Semana del Amigo (Parte II)

Seguimos festejando el Día del Amigo en lo que LANP ha decidido rebautizar como la Semana del Amigo, y nos vamos a dedicar hoy a una figura fundamental: el amigo cuya ética es tan superior, tan pura y tan innegociable que convierte su forma de vivir en una especie de performance del bien. Ser amigo de alguien así, en principio, parecería un honor. Pero, ¿lo es realmente?

Seguimos festejando el Día del Amigo en lo que LANP ha decidido rebautizar como la Semana del Amigo, y nos vamos a dedicar hoy a el amigo cuya ética es tan pura, superior e innegociable que encarna el buen vivir.

En mi caso hay varios ejemplos de este tipo de amigo, pero dos que se prestan particularmente bien al análisis son Alexandra Kehayoglou y José Huidobro. Para quienes siguen el blog desde sus orígenes, estos nombres resonarán. Ambos llegaron a mi vida por la red de pesca conceptual que fue y sigue siendo loveartnotpeople.org, y los tres, en un momento, creímos compartir una afinidad no solo estética sino ética. No sabíamos entonces que ese tipo de afinidad suele ser el camino más directo hacia la decepción.

Herencia, aislamiento y el fetiche de la virtud

Kehayoglou es conocida como artista textil, aunque cada vez más es una artista de la performance: su gran obra es su propia figura aislada, maternal, naturalista, pura. Se ha rodeado de un equipo de empleados a los que no trata de manera horizontal, y vive en un estado de retiro emocional que convierte en gesto estético. En esa misma línea, su marido, José Huidobro, asume un rol subordinado —una especie de mayordomo con pedigree— y hace de la parodia de la nobleza criolla un escudo y un arma.

Kehayoglou es conocida como artista textil, aunque es una artista de performance del aislamiento puro, en estado de retiro emocional. Su marido, José Huidobro, —una especie de mayordomo con pedigree— hace de la parodia de la nobleza criolla un arma.

Ambos fueron clave en un momento de mi vida: la muerte de mi madre. Me ofrecieron compartir su casa alquilada en Grecia, su presencia, su compañía. Dije que sí. Lo que no sabía era que esa invitación venía con una estructura de valores cerrada, rígida, indiscutible, que iba a colocarnos —más temprano que tarde— en campos opuestos. Yo, en crisis, necesitaba escucha y flexibilidad. Ellos, en su torre de marfil, necesitaban que yo representara su idea del amigo que debe ser salvado… pero solo si acepta las condiciones del salvador.

Con Kehayoglou y Huidobro pasé mucho tiempo en su torre de marfil. Necesitaban que yo representara su idea del amigo que debe ser salvado… pero solo si acepta las condiciones del salvador.

El impuro, el independiente, el expiatorio

El problema no fue tanto de formas como de fondo. No era una cuestión de cómo me trataban sino de cómo me pensaban. Yo no era un igual, sino una excepción tolerada. El gay, el que no tiene hijos, el que no produce para el sistema, el que “recayó”. La droga no les preocupaba como problema clínico o emocional, ni siquiera como verdad, sino como mancha en su relato de virtud. Me invitaron porque había recaído y me expulsaron simbólicamente por la misma razón. Esa es la lógica del chivo expiatorio: el otro solo sirve mientras funcione como confirmación de una pureza propia. Cuando deja de hacerlo, hay que sacrificarlo.

No era una cuestión de cómo me trataban sino de cómo me pensaban. Yo no era un igual, sino una excepción tolerada. El gay, el que no tiene hijos, el que no produce para el sistema, el que “recayó”. La droga imaginaria era la necesaria mancha en su relato de virtud.

Lo más doloroso fue entender que mi presencia en esa casa no se sostenía en el afecto sino en una necesidad de escenografía. Yo completaba la foto familiar, pero no era parte real de esa familia. Cuando decidí quedarme solo en Creta para terminar un capítulo de mi tesis, el tono cambió. “Rodrigo solo piensa en él”, dijo José. El mismo que me había suplicado que fuera porque no querían estar solos con niños y un embarazo de alto riesgo en una isla sin hospital. El mismo que, más tarde, dijo de mí: “Este viene de recaer. ¿Ahora qué les digo a mis hijos?”. El que traiciona no es quien se va, sino quien nunca estuvo.

El que traiciona no es quien se va, sino quien nunca estuvo.

