Scroll Down for English Version

La amistad como forma de inteligencia prohibida: academia, trauma y la universidad sin condición

1. ¿Qué entiendo por amistad verdadera?

La amistad, en el mejor de los casos, es la capacidad de reírse juntos de su propia imposibilidad. Así la definía Derrida, y así la practican los que han dejado de creer en el Otro como espejo y han empezado a habitarlo como abismo.

La amistad, en el mejor de los casos, es la capacidad de reírse juntos de su propia imposibilidad. Así la definía Derrida, y así la practican los que han dejado de creer en el Otro como espejo y han empezado a habitarlo como abismo.

Ese abismo no es la falta de identidad, sino su destrucción voluntaria. Porque si no existe la posibilidad de abrirse a lo que desarma, a lo que no confirma, a lo que hiere, entonces la vida se convierte en una cárcel. La amistad —en ese sentido— es una apuesta por lo inconmensurable: por lo que no se puede traducir a términos de conveniencia, identidad o incluso afecto estable.

Ese abismo no es la falta de identidad, sino su destrucción voluntaria. Porque si no existe la posibilidad de abrirse a lo que desarma, a lo que no confirma, a lo que hiere, entonces la vida se convierte en una cárcel.

Pero esa es la teoría. En la práctica, la amistad es una reacción. Julian Barnes lo dice en Levels of Life: uno no busca amigos por afinidad sino por necesidad. Frente al miedo a estar solo, frente al trabajo que no se puede sostener, frente al alien interno que no sabemos nombrar. La amistad aparece ahí como una negociación frágil con lo insoportable.

Pero esa es la teoría. En la práctica, la amistad es una reacción. Julian Barnes lo dice en Levels of Life: uno no busca amigos por afinidad sino por necesidad.

Y como toda negociación, conlleva un pacto de poder. Es transaccional —porque todo vínculo lo es—, pero también tiene algo del chantaje emocional: yo te entrego mi alma, vos la guardás, y en ese acto te doy poder sobre mí. La amistad es un confesionario sin cura, un contrato sin firma, una promesa sin garantías.

No porque sea lo mejor que tenemos, sino porque no sabemos vivir del todo sin ella. Tal vez no valga la pena, pero seguimos regresando. Y tal vez por eso, no deja de obsesionarnos.

Pero incluso eso es demasiado indulgente. Lo que la experiencia enseña —y lo enseña con crueldad— es que toda amistad tiene una fecha de vencimiento. Porque cambiamos, porque el otro cambia, y porque nuestras reacciones frente al dolor, al miedo, al poder, ya no son las mismas. La traición no es la excepción sino el costo estructural del vínculo.

Lacan decía que el amor es “dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere”. Tal vez la amistad sea ofrecer una imagen de uno mismo que ya no existe, a alguien que no la va a sostener cuando más la necesitemos. Y aun así, lo hacemos. Y aun así, esperamos.

Lacan decía que el amor es “dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere”. Tal vez la amistad sea ofrecer una imagen de uno mismo que ya no existe, a alguien que no la va a sostener cuando más la necesitemos. Y aun así, lo hacemos

2. Lo que la academia británica impide

La academia británica, como cualquier aparato vinculado al poder, está estructurada para prevenir la amistad. No por accidente, sino por diseño. La precariedad emocional y económica, la arquitectura colonial del mérito, la fantasía de objetividad emocional, todo conspira contra la posibilidad de entregarse al otro sin cálculo. Ahí, la amistad es vista como sospechosa: demasiado personal, demasiado intensa, demasiado improductiva.

La academia británica, como cualquier aparato vinculado al poder, está estructurada para prevenir la amistad que es vista como sospechosa: demasiado personal, demasiado intensa, demasiado improductiva.

La competencia se disfraza de respeto mutuo. El silencio se vende como prudencia. La distancia como profesionalismo. Y la amabilidad como “networking”. Cuando llegué al Courtauld me hice amigo de dos personas cuyos nombres, honestamente, ya olvidé. En esa época yo era un gay neoliberal que organizaba almuerzos los fines de semana con mi ex pareja, Steven. Tanta gente pasó por esa mesa, y tan pocos quedaron. Muchos ni siquiera volvieron a llamar. El corte vino después. Con mi éxito en Nueva York, el blog, las drogas. Lo comunicaron como condena moral, pero lo que había era otra cosa: envidia.

