a socialist legislator.
In other words, Anamá embodies a socioeconomic fracture in Argentina that mirrors a broader international axis: authoritarian, plutocratic, militarized, xenophobic, and nationalist. It began with Bolsonaro, rehearsed new forms with Milei, and crystallized in Trump as the swan song of empire. Her aspiration for upward mobility is admirable, especially given the impossible backdrop: a pandemic that left millions without work, healthcare, or housing.

Mondongo, Fogwill, and Art as Branding
Another recent image that encapsulates this logic is the new exhibition by the collective Mondongo at the Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Founded in 1999 by Juliana Laffitte, Manuel Mendanha, and originally Agustina Picasso (who left the group in 2010), Mondongo presents portraits and landscapes made from “non-traditional” materials: threads, coins, smoked meat, modeling clay. What may initially seem like a technical tour de force is in fact a performance of social positioning, closer to cultural branding than to any meaningful aesthetic or conceptual inquiry. Their style recalls Vik Muniz, with nods to American artist Chuck Close.
This makes it all the more curious that the show’s central curatorial figure is Rodolfo Fogwill. A writer, sociologist, entrepreneur, and fierce outsider, Fogwill initially supported Mondongo but was one of the first to take distance: he saw not a promise but a symptom. For him, Argentine art had to move away from craft fetishism and spectacle and return to gesture, to content, to the act of reading. Mondongo chose the opposite path: a frictionless insertion into the global neoliberal imaginary, exporting kitschy Argentine “flavor” while Buenos Aires crumbled.
In Fogwill—as writer and businessman, insider and outsider—there’s an echo of Anamá. Perhaps that’s why this homage by Mondongo, no less than at the MAMBA, feels like a kind of posthumous realism where the ghost doesn’t haunt but is redefined by a neoliberalism displaced into Milei’s libertarianism—a project rewriting not only who belongs and who doesn’t, but also what counts as life and what can be discarded.

The Argentine Art System as Placebo
This oscillation between state-sponsored tributes and flea-market survival is no anomaly: it is the predictable result of the revolutionary failure of the Argentine left, as diagnosed by György Lukács. The current left—embodied by El Destape, Axel Kicillof, and even Cristina Kirchner—no longer transforms reality. It manages its own symbolic defeat, administering it as aestheticized suffering. Pride, race, pain, memory: all become currencies without content.
Victoria Noorthoorn, director of the MAMBA, is both symptom and engine of this system. An alumna of Northlands—same school as Queen Máxima of the Netherlands—she was appointed directly by Mauricio Macri without public competition and remains untouched despite years of opaque governance and clear favoritism. That Minujín is the museum’s star figure surprises no one. Nor that she honored Margaret Thatcher with a public artwork during the dictatorship. Her son, Martín Minujín, is currently head of JP Morgan for Latin America and close friend of Toto Caputo. Art, too, is a family business.
Mondongo fits comfortably into that world. Since the start, their work has circulated effortlessly through major art fairs—Arco, Art Basel, Miami, Berlin—offering pieces designed less to provoke than to sell well: colorful, crafty, exotic, apolitical.

Curated Stupidity and Institutional Infantilization
The Argentine art system has been intellectually gutted from within, beginning with the Esthetics chair at Puan, where figures like Fernanda Laguna and Silvia Delfino repackaged situationism as domestic craftivism, masking class and race privilege as radical naiveté. Judge Gustavo Bruzzone added his outsider-collector fetish, while the Rojas Center provided the symbolic breadcrumbs. Naïveté became chic. Manuality became curatorship. Detachment became cool. All of this found its market platform in Ruth Benzacar Gallery, which combined performative rebellion with oligarchic protection.
Just watch any recent video of Bruzzone, celebrating the “explosion” of art galleries in Buenos Aires—while cafés cost more than in Europe and the world’s top galleries are closing due to lack of sales. What is presented here as cultural vitality is nothing more than the total dissociation of artistic desire from historical awareness.
National Dissociation and the Poetic as Remainder
Milei’s rise is not an aberration but the logical endpoint of national dissociation—a historical structure opposing Peronists and Golpistas, caudillos and technocrats, pueblo and republic—incapable of metabolizing the present. Argentine art, from Laguna to Benzacar, turned what Deleuze once imagined as liberatory schizophrenia into a performative placebo: a simulation of subversion that risks nothing. Meanwhile, progressive media administer hope like shelf-stable nostalgia.
And yet, in that vacuum—in that flea market draped over baroque furniture—a poetic image survives. Not as ornament, but as index of what remains unspeakable. This image does not measure, rule, absolve. It does not seek validation or cultural capital. But it might be the crack through which tremor returns. The tremor of what is still possible.
Because where the market no longer operates, and law no longer structures, something else may yet begin. Not everything that collapses is rubble. Sometimes, it’s compost.
hacete Miembro pago de mi canal de youtube “la mala educacion” y hace todos mis cursos. Mas de 150 videos con cursos re-grabados. Esta semana: el curso de la chatura, renacimiento flamenco, arte y ciencia.






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