La imposibilidad del amigo virtuoso

Nietzsche decía que lo que se universaliza pierde valor. La amistad que se proclama a viva voz, que se adorna con frases como “somos tu familia”, no es amistad sino institución. Y la institución, como la moral, no busca la verdad sino la obediencia. Derrida lo retoma con una belleza desarmante: el amigo de verdad no se define por la confesión sino por el silencio compartido. La amistad no nace del relato común sino de la conciencia de que hay cosas que no pueden ser dichas sin romper el vínculo.

La amistad que se proclama a viva voz, que se adorna con frases como “somos tu familia”, no es amistad sino institución. Y la institución, como la moral, no busca la verdad sino la obediencia.

Por eso el amigo ético es muchas veces un moralista camuflado. Alguien que necesita definir al otro para asegurarse de su propia superioridad. Pero la amistad real se basa en el error compartido, en el reconocimiento tácito de que somos ridículos, contradictorios, vulnerables. Se sostiene no en lo que decimos sino en lo que sabemos que no podemos decir. No porque sea secreto, sino porque es imposible.

La amistad real se basa en el error compartido, en el reconocimiento tácito de que somos contradictorios, vulnerables. Se sostiene no en lo que decimos sino en lo que sabemos que no podemos decir.

La verdad de la amistad es la de una locura elegida. Un modo de estar con otro sin necesidad de tener razón, sin exigencia de pureza, sin programa de salvación. Solo dos sujetos que se sostienen uno frente al otro, y a veces ni siquiera eso. Porque, como escribió Derrida, quizás la frase más verdadera sobre la amistad sea: “Amigos, no hay amigos”.

La verdad de la amistad es la de una locura elegida. Un modo de estar con otro sin necesidad de tener razón, sin exigencia de pureza, sin programa de salvación

La política del afecto y la mafia del amor

Lo que más me perturbó de aquella relación fue darme cuenta de que su estructura se parecía demasiado a una política del afecto disfrazada de amor. En nombre de ese “amor” se impone una forma de vida. En nombre de ese “cuidado” se criminaliza el disenso. La amistad se convierte en un instrumento para disciplinar al otro, para someterlo a un ideal de vida sana, pura, estética, ecológica. El problema es que ese ideal es clasista, cruel y profundamente egoísta.

La amistad se convierte en un instrumento para disciplinar al otro, para someterlo a un ideal de vida sana, pura, estética, ecológica. El problema es que ese ideal es clasista, cruel y profundamente egoísta.

En mi caso, fue también una cuestión de clase. Yo llegaba a Grecia como invitado, pero pagaba las cenas. Doscientos euros por noche durante semanas. A cambio, me daban una cama. Esa fue la transacción no dicha. Cuando decidí salir de ese acuerdo, dejar de pagar con gratitud lo que ellos llamaban afecto, la relación se quebró.

Y se quebró porque ya no había silencio. Ya no había ese espacio sagrado en el que dos personas pueden ser, simplemente, sin explicación. La amistad se había vuelto pedagogía, corrección, juicio. Y eso, para mí, no es amistad. Es control. Y en nombre del amor, el control es siempre más siniestro.

El silencio como forma de afecto

Aprendí que los vínculos verdaderos no necesitan estar fundados en la pureza ni en la confesión. No necesitan discursos grandilocuentes ni gestos épicos. Necesitan la capacidad de quedarse en silencio frente al error del otro. De no usar la fragilidad ajena como espejo para la propia redención.

Los vínculos verdaderos no necesitan estar fundados en la pureza ni en la confesión. No necesitan discursos grandilocuentes ni gestos épicos. Necesitan la capacidad de quedarse en silencio frente al error del otro

Kehayoglou y Huidobro me enseñaron mucho. Me enseñaron lo que no quiero. Me mostraron cómo el amor, cuando se institucionaliza, se transforma en violencia. Cómo la familia elegida puede convertirse en una trampa. Cómo la virtud, cuando se impone, se vuelve violencia.

La amistad —si existe— vive en el pliegue de lo no dicho, en la suspensión del juicio, en el reconocimiento mutuo de la estupidez compartida. Y ese reconocimiento solo es posible en silencio. Porque, como decía Nietzsche, solo el tonto puede contar la historia de la razón. Y solo el amigo que acepta su propia tontería puede cuidar la mía.

La amistad —si existe— vive en el pliegue de lo no dicho, en la suspensión del juicio, en el reconocimiento mutuo de la estupidez compartida. Y ese reconocimiento solo es posible en silencio.

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Una respuesta a «Alexandra kehayoglou y josé huidobro: Los amigos que definen al otro para asegurar su tambaleante superioridad»

  1. En artículos como este (o el de Molly) pareciera que creás un género, que no me propongo definir, pero que impone una considerable cuota de autosacrificio en pos de un algo, una reflexión, una posibilidad de verdad o lo que sea.

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