En Warwick fue distinto. Menos presente, más aislado. Prodosh, un colega hindú brillante, vino a casa, conoció a Sally, hablamos del racismo institucional. Pero él necesitaba una carrera, y yo era una figura incómoda. No me sometía. Me volvía un riesgo.

Tras la “cancelación”, todo se volvió tóxico. Mis supervisores no paraban de provocarme. El sistema feudal británico se activa para destruir a quienes no aceptan el juego. Y el precio era claro: la imposibilidad de la amistad.

3. La amistad que no fue: Warwick, pandemias y desapariciones

Una colega que es pastora protestante inglesa con la que compartía seminario me preguntó por WhatsApp si alguien sabía algo de mí. Nadie respondió. Silencio absoluto. Esa fue toda la universidad. Un mecanismo de producción de autómatas obedientes, incapaces de actuar incluso frente al sufrimiento evidente de otro.

Una colega que es pastora protestante inglesa con la que compartía seminario me preguntó por WhatsApp si alguien sabía algo de mí. Nadie respondió. Silencio absoluto. Esa fue toda la universidad

Me retiré. Me fui a Grecia. Escribí. Recuperé recuerdos que estaban bloqueados: el secuestro, el abandono, el silencio. Me di cuenta de que mi trauma no era el evento, sino su invisibilización posterior. Por eso el blog. No para ser aceptado, sino para ser escuchado. Y en ese exilio elegido apareció algo inesperado: el pensamiento. Verdadero, libre, indisciplinado. No vino de una institución. Vino del mar.

4. La amistad como condición del pensamiento

En Dark Academia, Peter Fleming muestra cómo la universidad neoliberal ha matado la amistad como condición del saber. No se puede pensar en soledad, ni bajo vigilancia, ni por KPI. Pensar implica corresponder. Responder a alguien. Como en la República de las Letras, donde la amistad era la forma misma de producir verdad. Derrida lo dijo: una universidad sin condición solo puede sostenerse en una relación sin garantías. Una amistad. Pero esa forma murió. Y no sabemos cómo resucitarla.

En Dark Academia, Peter Fleming muestra cómo la universidad neoliberal ha matado la amistad como condición del saber. No se puede pensar en soledad, ni bajo vigilancia, ni por KPI. Pensar implica corresponder. Responder a alguien. Como en la República de las Letras,

Tuve que salir de la academia para que la sinapsis reapareciera. No fue en una biblioteca, sino en el Egeo. Remando. Observando. Callando. Hablando con Carmen Berenguer. Lo que ella me enseñó sobre la amistad merece su propio capítulo. Porque ahí, lejos de todo, descubrí algo nuevo: que la amistad, si alguna vez va a salvarnos, no vendrá de las instituciones, sino del margen. Eso es para mañana.

Friendship as a Forbidden Form of Intelligence

Notes on British Academia, Trauma, and the University Without Condition

1. What Do I Mean by True Friendship?

Friendship, at best, is the ability to laugh together at its own impossibility. That’s how Derrida defined it, and that’s how it’s practiced by those who’ve stopped seeing the Other as a mirror and have begun to inhabit it as an abyss. That abyss isn’t the absence of identity, but its voluntary undoing. Because if we can’t open ourselves to what disarms us, what doesn’t confirm us, what wounds us, then life becomes a prison. In that sense, friendship is a wager on the incommensurable: on what can’t be reduced to convenience, self-affirmation, or stable affection.

But that’s the theory. In practice, friendship is a reaction. Julian Barnes says it in Levels of Life: we don’t seek friends out of affinity but out of necessity. In the face of loneliness, of failing work, of the alien inside us that we can’t name. Friendship arises as a fragile negotiation with the unbearable.

And like all negotiations, it carries a power pact. It is transactional—because all bonds are—but it also carries a form of emotional blackmail: I hand you my soul, you keep it, and in doing so I give you power over me. Friendship is a confessional with no priest, a contract with no signature, a promise with no guarantees. Not because it’s the best we have, but because we don’t know how to live without it. Maybe it’s not worth it, but we keep returning. And maybe that’s why it obsesses us.

But even that is too generous. Experience teaches us—cruelly—that all friendships expire. Because we change, because the other changes, and because our reactions to pain, to fear, to power are no longer aligned. Betrayal isn’t the exception but the structural cost of the bond.

Lacan said love is “giving what you don’t have to someone who doesn’t want it.” Perhaps friendship is offering a version of yourself that no longer exists, to someone who won’t hold it when you need it most. And yet we do it. And still we hope.

2. What British Academia Forbids

British academia, like any structure tied to power, is designed to prevent friendship. Not by accident, but by design. Emotional and financial precarity, the colonial architecture of merit, the fantasy of emotional neutrality—all conspire to make unconditional human connection unthinkable. There, friendship is viewed with suspicion: too personal, too intense, too unproductive.

Competition disguises itself as mutual respect. Silence sells itself as prudence. Distance masquerades as professionalism. And kindness is reduced to “networking.” When I arrived at the Courtauld, I befriended two people whose names I now honestly forget. At the time, I was a neoliberal gay hosting weekend brunches with my ex, Steven. Many came. Few stayed. Most never called again.

Things changed later—after my success in New York, the blog, the drugs. It was framed as a moral failing, but what lay beneath was envy. In Warwick, it was different. I was more absent, more isolated. Prodosh, a brilliant Indian colleague, came over, met Sally, we talked about institutional racism. But he needed a career, and I was an inconvenient figure. I wouldn’t submit. I was a liability. After my “cancellation,” things turned toxic. My supervisors constantly provoked me. The British doctoral system is feudal and ruthless toward those who refuse to play. The price was clear: the impossibility of friendship.

3. The Friendship That Never Was: Warwick, Pandemics, and Disappearances

During the pandemic, an Anglican pastor from my seminar group once asked on WhatsApp if anyone had heard from me. No one replied. Absolute silence. That was the entire university. A mechanism that produces obedient automatons, unable to act even in the face of obvious suffering.

I left. Went to Greece. Wrote. Recovered memories I had blocked: the kidnapping, the abandonment, the silence. My trauma wasn’t the event—it was what came after. The erasure. That’s why I started the blog. Not to be accepted, as some Argentine progressives keep claiming, but to be heard.

And in that chosen exile, something unexpected returned: thought. Real, free, undisciplined thinking. It didn’t come from an institution. It came from the sea.

4. Friendship as a Condition of Thought

In Dark Academia, Peter Fleming shows how neoliberal universities have killed off friendship as a condition of knowledge. You can’t think in isolation, under surveillance, or for the sake of a KPI. Thinking requires responding—to someone. Like in the Republic of Letters, where friendship was the very form through which truth was produced. Derrida said it: a university without condition can only be sustained in a relation without guarantees. A friendship. But that space is gone. And we don’t know how to bring it back.

I had to leave academia for the synapse to return. It didn’t happen in a library—it happened in the Aegean. Paddling. Watching. Falling silent. Talking to Carmen Berenguer. What she taught me about friendship deserves its own chapter. Because there, far from everything, I discovered something new: that if friendship ever saves us, it won’t be institutional. It will come from the margins. That story is for tomorrow.

4 respuestas a «La amistad como forma de inteligencia prohibida (esp) or Friendship as a Forbidden Form of Intelligence (ENG)»

  1. Gracias por tus artículos, Rodrigo. Inteligentes, osados y descarnadamente honestos.
    Una consulta, ¿se te ocurre algo interesante que rescatar sobre la muerte de Ozzy? O sobre su figura en sí. Gracias.

    Me gusta

  2. pedro hernández

    En mi modesta opinión en los textos dedicados a la amistad hay un constante deslizamiento hacia el amor. Pero no es lo mismo en absoluto. Pueden compartir mentiras y engaños y traiciones pero no son del «alma» en el caso de la amistad. Y si fuera así esa amistad entra ya en otro terreno que si no lo llamanos amor es porque no nos da la gana, o porque no ha sido rubricado en el tálamo y con el himeneo.

    Me gusta

  3. pedro hernández

    Añadir también que esta serie sobre la amistad es en realidad una serie sobre la traición o las traiciones, que hay muchas y variadas, un corolario riquísimo, que requiere esfuerzo tonal, variedad en las imprecaciones. Y con el que estamos, desafortunadamente, mucho más preparados la gente de a pie. Traiciones institucionales, corporativas, vecinales, familiares, traiciones estatales, traiciones dobles e incluso triples traiciones. Tengo que confesar que lo que conozco doctoralmente es la traición, en absoluto el amor.

    Le gusta a 1 persona

  4. pedro hernández

    Coincido en que la universidad no es un lugar de hacer amigos. Las amistades se tienen antes o después, pero no durante, son compañeros/as concursando a ver quién es más hijoputa. Esto en formato mediterraneo, desconozco la modalidad anglosajona, entreveo que ese silencio y distancia que se menciona es un «vete a la mierda» versión «british», pero no está mal por lo menos no hay «besuqueo» de segunda, ni sonrisas de tercera.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tendencias